Cine argentino in the pendiente

Macri excluye a los pequeños y medianos productores de la industria cinematográfica

 

En el marco del BAFICI se han dado varios espacios de protesta respecto de la actual dirección tomada por el INCAA para llevar adelante el fomento a la actividad del cine independiente. Bajo el lema de ‘Sin cine independiente no hay BAFICI’, muchos cineastas (e incluyo en esa palabra a todo el abanico de especializaciones que convergen en la realización de una película) intentan llamar la atención del público interesado, miles de cinéfilos que año tras año acuden en masa a ese ritual de cinefilia extrema en el corazón porteño, y alertar que estos nuevos rumbos de fomento atentan contra la existencia del cine independiente entendido como hasta ahora: con pluralidad de voces, con trabajo continuo para los rubros técnicos, con la posibilidad de insertarse en un esquema industrial que permita la proyección y el crecimiento. En este artículo vamos a marcar el eje ideológico de la actual gestión y sus principales propuestas metodológicas para lograr la exclusión masiva de los pequeños y medianos productores independientes argentinos del tablero de la industria cinematográfica.

 

 

Hace unos días cumplió años Karl Marx y le hicieron una celebración en el teatro Cervantes. Un profesor de historia en Radio del Plata* llamó la atención al respecto: ¿Tanto perdió peligro el pensamiento marxista, que Cambiemos lo celebra? Uno del equipo le dijo: el director del Cervantes es Alejandro Tantanián, alguien que de hecho demuestra clara antipatía por el actual gobierno. Lo que me lleva a preguntarme a mí: ¿Tan poco peligroso, entonces, es el teatro, que el Ministro de Cultura, un liberal rabioso, es capaz de entregarlo? Esa falta de peligro no me hace, en este escrito, replantear el rumbo del teatro actual (que tiene tantas voces tan potentes, disruptivas, incómodas…), sino el del concepto de peligro.

¿Qué es, desde lo cultural, peligroso para este gobierno, para esta ideología? Básicamente lo que afecte, incomode o moleste al mercado, y el mercado es un concepto que supera por mucho los límites de lo nacional. De hecho la idea de una identidad nacional les molesta, porque se interpone en las transacciones a nivel transnacional. Desde su punto de vista, cada país del mundo debe ser un espacio de, más que transacción, imposición de mercancía, en términos tanto industriales como culturales. Aquí la cultura tiene una doble función: a la vez que es un bien industrial que, aplicado a escala mundial, deja ganancias descomunales, es una herramienta de creación de subjetividades favorables a determinadas conductas de consumo, y favorable a lograr que toda conducta sea de consumo.

Por lo tanto el teatro no es tan peligroso para ellos, porque no es un bien fácilmente monopolizable, tiene implicancias multinacionales muchísimo menores. Es entonces un espacio negociable.

Otra cosa es el cine. Ahí se complica. Que un gobierno con intereses nacionales, con un concepto de país culturalmente soberano, intente construir una industria cinematográfica, democratizando la producción de modo tal que se puedan acercar a esa actividad pequeños y medianos productores con estrategias de mediano y largo plazo, para llevar adelante una producción cultural alejada del mercantilismo imperante, es casi un insulto. Proteger la pequeña y mediana industria contra los embates de las grandes empresas y de los EE.UU. es casi un insulto. Y ni los EE.UU. ni sus representantes oficiales en Argentina (el actual gobierno) están dispuestos a permitirlo. Ya pasó en 1997 que, ante el éxito de varias películas argentinas que desplazaban a tanques norteamericanos, viendo menguar sus ganancias y preocupados por la penetración de la cultura argentina en la Argentina (!), la MPAA (Motion Pictures Asociated of América, una organización fundada en 1922 que es la responsable del crecimiento desmesurado de las 8 principales productoras de los EE.UU., e incluso en gran parte del crecimiento desmesurado de los propios EE.UU.), movilizó a su presidente Jack Valenti, siendo recibido por el entonces presidente, también caro a los intereses del imperio, Carlos Saúl Menem. En esta gestión se volvió a abrir las puertas de par en par a la MPAA, cuando la ENACOM los convocó (a ellos, y a ninguna de las cámaras de producción, ni mesa de directores, a ningún representante de cultura cinematográfica nacional independiente) a sugerir medidas para, entre otras cosas, mejorar la cinematografía; la primera sugerencia fue sacar la cuota de pantalla, la única medida protectiva con que el cine nacional no televisivo puede acceder a las pantallas cinematográficas. (Con dificultad y sin control eficaz por parte del INCAA, pero algo es algo.)

