Cancelar una cultura

No admitamos una sanción injustificable a la cultura, como espacio de libertad, creación y belleza

 

Voy a hacer mías las palabras que publicó en redes sociales el ex Presidente Lula Da Silva:

“Es inaceptable que, en plena segunda década del siglo XXI, algunos líderes insistan en comportarse como nuestros antepasados prehistóricos, cuando no existía la diplomacia y la única ley vigente era la ley del más fuerte. Es inadmisible que un país crea que tiene derecho a instalar bases militares alrededor de otro país. Y es absolutamente inaceptable que un país reaccione invadiendo otro país».

«Se han gastado billones de dólares en guerras recientes, antes y después del 11 de septiembre, en el Medio Oriente e incluso en Europa. Cantidad suficiente para eliminar el hambre en el mundo y preparar al planeta para enfrentar mejor el cambio climático».

«Estoy y estaré en contra de todas las guerras y de cualquier invasión de un país por otro país, ya sea en Medio Oriente, Europa, América Latina, el Caribe, África, en cualquier parte del planeta. Defenderé hasta el final la paz y la soberanía de cada nación frente a las agresiones externas».

«Las grandes potencias deben entender que no queremos ser enemigos de nadie. No nos interesa a nosotros, ni al mundo, una nueva guerra fría que involucre a Estados Unidos, China o Rusia, arrastrando a todo el planeta a un conflicto que podría poner en peligro la supervivencia de la humanidad”.

No voy a decir más sobre esta guerra absurda en la que buena parte del mundo está embarcado. Y que nada bueno presagia para la humanidad, porque no importa quién gane la guerra: la guerra y su hermana siamesa, la muerte, son quienes se erigirán triunfantes. Por sobre los hombres y mujeres. Por sobre las civilizaciones.

Hace ya varias décadas, mi profesora de Antropología Cultural me habló de un señor que se llamaba Franz Boas, que resultó ser alemán pero siempre me dio brasileño. Lo imaginaba sacando fotos de tribus amazónicas y estudiando su cultura. Mi Amigo Franz –el falso brasuca— propugnó lo que me explicaron se llamaba Relativismo Cultural y que, palabras más o menos, es un enfoque que considera válido todo sistema cultural, sin someter a las diversas culturas a valoraciones éticas o morales. Recuerdo aquella clase, cuando mi profesora dijo que el relativismo cultural era un enfoque civilizado. Porque obligaba al observador a ser tolerante con lo distinto, incluso con aquello que no comprende quien mira o analiza. También dijo que la exigencia de la tolerancia erradicaba la posibilidad de la violencia como respuesta a lo diferente.

Vengo recordado estos conceptos estos días en los que veo cómo se intenta cancelar una cultura desde un juicio ético respecto de lo que hacen algunos miembros de esa cultura. Estoy hablando de la cultura rusa y de la nueva forma de xenofobia que se ha desatado a propósito del conflicto bélico entre Rusia y Ucrania.

Voy a ser honesta: por motivos autobiográficos, le tengo poca simpatía a la cultura rusa. Bah, en realidad la asocio a un novio con el que conviví varios años y me dejó para irse a Rusia y tanto me dejó que terminó casado con una rusa. Ruidos de cristales rotos es el ruido de mi corazón cuando recuerdo esa historia. Pero toda desgracia deja enseñanzas y una de ellas fue que conocí mucho de cine, literatura, música y cultura rusa mientras duró la relación. Ese amor y ese deslumbramiento por la cultura rusa ha sido más duradero que el amor que lo precedió.

 

 

 

Por eso me deja atónita que ahora pretendan cancelar la cultura rusa –tan bella– como modo de expresar un reproche a la conducta del actual gobierno de Rusia. Empezó casi como un chiste. Un cordobés, dueño de una heladería, hizo público que a partir de ese momento no vendería más el sabor que conocemos como “crema rusa”. Mi respuesta fue una carcajada. Que siguió cuando alguien más señaló que no vendería más ensalada rusa. Lo cual me recordó que siempre quise saber si la ensalada rusa se llamaba rusa por su origen o por ser roja, gracias al aditamento de la remolacha. Y eso me llevaba a una nueva disquisición: si era por roja, ¿le habrían puesto rusa a la ensalada en referencia al comunismo?

También se prohibió la participación de los gatos rusos en las exposiciones de gatos, la participación de la selección rusa en el próximo Mundial y la de la delegación rusa en las Olimpíadas especiales.

