Caballos de Troya

El malestar de los pueblos puede volverse en su contra

El triunfo de Jair Bolsonaro en la República Federativa del Brasil, el pasado 28 de octubre, no es un hecho aislado, sino más bien el eslabón de una cadena que se suma a Donald Trump en Estados Unidos, Martine Le Pen en Francia, Viktor Orbán en Hungría, el BREXIT, el avasallamiento a la justicia en Polonia, la posibilidad de la llegada al gobierno de los neonazis en Suecia (Demócratas Suecos) y la muy buena elección que realizaron sus pares en Alemania (AfD). Sin duda en cada país se están produciendo cambios socioeconómicos y políticos que tienen que ver con su especificidad histórica, pero considero que existen algunos rasgos comunes que deben alertarnos sobre lo que esta sucediendo en el mundo. Este artículo intenta identificar cuatro rasgos que se hallan detrás de estos emergentes políticos. Más que recurrir a viejas etiquetas, debemos tratar de entenderlos.

 

1. Los tres descubrimientos

Sigmund Freud, citado por Elizabeth Roudinesco en Lacan: esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento (Edhasa), sostenía que a lo largo de la historia de la ciencia se habían producido, al menos, tres descubrimientos científicos que habían humillado al narcisismo humano. El primero había sido infligido por Nicolás Copérnico al desplazar a la Tierra del centro del Universo. El segundo lo provocó Charles Darwin cuando sostuvo que éramos producto de la evolución y no de una creación única de Dios. El tercero lo produjo el propio Freud al descubrir que tampoco éramos dueños de nuestro inconsciente. Los seres humanos nos quedamos sin las certidumbres que habían ordenado nuestra vida durante siglos.

 

2. Las revoluciones liberales

Las revoluciones liberales que se produjeron en Europa y Estados Unidos entre 1789 y mediados del siglo XIX desplazaron a la religión como fuente de legitimidad política. Ese lugar fue ocupado por los nacientes Estados Nacionales. De esta manera, la idea de una “tradición nacional”, como bien analiza Hobsbawm, surgió en un mundo que estaba cambiando y la construcción de esa comunidad imaginada resultó esencial para las sociedades que estaban perdiendo sus tradiciones y sus costumbres a manos de la modernidad. La construcción de esa comunidad también necesitó de otro que fuera mi enemigo, que amenazara mi existencia. Esos otros fueron los inmigrantes, los seres humanos de otras religiones y razas que huían de sus países asolados por las guerras y/o buscando mejores oportunidades económicas.

 

3. Globalización y migraciones

En tercer lugar, la globalización (entendida como aumento del comercio internacional, preponderancia de los flujos financieros, transformaciones en las formas de producción que promovieron la relocalización de empresas hacia regiones de bajos salarios; la tercera revolución tecnológica; y las transformaciones socioculturales) provocó movimientos migratorios masivos desde los países más pobres hacia los centrales. En esta forma de globalización, dominada por la especulación financiera, estuvo ausente la política. Como señala Manuel Garretón, la moneda única, las barreras arancelarias y los ajustes fiscales fueron implementados sin políticas democráticas, afectando a pueblos que vieron achicar su horizonte de calidad de vida. Del Estados Unidos profundo, que revalidó en las elecciones de medio término a Donald Trump, a Europa, pasando por América Latina, la globalización destruyó no solo lazos sociales, sino al faro que ordenaba nuestras vidas: el Estado Nación. En palabras de Eric Hobsbawm, la globalización terminó acabando el trabajo iniciado por las guerras mundiales del siglo XX: Estados-Nación homogéneos étnicamente.

 

Eric Hobsbawm

 

