CAPITAL CULTURAL Vs SENTIDO COMÚN

Ponencias, entrevistas y misceláneas de Pierre Bourdieu

 

Una bellísima y algo oscura estatua mira desde lo alto a los turistas que atraviesan la piazza De’Fiori en el centro de Roma. Recuerda a Giordano Bruno (Nola 1548-Roma 1600), quien en ese mismo lugar fuera quemado vivo, desnudo, con una prensa trabándole la lengua a fin de impedirle expresar sus opiniones. Tan peligrosas palabras, para el Santo Oficio de la Iglesia Católica eran —entre otras— que el planeta Tierra rotaba en torno al sol y giraba sobre su eje. Conclusión a la que el hereje había arribado mediante sus científica curiosidad, consecuentes observaciones, a veces auxiliado por un rudimentario telescopio. Afirmación incompatible con el dogma eclesiástico, basado en la ilusión perceptual de que la Tierra era el centro del universo y el cosmos giraba en su derredor. Tal el “sentido común” de la época.

 

Cuatro siglos después llegó Antonio Gramsci (Cerdeña 1891-Roma 1937), quien utilizó el término a fin de camuflar que escribía —en sus folletos de marxismo para campesinos— sobre ideología, vocablo rojillo capaz de ser censurado por sus carceleros. En esos recovecos, la incipiente ciencia social prefería la ciertamente menos gentil aunque más precisa noción “pensamiento vulgar” para esas ideas generalizadas, alejadas del sentido crítico, próximas a la superstición, impulsadas por el efecto de masa, nunca sometidas a corroboración, onda “si hacés eso te crecerán pelos en las manos” o “la deuda con el FMI fue tomada por el Frente de Todos”. Con lo que el sentido común deja de ser el menos común de los sentidos, triunfa el pensamiento vulgar y el método científico se convierte en el último baluarte en favor de la verdad a través del conocimiento. Ayuda la acción política, sin la cual no hay proyecto científico.

 

El autor, Pierre Bourdieu, entre sindicalistas.

 

En ciencias sociales, la confusión de los datos aportados por los instrumentos de registro, y los instrumentos mismos, con las causas internas de los fenómenos bajo estudio, ha reducido importantes esfuerzos a meras descripciones extravagantes. Se desata por ende el espejismo de que la descripción, por sí sola, explica. Distintas corrientes aportan sistemáticas alternativas destinadas a desentrañar los mecanismos de producción simbólica. Al concluir la última dictadura eclesiástico-cívico-militar, de la mano de la apertura democrática tanto como de los exiliados que retornaban al país, llegaron ideas por años vedadas. Si bien algunos títulos habían circulado parcialmente por ámbitos especializados, la movida obtuvo una injerencia de mayor masividad, impulsada por la efervescencia académica. Uno de estos baluartes fue El oficio de sociólogo, texto de Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, filósofos en su origen que instalaron su objeto de estudio dentro de la epistemología, desplazando esa rama del pensamiento fuera del positivismo. Pequeño sismo, capaz de abrir teorías y métodos hacia nuevos horizontes, en consonancia con lo que ocurría en otras latitudes: si en la Argentina se reforzó la sociología, mayor ascendencia obtuvo en la antropología, mientras en Francia se sostenía dentro del espectro filosófico y en los Estados Unidos cundía en el seno de los estudios literarios. Es decir, la sociología como especificidad prêt-à-porter.

Pierre Bourdieu (Denguin 1930-Paris 2002) asumió como campo de experimentación y aplicación el sistema educativo, nicho proclive a poner a prueba su concepto de capital cultural, en relación dialéctica con el tradicional capital económico, en cuya intersección se abocó a los sistemas de reproducción y transformación. Estudios tan complejos como apasionantes, signaron una vida laboriosa, incansable, donde el trabajo de campo adquiría valor prioritario, opuesto “radicalmente a este etnocentrismo de sabios que pretenden saber la verdad de la gente mejor que la gente misma y hacer su felicidad a pesar de ella”. La esperada reedición de Capital cultural, escuela y espacio social, relanza y actualiza una práctica extensiva a los estudios sociales a través de una sucesión de ponencias, reportajes y textos breves que en buena medida sintetizan las experiencias del autor. Formidable oportunidad para conocer o profundizar una obra vastísima, generosa en referencias donde acudir a fin de ahondar en tales temáticas.

 

 

 

 

Hoja de ruta signada por el espíritu crítico, Bourdieu no se priva de nada. Desmitifica El oficio de sociólogo, su libro icónico, encuadrándolo en terreno etnológico como contrapartida del propio “discurso didáctico, por consiguiente, un poco ridículo: repite sin cesar que hay que construir pero sin jamás mostrar prácticamente cómo se construye”. Y concluye: “Yo creo que es un libro que ha hecho mucho mal. Ha despertado gente, pero ha sido enseguida utilizado en un sentido teoricista”. Contra la repetición académica, el autor recupera, transformándola, la idea de Foucault de adoptar propuestas de distintos autores “no para obtener conocimientos, sino para sacar de allí reglas para construir su propio objeto”, generar “un creador de pensamiento y no lector letrado en el pensamiento de otros”. Tarea que, agrega, requiere que en una obra ajena sea comprendida “primero el proceso de producción (…): la relación entre el campo en que ella se produce y el campo en el que es recibida”. Fórmula clave, sintetizadora de la relación recíproca entre teoría, método y práctica —siempre política—, otorga un marco sin el cual se disipa la coherencia interna tanto de Capital cultural… como de toda la producción de Bourdieu y, aún, de sus seguidores.

Espectro permisivo a fin de que el autor se inmiscuya en asuntos variopintos, donde es tal singular perspectiva la que los hace de su incumbencia. Respecto de las encuestas de opinión, hoy tan activas, por ejemplo, las caracteriza por fuera de “un instrumento de consulta democrática, sino un instrumento de demagogia racional. La demagogia consiste en conocer muy bien las pulsiones, las expectativas, las pasiones, para manipularlas o simplemente registrarlas, ratificarlas, lo que puede ser la peor de las cosas (basta pensar la pena de muerte o el racismo)”. Incluidas como instrumento de dominación, las encuestas constituyen “una forma suave de dominación que se ejerce con la complicidad arrancada por la fuerza (o inconsciente) de aquellos que la sufren”.

Con idéntica vehemencia, sin perder el rigor, Pierre Bourdieu mete baza en la relación entre la comunidad educativa y los sindicatos, revisa el papel del Estado en función de los diversos momentos históricos, analiza la estratificación social a partir de usos y costumbres cotidianos, evoca maestros y colegas, muy al estilo francés debate en forma acalorada con otras líneas epistemológicas. No obstante, constituiría un mezquino y holgazán reduccionismo recluir al autor en el ombliguismo eurocéntrico que a menudo exuda la academia francesa. Bourdieu es un creador ecuménico, dotado de una audacia hecha sistema. Si bien su campo de acción ha sido la cultura francófona, las estructuras, sistemas y conclusiones resultan extrapolables a las latitudes, tiempos y dominios que el lector sea capaz de llevar. Capital cultural, escuela y espacio social resulta, en este aspecto, ejemplo, plataforma y, sobre todo, puesta en práctica de tamaña aventura intelectual.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Capital cultural, escuela y espacio social

Pierre Bourdieu

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2022

182 páginas

 

 

 

 

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