Buenos muchachos

Indignarnos con naderías para ocultar el saqueo y la entrega

¿Qué costaba esperar un año para gozar sin riesgos del botín?

 

El 15 de noviembre de 1990, un año después de que Raúl Alfonsín le entregara la banda presidencial de forma adelantada a Carlos Menem, se estrenó en la Argentina Buenos muchachos (Goodfellas), dirigida por Martin Scorsese e interpretada por un cuarteto legendario: Ray Liotta, Robert De Niro, Joe Pesci y Lorraine Bracco. La película se basó en Wiseguy, libro de Nicholas Pileggi que narra la vida de Henry Hill, integrante de la mafia luego convertido en informante del FBI. Pileggi co-escribió el guion junto a Scorsese y ambos volvieron a trabajar juntos en Casino.

En el inicio, la voz en off de Henry Hill (Ray Liotta) sitúa la historia: “Que yo recuerde, quise ser un gángster desde que tuve uso de razón”. Desde su casa en el East New York, barrio residencial del este de Brooklyn, mira a los buenos muchachos, los dueños de la calle, y sueña con emularlos. Él y Tommy De Vito (Joe Pesci), jóvenes aspirantes a mafiosos, se asocian al más experimentado Jimmy Conway, interpretado por Robert De Niro, el wiseguy (tipo listo) de la banda. Todos reportan al capo local “Paulie” Cicero (Paul Sorvino) y lo hacen partícipe de las ganancias que consiguen. Su gran momento llega con el robo de la Lufthansa en el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy, un golpe propuesto por Hill y planificado por Conway, en el que deben incluir a otros “asociados”. El cerebro de la operación les advierte que no gasten de inmediato su parte del enorme botín obtenido para no llamar la atención del FBI. En una escena icónica, Jimmy Conway se enfurece al ver como el pedido de mantener una vida normal para no llamar la atención fue desoído: uno de los muchachos llega al festejo en un Cadillac rosa que estaciona frente al bar, y otro muestra con orgullo el abrigo de visón que le acaba de comprar a su esposa.

 

 

La paranoia de Conway lo impulsará a liquidar, uno a uno, a cada miembro de la banda, para no correr el riesgo de ser vinculado al robo. Hill, convencido de que podría ser la próxima víctima, decide finalmente transformarse en un informante del FBI, traicionando a sus antiguos socios. La última escena lo muestra en un suburbio desolado, con una identidad falsa y bajo el Programa de Protección de Testigos: “Soy un don nadie, y viviré el resto de mi vida como un don nadie”.

¿Qué transformó lo que debía ser el cénit de la vida profesional de estos buenos muchachos en su canto del cisne? En realidad, fue algo tan humano como la búsqueda rápida de una buena vida. Conociendo el terrible final, como lo conocemos gracias a Scorsese, nos resulta fácil concluir que la compra de un Cadillac rosa o de un abrigo de piel ostentoso fueron errores incomprensibles y –sobre todo– fáciles de evitar. ¿Qué les costaba esperar un año para gozar sin riesgos del botín? En realidad, les hubiera costado mucho. Por un lado, porque los integrantes de la banda no vivían como náufragos en una isla desierta: todos tenían familia, esposa, hijos y amigos. Es decir, todos debían lidiar con reclamos, expectativas o deudas que no necesariamente podían esperar el tiempo prudencial fijado por Jimmy. Pero, sobre todo, después de un golpe de esa magnitud –llevado a cabo con tanta maestría y aparente facilidad– la sensación general era de impunidad, no de prudencia. Se sentían eternos y a la vez impacientes. Una combinación peligrosa.

Desde hace un par de semanas, el gobierno de Javier Milei –el Presidente de los Pies de Ninfa– navega de tormenta en tormenta, sin conseguir retomar la iniciativa. El primer traspié vino del famoso viaje a Nueva York, donde la comitiva gubernamental iba a participar de la Argentina Week, un evento que debía transformarse en la puerta de entrada de las esperadas inversiones, tan inminentes como esquivas. En realidad, los funcionarios sólo obtuvieron promesas de parte de empresarios argentinos, mientras Manuel Adorni, ex Vocero de Adorno y actual jefe de Gabinete, pudo reunirse en la Quinta Avenida con los gobernadores de Río Negro, Chubut, Salta, Corrientes y Jujuy, como podría haberlo hecho a un costo más acotado y con vuelos de cabotaje en algún despacho de la Casa Rosada.

