BONJOUR TRISTESSE

Ante ciertas realidades inmodificables, hay que decidir qué hacer con la tristeza que producen

 

 

El otro día, en el marco de una convalecencia post-operatoria, descubrí —vía plataforma— una película que recrea parte de la vida de Jean Seberg. La divina Jean fue una actriz nacida en los Estados Unidos pero consagrada en Europa: una rubiecita de pelo cortísimo, muy bella, que hizo de Juana de Arco para Otto Preminger —se prendió fuego al hacerlo, literalmente— y protagonizó con Belmondo la todavía icónica Sin aliento, ese film del ’60 con el cual Godard reinventó el cine. A su regreso al país natal, Seberg exhibió su apoyo a los Panteras Negras, esa organización fundada en el ’66 que defendía la causa de la minoría negra y no excluía la lucha armada. Por ese «crimen» —expresar su opinión, comprar uniformes de basket para niños negros, donar guita en blanco a los Panthers y a descendientes de pueblos originarios—, Seberg fue objeto de persecución por parte del FBI de J. Edgar Hoover. Le metieron micrófonos, la espiaron y mintieron deliberadamente sobre su vida privada, con la ayuda de periodistas que figuraban en su nómina de sobornados. Este fenomenal abuso de poder tardó nada en surtir efecto. Seberg perdió a una hija dos días después de parirla, se quedó sin laburos porque en Hollywood la creían radiactiva y terminó muerta a los 40. Su cuerpo en estado de descomposición aparició envuelto en una frazada, dentro de un Renault, muy cerca de su apartamento parisino.

La nota que se encontró a su lado estaba dirigida a su hijo mayor. «Perdoname —le decía—, ya no puedo seguir viviendo en este estado nervioso».

 

 

La icónica Jean Seberg.

 

 

La triste historia de Seberg me llevó a hurgar en las redes. Descubrí así una de esas circunstancias en las cuales la ficción y lo real se retroalimentan, de modo deslumbrante. Seberg había protagonizado la adaptación al cine de Bonjour Tristesse, la novela de Françoise Sagan, nuevamente dirigida por Preminger; y Godard había declarado que el personaje femenino de Sin aliento —interpretado por Seberg, como ya conté— era en sí mismo una prolongación de la protagonista de la novela publicada en el ’54. Seberg había oficiado a la vez como musa y ariete de una rebelión que era joven, pero además era femenina. No cuesta mucho entender cuál de esas causas pesó más en la persecución política de la cual fue objeto.

La mención de Bonjour Tristesse fue una flecha que me llevó de un tiro a la biblioteca familiar. Uno de los libros que tomé prestados de mi madre, la Lectora Original. Sagan escribió esa novela cuando era adolescente y la publicó a los 18. Contaba la historia de otra adolescente, Cécile, criada por un padre frívolo que la inspiraba a actuar de modo igualmente egoísta con consecuencias trágicas. (En la novela hay otro personaje que termina muerto en un auto, como Seberg.) El título lo tomó Sagan de un poema de Paul Éluard, que subraya la dinámica mediante la cual esta emoción entra y sale de nuestras vidas como Pancho por su casa: Adiós, tristeza / Buen día, tristeza / Estás inscrita en las líneas del techo / Estás inscrita en los ojos que amo.   

 

 

Seberg con Belmondo según el legendario fotógrafo Raymond Cauchetier, que acaba de morir a los 101 años.

 

 

Mucha gente raja de la tristeza como de la peste, y es comprensible. Por ejemplo aquellos que experimentaron tribulación y dolor de sobra, los que pagaron temprano su cuenta con la vida y deciden que se les colmó la copa. Y aquellos a quienes el cerebro les hace trampas, que aunque le pongan onda son víctimas de un desbalance químico y están condenados al blues. Mi tía China —el origen de su tristeza es fácil de rastrear: empezó cuando sus padres la bautizaron Ludivina— decía siempre lo mismo cuando se discutían planes para el cine: «Para dramas ya está la vida». Y era muy capaz de privilegiar una de Olmedo y Porcel por encima de Hitchcock, Huston o John Ford.

