Caos e impunidad

La naturalización del desorden

 

Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha acudido a leyendas y mitos para explicar sus orígenes y el porqué de su presente. Más allá de las diferencias culturales, estas explicaciones siempre remiten a un espacio primordial, un hueco o vacío llamado caos, desde el cual habría surgido eventualmente todo lo conocido. Con el correr del tiempo, este espacio primordial fue llenándose de un contenido específico, y el concepto de caos pasó a designar un estado de desorden, una verdadera amenaza para la vida humana y el equilibrio social. Hoy, sin embargo, la connotación destructiva del caos se ha evaporado, y por arte de magia este se ha transformado en un fenómeno natural, algo que inunda lo cotidiano subrepticiamente y permanece al margen de toda reflexión.

La naturalización del caos coexiste con una intensidad creciente de conflictos locales y geopolíticos que amenazan con desbordar en una guerra nuclear. Sin embargo, la gran mayoría de la población mundial desconoce este peligro. Esto no es casual, detrás de la conflictividad, existe una estrategia de dominación basada en la fragmentación sin límite alguno de actores y circunstancias que contribuyen al cuestionamiento de los gobiernos de turno. Centrada en el viejo principio de “dividir para reinar”, esta estrategia es la antítesis de una negociación tendiente a una conciliación de intereses contradictorios a través de la cooperación en todos los ámbitos de la vida social. Esta necesidad de cooperar, intrínseca a la vida social, ha permitido a la humanidad doblegar la naturaleza y llegar hasta el presente. Sin embargo, hoy ha desaparecido de la escena, y la vida social se organiza en torno a una puja creciente por la maximización de ganancias, rentas y riqueza acumulada. Esta dinámica conduce a la concentración del poder y a la naturalización de formas de dominación basadas en el uso irrestricto de la fuerza. En este contexto, el caos se transforma en un fenómeno tan inapelable y esperado como el rayo que se desprende de un cielo cubierto de espesas nubes negras.

Esta naturalización del caos se produce por distintas vías, entre las que se destacan especialmente las operaciones destinadas a cambiar la forma en que miramos al mundo y percibimos la realidad. Aquí, el lenguaje ocupa un rol crucial: es un territorio privilegiado para la siembra de la disonancia cognitiva y de la confusión, fenómenos que bloquean la reflexión y la capacidad de cuestionar. En este contexto, los conceptos unívocos son sustituidos por ideas contradictorias o incompatibles, y lo que se dice contradice a lo que se hace, mientras se multiplican las estigmatizaciones de individuos, sexos, clases sociales, etnias, razas, religiones, etcétera. Estas manipulaciones buscan detonar sentimientos primordiales que polarizan y aíslan. Entre estos, el miedo y el odio ocupan un rol central. En todos los tiempos, estos sentimientos han impulsado comportamientos de manada que son funcionales a la reproducción del statu quo. A todo esto se suma algo propio de nuestros tiempos: la redefinición subrepticia de las normas, convenciones y regulaciones que han regido a la convivencia global desde la Segunda Guerra Mundial y la redefinición de las reglas del juego institucional democrático con el objetivo de naturalizar la censura y el clientelismo e imponer los intereses inmediatos del poder concentrado por encima del interés general de las naciones. Todos estos mecanismos contribuyen a la pérdida de la identidad nacional y cultural que por mucho tiempo han definido los derechos soberanos de los pueblos sobre sus territorios. También contribuyen a engendrar democracias de “baja intensidad” que por décadas han convivido impunemente con el lawfare y la pérdida de derechos en todos los órdenes de la vida social.

En los últimos tiempos, estas circunstancias coexisten con la eclosión de la crisis sistémica de un capitalismo global monopólico que se reproduce, intensificando la desigualdad social, agotando recursos no renovables de importancia estratégica para la supervivencia humana en el planeta y multiplicando conflictos geopolíticos entre potencias nucleares. Paradójicamente, la conjunción de todos estos fenómenos abre una hendija por la que se cuela la impunidad en la obtención de privilegios y en el ejercicio del poder.

