Charly vs. Micky

La batalla por el alma de la calle Corrientes

El mural de Martín Ron dedicado a Charly García, en Callao y Corrientes.

 

“Calle como valle de monedas para el pan. Río, sin desvío, donde sufre la ciudad. ¡Qué triste palidez tienen tus luces! ¡Tus letreros sueñan cruces, tus afiches carcajadas de cartón!”. Sin dudas, una gran letra de Homero Expósito, con música de Domingo Federico, del año 1942, cercano a la recuperación masiva y popular que supo tener la calle después de 1945. Como se ve no es nueva la alternancia entre esplendor y decadencia, de una calle que bien puede ser una metáfora de Buenos Aires.

 

 

Hace aproximadamente un año escribí en Página/12 un artículo en el que me referí al profesor Ricardo Piglia, quien “le hace decir a su alter ego, Emilio Renzi, en sus diarios, que el pórtico de entrada a Buenos Aires está en el cruce de las avenidas Callao y Corrientes. Una entrada con recepción en una confitería y en una disquería-librería importantes, que hacia el Obelisco tenía toda la impronta cultural de la ciudad”.

El centro, marca registrada de cultura y felicidad, pelea entre estéticas de mercado y retazos de bohemia que resisten con honor. Los últimos jefes de gobierno no la entendieron jamás. Toda una definición política: sólo vieron en ella problemas viales crónicos, de asfalto y marquesina. Ningunearon el espíritu porteño, sin ver qué ideas encarna.

Corrientes no es un lugar de paso, sino un símbolo de cómo se vive en la ciudad. No es una calle, nunca será solo cemento. Es un texto abierto, un cuerpo, un tiempo.

Las calles importantes tienen vida propia. Muchas veces no decimos “voy al centro”, sino “voy a Corrientes”. No puede ser nunca una dirección: es un destino prefijado. Decimos, por ejemplo, “nos encontramos en Corrientes y Callao”. Es un cruce importante porque los porteños no podemos contar nuestras vidas sin nombrarla. Así deja de ser geografía y pasa a ser identidad.

Por eso llamaba la atención en aquel artículo, con dolor, porque en una de las patas del pórtico de entrada del que hablaba Renzi, a altas temperaturas y en la noche, personas sin distingo de edad dormían a la intemperie en plena vía pública, cada una alienada en el box que ofrecía el diseño de vidriera de una librería.

 

 

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Vecinos en situación de calle, bajo el escaparate extendido que combinaba libros deliciosos y tapas de LPs inolvidables. Allí les cuidaban el sueño las miradas de Mercedes Sosa, Miles Davis, Spinetta, Bob Dylan, Yupanqui, Almendra, Los Beatles, Piazzolla, Liliana Herrero, Piglia, Borges, Pizarnik, Bukowski, Carver. Todo un parnaso cultural vigilante del sueño caluroso y desangelado de la pobreza arrojada como descarte.

Una tensión insoportable entre lo mejor y lo más injusto de la ciudad, un diagnóstico expuesto a cielo abierto.

Días después de escribir el artículo, en la recorrida que me obliga a llenarme los dedos de olor a papel de las distintas librerías, sobre todo de libros usados, buscando ese que no aparece pero que siempre lleva a otros, noté que la esquina dormitorio estaba tapiada y en vías de ser remodelada.

La obra de refacción me dio un poco de culpa. La foto que acompañaba la nota era muy fuerte, pero verlo en vivo y en directo era peor. Nunca pensé que el poder de mi nota generaría un desalojo de aquellas almas sin techo. La realidad indicaba que habían pasado muy pocos días entre la nota y la remodelación, que consistía en sacar esos “boxes” que daban cierta privacidad al pernocté.

Durante varios días cargué con esos pensamientos: ¿adónde habrán ido a parar esas personas? ¿Algún organismo público o de caridad se habría hecho cargo? Nunca lo pude averiguar, y eso me seguía golpeando con cierta culpa.

Pasaron los meses. En ese tramo sucedieron cambios en la parte más interesante de la avenida Corrientes. Por un lado, el gobierno de la ciudad propuso una visita paga para subir al Obelisco en ascensor y ver la ciudad en hermosa panorámica.