Mi compañera padece mi tendencia a escuchar música midtempo, o melancólica. La bajonea, no le gusta. Yo la entiendo, porque atribuyo su reticencia a que la vida le metió muchas zancadillas, y trato de moderarme en su presencia. Pero a mí me gusta mucho la música triste, porque no me pone triste. Me instala en una zona del alma donde cabe la melancolía, por supuesto, pero también entra —necesariamente— mucho más. En esto acuerdo con Virginia Woolf: lo que separa la melancolía de la felicidad no es más grueso que el filo de un cuchillo. Por eso existen canciones que son como el drink perfecto en su combinación de ingredientes.

 

Una jovencísima Françoise Sagan, la autora de «Bonjour Tristesse».

 

 

El primer ejemplo que me viene a la mente es una muy breve de The Smiths —banda melodramática, si las hubo— que se llama Please Please Please, Let Me Get What I Want, y voy a traducir así: Por favor, por favor, por favor, dejame conseguir lo que quiero. No está claro a quién se dirige Morrissey, cantante y letrista, aunque parece estar interpelando a alguien con el poder de conceder deseos. Y la letra en efecto es flor de bajón: Tiempos buenos, para variar / Mirá, la suerte que he tenido / Podría convertir a un buen hombre en malo… / Así que, por una vez en la vida, dejame conseguir lo que quiero / Dios sabe que sería la primera vez. Pero es ahí donde interviene la magia de la canción. Porque, cuando Morrissey concluye con su lamento, el guitarrista Johnny Marr se suelta con un solo de instrumento de cuerdas y ese solo no es un bajonazo sino todo lo contrario: te recoge del sótano donde te dejó la letra y empieza a levantarte y te eleva al cielo; un lugar del alma en el cual, sin negar ninguna tristeza, se torna posible algo parecido a la esperanza o el goce.

En menos de dos minutos la canción corporiza el estado de ánimo al que tiendo naturalmente: uno donde me hago cargo de los porrazos que depara la vida —incluyendo, para no hacer trampa, el destino final que nos es común— pero los mezclo con las maravillas que también suele regalarnos o al menos permitir. ¿Qué obra de arte encapsula la vida, sin excluir ninguno de sus rasgos, mejor que una canción agridulce? Porque así es en términos generales, un mix entre lo alto y lo bajo, lo bueno y lo malo: tristealegre, o alegretriste, una ecuación que parece imposible pero funciona en la medida que obtiene el balance adecuado. Una canción alegre es sólo alegre, excluyendo lo que resta del espectro de las emociones. Y una canción triste es sólo triste, del mismo modo. Pero la perfecta canción agridulce comprime la esencia de la vida, con sus padeceres y su exultación, en una melodía que es un diamante.

 

 

 

 

Por eso no me cuesta escuchar música así, al contrario: me ayuda a vivir mejor, a disfrutar de lo que toca sin ignorar la oscuridad. Siempre me identifiqué con el Charlie Brown de una viñeta de Schulz que escucha un disco en compañía de su amiga Lucy. «Esta canción me deprime siempre», dice el niño. «Me recuerda cosas tan tristes… Nunca escuché una canción que me deprima como esta. ¿La pondrías otra vez?»

 

 

Es posible que parte de la satisfacción que en términos generales siento ante la vida deba mucho —por inclinación, antes que por mérito— a mi capacidad de abrir los brazos a la tristeza, en vez de taparme los ojos o negarla. Es parte del ADN de la trama vital, como dice Éluard: un constante despedirla para al rato darle la bienvenida otra vez, con la esperanza de que no permanezca en casa más de lo necesario.

En mi experiencia, cuando llega no conviene hacerse el boludo ni ignorar el timbre pretendiendo que no hay nadie. Hay que invitarla a pasar, creo yo.

Que es lo que trato de hacer en estos días. Decir bonjour tristesse. Franquearle el paso. Esperar que se haga amiga.

