Borrón y maneras nuevas

En el nuevo capítulo de la telenovela estadounidense, la máscara de Biden es la antítesis de Trump 

«Podés tener tu máscara
aunque no puedas esconder tus ojos».

Metrópoli

Los Estados Unidos han vivido en estas últimas semanas una espectacularidad teatral histórica por partida doble. Parte tragedia, parte drama, la puesta en escena ha mostrado dos máscaras. Por un lado, la de la figura infausta de Trump y un destino desatado que llegó a su cénit cuando una tropa catártica embriagada de fanatismo se arrojó a la caza del Vicepresidente y los congresistas en el Capitolio. La otra máscara, antítesis de la primera, se consolidó en la asunción apolínea de Joe Biden con su civilidad, sobriedad y buenas formas. El suspiro de alivio luego de dos meses de caos institucional se extendió mucho más allá de los votantes de Biden, resonando en el resto del mundo y en gran parte del partido republicano. El coro griego de los medios cantó su moraleja con tonos de emoción y esperanza. Se sintió algo así como cuando al final de una película de Hollywood ganan “los buenos”, en una asunción presidencial que augura algunos cambios. Es probable que ninguno vaya a ser demasiado radical.

Mientras su Vicepresidente se ajustaba el nudo de la corbata para acudir al traspaso de mando, Trump caminaba taciturno hacia un helicóptero junto a su esposa Melania, un verdadero maniquí de hielo y quizás la única persona inconmovible en este entuerto. En los parlantes sonaba Frank Sinatra cantando A mi manera. Como el protagonista de la canción, quien “enfrenta el telón final”, Trump se mantuvo firme, encaró todo a su modo y se va sin arrepentimientos. Una canción inolvidable, y una presidencia ídem (por razones muy distintas). A Trump finalmente se le pasó de hervor el denso caldo que venía cocinando, se le derramó y terminó quemado. Si no hubiera entrado en su loca espiral post-electoral, hubiera tenido una chance.  Pero no. Se fue con el menor índice de popularidad histórico de un Presidente estadounidense, el 34%. Podría decirse que estos últimos dos meses fueron una desgracia con suerte para los Estados Unidos.

Biden, contradiciendo el sobrenombre “Joe el Dormido” (Sleepy Joe) que le había adjudicado el ahora ex Presidente, comenzó firmando inmediatamente una cascada de decretos que en gran parte apuntan a desarmar un mundo simbólico y reemplazarlo por otro. En temas ambientales, decidió el retorno al Tratado de París y rescindió el permiso fronterizo del oleoducto Keystone, a través del cual iban a transportarse diariamente 830.000 barriles de crudo de Canadá a Texas (movida que significa un problema importante con el Presidente Trudeau y un alivio para los países latinoamericanos que hubieran visto muy recortada su exportación). En cuanto a tema inmigración envió al Congreso un proyecto de ley que eventualmente le otorgaría la ciudadanía a unos 11 millones de inmigrantes indocumentados, anuló la restricción de entrada al país que Trump había impuesto a siete países musulmanes y ordenó el freno inmediato a la construcción del famoso muro en la frontera con México (el cual sumó sólo unos pocos metros durante el gobierno anterior, evidenciando que tanta alharaca era sólo una cuestión retórica para inflamar la xenofobia).

Las situaciones relacionadas con la situación sanitaria y la económica son, sin embargo, las que requieren las decisiones ejecutivas más urgentes. Luego de la politización y la desidia con la que el gobierno anterior trató la pandemia, hay que revertir cuanto antes el actual estado de cosas. Hoy el conteo de fallecidos por Covid ronda los 423.000 muertos, casi el doble que Brasil (el país que le sigue) y se estima que podría llegar al medio millón el mes que viene. El Presidente ya decretó el uso de barbijo en edificios públicos por 100 días, nombró a un coordinador general de respuesta al problema Covid-19 (luego del fracaso de la descentralización implementada por Trump), devolvió a los Estados Unidos su pertenencia a la Organización Mundial de la Salud y se prepara para cumplir la ambiciosa promesa de vacunar 100 millones de personas en 100 días. Anunció que se exigirá una prueba de Covid-19 y cuarentena a todos los viajeros que ingresen al país y presentó un plan con 10 medidas básicas que incluye garantizar la cadena de distribución de la vacuna y asegurarse que sea equitativa.

En esta segunda ola de la pandemia volvieron a aumentar los índices de desempleo, los cuales se concentran entre jóvenes, mujeres, trabajadores de pocos estudios y minorías raciales. Biden, que hereda uno de los peores mercados laborales en 100 años, presentó un paquete de alivio de 1,9 billones de dólares que apunta a mantener la pandemia bajo control y ayudar a las familias más necesitadas. También se apresta a establecer políticas sociales urgentes, como la creación de ayuda alimentaria a los niños carenciados que estudian de manera remota, promover un salario mínimo de 15 dólares por hora y reforzar los derechos de los trabajadores federales durante la pandemia.

Otra medida especialmente importante para estos tiempos de alto desempleo es aliviar la astronómica deuda que cargan los estudiantes (1,7 billones de dólares). Algunas propuestas de Biden y los congresistas demócratas contemplan reducirla en un tercio, perdonarla en caso de bancarrota y eliminar matrículas en el caso de estudiantes de clase media y de bajos recursos cursando en instituciones públicas. Por ahora, Biden ha anunciado una extensión de nueve meses en la moratoria de pago de esta deuda, una medida fundamental si no se quiere hundir definitivamente a la generación millenial.

