BRASIL:  UNA VIEJA OPCION RECUPERADA

Casi medio siglo después, Brasil abandona la autonomía estratégica no confrontativa con Washington

 

Desde mediados de los años ’60 se fue solidificando en los ambientes políticos, periodísticos, económicos y militares brasileños la conveniencia de convertir a Brasil en “satélite privilegiado” o “socio menor” de los Estados Unidos. Se trataba de impulsar la conjunción de los intereses brasileños con los norteamericanos, con el propósito de fortalecer a su amparo el desarrollo económico brasileño y de proyectar su influencia sobre los espacios sudamericano y sudatlántico.

Los uniformados –que en 1964 habían derrocado a Joao Goulart e instalado una dictadura que perduró hasta 1985— se convirtieron en portaestandartes de esta alternativa. Se atribuye al general Golbery de Couto e Silva —uno de los ideólogos de aquella intervención militar y autor del libro Geopolítica del Brasil, de reconocida influencia en esa época— haber convocado a “aceptar conscientemente la misión de asociarse a la política de Estados Unidos en el Atlántico Sur”. En la misma línea, el general Juracy Magalhaes, canciller de Alencar Castelo Branco, también general y primer presidente de aquel ciclo dictatorial, no tuvo empacho en sostener que “lo que es bueno para los Estados Unidos es bueno para Brasil”.

Este modo de pensar fue acompañado por una postura cerradamente anticomunista que confluía con los desarrollos doctrinarios y políticos sobre la seguridad nacional, también en boga en aquellos tiempos y ampliamente desplegados por el Comando Sur de los Estados Unidos.

Este marco ideológico fue dominante en el sector castrense hasta la asunción del general Ernesto Geisel, que se desempeñó como presidente de facto entre 1974 y 1979. El llamado “milagro económico brasileño” había llegado a su fin dejando un significativo legado de desenvolvimiento: un promedio del 10% de crecimiento del PBI entre 1968 y 1973. También un vigoroso desarrollo basado sobre todo sobre inversiones estatales en industria pesada, siderurgia, petroquímica y energía hidráulica, entre otras áreas. Y aunque el fin del ciclo abrió las puertas a nuevas dificultades económicas, también dejó a Brasil en una nueva y mejor posición que aquella con la que había arrancado en 1964.

Geisel tomó dos decisiones muy importantes que generaron un alto impacto en el universo castrense:

a) puso en práctica una política de transición “lenta, gradual y segura” hacia la democracia que con sus más y sus menos culminó con el retorno de Brasil a la vida republicana; y

b) modificó el encuadramiento geopolítico y doctrinario de las Fuerzas Armadas. En contra de lo que había venido sucediendo, promovió un distanciamiento de los Estados Unidos, que apuntaba a alcanzar una autonomización estratégica que, simultáneamente, no fuera confrontativa.

Debió enfrentar para ello la resistencia de una porción del generalato que no estaba de acuerdo con este cambio. En el excelente libro de María Celina de Araújo y Celso Castro cuyo nombre es sencillamente Ernesto Geisel y que contiene una larguísima entrevista de 19 sesiones con él,  se encuentra, por ejemplo, este ilustrativo fragmento de un intercambio que tuvo con un trío de empinados oficiales del Ejército, la Marina y la Aeronáutica de la época:

“Reuní a los tres y les pregunté: ‘¿Por qué no deberíamos tener relaciones con China?’ La respuesta fue que China era un país comunista. ‘¿Por qué entonces no vienen a proponerme romper relaciones con Rusia? Si Brasil tiene relaciones con Rusia, ¿por qué no vamos a poder tenerlas con China? Si ustedes quieren ser coherentes vamos entonces a cortar relaciones también con Rusia y nos vamos a aislar y vamos a convertirnos en una colonia de Estados Unidos’”. Aquella resistencia fue superada en base a la persuasión y también al pase a retiro de algunos generales. Y la doctrina basada en lo que luego se denominó “autonomía estratégica no confrontativa” se echó a andar.

Esta mudanza y reposicionamiento –de nuevo, con sus más y sus menos— se sostuvo hasta el gobierno de Dilma Rousseff.  Las cosas comenzaron a cambiar cuando, al compás de la decisión norteamericana de recuperar su “patio trasero”, le tocó el turno a Brasil. Se armó al respecto un consorcio operativo que incluyó a varias agencias estadounidenses: el Comando Sur y los Departamentos de Justicia y de Estado, y a un conjunto de actores brasileños: un grupo de medios, una porción del poder judicial, dos importantes partidos políticos (el Partido de la Social Democracia Brasileña y el Movimiento Democrático Brasileño) y los militares. Este consorcio consiguió tumbar a Dilma y encarcelar a Lula da Silva. Es decir, consumar el objetivo más importante de la maniobra, a la que le siguió el apoyo a Jair Bolsonaro en las siguientes elecciones.