Esta paradoja es explosiva: por más pequeña que sea la apertura de la hendija, su mera existencia permite que se cuelen los vientos del cuestionamiento al statu quo. Así, la impunidad de los gobernantes y de sus políticas se transforma hoy en el hilo que conduce al entramado de actores, intereses y medios que tejen el caos y lo naturalizan. Esto ocurre tanto en el escenario internacional como en los rincones más distantes del planeta. Más importante aún, la impunidad permite conectar episodios remotos y aparentemente aislados: desde la confrontación entre Estados Unidos y China y las guerras del Medio Oriente y Ucrania hasta los rugidos destemplados de un supuesto león que se arroga la representación de las fuerzas del cielo para imponer cambios sísmicos en el lejano y desprendido cono sur de un continente que abre el paso a las enormes riquezas naturales de otra masa continental, virgen e ignorada, pero imprescindible para el futuro de la humanidad.

De este modo, en los tiempos que corren, la impunidad de los gobernantes y sus políticas no sólo apunta a la esencia del caos que vivimos, también nos convoca a preguntarnos por las razones que explican nuestro presente. Esto trasciende el análisis de los poderosos e implica hurgar en las limitaciones intelectuales, políticas y culturales que explican por qué estamos donde estamos.

 

 

Mercantilismo e impunidad

La prensa, los organismos internacionales y el establishment económico de Occidente coinciden en que, luego de varias décadas de crecimiento a tasas inéditas, el modelo económico chino está agotado, y la debacle de su sector financiero e inmobiliario ha colocado a ese país a las puertas de un estancamiento económico similar al que azota desde hace décadas a Japón. Estos análisis desconocen que mientras el PBI norteamericano creció el 2,5% en el 2023, el chino lo hizo el 5,2% en el mismo periodo, y es aún mayor la brecha en el crecimiento per cápita: 5,4% en China y 2% en Estados Unidos. El crecimiento chino sigue siendo por demás significativo y superior al de los países más desarrollados. China tiene problemas, pero son muy diferentes a los que llevaron a Occidente a la crisis financiera del 2008. Su sistema financiero está en manos del Estado y, para enfrentar la crisis de su sector inmobiliario, China se ha embarcado en un plan de fuertes inversiones estatales tendientes a revolucionar su estructura productiva dando prioridad a sus sectores de alta tecnología [1]. Tanto los Estados Unidos como la Unión Europea han intentado coartar el desarrollo tecnológico chino imponiendo tarifas a sus exportaciones y buscando impedir que China acceda a las importaciones de productos de alta tecnología que necesita para dar su salto tecnológico [2].

En su reciente visita de cuatro días a China, la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen, expuso la razón de estos objetivos: “El excesivo poder industrial [chino] tiene consecuencias globales (…) sobre la producción de alta tecnología, vehículos eléctricos, paneles solares, semiconductores y otros bienes tecnológicos que no pueden ser absorbidos por el consumo chino, invaden el mercado global”. Y manifestó que perjudican la producción de otros países y, en particular, la norteamericana. Si el gobierno chino no sustituye la intervención estatal “por más libertad de mercado” y si no cambia la expansión de sus exportaciones por un mayor consumo interno, el gobierno norteamericano tendrá que tomar medidas con “consecuencias serias” [3].

Detrás de estas formulaciones hay una estrategia de dominio que identifica a China como el principal peligro para la seguridad y la preeminencia económica norteamericana. Esta estrategia promueve ahora una mayor intervención del Estado norteamericano en la economía local y mundial a fin de reestructurar las cadenas de abastecimiento global de productos de alta tecnología y de recursos naturales de importancia estratégica. Y tiene un objetivo último: lograr el control norteamericano sobre el 90% de la producción global de los semiconductores más avanzados tecnológicamente, que son producidos por un puñado de empresas en la isla de Taiwán, tradicionalmente reivindicada por China. Estos chips son indispensables para el control de la infraestructura digital, de la economía mundial y para la guerra.

 

 

Impunidad y guerra en Medio Oriente

La crítica internacional al genocidio en Gaza ha alcanzado niveles sin precedentes, [4] pero el apoyo del gobierno norteamericano a Israel ha sido inconmovible [5]. Dos acontecimientos habrían de cambiar la dinámica de esta guerra.

La masacre planificada por el ejército israelí de siete miembros europeos de una ONG con fuertes lazos con el Congreso norteamericano, dedicada a proveer alimentación a la población de Gaza, obligó al gobierno de Biden a amenazar por primera vez al gobierno de Israel con quitarle toda ayuda si no ponía fin al jaqueo de Gaza e iniciaba negociaciones con Hamás. Casi inmediatamente, misiles israelíes destruyeron un edificio de la embajada de Irán, en Siria, asesinando a los más altos directivos militares a cargo de las operaciones iraníes en la región.