En su discurso el Presidente llamó a la unidad, en promedio, una vez cada dos minutos. Juró sobre una Biblia, y mencionó a Dios lo suficiente como para relativizar las desesperadas advertencias de Trump; “¡Biden está en contra de Dios!” Algunos imaginan que el catolicismo del nuevo Presidente —el segundo mandatario de esa fe en la historia del país— puede promover un acercamiento al Papa Francisco, lo que significaría una buena noticia para Latinoamérica. La popularidad de Bergoglio se duplicó desde año 2018 al 2020 en Estados Unidos, cuando seis de cada 10 adultos declararon tener una muy buena o mayormente buena opinión en una encuesta del Pew Research Center. De todas formas, el impacto de su influencia aún está por verse.

Los republicanos, como era de esperarse, ya han comenzado a luchar contra las medidas y nombramientos de Biden y se preparan para una larga batalla. Como detalle pintoresco, la flamante diputada republicana Marjorie Taylor Greene ha pedido formalmente en el Congreso la destitución del nuevo Presidente por no ser “apto” y por “abuso de poder”. Greene es una conocida simpatizante de QAnon. Los feligreses de este fenómeno conspiranoico continúan interpretando claves: vieron en las 17 banderas detrás del helicóptero de Trump una señal de que en realidad éste estaba anunciando su vuelta al poder —que sucedería ese mismo día— ya que 17 es la posición de la palabra Q en el alfabeto. Quizás los miembros de esta secta delirante (que asegura que el partido Demócrata es en realidad una red de pedófilos asesinos) hayan sido las almas más confundidas de los últimos 4 años, y las más náufragas en este momento.

Más allá de las múltiples crisis que deja atrás el ex Presidente, queda en la bancada republicana del Senado la difícil realidad del juicio de destitución en su contra, que comenzará la semana del 8 de febrero. Ante esta situación aparece por un lado la corriente “Hay que tranquilizar a las masas enardecidas” (y sobre todo no perder esos votos) y la cada vez más popular “Saquémonos ya a este impresentable de encima” (con la ventaja de que ya no pueda ocupar cargos, y la desventaja de que arme su propio partido, dividiendo a los votantes conservadores). Mientras, los senadores y congresistas que votaron para objetar los resultados de la votación siguen balbuceando alguna justificación que los proteja de una mancha que probablemente ocupará todo el capítulo de su historia.

Lady Gaga cantó el himno.

Confieso que es un alivio, luego de un año tan violento, observar finalmente detalles más frívolos, como el look de Michelle Obama, que bien podría haber lucido Prince en uno de sus conciertos, la cara radiante de felicidad de la Vicepresidenta Kamala Harris, o la voz descomunal de una rutilante Lady Gaga. La ceremonia, aunque muy medida, estimuló toda secreción cívico-emocional posible en los concurrentes. Esto es comprensible: los demócratas en particular, pero también la academia, las instituciones gubernamentales, Hollywood, los intelectuales, los científicos, los inmigrantes, la gente de color y una gran parte del mundo del deporte, han sufrido un ataque impiadoso durante los últimos años por parte de Trump y hoy se sienten reivindicados. De todas formas da un poco de impresión contemplar al establishment demócrata regodearse en su supuesto virtuosismo moral. Primero deberían aprobar algunas materias en Justicia e Igualdad. Políticamente, al partido le convendrá no caer nunca más en el enorme error político (y ético) de ignorar a los ciudadanos blancos rurales y llamarlos “deplorables”. Por último, su llamado a la unión y a la no violencia debería ser aplicado a su política internacional, una que siempre se ha llevado a marzo.

Escribo esto sintiendo cuán difícil se me hace a veces escribir sobre los Estados Unidos, un país tan diverso y complejo, sin despertar las consabidas reacciones reflejas a su imperialismo y a su soberbia excepcionalista. Lo que hoy me parece importante remarcar es que el ex Presidente y el actual, por lo menos puertas adentro de su país, no son lo mismo, que las maneras también son el mensaje, y que la caída de Trump es una advertencia para los populismos de derecha que se han multiplicado por el mundo en estos últimos años.

La poeta Amanda Gorman.

Los dejo con el final de la poesía que se robó el show de la asunción cuando fue interpretada por su autora, la poeta laureada afroamericana Amanda Gorman, de 22 años. El futuro es de los jóvenes, aunque el poder esté en manos de adultos mayores como Biden. Intentemos hacérsela un poco más fácil, porque recién empiezan, y la pandemia les ha nublado los sueños.

Vamos a reconstruír, reconciliar y recuperar 

y en cada recoveco de nuestra nación 

cada esquina llamada nuestro país 

nuestro pueblo hermoso y diverso va a emerger 

golpeado y hermoso 

Al llegar el día salimos de la sombra 

encendidos y sin miedo 

El nuevo amanecer florece cuando lo hacemos libre

Porque siempre hay luz, 

si somos lo suficientemente valientes para verla 

Si somos lo suficientemente valientes como para serla.

 

 

 

 

  • La autora, Isabel de Sebastián, es cantante y compositora y reside en Nueva York, Estados Unidos 

 

 

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