Paralelamente, el mundo que había vivido bajo la certeza de la Destrucción Mutua Asegurada (DMA), que logró evitar un enfrentamiento directo entre las dos grandes superpotencias durante la Guerra Fría (1947-1991), trasladó los conflictos hacia los límites difusos de los grandes bloques (Hobsbawm). El fin de ese período produjo, al menos, dos efectos. En primer lugar, la explosión de conflictos internos que habían sido contenidos por las dos superpotencias y cuyos orígenes religiosos, étnicos, se enraizaban en el caprichoso trazado de fronteras durante la época de los grandes imperios coloniales. Esto se tradujo en un auge del intervencionismo humanitario, por el que países desarrollados, ex potencias coloniales, intervenían con diferentes argumentos en países devastados por esos conflictos, provocando odios, resentimientos y miles de refugiados que buscaban ya no lugar donde escapar del hambre, sino uno en el cual no perder la vida: los países desarrollados que habían provocado sus calamidades. Así, el “mundo en llamas”, en palabras de Amy Chua, es resultado del mesianismo de algunos líderes occidentales: imponer el neoliberalismo, el libre mercado y la regla de mayoría (en vez de formas consensuales de democracia) para empoderar a mayorías oprimidas por las minorías que seguían conservando el poder económico, provocando guerras civiles que terminaban invitando al intervencionismo humanitario. Un boomerang que nace en los países centrales y vuelve hacia ellos.

 

Amy Chua

4. Palabras que no son sinónimos

Tiende a confundirse neoliberalismo, liberalismo, democracia y república, los cuales no son sinónimos y no siempre van de la mano. Vivimos en una sociedad histórica real —en términos de Manuel Garretón— en transformación, en donde los tradicionales clivajes izquierda-derecha, construidos en base a la pertenencia de clase en este mundo capitalista, que ordenaban la puja democrática, están perdiendo capacidad para construir identidades políticas frente a nuevos ordenamientos sociales que están surgiendo y que no terminan (aún) de ordenar las preferencias electorales. Las manifestaciones a favor y en contra del proyecto de Ley del Aborto son un ejemplo de ello. El neoliberalismo no sólo ha destruido la capacidad del Estado para dar respuesta a los nuevos desafíos que enfrentan nuestras sociedades y ha profundizado la crisis económica de las clases medias, sino que, frente a esa crisis, el espejo nos muestra a las clases dirigentes corrompidas: políticos, empresarios, sindicalistas, periodistas, en donde algunos han salido más airosos que otros, gracias a la protección de los medios de comunicación. En nombre de la república y del neoliberalismo puede destruirse la democracia y el pluralismo social y político (herencia del liberalismo europeo).

En este cuádruple contexto de incertidumbre, donde el enemigo tradicional, el perro comunista, había desaparecido, fueron construidas otras fuentes de esas amenazas al trabajo, al ser nacional, a la seguridad, a la vida: el terrorismo islámico, el narcotráfico, la inmigración, los refugiados, la comunidad LGBT, la inseguridad provocada por los pobres y no por los delincuentes de cuello blanco. La incertidumbre frente a un mundo nuevo que está emergiendo; la pérdida de sentido en lo laboral y en la vida; Estados que no tienen capacidad para dar respuestas a esos nuevos problemas; ha provocado un retorno de los seres humanos a sus sentidos más primarios para encontrar certidumbre y paz en aquello que ya no les da la el Estado y la política. El miedo los conduce a aferrarse a la religión; a las familias y los seres queridos; a rechazar a esos otros que suponemos que afectan nuestra vida.

La Argentina no está inmunizada frente a estos fantasmas que recorren el mundo. También tuvimos varios otros: el gaucho y los pueblos originarios; la barbarie. Sin embargo, luego de la gran oleada migratoria de fines del siglo XIX y principios del siglo XX surgieron voces que cuestionaron a esos inmigrantes que traían ideas extrañas al ser nacional (el anarquismo y el socialismo); al mito de la raza blanca argentina: hispánica, el campo —rescatando la figura de Martín Fierro— y el catolicismo. Esto cristalizará en las leyes de Residencia (4.144 de 1902) y de Defensa Social  (7.029 de 1910) o la conferencia de Leopoldo Lugones “Ante la doble amenaza” (ver Historia de las clases populares en la Argentina. Desde 1880 hasta 2003 de Ezequiel Adamovsky, Editorial Sudamericana).

