Cabeza de ratón o cola de león

Una Argentina sin proyecto nacional

Imagen basada en “Le Lion et le Rat” (“El león y la rata/el ratón”), grabado de Gustave Doré para las Fábulas de Jean de La Fontaine (1868).

 

La Argentina asiste a una política de cortas miras, atrapada entre disputas de palacio, urgencias presupuestarias y ambiciones diminutas. Falta épica, horizonte y, sobre todo, audacia para pensar en grande. Administrar lo inmediato reemplazó a planificar el destino.

Frente a esta estrechez, la literatura no aparece como refugio nostálgico, sino como espejo. En su "Apólogo a Ezequiel sobre leones y ratones", Leopoldo Marechal cuestionaba la máxima "más vale ser cabeza de ratón que cola de león": la preferencia por mandar sobre algo pequeño antes que participar de una empresa mayor, donde deban compartirse responsabilidades, protagonismo y conducción.

La imagen conserva actualidad. Parte de nuestra dirigencia construye liderazgos alrededor de pequeños espacios de poder, presupuestos o aplausos en las pantallas. Son cabezas de ratón que celebran victorias tácticas mientras el país pierde oportunidades. Confunden una parcela con un destino. Como si la importancia de una persona se midiera por el tamaño de su autoridad y no por la dimensión de aquello a lo que contribuye.

Esta renuncia se advierte en numerosos gobernadores. El federalismo, concebido como fuerza de integración nacional, corre el riesgo de degradarse en mera supervivencia. Cada provincia negocia recursos y concesiones para atender su urgencia, mientras se desvanece la perspectiva de un proyecto común. Defender intereses provinciales es legítimo; olvidar la nación que los contiene, no. Ninguna provincia realizará plenamente sus posibilidades en un país débil. La patria no puede convertirse en un archipiélago de cajas y urgencias financieras.

Detrás de ese repliegue aparece otra amenaza: la extranjerización de la tierra y la fragmentación económica del territorio. Se perfila una Argentina organizada en enclaves extractivos: un sur reducido a sus hidrocarburos, un centro subordinado al monocultivo, un noroeste visto apenas como proveedor de litio y minerales. A ello se suma la presión sobre el litoral marítimo y fluvial, sobre nuestros ríos y nuestro mar. No se trata de negar el aprovechamiento de los recursos naturales, sino de preguntar para qué y para quiénes se los explota. Una cosa es convertirlos en industria, conocimiento, empleo e infraestructura; otra, transformar la nación en un inventario de riquezas disponibles para la exportación.

La pequeñez también se expresa en Buenos Aires. Aquella ciudad cosmopolita, la "Reina del Plata" que Marechal incorporó a su universo literario, parece resignada a una escala de vecindario. Gobernar una metrópolis exige algo más que administrar veredas, operativos y cuestiones de superficie. Sin embargo, la mirada estratégica cede terreno ante una retórica punitiva que convierte a los sectores vulnerables en adversarios, incluso bajo la etiqueta de "okupas", con su K deliberadamente cargada de intención política. Mientras otras ciudades discuten transformaciones tecnológicas, ambientales y habitacionales, Buenos Aires arriesga su papel como motor cultural, científico y productivo. La grandeza urbana se mide por las oportunidades que crea.

Este achicamiento tiene consecuencias humanas. Un país que desinvierte en ciencia, debilita sus universidades y deteriora la educación clausura posibilidades para las generaciones futuras. Cuando la salud pública pierde capacidad de respuesta y enfermedades vinculadas a la pobreza, como la tuberculosis, revelan las desigualdades, la decadencia deja de ser una abstracción económica y se inscribe en los cuerpos. También la cultura se empobrece cuando se la considera un gasto prescindible o mero entretenimiento. Ciencia, educación, salud y cultura no son adornos de la prosperidad: son condiciones para construirla.

En la cima de este escenario gobierna una conducción que hace del agravio permanente una herramienta política. La violencia verbal contra quienes cuestionan el dogma oficial degrada el debate y convierte la discrepancia en enemistad. Al mismo tiempo, la subordinación a las finanzas posterga la inversión productiva y las grandes obras capaces de transformar riqueza en bienestar colectivo. Se pretende naturalizar la decadencia como si fuera una fatalidad y no el resultado de decisiones.

