A cacerola regalada no se le miran los dientes

De la Reparación Histórica al Diario de la Guerra del Cerdo

 

El atardecer del lunes 18 de diciembre el gobierno encontró una factura bajo la puerta: la amplitud del rechazo a su reforma previsional desbordó su cálculo de costos y beneficios. Si la sesión del jueves anterior había fracasado porque Patricia Bullrich quiso barrer la plaza a sangre y fuego, la sesión del lunes 18 tuvo, a pedido de Rodríguez Larreta, una estrategia más original, más ligada el gen macrista: mostrar como débil al fuerte. Dos horas de piedrazos contra una policía casi indefensa hasta que la orden de represión llegó. A esa altura de la tarde el éxito estaba asegurado: salvo La Nación +, el resto de los canales tenía los incidentes en pantalla completa y en un cuadrito mudo la sesión en el Congreso.

En estos días hasta el último orejón del tarro con consultora privada advirtió la magnitud del rechazo social a la reforma y, en contraposición, el gobierno optó por encuadrarla en el esquema de su relato: enfrentan el poder del peronismo con sus organizaciones, sus bloques, sus sindicatos, su calle, su violencia. Se votó la ley. Se aseguró el orden luego de horas de un espectáculo durante el cual la indefensión policial rememoró la suscripción a esa cita trillada del gran poema de Pasolini ¡El PCI para los jóvenes!: “Cuando ayer en Valle Giulia pelearon / con los policías, / ¡yo simpatizaba con los policías! / Porque los policías son hijos de pobres.” Desde ambos campos políticos se vivió como un acontecimiento de gobernabilidad, estuvo en juego quién marcaba la cancha, e incluso crujió la interna del gobierno entre los diputados, la jefatura de gabinete de Macri y el mismo Frigerio. La oposición intentó romper el pacto de gobernabilidad y parar el paquete legislativo quizás más importante desde el inicio de la gestión. Y no pudo. El cuadro a esa hora parecía perfecto…

Pero sonaron cacerolas en los barrios de la ciudad. Sonaron desde su más profunda indiferencia sobre los efectos sociales de la plaza que buscó el gobierno y la oposición. Las cacerolas que echaron a De la Rúa, las cacerolas que volvieron loco a Kirchner, las cacerolas que le pidieron a Cristina levantar el cepo, las cacerolas que muchos militantes nacionales y populares amaron odiar, ahí estaban, de repente, no tan contundentes pero avisando que existían, como un fantasma que recorre Buenos Aires. Y el cacerolazo no fue televisado, los medios tardaron en encuadrar eso que parecía fuera de cuadro, el gobierno reaccionó como con casi todo: desdramatizándolo. ¿Se había despertado el lobo de las “capas medias”? ¿Y qué saben esas “capas medias” que no saben los demás? Saben que no necesitan ir “de la periferia al centro” para protestar (porque sienten que están en su centro); saben que el desplazamiento de su protesta puede ser, apenas, abrir la puerta corrediza del balcón y hacerse oír; y saben que son dueñas de un valor supremo para la prosa periodística: se presentan espontáneas.

Los cantos eran difusos. Algunos cantaban “unidad de los trabajadores y al que no le gusta, se jode”, los bajistas del cacerolazo cantaban “que se vayan todos”, y finalmente: no hubo en ese concierto una consigna clara. Pero el objetivo era menos difuso: rechazar el “ajuste a los viejos”, a los jubilados, a “nuestros abuelos”, como les encanta nombrarlos a los funcionarios. La clase media nació para mirar lo que pocos quieren ver, y es que el gobierno habría detectado un sector de la sociedad sin organización, una suerte de vacío en el país sindical, un colectivo (los jubilados) que no tenía quién lo defienda. Esa sociedad imaginaria entre jubilados y capas medias podía contener incluso ese hilo solidario: el de los que no tienen defensa, representación, corporación. En la Argentina todo es política, pero, sobre todo, todo es micropolítica: la sociedad como un racimo de minorías. Cuando en 2008 la ciudad de Buenos Aires hizo sentir su apoyo al campo, Néstor Kirchner se habrá preguntado ante el estruendo: “¿Con quién me siento a negociar?”, aún cuando su estilo de negociación fuera sólo doblegarlos. Y la deriva de esa pregunta llevó a Clarín. Para Kirchner, Magnetto podía ser tanto el empresario argentino más poderoso como el Hugo Moyano de las capas medias. Pero nadie negocia con los que no nacieron para negociar.

