Ciencia para la soberanía

La Antártida: mucho más que hielo

 

El planeta Tierra registra en sus polos norte y sur temperaturas en extremo frías, sin embargo, ambas zonas son profundamente diferentes. Mientras que el polo norte, o Ártico, es –a grandes rasgos– océano congelado, la Antártida, en el polo sur, es un continente. Un continente enorme y rocoso. La Argentina, el octavo país más grande del mundo, tiene una superficie de 2.78 millones km². La Antártida ronda los 14. Si fuese un país, sería el segundo de mayor tamaño a nivel mundial. Tratar de imaginar un territorio cuyas dimensiones se acercan a las de Rusia, prácticamente sin población humana, donde el hielo puede alcanzar los 3.000 metros de espesor, implica un desafío mental. Allí, en ese espacio monumental, el Estado argentino construirá tres laboratorios multidisciplinarios en 2023.

 

 

Ese sur también es mi casa

Cuando escasee el agua en el mundo, para lo cual no falta demasiado, los ojos de la humanidad mirarán hacia la Antártida, donde se encuentran las mayores reservas de agua dulce mundial. Y cuando eso pase, será importante destacar que hubo un país que fue el primero en tener allí una base estable. La Argentina se instaló en esa tierra del futuro en 1904. El 22 de febrero de ese año se fundaba la base Orcada en la isla que lleva el mismo nombre. Esta debería ser una fecha clave en el calendario argentino, en el imaginario colectivo, en los actos institucionales. No es menor haber sido el primer país del mundo que fundó un espacio permanente en aquel lugar, pero prácticamente nadie lo sabe.

Falta mucho trabajo en materia de comunicación para que la sociedad se apropie de estos conceptos y conozca el enorme trabajo que nuestro país desarrolla bajo el paralelo 60. El Cohete a la Luna entrevistó a Walter Mac Cormack, quien hoy es el director del Instituto Antártico Argentino, pero que ha sido parte de la institución en distintos roles desde 1986. Al escucharlo hablar sobre la labor que allí se desarrolla, se evidencia cuánto aún falta conocer sobre la entrega de quienes han dedicado décadas de su vida, en el marco del Estado, para que la Argentina sostenga su ciencia y su soberanía.

Son siete los países, junto con la Argentina, que tienen un reclamo soberano sobre dicho continente: Chile, Nueva Zelanda, Australia, Noruega, Francia y Reino Unido. Pero estos reclamos se mantienen de alguna forma en stand by. Lo que está vigente es el Tratado Antártico, un acuerdo multilateral firmado por 12 países, que establece a la Antártida como un espacio destinado a la paz y la ciencia.

Nadie puede, por ejemplo, explotar petróleo allí, aunque lo hay y mucho. El Tratado fue firmado en Washington el 1° de diciembre de 1959 y entró en vigor el 23 de junio de 1961. El gobierno de los Estados Unidos lo tiene bajo su custodia, mientras que la sede permanente de la Secretaría del Tratado Antártico está situada en Buenos Aires desde su creación en 2004 (bien, Néstor). A partir de su firma original ha ido aumentando el número de naciones que lo suscriben, hasta llegar a 54 en abril de 2019. Sin embargo, sólo 29 son “miembros consultivos”, es decir, que pueden tomar decisiones.

 

 

 

Tres laboratorios para nuestros bisnietos

La construcción de los laboratorios, cuyos edificios fueron diseñados por ingenieros del Ejército Argentino, fue impulsada por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, el Instituto Antártico Argentino y el Comando Conjunto Antártico. Cuenta con una financiación de 200 millones de pesos en el marco del Programa Federal Construir Ciencia e incluye también la construcción de nuevos refugios en las islas Vega y Cerro Nevado, cercanos a la Base Marambio. La iniciativa fue firmada por los titulares de los ministerios de Defensa, Ciencia y Relaciones Exteriores, Jorge Taiana, Daniel Filmus y Santiago Cafiero, respectivamente. Este proyecto es trascendental en sí mismo por las posibilidades científicas que implica, pero además es clave porque el ejercicio de la ciencia es un eje central a la hora de sostener el reclamo por la soberanía. Dice Mac Cormack al respecto: “Nuestro país tiene un reclamo soberano sobre un área importante de la Antártida y la manera de pelear y de establecer esa soberanía es a través de la investigación científica, fundamentalmente porque así está establecido en el Tratado Antártico, que engloba y regula todas las actividades por debajo del Paralelo 60”.

