Vivimos en una sociedad exhausta. Agobiada por una economía que no da tregua, por deudas que se acumulan y por un bombardeo informativo permanente que convierte cada día en una sucesión de urgencias. El cansancio deja de ser una sensación para transformarse en una forma de vivir. Poco a poco, la indignación se desgasta y termina dando paso a la indiferencia, esa última defensa de quienes ya no encuentran fuerzas para reaccionar.
En ese paisaje irrumpen carteles y consignas que profundizan la fractura social. Mensajes como “ocupas con K”, más allá de las intenciones con las que fueron concebidos, son percibidos por muchos como una forma de estigmatización política: la expresión de un clima en el que el adversario deja de ser un ciudadano con ideas diferentes para convertirse en alguien a quien identificar, señalar y excluir.
Un mensaje complicado, más crudo y directo, que incita al odio. Okupas supo ser una serie con capacidad para anticipar un mundo que se venía. También era con k, pero antes de la futura K, que dejaría la escualidez de la minúscula en el alfabeto para crecer y dar soluciones. De aquí que esos carteles, en medio de una ola de desalojos que no encuentra respuestas habitacionales equivalentes, no funcionan como una solución sino como un mecanismo de deshumanización: convierten a quienes padecen la exclusión en un problema a señalar antes que en ciudadanos cuyos derechos deben ser garantizados.
Sobre ese imaginario se montan los grandes carteles que abundan en la ciudad, llenos de aporreos, escudos y formaciones militares, desalojos e imágenes intimidatorias, que anuncian que se acabaron los oKupas. Un mensaje subliminal.
La ciudad comienza entonces a perder sus rituales compartidos. Cuando la gente siente que hasta celebrar un triunfo deportivo o despedir a una figura pública puede terminar en tensión o en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, el espacio público deja de ser un lugar de encuentro y pasa a ser un territorio de precaución. El miedo reemplaza a la confianza.
Los festejos de la Copa del Mundo por el triunfo ante Inglaterra y por la entrega del equipo en la derrota solo fueron opacados por “esos inadaptados de siempre”, que portan uniformes de Robocop. El disciplinamiento del festejo o la conmemoración es toda una declaración de principios para amordazar la emocionalidad, que en las casas es sujetada con ansiolíticos. Toda esa emoción no nace del deporte en sí, sino de una necesidad profundamente humana y política: pertenecer a una comunidad.

Otro dato de estas manifestaciones, un incordio para algunos movileros, fueron los remates de los entrevistados en las calles: el ¡Cristina Libre! se escuchó con frecuencia, cosa que también hacían los transeúntes fuera del cuadro de la cámara, que lo gritaban con la intensión de ser escuchados.
También, para no decepcionar, el lunes se montó un operativo desmedido para recibir al subcampeón. Contó con escuadrones motorizados, con dos hombres de la fuerza policial por moto y armas largas, que blindaron el micro de la Scaloneta. Familias y niños bajo la lluvia saludaron en Ezeiza a sus ídolos mientras eran alejados de manera permanente por las manos enguantadas de esos centauros represivos.
La pregunta que queda flotando es: ¿cuánto puede resistir una sociedad viviendo de esa manera? No solo por el peso del bolsillo, sino por el desgaste del espíritu. Porque las naciones no se sostienen únicamente con indicadores económicos; también necesitan esperanza, confianza y la posibilidad de reunirse para celebrar, llorar o simplemente expresar lo que sienten sin que eso sea vivido como una amenaza. Cuando esos vínculos se erosionan, el riesgo no es solo la crisis económica, sino la pérdida del sentido de comunidad.
Las ciudades suelen ser el espejo de una nación. En sus calles se reflejan la prosperidad, la confianza y los proyectos de una sociedad cuando las cosas marchan bien. Pero también exhiben, sin disimulo, sus heridas cuando la realidad se vuelve adversa.
Hoy en las vidrieras se exhiben personas en situación de calle; que testimonian el sobrevivir; colas de hambreados tras su sopa en las plazas, componen el friso de la desesperanza. La ciudad parece organizarse menos alrededor del encuentro y más alrededor de la supervivencia.
El espacio urbano transmite una sensación de agotamiento. Las veredas ya no cuentan historias de crecimiento, sino de incertidumbre, mugre y hediondez. Allí donde antes había proyectos, aparecen carteles de alquiler o venta; donde había conversaciones sobre el futuro, predominan las preocupaciones por llegar a fin de mes.
Una ciudad deja de ser únicamente un conjunto de edificios y avenidas: es el estado de ánimo de quienes la habitan. El paisaje se deteriora y pasa a segundo plano; el dolor es la mejor manera de tapar el escenario de nuestras vidas. Como en un drama teatral bien actuado, no hace falta decorado: solo luces, sombras y la presencia actoral para transmitir un entorno que no se ve. Es como estar desnudos gracias al dolor y a la imposibilidad de ocultarlo.
La ciudad ya no es la promesa del ascenso, sino el espejo de una nación fatigada. Sus avenidas siguen iluminadas, pero la luz no alcanza para disipar la tristeza. Las persianas bajas hablan más que los discursos; los comercios cerrados son heridas abiertas en el cuerpo urbano. Allí donde el trabajo tejía comunidad, hoy quedan silencios y vidrieras vacías.
Quienes han perdido el techo convierten el espacio público en refugio. La ciudad, que alguna vez fue hospitalaria, parece haber olvidado el mandato de cuidar a su gente. No es una invitación al miedo, sino a la prudencia. Si nos toca celebrar, cuidémonos. Si nos toca abrazarnos por una alegría colectiva, hagámoslo con la conciencia de que vivimos tiempos en los que las multitudes despiertan más sospechas que confianza y en los que la expresión pública puede convertirse rápidamente en un escenario de tensión.
Una democracia madura debería ser capaz de albergar emociones, sin que la ciudadanía sienta temor de ocupar el espacio público.
Muchos recuerdan que, durante los festejos del Bicentenario, millones compartieron las calles en paz, en una celebración popular que quedó grabada en la memoria colectiva. Ese recuerdo alimenta hoy una pregunta inevitable: ¿cómo llegamos a un clima en el que tantos sienten que expresar una emoción colectiva puede derivar en confrontación?
No deberíamos resignarnos a que el miedo ocupe el lugar del encuentro. La democracia no consiste solamente en votar: también implica garantizar que las personas puedan reunirse, celebrar, despedir a sus referentes y expresar sus ideas con respeto por la ley y los derechos de los demás.
Si creemos que el clima social se está deteriorando, la respuesta no puede ser la indiferencia ni la violencia. Debe ser una ciudadanía activa, crítica y comprometida con la defensa de las libertades, del pluralismo y de una convivencia democrática en la que ninguna diferencia política justifique el temor a ocupar el espacio que es de todos.
Como en el descenso a los infiernos de Adán Buenosayres, la ciudad deja ver sus círculos de desolación. Pero Marechal recordaría que ningún infierno es eterno si el ser humano conserva la posibilidad del encuentro y de la trascendencia. La verdadera derrota no comienza cuando se pierde el bienestar, sino cuando se pierde la capacidad de reconocer al otro como semejante.
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