 

 

 

Es una nube, no hay duda

La tristeza es una reacción emocional saludable. Nuestra forma de procesar, de metabolizar, hechos que producen dolor, para no derrapar de forma incapacitante y recuperar el rumbo tan pronto estemos en condiciones. En el contexto de esta civilización, que demanda satisfacción instantánea y cada vez se banca menos la frustración, puede que no haya emoción más importante. La actitud más popular en las redes es la de la gente que expresa cosas que merecerían este subtítulo común: No quiero estar triste, quiero que todo sea como yo lo deseo, y ya mismo. Por algo Pixar —que devolvió el drama a las películas infantiles, despojadas a fines del siglo XX de todo lo que oliese a trauma— le dedicó una película entera al asunto. En Intensamente (Inside Out, 2015), la única forma de que la protagonista recupere el equilibrio es permitir que la Tristeza, convertida en personaje, haga su tarea insustituíble. Tiene gracia advertir que estos genios de la animación digital piensan lo mismo que el Shakespeare de Macbeth: «Dale palabras a la pena; el dolor que no habla se ciñe alrededor del corazón sobreexcitado y lo quiebra».

 

 

Tristeza, en «Intensamente» (2015).

 

 

Es fácil releer la historia del arte mundial —de buena parte, al menos— como el resultado de la lucha de múltiples creadores para sobrellevar sus tristezas y convertirlas en algo positivo. Escribir, pintar, componer, actuar, filmar, son procesos orgánicos de gran utilidad a la hora de cultivar el dolor en pos de un fruto distinto. Probablemente Hamlet no existiría, o no sería como es, si Shakespeare no hubiese perdido antes al hijo a quien bautizó Hamnet. O la melancolía del doctor Gachet no sería tan persuasiva, si Van Gogh no hubiese estado familiarizado con ese estado del alma. Y Hank Williams no habría escrito I’m So Lonesome I Could Cry si no hubiese necesitado sobreponerse al fracaso de su matrimonio con Audrey Sheppard. Aunque nuestras circunstancias difieran de aquellas que detonaron esas obras, experimentarlas hoy —verlas, escucharlas— precipita catarsis que eventualmente ayudan a aflojar los nudos que bloquean gargantas.

 

 

 

 

Yo mismo reconozco, salvando las distancias, que no habría escrito ciertas cosas si no hubiese necesitado disolver dolores persistentes. Y hay veces en que uno ni siquiera es consciente de semejante intención. Cuando encaré Kamchatka trataba de darle cauce a una pena colectiva, la del país que había sido escenario de un genocidio para el cual no había obtenido justicia. (La película es de 2002 y la novela salió poco después, recuerden la desolación de nuestra realidad de entonces.) Pero tuvo que intermediar un amigo, el director Marcelo Piñeyro, para que me diese cuenta de que yo había colado una pena secreta, privada, en el corazón del relato: la conexión con el dolor largamente bloqueado, y por eso aún vivo, de haber perdido a mi madre como la perdí, tan temprano.

En materia de desventuras románticas, hubo una larga temporada durante la cual cruzarme con una pareja o familia que parecía estar pasándola bien implicaba preguntarme, inexorablemente, por qué me era negado ese placer tan simple. Creo que hasta Morrissey se habría compadecido de la nube de miserabilidad que me envolvía, donde fuera que estuviese; el tipo que era entonces andaba con impermeable aún bajo el sol. Hoy creo que haberme abierto a esa tristeza me ayudó a trascenderla, y que entre otras cosas le debo mi capacidad de disfrutar como lo hago de la familia que logré co-crear en este siglo.

 

 

 

 

La tristeza de estos días podría incluir un componente físico, porque aunque el cerebro asuma que uno se entrega al bisturí en busca de un bienestar ulterior, todo lo que el cuerpo entiende es que le bailaron un malambo encima, con espuelas y todo. Pero no voy a cargar las tintas sobre la postración en que me encontraba cuando estalló el escándalo de las vacunas. Aun así, la escena no se me borrará nunca: mi carne rota, entubada, apenas contenida por la cama del hospital, mientras en la TV del cuarto el asunto evolucionaba como una explosión en cámara lenta.

En la vida hay tristezas inevitables. Nuestros padres envejecen, enferman y mueren, ocurren terremotos, se esparcen pandemias. Lo insoslayable de estos trances no los vuelve menos tristes, hay que digerirlos como a los demás. Pero hay tristezas que nos dejan girando como trompo, a toda velocidad y aun así sin transportarnos a ningún lado, porque dependen de un elemento conjetural. No son inevitables sino todo lo contrario, como la persecución a Jean Seberg. Hablo de aquellas que reescribimos en la cabeza, preguntándonos una y otra vez qué pasó, por qué pasó, y en qué escenarios tanto o más probables la cosa podría haber sido diferente.