Este continente austral cuenta con aproximadamente 80 bases de distintos países, de las cuales alrededor de 40 se mantienen operativas todo el año y la otra mitad funcionan en verano. La Argentina tiene 13 y las permanentes son Esperanza, San Martín, Orcadas, Marambio, Carlini y Belgrano II. Los laboratorios se construirán en las primeras tres. Luego está la Base Petrel, que es un caso particular porque hasta ahora funcionaba en verano y actualmente se está trabajando para que pase a funcionar durante todo el año. Las temporarias son Melchior, Decepción, Cámara, Primavera y Matienzo. Mac Cormack señala, entre otros grandes avances, que los laboratorios agregarán autonomía en materia de los procesos que se pueden llevar a cabo allí. Hasta ahora, en algunos de esos sitios, quienes se dedican a la investigación sólo podían recolectar muestras, pero luego necesitaban volver a la Argentina continental para analizarlas. Invertir en este tipo de proyectos es estar pensando a futuro y, es sabido, el futuro empieza en el presente.

 

 

 

Un Instituto que estudia un continente

Corría 1951, la runfla de Benjamín Menéndez organizaba un golpe de Estado que fallaría y, mientras tanto, el gobierno nacional creaba, con enorme lucidez, el Instituto Antártico Argentino. Si bien la Argentina llevaba ya casi 50 años en la Antártida, recién cuatro años antes, en 1947, un segundo país había llegado a tener su primera base: Chile. Planear un Instituto Antártico, cuando el resto de los países no tenían siquiera bases, fue de avanzada. Explica su director: “Por ley, el Instituto es la institución que coordina, regula y controla todo lo que se refiere a la investigación científica de la Argentina en Antártida. El mismo depende a su vez de la Dirección Nacional del Antártico, que está inscripta en la Secretaría de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur, dentro de la Cancillería. Como científico puedo decir que, a diferencia de otros Institutos de investigación clásicos, el Instituto Antártico tiene además de su rol en materia de investigación, un aspecto adicional, que es el diplomático y político, producto de que su objeto de estudio es esta región tan particular, reglamentada por un Tratado que no existe en ningún otro lugar del mundo”.

Cuando se le pregunta a Mac Cormack acerca de las líneas de investigación que desarrolla el Instituto que él dirige, responde: “Este no es un instituto que se dedique a un tema en particular, su objeto de estudio es todo un continente”. A partir de esta gran primera afirmación, surge la respuesta de que el abanico es tan amplio que incluye a las Ciencias de la Vida, de la Tierra, físico-químicas, Ambientales e incluso hay un área de Sociales. Trabajan, por ejemplo, la restauración del efecto antropogénico, es decir, estudian cómo recuperar la salud de los ecosistemas que puedan estar impactados por la presencia humana. Otro gran tema es la biorremediación, “aprovechar la actividad fisiológica de los microorganismos que viven en la Antártida para desarrollar procesos que permitan reducir la presencia de contaminantes orgánicos”. Un punto clave es el estudio de la presencia de plásticos y microplásticos en el ambiente marino, que son un problema grave a nivel mundial, y la posibilidad de que sean degradados biológicamente. La lista es larga e incluye cuestiones geológicas, paleontológicas; un sinnúmero de saberes que se desarrollan allí donde el Estado tiene presencia hace más de un siglo.

