CADETES IN FRAGANTI

Documento excepcional sobre la homosexualidad en el Ejército entre la Década Infame y el peronismo

 

A comienzos del siglo pasado, Sigmund Freud caracterizaba como instituciones homosexuales a la Iglesia y al Ejército. No sólo por su composición de género sino también por su coincidente universo simbólico, códigos, registros, rituales, sistemas. También, claro, por su elección de objeto: el sujeto de grado inferior.

La institución religiosa, como se sabe, persevera impertérrita en una práctica sexual abusiva tan difundida como tolerada hacia feligreses e integrantes sin distinción de edad; abroquelándose defensivamente en la corporación de los curas en opción por los curas. Por su parte, la institución militar maquilla aquel fundamento estructural, que desata con perversa furia en los momentos de excepción por si mismos generados: está jurídicamente comprobado que la tortura sexual fue parte del canon genocida durante la última dictadura. Eso sí; no son privilegios exclusivos de los prelados ni de los hombres de armas argentinos: las comparten con sus pares de casi todo el orbe.

En el caso específico del Ejército Argentino, la represión violenta a la sexualidad en general y la homo en particular es de antigua data. Por supuesto, la institución se ha abstenido de llevar registros históricos al respecto y, cuando han trascendido, se esmeró en cubrirlos bajo el manto del oprobio, cuando no del ridículo. Bajo la forma del jugueteo o rito de iniciación se inscribe lo que bien podría caratularse como una tradición en la formación de los oficiales. Los primeros indicios documentales en torno al “crimen nefando” datan de 1880, cuando dos cadetes del tercer año y dieciséis años de edad, Felipe Goulou y César Carri, abusaron de sus camaradas. En 1906, el capitán Arturo Macedo murió por un disparo perpetrado por el mayor Juan Comas, quien luego intentó suicidarse en un episodio que la época recuerda como “crimen pasional”, poco disimulado por la prensa de la época como una reyerta entre “amigos predilectos” envueltos en “asuntos que afectan honda y desagradablemente la disciplina militar”.

 

 

El autor, Gonzalo Demaría.

 

Quien con minuciosa rigurosidad historiográfica recorre tal espinel es el investigador, dramaturgo y novelista Gonzalo Demaría (Buenos Aires, 1970) que en Cacería devela la historia de la persecución de la comunidad homosexual porteña a mediados del siglo XX. Desatada a raíz del estado público que tomó la activa participación de cadetes del Colegio Militar de la Nación en actos individuales y farras gay con civiles, en buena parte provenientes o sumamente afines a la rancia oligarquía de la época. La punta del ovillo arranca con las andanzas de Jorge Horacio Ballvé Piñero, hijo de un capitán de navío y una heredera millonaria cuyos ancestros habían fundado la Sociedad Rural Argentina. Criado entre la colonia inglesa de Alta Gracia, Córdoba, y la París de los fiesteros años ’20, al desatarse el escándalo en 1942, el protagonista aún no había cumplido la mayoría de edad, que en aquél entonces se decretaba a los veintidós años.

Las aventuras y desventuras de Ballvé sirven de eje organizador de las contingencias profundas que rodearon una historia hasta el momento ignorada, que transcurrió durante “la transición entre el fin de la llamada Década Infame y el nacimiento del peronismo”, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, “y una Argentina aferrada a una neutralidad imposible” que con el golpe del año ’43 “persiguió a judíos y homosexuales”, homologando los primeros al comunismo y a la democracia  con “decadencia, corrupción, contubernio, amancebamiento, prostitución, sodomía y festichola”. Problemática que de modo alguno era ajena a la sociedad porteña: en 1914 se había estrenado la obra teatral Los invertidos, de José González Castillo, raudamente acusada de inmoral y prohibida. (En 1990, Alberto Ure dirigió una memorable puesta en escena.)

Jorge Horacio Ballvé Piñero tenía por costumbre fotografiar con su moderna Leika a sus partenaires y coleccionar esos retratos en lo que hoy constituye “un registro etnográfico más que estético”. Pese a que las fotos de los cadetes fueron destruidas por orden castrense, han sobrevivido aquellas en la que figuran trabajadores, marineros, granaderos, policías, deportistas, profesionales y pintorescos ejemplares de todas las clases sociales, especialmente de los sectores más pudientes, representativos de una cultura pacata. Eso sí, imágenes sepultadas dentro de los expedientes judiciales, sobre los cuales Demaría concretó una exhumación destinada a reconstruir no sólo el caso, sino aún más, una época. Es en este aspecto en el que Cacería se desenvuelve en al menos dos planos que se superponen e intersectan sin confundirse, merced a la sistemática, prolija disposición con la que el autor construye el relato.

 

 

 

 

Emergen de este sistema tanto los pormenores de la vida cotidiana del fotógrafo clandestino y sus cofrades, como la prejuiciosa crueldad de una sociedad cuya ferocidad institucional descerrajó sobre una minoría el sadismo todo aquello que la espejaba. Quedan reflejadas las modalidades de levante, el lenguaje, los lugares, gustos y modas de la comunidad gay de la época. Asimismo las intrigas de la oligarquía, la promoción de la delación sistemática dentro de los hombres de armas, el higienismo que intentaba revertir la homosexualidad mediante inyecciones de hormonas en los testículos y la doble moral leguleya. La banal justificación de que abundantes miembros de las Fuerzas Armadas eran proclives a las prácticas homoeróticas porque una ley de profilaxis había prohibido la prostitución femenina y por ende los militares se hallaban compelidos a recurrir a conspicuos homosexuales, resulta un paradigma indicativo de un mecanismo perverso. Excepcional documento de una época cuyas prácticas permanecen ocultas detrás de los acontecimientos sociales y políticos que privilegia la Historia oficial, Cacería registra con erudición y solvencia, en un relato de amena agilidad, los antecedentes que construyeron una homofobia cuyas secuelas se arrastran hasta la actualidad.

 

 

FICHA TÉCNICA

Cacería – una historia real

Gonzalo Demaría

Buenos Aires, 2020

294 págs.

 

 

 

 

 

 

 

 

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1 comentario
  1. Marcelo Marmer dice

    Me parece muy importante esta obra en este momento en que se intenta acusar a Ramón Carrillo de haber traído a un médico que trabajó durante el nazismo en lo que se denominó la cura de la homosexualidad. Tiempos aquellos en los que la homosexualidad se consideraba enfermedad.
    Si Ramón Carrillo creyó en esa posibilidad de cura, según se afirmó en una de las acusaciones recientes, habrá que investigarlo.
    Pero aunque Carrillo aceptara esa práctica de curación, ello no implica que necesariamente haya sido un perseguidor de homosexuales y por otro lado, deberá ubicarse esa práctica en el contexto de la época en que la homosexualidad era considerada por la Academia médica una enfermedad.

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