Por lo tanto un gobierno que quiere favorecer las políticas de mercado tiene que tomar una serie de medidas para desterrar un concepto de fomento e instalar otro acorde a sus intereses. Eso está haciendo el INCAA. Vamos a mencionar algunas de esas acciones.

1. Intervenir la industria, no importa a qué costa, con operaciones mediáticas, conflictos inventados, acusaciones falsas, etcétera.

El nuevo presidente del INCAA era su vicepresidente y ascendió a la presidencia a raíz de una operación del programa Animales Sueltos, de Alejandro Fantino y Eduardo Feimann; se logró despedir con acusaciones falsas y absurdas al entonces presidente del INCAA, Alejandro Cacetta, quien ya había empezado a reformular la ley de fomento al cine, a cumplimentar los pasos necesarios para sacar a los pequeños y medianos productores del tablero, pero que no tenía la saña asesina que se le exigía. En la intervención participaron el Ministerio de Cultura y la Oficina Anticorrupción de Laura Alonso.

2. Dejar afuera a los pequeños y medianos productores, que son los que pujan por continuidad, por pantallas, por nuevas estéticas, y definen identidad cultural nacional.

Antes, para acceder a los subsidios y créditos que otorgaba el INCAA, había básicamente dos vías. Una para los más poderosos, otra para los medianos y pequeños (con muchas otras opciones para los más pequeños aún). Condición para que te otorguen un crédito para la segunda vía era que el productor que pedía el dinero hubiese hecho ya una película subsidiada por el INCAA, que estuviese terminada y estrenada, y que no hubiese dejado deudas. Y que el director hubiese dirigido, a su vez, una película. Ahora se estableció un sistema de puntajes, que tal como está siendo replanteado (es un sistema que ya funciona, cada vez sacan nuevas regulaciones que lo empeoran y se espera para dentro de una semana una nueva estocada), va a terminar de sacar del tablero industrial a la gran mayoría de los pequeños y medianos productores. Estos puntajes que hay que cumplimentar para que el INCAA, en su rol de espacio de fomento, subsidie una película, tendrá presente cosas tales como la cantidad de dinero que se recaudó en películas anteriores, haber ganado premios en ciertos festivales reconocidos por el INCAA, haber podido estrenar (al momento, porque parece que esto cambiará para peor) tres películas en los últimos 5 años (para un pequeño productor eso es imposible, cada película no le lleva menos de 2 años, 3 si contamos el tiempo de desarrollo de guión y los pasos previos a la aprobación del INCAA), etcétera etcétera. Por otro lado, los productores emergentes ven mermadas hasta la imposibilidad sus opciones para entrar a ese mercado. Es sacar gente, pero también cerrar las puertas de entrada a futuro.

Este plan de exclusión lo desarrolla el INCAA bajo la batuta del Ministerio de Cultura (que fue quien intervino en primera instancia el INCAA tras aquella salvaje opereta), con la complicidad y colaboración de muchos de los grandes productores que salen beneficiados de este asunto.

3. Generar una gran concentración económica, asumida por aquellos productores que manejan grandes presupuestos, tienen fuertes espaldas financieras, repiten fórmulas norteamericanas, juegan básicamente al juego de la taquilla, suelen ver el contenido solo como una herramienta para llegar a vender la mayor cantidad de entradas posible y en general están asociados a empresas multinacionales, (en la producción, en la distribución o en ambos casos). Todo lo cual conlleva de modo casi natural la creación de subjetividades obsecuentes al mercado, tanto en los espectadores como en los futuros productores.

Las estadísticas señalan que juntan mucho dinero las películas promocionadas en los grandes multimedios, y suelen lanzarse en un ingente número de salas, monopolizando de hecho la exhibición comercial de cine argentino. Y todo lo que devenga de los multimedios ya sabemos qué significa en términos de creación de subjetividades. Es trabajar sobre los contenidos a través de los manejos económicos, la más popular de las actuales maneras de la censura y el control. (A la hora de la censura y el control, se esperan novedades en la composición de los comités, hasta ahora muy democráticos. Si se cumplen algunos de los off the records que corren por los pasillos del INCAA, esto también cambiaría.)

4. Desalentar a pequeños y medianos productores, a través de la implementación de medidas que conlleven grandes niveles de riesgo de pérdida de dinero y patrimonio.