 

 

La manera de reclamar por la soberanía en la Antártida es a través de la investigación científica.

 

 

 

Aprender de la diversidad

Quizá la primera idea disruptiva que aparece en diálogo con Walter Mac Cormack es la de diversidad. La Antártida, esa imagen blanca, lejana y fría, es diversa. Señala Mac Cormack: “La imagen es un continente helado, pero ese continente helado tiene regiones terriblemente diferentes entre sí. En principio, la Antártida está formada por una gran península y por una región aproximadamente circular, que es la parte más continental: eso ya hace una diferencia enorme. El norte de la península tiene un clima obviamente frío, pero no tan extremo, incluso hay épocas del año en que la zona norte de la península y las islas que la rodean se liberan del hielo, queda al descubierto ese suelo rocoso y ahí crece vegetación, se desarrolla vida”. La región del casquete polar, más cercana al polo sur, ha registrado en invierno temperaturas de hasta -90ºC, mientras que el norte de la península puede, en verano, alcanzar temperaturas incluso sobre cero. La posibilidad de que las temperaturas varíen en casi 100 ºC entre una región y otra hace que biológicamente también sean enormes las diferencias.

Hay cierta epopeya en el hecho de que la vida logre abrirse camino en ambientes de condiciones extremas. En tal sentido, la información que acumulan los organismos que han logrado existir en dichos entornos es profundamente valiosa para la humanidad. “Hay microorganismos que venden muy poco porque no son lindos, pero cumplen roles fundamentales en los ecosistemas de todo el planeta y en la Antártida incluso más, debido justamente a la escasa diversidad de macroorganismos, el rol que cumplen estos microorganismos en los ambientes antárticos es crucial. Hablando de esa diversidad, hay algo que hoy es de gran interés a nivel científico, que es la diversidad genética. Imaginemos que los organismos en general, pero los microorganismos en particular de un ambiente tan extremo como la Antártida, tienen que tener un montón de adaptaciones biológicas en su metabolismo, en su membrana, en sus organelas internas, que los hace particularmente importantes. Esas adaptaciones, que muchos microorganismos tienen para poder subsistir en esas condiciones, los hace interesantes porque pueden implicar estrategias que sean de interés para poder aplicar en procesos biotecnológicos, en procesos que mejoren la calidad de vida de los seres humanos”.

 

 

 

A la Ratatouille

Mientras estaba entrevistando a Mac Cormack, él pronunció una palabra que me disparó un recuerdo guardado en lo más profundo de mi inconsciente, tal como sucede en una escena de la película del ratón cocinero en la que el crítico recuerda un aroma de su infancia. Mac Cormack dijo “Marambio”, y de repente me vi con 13 años y una emoción profunda, en la enorme galería de mi escuela en Tandil, hablando –gracias a los radioaficionados– con un hombre que estaba allí, en esa base antártica. Mi comentario sobre el recuerdo evocó, a su vez, la propia memoria de Walter, que pisó la Antártida en la década del ’80 y supo lo que era agradecer la existencia de los radioaficionados cuando los canales oficiales de radio no llegaban a satisfacer la demanda de quienes necesitaban comunicarse. El poder de la radio, de las ondas, para unir lo impensable. Hoy en día, en la Antártida hay Internet y hasta se pueden hacer videollamadas de WhatsApp, pero en ese tiempo conectarse era tan difícil como necesario. ¿Cuánto de fantasía se juega en ir un día a la escuela y estar de repente hablando con esa región inefable? ¿Cuánto de realidad hay sobre esa tierra en el imaginario colectivo? No se quiere lo que no se conoce. Y para cuidar algo primero hay que sentirlo propio. Quizá en ese orden de lo fantástico anide la posibilidad de construir los mecanismos comunicacionales para que la población identifique ese espacio como algo a ser defendido: una Narnia criolla que se acerca cada vez que el Estado da pasos como el de construir estos tres laboratorios.

 

 

 

 

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