Esta operación militar, sin precedentes en épocas de guerra, expuso el principal objetivo perseguido por Israel desde el 7 de octubre pasado: escalar la guerra en la región para provocar el involucramiento directo de tropas norteamericanas. Ahora, ante una inminente represalia del gobierno iraní en respuesta al ataque de su embajada, el gobierno norteamericano ha dejado en claro que intervendrá directamente si Israel es atacada. Al mismo tiempo, Israel advirtió que atacará a Irán con todo su poderío, que incluye armas nucleares, si este país ataca su territorio [6].

Estos episodios también exponen cómo Israel, con el beneplácito del gobierno norteamericano, destruye sistemáticamente las reglas y convenciones que rigen la guerra erosionando en consecuencia la legitimidad de los organismos internacionales encargados de cumplirlas [7]. A los sistemáticos crímenes de guerra cometidos hasta ahora [8], Israel suma la violación de la inmunidad diplomática otorgada a las embajadas y el “genocidio automático” y “extra legal” de los palestinos, usando programas de inteligencia artificial que operan al margen de toda supervisión humana [9]. La impunidad de Israel expone la esencia de la geopolítica del petrodólar que la hace posible y muestra que sus consecuencias trascienden al drama palestino y conciernen al futuro de la vida en el planeta.

 

 

La Argentina: hacia la dolarización endógena

Por estos días, los mercados están de fiesta en la Argentina: un bono de la deuda soberana en dólares subió más del 200% en el último año y medio, y el conjunto de estos títulos acumularon subas de hasta 10,3% en la bolsa porteña sólo en lo que va de abril. Al mismo tiempo, el riesgo país cayó un 30% desde que asumió Milei, fenómeno que si persiste le permitirá acceder al crédito externo antes de fin de año. Esta euforia no es inocente: el país asiste a una orgía especulativa fomentada por el gobierno, con un dólar oficial que crece el 2% mensual, mientras la remarcación de precios por parte de los monopolios sigue desatada y la tasa de interés continúa siendo negativa. El dólar bajo y estable, la inflación creciente y la licuación de activos obligan a los ahorristas locales a desencanutar sus dólares para sobrevivir. Al mismo tiempo, desde el gobierno, fogonean una bicicleta financiera con activos locales para atraer más dólares de afuera para concretar pingües ganancias con el carry trade. Esta afluencia de dólares desencanutados y especulativos le permite al gobierno aumentar sus reservas, algo indispensable para cumplir con las exigencias del FMI y, al mismo tiempo, acercarse al momento crucial del levantamiento del cepo, prolegómeno de la dolarización, que asegurará “la desaparición del BCRA” y la imposición de un chaleco de fuerza para los conflictos del país, asegurando así el endeudamiento ilimitado con el FMI y con acreedores privados y una fuga constante del excedente, ganancias, rentas, y riqueza acumulada hacia el exterior, ese tenebroso y oscuro mercado financiero internacional donde las fuerzas del cielo deciden el futuro de las naciones y de los individuos.

Domingo Cavallo, veterano de las mil batallas contra la patria contratista [10], le advierte al Presidente que no puede levantar el cepo ahora, pues detonará una corrida cambiaria que pondrá en peligro al superávit comercial. Milei lo sabe, por eso busca 15.000 millones de dólares con el objeto de parar la corrida y reclama al FMI que se los adelante como parte de la reestructuración de la actual deuda externa que vence antes de fin de año. El FMI, que ya se “quemó” con el corralito y la explosión social del 2001 y con la bicicleta financiera pergeñada por Caputo en la era Macri, espera con calma que el campo y los exportadores liquiden la cosecha y las correspondientes divisas de exportación. Mientras tanto, Caputo y Milei aprovechan el fervor de los mercados para pasar la gorra entre los fondos financieros, los bancos y ahora Elon Musk, ese magnate tecnológico que busca poner pie en el litio argentino. Pero los tiempos vuelan y el verso armado para convencer a los mercados puede quedar destruido por una corrida, por el impacto de la recesión sobre lo recaudado y por la temida implosión social, de ahí que el Presidente acaba de pergeñar un nuevo atajo para provocar una “dolarización endógena” lo más rápido posible: es decir, una dolarización basada en un blanqueo masivo y tan flexible que cualquiera podrá desencanutar dólares sin control efectivo, incluyendo a la principal mina de dólares encanutados del mundo: el narcotráfico. Preguntado por este riesgo, Milei no lo pensó dos veces: “Me importa un rábano de dónde saquen los dólares. Algunas cosas que los políticos definen como delito para mí no son delitos”.