A esta altura, la vida democrática nos enseña cosas a todos. Parafraseando a Pablo Stefanoni, cuando gobernás te colgás el cuadrito de Carl Schmitt, y cuando sos oposición te colgás la Constitución Nacional. Y también, qué tilinga la clase media cuando gobernás, pero viva la clase media cuando estás en el llano y gobiernan los otros.

El atardecer del 18/12 pudo mostrar con cacerolas a votantes amarillos, no tanto porque se pudiera corroborar que cada cacerolero era votante macrista, sino porque el cacerolazo permitía convivir a unos con otros, a los que podían festejar la cárcel de De Vido o Boudou porque “se la llevaron en pala” con los que podían ver en esas detenciones una persecución política por “pensar distinto”. La mano en el bolsillo de los jubilados juntó por un instante el agua y el aceite. Si el kirchnerismo comprobó que la clase media era el hecho maldito del país peronista (el límite a “vivir con lo nuestro”, y lo supo también porque la conoce de memoria, porque muchas de sus militancias y adhesiones vienen de ahí), el macrismo aún con este módico cacerolazo pudo advertir que la clase media era “fuego amigo”, y era el sitio donde anidaban consensos simultáneos (le piden orden al Estado, le piden que no mate, como aprendió Duhalde en 2002). Pero cada gobierno inventa su plaza pública, el lugar donde se reconcilian viejas rivalidades y se crean otras nuevas. Quizás algunos consorcios de edificio fumen la pipa de la paz ante el ajuste. Pero la parte indomable de esa clase, ese magma, produce miedo, aún con este cacerolazo menor, puntual, que se va como llega, sigiloso. El ritmo de las cacerolas es la música líquida de una protesta inmanejable: a la clase media se la caga pero no se la reprime. Y las cacerolas son la primera viralización de la historia, la edad de piedra de internet, vienen de cuando no existían Twitter ni los sms. Y si el kirchnerismo era hijo de las cacerolas de 2001, de la versión “piquete y cacerola”, el macrismo es hijo de las cacerolas de 2008, y tiene un tabú: no puede insultarlas, no puede renegar de ellas.

Diego Bossio dijo estos días a quien quisiese oírlo que al gobierno “le falta imaginación para el ajuste”, calibraba que esta vez habría un costo tan político como social en acompañarlo. “¿Se puede comunicar un ajuste?” es la pregunta del millón, y el consultor responde: “Justamente la comunicación política es un invento de la derecha, un invento para suavizar y empatizar sus políticas”. Mientras la izquierda lucha por tener la razón, la derecha lucha por gustar. En la crónica de campaña que publicó el escritor y hoy funcionario Hernán Iglesias Illa (Cambiamos, 2015) se hace hincapié en una contradicción macrista: entre economía y comunicación. Pero naturalmente si la comunicación subordina a la economía en la campaña, la economía subordina a la comunicación en la gestión. Durán Barba en la campaña tuvo a raya a los economistas duros. Muteados y alejados, tal vez saborean hoy su dulce venganza cuando las papas queman, las cuentas no cierran, el déficit crece y el dólar se inquieta, y dicen: arreglate para darle “comunicación” a esto. En síntesis: comunicar es hacer comprensibles y aceptables los sacrificios.

Hay un relato macrista, sencillo e indolente. Nos habla de una Argentina dinámica, productiva, emprendedora, verde, de energías renovables, flexible, que produce y exporta, a la que hay que sacarle el Estado de encima; y hay una Argentina corporativa, sindical, pobrista, cerrada, inflexible y violenta, que en cualquiera de sus formas pasa por la ventanilla del Estado, desde un becario de CONICET hasta un beneficiario de la AUH, y se lleva los impuestos. La Argentina de la soja versus la Argentina de la industria del calzado de la fábrica oxidada en el fondo de La Matanza. Sin embargo, el cacerolazo fugaz mostró que persiste esa sociedad que no marcha al Congreso pero que mira lo que pasa y ve lo que pasa. Tanta semiótica, tanta discusión sobre el rol de los medios, tanto juego de mentira a verdad entre unos y otros, hicieron que no muchos mastiquen vidrio. Aceptar sacrificios no incluye que no se discuta a quiénes se sacrifica. Cambiemos pasó por un día de ser el Partido Blanco de la Reparación Histórica al Diario de la Guerra del Cerdo y todo a una velocidad desconcertante.

Si el kirchnerismo con su batalla cultural quería organizar el país en torno a una grieta, el macrismo al final va al hueso: organiza el país en torno a su fractura social.

 

 

Foto de portada por Ignacio Sánchez

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