CACHIVACHE

El desmadre de la policía Bonaerense

 

Es cierto que los gobiernos pasan y la policía permanece. Pero la policía no es siempre la misma. Hace rato que la policía Bonaerense dejó de ser un leviatán. Se parece más a un elefante en un bazar que a cualquier otra cosa. No existe una corporación policial, sino un inconjunto de policías y agrupamientos, con carreras individuales —algunas llaman la atención por vertiginosas— que, cuando llegan a jefes, se convierten en don Pirulero y, como ya se sabe, cada cual atiende su juego, tomando los riesgos que eso implica.

La policía se ha ido deshilachando. Es un gran cachivache, una institución destartalada, que anda a los tumbos, metiendo mucho ruido, haciendo mucho humo, atada con alambre. Basta acercarse a la comisaría del barrio para ver las condiciones en que se trabaja, basta detenerse a escuchar sus conversaciones para darse cuenta de las limitaciones que tienen para comprender la complejidad de los conflictos con los que se miden todos los días, basta mirar los móviles para constatar la falta de presupuesto. Los policías son muy elementales y trabajan en condiciones cada vez más precarias para un sistema judicial obsoleto que le delega las investigaciones, para un sistema político que hace rato no planifica ninguna política criminal de largo aliento, es decir, una policía que pendula entre la prevención y las reacciones espasmódicas, entre la pura visibilidad y el puro oscurantismo, que oscila entre el hostigamiento policial callejero y las “averiguaciones practicadas” con dudosa pericia.

Es un lugar común decir que los policías tuvieron una capacitación ultra veloz, a partir de enlatados decimonónicos y dogmáticos, en función de conflictos sociales que no siempre son los que nos tocan. En algún momento esa precariedad se salvaba con la experiencia: cuando el novato llegaba a la comisaría y empezaba a patear la calle al lado de otro policía, completaba su formación. El problema es que las cohortes de policías precarizados se han ido acumulando y cuando un policía joven llega a la comisaría se encuentra con otros policías, un poco más viejos que él, que tampoco tienen demasiada idea de nada. Son pícaros y llenos de manías, muy rústicos, entrenados para obedecer y mandarse la parte frente a sus pares y el resto de la gente, pero sin las capacidades desarrolladas ni herramientas de análisis para pensar la complejidad de la conflictividad de hoy día.

Ni siquiera el relato de la “familia policial” puede contrarrestar y disimular la precarización. Hubo un tiempo que los policías vivían el trabajo como una estrategia de pertenencia. Hace rato que eso se perdió. Ser policía es tener la oportunidad de contar con un sueldo estable más o menos digno. Lo cual no es poca cosa, si se tiene en cuenta la procedencia social de los jóvenes que se fichan para trabajar. Pero no hay identidad que les permita sobreponerse a la desconfianza social acumulada y mucho menos para apuntalar una institución destartalada.

Si todo esto es así, de nada sirven las interpretaciones conspirativas que continúan sembrando algunos periodistas en la cabeza de muchos militantes indignados con la Bonaerense. Nunca fui partidario de este tipo de lecturas que apelan a los bajofondos y los intereses abyectos de algunos de sus integrantes, pero entiendo que cuando la policía funcionaba de manera centralizada este tipo de elucubraciones, que campeó en la década del '90, y que se hacían a partir de las “servilletas” a las que tenían acceso esos periodistas, podían servir para orientarnos, nos permitían hacernos una idea aproximada de qué se trataba la Bonaerense, esa maldita policía. Por supuesto que era una época donde sabíamos muy poco sobre la vida cotidiana de los policías y los modos de hacer, sentir y hablar de los policías, una época donde estábamos llenos de prejuicios ideológicos. Nuestra ignorancia nos llevaba a pensar a la policía como un bloque, perdiendo de vista –como señala Tomás Bover— las múltiples vivencias, trayectorias y conflictos a su interior, es decir, postulando a la policía como una corporación autónoma, una agencia separada y separable no solo de la política y la justicia, sino del resto de la sociedad.

No es este el lugar para explicar cómo llegamos hasta acá. Por el momento, basta decir lo siguiente: la precarización no es consecuencia de la falta de política o del desgobierno de los funcionarios, sino de las contradicciones irresueltas de la política, de los debates que fuimos salteando todos estos años. Pero también de un funcionariado cada vez más preocupado en la imagen pública que en la construcción de respuestas no emotivas ni ostensibles para hacer frente a la conflictividad criminal. Y que conste otra vez que cuando digo funcionarios no estoy pensando en el staff de turno del Poder Ejecutivo, sino además en la elite vitalicia que compone el Poder Judicial.