Esta expresión sintetiza el hubris y la impunidad que rodea todos sus actos de gobierno: desde gobernar con un DNU que viola la Constitución y cientos de leyes, hasta la abierta repartija de negocios y posiciones de poder en los tres poderes del Estado a conspicuos representantes de grandes empresarios de la patria contratista que lo apoyan. A esto se suman la asignación de funciones y la distribución de prebendas entre representantes de partidos políticos de la oposición para mantener la vigencia del DNU y asegurar su voto en el Congreso. Así, Milei no vacila en hacer negocios de toda índole con una “casta política” a la que oportunamente denunció para llegar al gobierno y que ahora denuncia al por mayor cada vez que le conviene. Al mismo tiempo, todas sus acciones de gobierno —desde el brutal ajuste, a la desregulación de precios y dolarización de tarifas, con caída constante de los salarios y desocupación creciente— muestran que la libertad de mercado que pregona se basa en salarios de hambre férreamente controlados, miseria en aumento y atropello de los monopolios.

Así, Milei y su gente están montando un escenario que visualiza la brutal impunidad de sus políticas para concentrar aún más el poder económico y la extranjerización del país, al tiempo que estigmatizan a los más pobres y responsabilizan a una etérea “casta política” de todos los males, buscando así ocultar la actual maraña de poder. Todo esto retumba con estruendo en el vacío provocado por el silencio de un progresismo cada vez más enfrascado en la rosca política y el internismo e incapaz de definir un proyecto de nación que, siendo inclusivo, también enfrente el clientelismo político y sindical que durante décadas ha sido funcional a la reproducción de la actual maraña del poder en la Argentina.

 

 

 

[1] Para un análisis de la economía China: https://www.youtube.com/watch?v=Agm3t8XATiA
[2] Como resultado de estas políticas, las importaciones chinas han pasado de representar el 2,6% del PBI norteamericano en el 2018 a representar el 1,6% en el 2023.
[3] Frente a esto, el gobierno chino criticó la “doble vara” norteamericana, recordando que “un principio básico de la economía mundial estipula que la oferta de bienes que exceden a la demanda interna buscará naturalmente mercados en otras partes del mundo. Las naciones de Occidente han estado haciéndolo durante cientos de años, pero cuando China lo intenta hacer se la acusa de amenazar al mundo con problemas de sobre producción” (Reuters).
[4] Luego de seis meses de operaciones militares en Gaza, el gobierno israelí no ha conseguido ninguno de sus objetivos: no ha destruido a Hamás ni ha recuperado a sus prisioneros, los israelíes que vivían cerca de Gaza y de la frontera norte siguen sin retornar a sus hogares y el gobierno no tiene plan alguno para garantizar su seguridad. La guerra ha deteriorado severamente la economía israelí y grandes protestas contra el gobierno exigen la liberación de los rehenes de Hamás. Varias resoluciones de Naciones Unidas y de la Corte Internacional de Justicia han condenado a Israel por sus crímenes de guerra durante este periodo conminándolo al cese del fuego.
[5] A pesar de la creciente oposición de la juventud del partido demócrata y de la crítica creciente de la población de origen musulmán, especialmente en Estados que decidirán las elecciones en noviembre.
[6] Zerohedge.com, 9, 10 y 11 de abril de 2024.
[7] Alastair Crooke, eurasiareview.com, 9 de abril de 2024.
Para un análisis del impacto de los últimos acontecimientos: https://www.youtube.com/watch?v=SdnYLbrFm1A.
[8] Bombardeo sistemático a la población civil, destrucción de todos los hospitales y escuelas existentes en Gaza y provocación deliberada de la hambruna, impidiendo la llegada de víveres.
[9] Alastair Crooke, eurasiareview.com, 9 de abril de 2024 y zerohedge.com, 12 de abril de 2024.
[10] Mónica Peralta Ramos, La economía política argentina, Fondo de Cultura Económica, 2007.

 

 

 

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