Hay respuestas que algunas tristezas no sueltan nunca. Pero hay una respuesta que no es negociable, por la que hay que pelear a capa y espada cada vez que haga falta.

Aunque no podamos modificar una realidad, lo que todavía está en juego, lo crucial, es decidir qué haremos con esa tristeza.

 

 

 

El blues de la luna

No intentaré explicar el episodio de los que obtuvieron vacunas antes de tiempo, por dos razones: primero porque no estoy en condiciones de hacerlo —sigo tratando de entender—, y segundo porque sería subestimar a uno de esos vacunados, a quien siento cerca. Tengo con Horacio Verbitsky una relación que ha sido cordial durante mucho más tiempo de lo que lleva siendo profesional. En este caso vuelven a mezclárseme las esferas de lo colectivo y lo privado. Como tantos otros, lo considero —y seguiré considerándolo— un maestro de la disciplina con la cual me gané la vida durante años. En estos tiempos donde el anti-periodismo es norma, sigue siendo un ejemplo de cuán relevante puede ser esta profesión en términos sociales y políticos. Pero además, conmigo ha sido siempre un sol. Yo sé que intimida a muchos, e imagino que no le disgusta su fama de mastín. Sin embargo, sabrá Dios por qué, me trató siempre con cariño y hasta veló por mí más de una vez, con cuidado amoroso. No entraré en detalles porque la intención de este párrafo no es incomodarlo, así que lo diré en términos generales: cada vez que estuve en un apuro real y le pedí ayuda —lo cual llega hasta el mismísimo día de mi operación—, Horacio respondió afirmativamente, de inmediato y sin hacer preguntas.

Para no perder perspectiva, dada esa proximidad, me prometí no incurrir en justificaciones ni en teorías delirantes para aclarar lo ocurrido. Por suerte, con los hechos que están al alcance de todos alcanza para saber dónde pararme. Horacio y Ginés metieron una gamba hasta la ingle. Tratándose de un funcionario designado, Ginés pagó con su puesto. Horacio empezó a pagar —y seguirá pagando— de otro modo, porque no es funcionario y los periodistas que amamos lo que hacemos no contamos con mejor capital que nuestra credibilidad. Como sugirió Horacio González en Radio Provincia, desarrollará un nuevo contrato con sus lectores.

 

 

 

 

Lo más interesante, al menos para mí, es lo que ocurrió a consecuencia del incidente.

Alberto tomó la decisión correcta con la rapidez y enjundia que suele demandársele para otros temas, y su actitud parece haber sido recibida por la población de modo inmejorable. Carla Vizzotti se hizo cargo de la papa caliente y está blanqueando el sistema que registra las vacunaciones, echando lavandina hasta en el último rincón sobre el que tiene injerencia. Y esta acción ejecutiva de transparencia puso al gobierno en un lugar que, en las antípodas de las sospechas del viernes 19, le concede una entereza desde la cual —ahora sí— puede contrastar su postura con la de otras administraciones. Estoy lejos de conocer los círculos concéntricos del Hades judicial, pero me pregunto si Lijo y Stornelli se habrían movido tan rápido en la causa sobre la privatización de las vacunas en CABA, de no haber percibido que los denunciados quedaron en un offside sobre el cual les conviene hacer control de daños. (Y de paso, jugar en la interna de Juntos Por El Odio.) Por supuesto que me seducen las conspiraciones como a cualquiera, pero no creo que lo de Horacio haya sido una jugada de ajedrez. Lo que sí creo es que, a partir de un moco importante, intervino la política y convirtió un movimiento riesgoso, que había expuesto un flanco, en acción virtuosa. Como hace la tristeza cuando la dejamos trabajar, tomó algo negativo y lo transformó en fuerza afirmativa.