Cuando el INCAA dispone que tu película es de su interés, se compromete a, si hacés todo correctamente, devolverte una equis cantidad de dinero unos meses después del estreno. Si no tenés ese dinero como para filmarla, te da un crédito blando, pagadero con ese subsidio. Obviamente para darte un crédito de esas magnitudes se requieren garantías de propiedad. Dado que (hasta ahora) es el INCAA el que da los créditos, es muy difícil que te embarguen la propiedad. Podés llegar a pagar moras, multas, intereses, pero tu propiedad está ahí en garantía más que nada para que hagas la película. Por un lado, por voluntad política del INCAA; pero por otro, y principalmente porque los productores usan ese dinero para hacer películas, en un proceso transparente y auditado cuota a cuota. No es cierto algo que quieren instalar, que los productores independientes agarran la plata y la gastan en cócteles en paraísos fiscales (aunque ya el paraíso fiscal ya no está mal visto). Los productores piden la plata para hacer las películas, y les alcanza apenas. Pero a partir de ahora, el crédito será bancarizado. Está costando mucho implementar esto, porque la intención de que los créditos sean iguales de blandos es imposible, y es muy probable que pasen a ser de mucho mayor interés, e incluso que ese interés alto sea subsidiado en buena medida por el propio INCAA, con las pérdidas económicas y los espacios para nuevos posibles negociados que eso abre. Vamos a ver a qué arreglo llegan cuando logren estipularlo. Esto es, por otro lado, algo que ya estaba en la ley, pero no se ejercía por entenderse que el INCAA es una institución de fomento, no una entidad administrativo-financiera. Lamentablemente esa ley no se modificó a tiempo, y ahora estamos en esta instancia: las moras, las prórrogas, el riesgo por las ejecuciones que se avecinan, colaborarán a desalentar a las nuevas empresas de producción que toman el riesgo de producir cultura nacional.

5. Generar un pequeño placebo que sirva para frenar las iras de aquellos a los que echaron del tablero de la ex industria creciente, y a su vez funcione como un pequeño reservorio de directores que puedan ser útiles, a futuro, a estas pocas, exitosas y millonarias grandes productoras.

Para eso se reemplaza lo que se llama ventana continua, (es decir: el productor cuando tiene un proyecto lo presenta en cualquier momento; cuando se juntan 10 proyectos, se convoca a un comité para evaluar y decidir si se subsidia o no), se ofrece el sistema llamado “convocatoria”, es decir: concursos. Concursos donde dos o tres como máximo entre decenas o cientos de proyectos presentados, podrán llevarse un premio (la meritocracia es así), lo cual impide armar una cadena de trabajo, prever una proyección a mediano y largo plazo, encadenar trabajos, funcionar como una pequeña empresa con capacidad de diseño de estrategias de producción y comercialización. Además del hecho de evaluarse las películas unas contra otras, algo por lo menos de ética dudosa para ser el eje de la producción independiente del cine nacional. La cantidad de concursos anuales es siempre arbitraria y cambiante, y los tiempos en que se juntan y expiden los comités siempre imprevisibles (todavía no se juntaron los miembros del comité seleccionado el año pasado para evaluar los proyectos presentados en octubre, y no por falta de voluntad de estos miembros, claro). De ese modo algunos directores podrán filmar, y juntar así experiencia y sobre todo puntaje para luego, en caso de demostrar ser redituable, ser beneficiados por el dedo mágico de las grandes productoras. Por otro lado las exigencias en cuanto a tiempos de producción van en contra de los tiempos necesarios para llevar adelante un proyecto cinematográfico, teniendo presente la necesidad de tratar de conseguir dinero afuera (los fondos de ayuda internacional, que requieren una financiación asegurada previa que sería la del INCAA, financiación natural de una película argentina), proceso que se llevaría completo el año que te otorga el INCAA para entregar la película ya terminada, antes de que las moras e intereses empiecen a correr.

6. Tener control de las cámaras de producción y dirección, los sindicatos y el Consejo Asesor, único cuerpo del INCAA que puede oponerse a la aprobación de ciertos reglamentos, del presupuesto anual, etcétera.

Mucho se demoró la conformación del Consejo Asesor en este nuevo INCAA. Una de las primeras medidas fue la discusión del presupuesto del 2018. No se entiende bien cómo, ese presupuesto fue aprobado (con solo un rechazo, con reservas pero aprobado, y es el que está corriendo este año). Ahí puede verse que se calculan porcentajes de presupuesto para la producción que están bastante por debajo de lo que señala la propia ley (que impone un 50% del presupuesto del INCAA para la producción), mientras que otros, como el genérico «gastos», sin ofrecer detalles, sube el 100%, limpieza sube 370%, impuestos y formularios 800%, ceremonial 114%, seguridad un 68%, etcétera. Los que bajan son, aparte del mencionado de subsidios, el que corresponde al apoyo al lanzamiento, por ejemplo. Lo peor es que, a los pedidos del Consejo Asesor de precisiones en los números, en los ingresos y en el manejo de cuentas del presupuesto pasado, se contestó siempre (pese a la ley que los obligaría a hacerlo) negativamente, por lo tanto muchos de esos porcentajes son completamente arbitrarios.