Más recientemente se han endurecido las leyes migratorias; se persigue a vendedores ambulantes de origen africano; se alienta el disparar primero y preguntar después; se persigue y mata al delincuente pobre, al vendedor de droga en los barrios carenciados y a la mula, pero no a los consumidores y narcotraficantes de los countries y de los lugares más pudientes de la Argentina; aplaudimos al que evade impuestos; y empiezan a observarse prejuicios —antes limitados a los temas de inseguridad– hacia los inmigrantes peruanos paraguayos y bolivianos; reaparecieron los esvásticas y el odio a los judíos en nuestras calles, a los musulmanes y a los miembros de la comunidad LGBT. En un contexto de incertidumbre, de transformaciones en los valores socioculturales, el miedo guía las acciones de algunos seres humanos que buscan encontrar un chivo expiatorio que dé cuenta del fin de las certidumbres. Estos agitadores de odio van a tratar de que el eje de la campaña sea la seguridad y la inmigración. Y lo hacen con el apoyo de grupos financieros locales e internacionales.

 

El temor a las migraciones.

 

No es paradójico ni novedoso que sea la política a través de mecanismos democráticos la que socava la democracia. Ya pasó, y no hace mucho:

  • “El marxismo, la democracia, el parlamentarismo, el internacionalismo y, por supuesto, el poder de los judíos detrás de todo ello eran los culpables de indefensión nacional”.
  • “El país estaba en bancarrota, la moneda carecía de valor y la inflación se había disparado vertiginosamente. Prosperaban los especuladores y los usureros, pero las consecuencias materiales de la hiperinflación para la gente corriente fueron devastadoras y los efectos psicológicos, inconmensurables (…) no es de extrañar que el malestar generalizado provocara una acusada radicalización política tanto en la izquierda como en la derecha”.
  • Los afiliados de ese partido de extrema derecha “provenían de todos los estratos sociales. Alrededor de una tercera parte eran obreros y una décima parte o más procedía de la clase media-alta y las profesiones liberales, pero más de la mitad pertenecía a la clase baja de artesanos, comerciantes, oficinistas y campesinos. La mayoría de ellos se había afiliado al partido como una forma de protesta, movidos por la ira y el resentimiento a medida que recrudecía la crisis económica.”
  • Lo que hacían con más naturalidad los líderes de extrema derecha era “era avivar el odio de otros”.

 

Extractos del libro Hitler. La biografía definitiva (Península Huellas) de Ian Kershaw.

 

Nihil novo sub sole

 

¿Estamos ante nuevos Hitler, Mussolini, Franco? No parece. Estamos frente a fenómenos nuevos: caballos de Troya del siglo XXI. Avivan el odio; buscan un chivo expiatorio en los judíos, musulmanes, la comunidad LGBT, los inmigrantes —antes españoles e italianos, hoy paraguayos, senegaleses, bolivianos, peruanos— y, por supuesto, los pobres; todo aquel que no sea parte de la supuesta raza blanca argentina y/o que afecte nuestros valores tradicionales y/o nuestra estabilidad socioeconómica. Prometen seguridad; mano dura; estabilidad económica; respeto de la religión; los valores tradicionales; entre otras promesas vagas. Sin embargo, dentro de estos caballos de Troya solo vamos a encontrar mas neoliberalismo y, por lo tanto, mas desempleo, inseguridad, inestabilidad económica, incertidumbre, persecución política y autoritarismo.

El desafío de los movimientos populares es la unidad frente a estos caballos de Troya. Hace años en una agrupación universitaria se cantaba: cuando se resta se resta hay que saber restar bien porque en el campo enemigo hay gente de otro partido, pero del tuyo también. Cuando se suma se suma, hay que saber sumar bien porque en el campo del pueblo hay gente de tu partido, pero de otros también. Esto que se cantaba en 1983 para hacer frente a la dictadura, hay que traducirlo en acción política, sabiendo que los tiempos han cambiado y que los clivajes electorales son múltiples.

El campo nacional popular debe dar respuestas a temas tales como la inseguridad; el narcotráfico; la estabilidad económica; la defensa nacional; entre otros apropiados por la derecha y la extrema derecha, pero proponiendo soluciones que no abandonen un proyecto nacional de desarrollo articulado virtuosamente con la región y el mundo (la autonomía relativa en términos de Juan Gabriel Tokatlian); la defensa de los humildes, los derechos humanos, la diversidad sexual, el pluralismo político, entre otros; en definitiva, la defensa de la democracia.

La terquedad de la socialdemocracia alemana a formar gobierno con los partidos moderados de centro en los años ’30 del siglo XX le abrió las puertas al nazismo. La unidad del campo popular debe cerrarle las puertas a estos nuevos caballos de Troya.

 

 

 

 

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