 

Un punto medio que nos quede cómodo a todos... Bank of America, en Nueva York.

 

Si bien la sensación general fue que ese viaje podría haber sido un zoom, la tormenta llegó por un lado más doméstico: la inclusión de la esposa de Adorni en el avión presidencial, algo que el propio gobierno prohibió por decreto. Un hecho nimio se convirtió así en el inicio de una crisis que, por ahora, no pudo ser resuelta por el oficialismo. El drama del jefe de Gabinete es que, impulsados por ese traspié, los medios investigaron (a partir de oportunas filtraciones desde el propio oficialismo) los gastos y el patrimonio de los esposos Adorni, que no condicen con sus ingresos declarados. En medio de la orgía alguien tuvo la descortesía de prender la luz, por decirlo de alguna manera. Por otro lado, algunas informaciones sobre el expediente de la estafa $Libra publicadas también por los medios relanzaron la causa hasta ahora cajoneada por el solícito fiscal Eduardo Taiano (no habiendo kirchneristas involucrados en la denuncia, es razonable que el fiscal optara por aplicar a su investigación la famosa cronoterapia, un término acuñado por Carlos Fayt, ex Presidente de la Corte Suprema).

Ambos casos, el del patrimonio expansivo de los Adorni y el de la cripto estafa $Libra, más allá de presentar importancias institucionales muy diferentes, generan un asombro similar al que produce un Cadillac rosa o un abrigo de visón. ¿Era necesario que los alegres esposos viajaran en un avión privado a Punta del Este, pagado por una productora relacionada con la TV Pública? ¿Los hermanos Milei no podrían haber evitado dejar sus dedos manchados de mermelada en todo el proceso de la estafa, sacándose fotos con quienes la crearon o eligiendo a alguien de quien ya habían recibido dinero, como Mauricio Novelli? ¿Los asesores del Presidente de los Pies de Ninfa no podrían haberle ideado una defensa menos caótica, evitando que se contradijera cada vez que hablaba del tema? Con el diario del lunes, los errores cometidos parecen groseros. Sin embargo, es bueno recordar el contexto de esas tropelías. Como los buenos muchachos luego del robo de la Lufthansa, el oficialismo estaba dulce, seguro de su éxito y, sobre todo, de su impunidad. El avión privado de Adorni es su tapado de visón. La estafa $Libra corresponde a muchos Cadillac rosas. ¿Para qué disponer de esos recursos extraordinarios si no es para poder gozarlos? Es humano.

Sin embargo, lo más preocupante para nuestro país no pasa por esas estafas de diferente magnitud, pero de importancia acotada. Lo que condena a la Argentina a la miseria planificada no es el saqueo boutique de estos descuidistas sino la corrupción estructural que propician desde el gobierno. La corrupción relevante en nuestro país suele ser legal –o al menos parecerlo–, como ocurrió con el acuerdo con el FMI, el mayor aporte de campaña de la historia; que, si bien no logró la reelección de Mauricio Macri, sí condicionó el gobierno de Alberto Fernández. Desde al menos la última dictadura cívico-militar, la corrupción referida a la renegociación de la deuda eterna es de lejos la más relevante y, también, la menos visible. Los medios, voceros de nuestro establishment, focalizan en valijas, vuelos privados, casas en barrios privados, declaraciones juradas o relojes lujosos para indignarnos con naderías y ocultar el saqueo de la deuda, la entrega de dólares subsidiados a grandes corporaciones o la nacionalización de sus pasivos, entre otros desfalcos colosales.

Los descuidistas, pungas, abanicadores o mostaceros, como los esposos Adorni o los hermanos Milei, conforman la cortina de humo de la corrupción estructural, de guante blanco. La única que debería preocuparnos.

 

 

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