Respecto del manejo de las cámaras, sindicatos, etcétera, solo señalaré que el principal método del INCAA consiste, como es lógico, en aislar a las entidades, recibir y negociar individualmente con cada una. Los resultados están a la vista: ni los sindicatos, ni las cámaras, ni las asociaciones de directores lograron una oposición eficaz a todo esto, algunos incluso con representantes en el Consejo Asesor que aprobó el presupuesto. Son cuestiones a revisar y resolver, porque, claro, ellos atacan con gran velocidad y manejan muy bien los tiempos. Veremos si aparece, a medida que se pongan más duros con estos planes, la necesaria reacción.

Vamos a detener el punteo general acá. Hay muchas otras cosas que se podrían desarrollar, relacionadas con el sentido del cine y la cultura nacional, con la construcción de espectadores y ventanas de exhibición, con las acciones monopolizantes del cine norteamericano, con el boicot a la producción documental, con el oscurantismo que se maneja en las leyes de convergencia digital —lo cual tendrá segura relevancia para los presupuestos del INCAA—, con la falta de control de las cuotas de pantalla y sus posibles modificatorias, los despidos en INCAA, el desarme de departamentos enteros como el de Producción, como para tercerizar servicios hasta ahora producidos ahí adentro, la inclusión de nuevos miembros venidos del Ministerio de Cultura, del grupo Clarín y de relaciones personales. Pero quería dejar en claro lo que considero lo principal a la hora de entender cómo está operando esta nueva dirección que se le está dando al INCAA. La movilización de muchísima gente hace que, también en este aspecto, estén teniendo cierto «gradualismo», pero a medida que logran dividir a los representantes de la cinematografía nacional el gradualismo desaparece. Hoy por hoy, la Mesa de Directores, el Colectivo de Cineastas, DOCA y otras organizaciones de documentalistas y algunas agrupaciones más, están haciendo fuerza para rearmar una resistencia orgánica, sólida y solidaria para tratar de tener cada vez más visibilidad para la dirección del INCAA y desarticular así la desunión lograda por dicha institución a la hora de sentarse con ellos a evaluar las nuevas medidas. Muy de a poco. Pero se avanza.

¿Qué dicen los voceros del INCAA al respecto?

Primero, que tenían que sanear una estructura cargada de corruptos y altamente ineficaz. De todas las acusaciones que hicieron hasta ahora, ninguna se convirtió siquiera en juicio. Y la aparente ineficacia implicó una nueva edad de oro del cine argentino como desde hace décadas no se veía, reposicionándonos a la vanguardia del cine latino y convirtiéndose en una referencia y fuente de inspiración fundamental para el cine de todo el mundo. Ciertamente el INCAA tiene algo de elefante blanco, pero la idea de sostener lo bueno y mejorar lo no tan bueno parece que tampoco estaría en este espacio. Otro slogan: se hacían demasiadas películas, para qué el INCAA va a andar financiando películas que no ve nadie. No entro acá en ese debate: ya la mera enunciación de esa sentencia convierte al que la dice en una caricatura. Queda claro en las medidas aquí descriptas que en vez de mejorar lo que ya había, transparentar los procesos y hacer más eficiente la estructura, están desarmando una interesantísima estructura de fomento a la producción cinematográfica, tratando de convertirla al camino de la rentabilidad pura y la articulación financiera.

Por otro, los voceros del INCAA apelan a la cantidad de películas (dicen que van a producir unas 80 películas por año), pero por el repaso que damos podemos entender que no es la cantidad de películas anuales el problema, sino la calidad de una industria medianamente inclusiva convirtiéndose en netamente excluyente. El ataque es a un concepto de fomento, el que dio posibilidades de existencia a la creciente corriente de cine de autor y cine de género argentino, al fomento que permitió la producción de un gran número de extraordinarios documentales que tan bien representan esos costados de la Argentina desconocidos hasta para los propios argentinos. (Y al hablar de un país no solo hablamos del recorte que este representa, sino lisa y llanamente de las profundidades del alma humana.) El ataque es, en fin, a un concepto de fomento que nos permite constituirnos como una nación culturalmente libre y soberana.

 

 

 

                  * Sergio Wischñevsky, en Siempre es hoy

 

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