También importa ser precisos a la hora de sopesar el episodio. Lo que ocurrió fue algo serio y nadie lo minimiza. Pero ni con toda la furia excede la categoría de error humano. Duele mucho porque sorprendió, proviniendo de gente sobre la cual se dirá de todo menos que sea ingenua o inexperta. Y aun así puede ranquear para el oro olímpico de los porrazos, pero no como delito. Seamos todo lo severos que haya que ser, inflexibles ante flaquezas que no necesitamos en la situación presente, tan desventajosa en términos de poder real. Eso sí: no dilapidemos, hurgando una herida propia que no compromete la vida, la energía que demanda seguir reclamando justicia en materia de otros daños monumentales; muchos de ellos de naturaleza objetivamente criminal, que la oposición perpetró durante la administración Macri y sigue perpetrando donde conserva poder ejecutivo, con la anuencia de jueces que miran a otro lado.

 

 

Jean Seberg y David Niven como su padre, en la versión cinamatográfica de «Bonjour Tristesse».

 

La equiparación no corresponde. Abuso de un privilegio personal versus privatización de vacunas, vaciamiento del sistema de salud, venta vil de bienes del Estado, pauperización generalizada con sus derivados de malnutrición, enfermedad y muerte, destrucción de la educación pública, submarino perdido, Santiago y el Rafa… y siguen las firmas.

Como dijo Alicia Castro en un tweet: «Comprendiendo la sensibilidad con el tema vacunas, es para analizar cómo un pueblo que tolera el saqueo, la mentira, el contrabando, los paraísos fiscales, endeudamiento, la destrucción de las instituciones del Estado y del medioambiente, de pronto agita una moral protestante con esto».

Fueron días enteros dedicados a criticar el estilo con que Pascualito Pérez, campeón de peso mosca, planteó una pelea, perdiendo de vista que nunca objetamos que subiese a un ring a diario a enfrentarse con Godzilla. Le dimos al tema una entidad que nuestros adversarios nunca le dan a sus cagadas, ni siquiera cuando son fenomenales. En algún punto eso habla bien de nosotros, de lo que no condonamos ni estamos dispuestos a tolerar. Pero mientras tanto le hicimos de claque al Imperio —la culpa fue de Horacio, ya sé, but still: no encallemos en el infantil argumento de él empezó— al tiempo que muchos de los que consideramos nuestros vociferaban críticas que, antes que sinceras, sonaban interesadas.

 

 

 

 

Dolieron y duelen las críticas de la gente ofendida porque duele el dolor genuino. ¿Cómo no empatizar con esa sensación de orfandad, con la pena del que siente que lo largó duro alguien de quien no esperaba abandono? Estas críticas se escuchan, se comprenden, se valoran, se apechugan, se procesan para corregir rumbos. Pero en la turbamulta se colaron otro tipo de dardos. Mucha factura con fecha vencida. Mucho cascotazo de gente que vio caído al gigante y se dijo: «Oia… ¡Ahora medimos lo mismo!» Y no es así. Algunos me advirtieron que cancelarían a Horacio de sus vidas, y yo los entiendo. Están en su derecho. Yo, inevitablemente, veo desde otra perspectiva. Para empezar, cuento a Horacio entre el puñado de personas que torció el rumbo de la Historia que nos llevaba de cabeza al segundo tiempo de Macri. Y cuando me pongo a listar los nombres de quienes harían fiesta a lo Gatsby si Verbitsky dejase de hacer periodismo, se me eriza la piel. No cuenten conmigo para darle más motivos de celebración a la gente poderosa que nos cagó y sigue cagándonos la vida a diario.

 

 

El viaje a la luna, según Georges Méliès.

 

 

El Cohete A La Luna, el medio que Horacio fundó y del cual soy editor, nació de un descomunal abuso de poder, cuando las presiones político-judiciales del macrismo consiguieron lo que tantos creíamos impensable: expulsarlo del diario que había colaborado a crear durante décadas. En lugar de rendirse, Horacio tomó esa tristeza por las astas a los setenta y pico de años e inventó algo nuevo con ella, apropiándose del deseo criminal apenas velado que Macri expresó cuando dijo que Verbitsky estaba entre la gente que quería «mandar a la luna». Un eufemismo, pero transparente. La primera autoridad de la Nación confesaba que su deseo era enviar a Horacio a otro mundo, literalmente. No recuerdo que muchos —incluyendo a otras autoridades y medios mainstream— le hayan dado importancia a la noticia de la amenaza presidencial. Allí no hubo escándalo sino, como ocurre casi siempre con esta gente, protección absoluta, naturalización e impunidad.