 

 

Claro que desde allí es imposible vislumbrar la cantidad de gente que deambula con sus hatos de ropa y se refugia en las plazoletas de la 9 de Julio. Tampoco se ve la nocturnidad de la City, los ejércitos de fantasmagóricos tambaleantes, ya sin rostros y casi sin humanidad. Un movimiento en danza a lo “Thriller” sin un Michael Jackson, aunque no es patrimonio de nuestra City. Vi lo mismo en Bruselas, en San Pablo y en Wall Street, a las mismas horas del atardecer.

Es como si el lugar portara el mensaje de El retrato de Dorian Gray, la novela de Oscar Wilde. La belleza diurna sin bondad es monstruosa y parece corromper los cuerpos que vagan por la noche, al igual que aquel retrato escondido en la oscuridad de un desván.

En definitiva, la sociedad crea los monstruos que combate, decía el autor de la Balada de la cárcel de Reading.

Por el otro lado del pórtico, sobre la disquería y librería que fuera albergue desolado en las noches, siguieron los avances de decoración. Supe entonces que las remodelaciones eran parte de los 55 años que conmemoraban. Un gran alivio para mi culpa. Por eso hoy en su terraza luce un mural, realizado por Martín Ron, de 195 m2 dedicado a Charly García, que reproduce la tapa de una de sus mejores obras: “Clics modernos”.

Una obra con la que, recién nacida la democracia, hemos caminado Corrientes llevándola en el walkman como música de fondo de la película de nuestra vida. En esas canciones están todos los sentimientos que nos atravesaban en un noviembre de 1983. En medio de tanta esperanza, el bicolor –que nos había acompañado en el transito lóbrego de la dictadura– nos brindaba una salida donde advertía que seguían pegando abajo.

 

 

El mural, en el ingreso a Buenos Aires, según Renzi, tiene un lugar perfecto. Charly se merece ese pedestal construido sobre el mejoramiento y el aporte privado que una esquina comercial le ha hecho a la ciudad.

Una colaboración que muchos más comerciantes deberían imitar, incorporando arte a sus vidrieras. No es una cuestión de dinero, sino de identidad. Embellecer la ciudad debería ir de la mano de hacerla más justa. Pero en tiempos de mishadura predominan los plásticos luminosos y las marcas pensadas para vender, afeando el paisaje urbano, salvo contadas excepciones.

Pensar que la ciudad está sitiada por la barbarie, como afirmó el jefe de Gobierno, nos devuelve a los peores reflejos del pasado. Es imaginar al Riachuelo como una línea de fortines o a la avenida General Paz como la zanja de Alsina: un límite defensivo frente a los de “afuera”. Esa mirada, que en los hechos solo protege la especulación inmobiliaria, debería quedar atrás.

 

 

Lo que hace falta es más política, nuevas ideas y proyectos. No hay malones acechando en los bordes de la ciudad: hay millones de personas que cada día entran y salen para trabajar, consumir, viajar mal y sostener con su esfuerzo la vida económica de Buenos Aires.

El comercio que mejoró los estándares de sus vidrieras e instaló icónicamente a Charly, para bien de todos, no es responsable de dejar gente sin cama. La responsabilidad es que no tengamos una política social que dé techo, alimento o al menos cobijo al más olvidado. Además de un gobierno nacional que no genera empleo y cierra empresas diariamente, batiendo récords en función de sostener un superávit fiscal que nos está matando.

Será preciso que esa calle llena de teatros, de las mejores programaciones de cine, de librerías y cafés, vuelva a ser pensada. ¿Les importa elevar social y culturalmente a una sociedad? De hecho, Corrientes lo hizo durante años y lo sigue haciendo, aún herida de malos interpretes comerciales, culturales, y volviendo a mostrar, como en aquel tango, la tristeza de sus pobrezas.

En esa tira de glorias porteñas que va desde Callao al Obelisco se agregaron dos novedades: una, la panorámica desde ese ícono de la ciudad para ver, según el gobierno de la ciudad, a “BA, la ciudad más linda del mundo”; y en la otra punta, la presencia de quien supo sostener su alma. Dos íconos entre los que se juega una batalla desigual por la sobrevivencia de lo que fue, es y deberá ser la calle Corrientes, esa estación metafísica central de Buenos Aires.

 

 

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