Como sea, lo que parecía un chiste ha ido cobrando una dimensión francamente preocupante. El supuesto mundo civilizado – occidental y cristiano, diría el autor de la teoría del Estado Hermann Heller— admite sin decir ni pío que se cancelen productos culturales ólo porque son de origen ruso. Así, una universidad de Milán –la Bicocca, que claramente hace honor a su nombre— pretendió cancelar un curso sobre Dostoievski. Hace unas horas también trascendió que Disney sacó de su catálogo la película infantil Anastasia, que cuenta en versión cuento de hadas la historia de la presunta sobreviviente de la familia del Zar, luego de la Revolución Rusa. Y algo que me descorazonó: la Filmoteca de Andalucía acaba de prohibir la proyección del peliculón que es Solaris, del genio extraordinario que fue Andrei Tarkovski, ruso, por cierto. En lugar de aquella obra maestra, dispuso que se proyectase la versión de 2002 dirigida por Steven Soderbergh.

Explico todo esto y mis alarmas internas rugen en rojo infierno. Esto que les cuento es un acto de censura y por lo tanto de barbarie. Literalmente lo opuesto a lo que promueve el mundo civilizado. Y qué decir de las iniciativas que existen para censurar canales como Rusia Today. Lo miro suceder y francamente no puedo creerlo.

Pero mi preocupación crece cuando leo que en Alemania… sí, nada menos que en Alemania… acaban de despedir a un director de orquesta de la filarmónica de Munich, Valery Gergiev, por su posición ideológica respecto a Putin. Como si pensar fuese un delito. Y expresarlo otro tanto.

Y me vienen a la cabeza las palabras de el gran poeta alemán del romanticismo, Heinrich Heine, que supo decir: “Donde se queman libros, se acaba quemando gente”.

Mi pregunta es: ¿cuántos libros, conciertos, películas estamos dispuestos a dejar que se quemen o prohíban en nombre de la libertad? ¿Cuántos y cuántas, antes de que aceptemos que también se queme a personas?

 

 

Un mundo sin películas de Tarkovski es un mundo inviable.

 

 

Escribo esto para reflexionar juntos acerca de la tolerancia que debemos extremar en estos tiempos oscuros. Sabiendo que hay una guerra, que ya está cobrando vidas, allá lejos. ¿También vamos a dejar que se cobre culturas? ¿Y que, con la cancelación de la cultura, se cobre también esas cosas en las que creemos y defendemos, como la libertad de pensamiento, de expresión y de acceso a los bienes culturales?

En estos días recordé una frase de Pushkin que conocí en una bellísima película también de Tarvkoski —El espejo— y que dice: «La división de las iglesias nos separó de Europa; nosotros no tomamos parte en ninguno de sus grandes acontecimientos”. Aquello que escribió Pushkin está hoy desactualizado. Es casi imposible pensar la historia del siglo que nos precedió sin Rusia, desde la Revolución Rusa, pasando por la Segunda Guerra Mundial, la conquista del Espacio, la guerra fría y las otras guerras que se desarrollaron en territorios aislados.

Cancelar una cultura es tan absurdo como pretender borrar la historia y la memoria. Y también es una negación de nuestra propia historia. Porque nuestra historia se inscribe en la lucha permanente por la libertad. No atentemos contra esas libertades que largamente hemos construido y defendido. Y no admitamos una sanción injustificable a la cultura, como espacio de libertad, de creación y de belleza. Porque los hombres pueden morir en un instante, a las culturas les toma más tiempo.

Para concluir esta nota voy a dejar una enseñanza de esas que te deja la vida. Después de años de renegar contra lo ruso, dolida y absurda como podemos ser las personas, una madrugada me topé con un señor maravilloso que pudo terminar un poema de Tarvkovsky que yo había empezado a recitar. Y aprendí que de nada sirve pelearse con una cultura ni rechazarla por el motivo que sea, porque de hacerlo nos negaríamos a nosotros mismos el milagro de ver nacer algo nuevo. Y más bello. Algo que repara. Algo que de algún modo nos salva y nos redime.

Y en estos días tenebrosos, si hay algo que necesitamos como mundo y como humanidad es que nazcan nuevos hombres y mujeres. Un mundo más justo y con menos muertes y guerras. Un mundo donde deje de triunfar la fuerza. Un mundo con redenciones posibles. Un mundo con esperanza. Un mundo que deje de cancelar y que adopte para siempre la cultura de la paz.

 

 

 

 

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