De algún modo el episodio de las vacunas funcionó como un test de Rorschach a gran escala. Lo que dice sobre Horacio quedó bastante claro, puteada más o menos. Pero lo que todavía no debatimos es lo que reveló de alguna gente a través de su reacción ante el asunto. Aquí aplica esa idea de que ciertas actitudes dicen más sobre el indignado de lo que dicen de aquel que provocó la indignación. Quizás haya llegado el momento de abandonar la idea cómoda, por lo maniquea, de que en nuestra sociedad los únicos privilegiados son los ricos y sus ujieres de la derecha política. Aunque se trata de proporciones distintas, muchos de nosotros gozamos de privilegios que invisibilizamos, y con los cuales la gente común ni sueña. Y esto es notorio dentro del periodismo, donde tanto depende de favores de ida y vuelta: el acceso a información, la figuración que le damos a cierta gente en nuestros reportajes, la pauta, el sobre…

 

Una lámina del test de Rorschach: vemos lo que queremos ver.

 

 

A Horacio se le chispoteó que antes que como Verbitsky debía comportarse como un ciudadano más en relación con un bien escaso, y tan simbólico, y tan vital, como la vacuna lo es hoy. Pero más allá de su responsabilidad personal, también leí tweets de gente que conozco bien y lo señalaba enardecida como único privilegiado, cuando esa misma gente me ha pedido A MÍ favores personales. En esto habría que ser tan consecuente como se lo demandábamos a quienes se quejaban porque las tarifas «estaban muy bajas». Si defendés a las empresas en lugar de a los clientes renunciá a los subsidios, les decíamos. Acá es lo mismo. Si tanto te molestan, renunciá a tus privilegios antes de denunciar que otro capitalizó alguno.

Con el correr de los días, y desde la tranquilidad que generó la respuesta política al incidente, comprendí qué quería hacer. Confiar en que Horacio dejaría que la tristeza hiciese su tarea, mientras producía las reparaciones y correcciones imprescindibles; hacerle saber que contaba conmigo, en caso de que le pintase compartir su blues; y dejar que mi tristeza se acomodase en el cuarto de huéspedes, hasta que llegue su momento de decir adieu. ¿Qué clase de persona sería yo, cuál hubiese sido mi resultado en este test de Rorschach, si le hubiese dado la espalda a un amigo y maestro en una hora baja, para que no me salpicase su impopularidad circunstancial?

Como dice Bukowski en un poema del ’86:

es triste

y

no es

triste

 

 

Charles Bukowski.

 

 

Me preguntaba cómo dar cierre a esta reflexión cuando encontré el modo perfecto hace un rato, en el lugar menos pensado. Para despejarme me puse a ver el anteúltimo capítulo de la serie Wandavision, que la plataforma Disney + sube los viernes. Hablo de una serie que forma parte del universo Marvel, o sea: formalmente, una de superhéroes. Pero este producto es brillante y no puede apartarse más de la estética y los valores que suelen ser la norma en estos espectáculos. De hecho, la serie entera versa sobre las cosas que somos capaces de hacer con tal de remontar la tristeza. Y en una escena del capítulo nuevo, Vision (Paul Bettany), el androide a quien la hechicera Wanda (Elizabeth Olsen) resucitó por amor, le sugiere a su compañera algo que me dejó pensando. Ella le dice que cree que la pena va a ahogarla. Y el androide le responde: «¿Qué es la pena, sino el amor que persevera?»

Hemos sobrevivido a cosas desgarradoras, los argentinos de buena fe, y también sobreviviremos a esta. Lo que sentimos no es dolor que manca, sino amor que persevera.

 

Wanda y Vision: «¿Qué es la pena, sino el amor que persevera?»

 

 

Si me permiten, voy a ver cómo me las arreglo para escuchar el nuevo de Nick Cave —ese Orfeo de la tristeza contemporánea— sin perturbar a mi compañera.

Como dice otro amigo, el que abandona no tiene premio.

 

 

 

 

 

 

 

 

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