 

 

El bacheo electoral

Y eso no significa que estemos ante funcionarios que no sepan nada. Muchos de ellos fueron profesionales que llegaron a ser expertos en la materia. Pero acá no se trata solamente de las capacidades de los funcionarios, sino también de los climas de época. Cuando los funcionarios hacen política a través de la policía, cuando la seguridad se convierte en un ítem central de las próximas elecciones, los políticos se dedican a hacer bacheo electoral. No hay políticas a largo plazo sino maquillaje electoral. La política criminal se acota a dibujar dudosas estadísticas que nunca podemos conocer y mucho menos debatir, se improvisan y montan operativos espectaculares con el fin de subirse a la tapa de los diarios. Tapar agujeros, significa, por ejemplo, inventar una policía en tres meses para luego formarla en otros seis meses. Policías con perfiles desdibujados y direcciones más desdibujadas todavía, con doble o triple comando. Y que conste que no estoy pensando solamente en la Policía Local, sino también en la POL 2, la flamante policía que se había creado en la gestión de Arslanian que fue también entrenada en tiempo récord para ponerla en la calle lo más rápido posible. Hablo con conocimiento de causa, porque fui parte de su plantel docente. Basta con decir que una de las clases fue en el teatro de Temperley, arriba de un escenario, a sala llena, es decir, para casi mil jóvenes. Tengo otras anécdotas más desopilantes y me las reservo.

Eso no habla mal del ex ministro León Arslanian, sino de las limitaciones con las que se midió y de los malabarismos que tuvieron que hacer él y algunos de los que ocuparon luego esa cartera. El punto es que, después de tantos malabarismos, nadie puede sostenerse en pie durante mucho tiempo. Todos se marean con facilidad, pero mientras la gente aplauda al malabarista seguirá la función, y todos pateamos los problemas para adelante. Más aún cuando una gran mayoría de los fiscales de la provincia se dedica a acumular excusas para no hacer su trabajo y una gran cantidad de los jueces tiende a hacer la plancha. En un contexto de descontrol judicial, la política no tuvo un termómetro para seguirle el pulso a semejante desmadre. ¿La consecuencia inmediata? Basta mirar las cárceles y calabozos de la provincia de Buenos Aires. Pero también, sospechamos, el crecimiento vertical (ya no solamente horizontal) de muchos mercados ilegales.

Por supuesto que decir que la policía es un cachivache es un gran problema, porque estamos hablando de gente armada, que siente y cree que tiene patente de corso para detener a su clientela habitual sin rendir cuentas, algunas veces para sacarse la bronca por el stress acumulado, a veces para sentirse importante e hincharse de poder, y otras veces para despabilarse y divertirse un rato y de esa manera remar el aburrimiento con el que lleva su trabajo.

En las últimas semanas hemos conocido nuevos casos de violencia policial. No son errores ni excesos, sino el resultado de determinadas prácticas institucionales. Pero esas prácticas de larga data tienen su costado contingente. Más aún, son prácticas que se han ido transformando en las últimas décadas. No es la expresión del aparato represivo de la clase dirigente y tampoco de una agencia autónoma, sino el síntoma de una policía desmadrada, cada vez más fallida. Pero no solo la política tiene cada vez más dificultades para dirigir a la policía, incluso los mismos cuadros policiales han demostrado su incapacidad para encuadrarla, con todos los problemas que eso implica a la hora de agregarle algún tipo de regulación y contención a las economías ilegales y los delitos callejeros.

Berni lo sabe, y sabe los riesgos que se corren cuando un elefante en un bazar sale corriendo. La pregunta es si bastará con pegar dos gritos marciales y hacer todo este acting para, no digo encarrilarla, sino tan solo contenerla; si una conducción personalista, apoyada en la unificación de comandos y la concentración de funciones, permitirá contener semejante desmadre. Pero mientras nos pavoneamos ensayando una respuesta a esta cuestión (la pregunta por Berni), me pregunto si no habrá llegado el momento de mirar hacia la Justicia, encarar un proceso de reforma policial que empiece con el propio Poder Judicial. Una reforma que tampoco se resuelve fichando para la gestión de turno al equipo con más experiencia, con más cartel, con más testosterona y más canchero. Semejantes reformas implicará encarar un debate abierto, vigoroso y paciente, sin contarse cuentos, participando a los policías en la discusión pública, a los organismos de derechos humanos y movimientos sociales, y a los investigadores que nos han permitido comprender la complejidad del trabajo policial, lejos de las teorías exóticas como las nuevas amenazas cotidianas (la prevención situacional y comunitaria, también llamada Tolerancia Cero) tan difundidas, que han permeado incluso a importantes sectores del progresismo, cuyo único efecto ha sido la criminalización y judicialización de la pobreza en el país.

 

 

*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Temor y control (2014); La máquina de la inseguridad (2016); Vecinocracia: olfato social y linchamientos (2019) y Prudencialismo: gobierno de la prevención (de próxima aparición).

 

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