Para medir la dimensión de esta renuncia conviene mirar la historia. Cristina Fernández de Kirchner representó uno de los últimos grandes intentos de pensar la Argentina con ambición nacional: soberanía tecnológica, desendeudamiento como autonomía, integración regional, desarrollo científico y disputa por el sentido histórico. La cuestión no es idealizar el pasado, sino recuperar la escala de sus aspiraciones.

En esta época, como diría Néstor Kirchner, tenemos un Presidente que es duro con los débiles y blando con los fuertes, un sentido inequívoco de la cobardía de este gobierno.

La advertencia de Marechal permanece: por mucho que crezca la cabeza de un ratón, nunca alcanzará el tamaño de la cola de un león. Pero lo verdaderamente importante no es la diferencia de tamaños, sino la concepción de la vida que encierra esa comparación. La grandeza no consiste en ser el primero de una estructura pequeña, sino en contribuir a una construcción histórica que nos trascienda.

Hay una renuncia necesaria para que eso suceda. No es la renuncia a las convicciones, a la identidad o a los sueños personales. Es la renuncia a creer que nuestro destino individual puede realizarse plenamente al margen del destino de los demás. Es comprender que podemos dejar de ocupar el centro sin dejar de ser protagonistas, que compartir una conducción no significa perder importancia y que nuestra parte adquiere un valor mayor cuando se integra al conjunto.

Una provincia no se vuelve menos importante por formar parte de un proyecto nacional. Un dirigente no pierde dignidad por acompañar una construcción que no conduce. Un trabajador, un científico, un docente o un artista no necesita ocupar el primer lugar para contribuir a una obra extraordinaria. La grandeza colectiva no borra las identidades: las reúne, las potencia y les ofrece un horizonte que ninguna podría alcanzar en soledad.

Quizás allí resida una de las dificultades más profundas de nuestra política: hemos confundido demasiadas veces el protagonismo con la conducción, la autonomía con el aislamiento y el éxito individual con la realización colectiva. Así terminamos defendiendo pequeñas pertenencias mientras se debilita aquello que debería contenernos a todos.

La Argentina no es una colección de recursos en liquidación ni una suma de provincias condenadas a negociar individualmente su supervivencia. Es una construcción histórica levantada por generaciones de trabajadores, científicos, docentes, artistas, empresarios y organizaciones populares. Ninguno de ellos, por separado, podría explicar lo que somos. La patria es precisamente esa obra común, donde cada aporte encuentra sentido en relación con los demás.

Pensar en grande no significa refugiarse en una épica vacía. Significa comprender que las urgencias sólo encuentran respuestas duraderas dentro de un horizonte compartido. No habrá federalismo verdadero sin proyecto nacional, ni soberanía sin desarrollo, ni crecimiento justo sin inclusión social.

Necesitamos dirigentes capaces de comprender que conducir no es apropiarse de una parcela de poder, sino convocar a una comunidad a realizar aquello que nadie podría alcanzar en soledad. Y necesitamos también recuperar una convicción que alguna vez dio sentido a nuestras grandes realizaciones: ser parte de algo mayor no nos empequeñece; nos engrandece.

Tal vez la verdadera renuncia que exige este tiempo sea abandonar la necesidad de ser siempre la cabeza, aceptar que nuestros destinos individuales forman parte de una historia compartida y comprender que no hay realización personal verdaderamente plena en una patria que renuncia a realizarse.

Porque la grandeza de una nación no se mide por la ferocidad de sus rugidos ni por el tamaño de quienes pretenden conducirla, sino por la dignidad de su pueblo, la amplitud de sus sueños y la voluntad de construir un destino común.

No se trata de elegir entre ser cabeza de ratón o cola de león. Se trata de comprender que, cuando somos parte de algo verdaderamente grande, nuestra pequeña parte también participa de esa grandeza.

 

 

 

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