En tándem con el abandono de la postura autonómica que conlleva la admisión y el acompañamiento del injerencismo norteamericano en el terreno político a una escala superlativa, como lo fue la de sacar del juego a dos importantísimas figuras: Dilma y Lula, los militares fueron cediendo terreno en otros planos. En noviembre de 2017, decidieron participar en las ejercitaciones militares AmazonLog 17, realizadas combinadamente con efectivos de Estados Unidos, Perú y Colombia, en la triple frontera amazónica. Resignaron así una posición histórica y los norteamericanos consiguieron por primera vez poner un pie en la Amazonia. Admitieron la instalación de una base logística compartida en Tabatinga –que aclararon que no sería permanente; habrá que verlo— y empeñaron 1.550 efectivos, cifra que superó largamente el aporte de los demás participantes. Después, como para aceitar aún más las relaciones con el Comando Sur, en febrero de este año aceptaron la designación del general Alcides Valeriano Faría Junior como Subcomandante de Operabilidad de aquel. Quedará así bajo el mando norteamericano y entre sus responsabilidades se cuentan: impulsar las capacidades de interoperatividad entre las fuerzas de los Estados Unidos y las de los países latinoamericanos, y elaborar las doctrinas que orientarán la acción en materia de asistencia humanitaria.

Por otro lado, Jair Bolsonaro también hace su aporte. Da la impresión de que el objetivo principal de su reciente visita a los Estados Unidos era convencer a Donald Trump de que Brasil puede ser el principal aliado de Washington en América Latina. En consonancia con esto autorizó la utilización norteamericana de la Base de Lanzamientos satelitales de Alcántara, eliminó el visado consular para el ingreso de estadounidenses a Brasil y se comprometió a intensificar el comercio bilateral. Por su parte, su Ministro de Justicia Sergio Moro, que lo acompañaba, visitó la CIA y firmó un acuerdo aún no revelado, probablemente centrado en el combate al narcotráfico, al terrorismo y al lavado de dinero.

En una conferencia que dio en la Cámara de Comercio estadounidense, el día previo al encuentro con Trump, Bolsonaro dijo que Venezuela no podía seguir así, dejando tácita la posibilidad de intervenir. Y agregó: “Obviamente creemos y contamos con el apoyo de Estados Unidos para lograr ese objetivo”. Trump, en conferencia de prensa posterior al encuentro de ambos reiteró su ya conocida muletilla: “Todas las opciones están sobre la mesa”. De lo que conversaron entre ellos al respecto durante la reunión no hubo información precisa. El vicepresidente en ejercicio, general Hamilton Mourão, por las dudas, se apresuró a aclarar que no estaba en los planes de Brasil una confrontación bélica con Venezuela.

El regreso de la vieja opción que imperaba antes de Geisel es un hecho ya consumado y absolutamente visible. Hay chisporroteos entre el Presidente y el vice, así como con otros de sus ministros y/o secretarios de origen militar. Hay también situaciones paradojales como las de los Secretarios de Estado Augusto Heleno y Santos Cruz, ambos generales ya retirados, que fueron comandantes de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH) –de reconocida actuación los dos— en una época de apogeo de la autonomía estratégica no confrontativa, durante los gobiernos de Lula.

Bolsonaro no tiene consistencia como Presidente y su extremismo de derecha ha espantado a mucha gente en Brasil y en el exterior. El consorcio que generó el impeachment de Dilma, y el encarcelamiento de Lula, y apoyó luego la proyección de aquél a la presidencia está resquebrajado. Los partidos que lo integraban están debilitados y el componente mediático quedó desperdigado. Bien puede ser, entonces, un Presidente efímero. Hoy en día cuenta aún con el respaldo de los dos actores centrales del regreso a la vieja opción estratégica de asociación subordinada a los Estados Unidos: el propio gobierno norteamericano y los uniformados locales que, por ahora, al menos, dan la impresión de que intervienen más que nada para controlar daños. Pero claro, llegado el caso y ante una situación extrema cuentan con un vicepresidente “del palo” para reemplazarlo.

El tiempo dirá.

 

 

 

 

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