Por estos días resonó fuerte el título de una novela que leímos hace varios años del escritor Humberto Constantini: De Dioses, hombrecitos y policías, que nos animamos a tomar prestado cambiando las palabras, para expresar algunas ideas sobre lo que está mortificando al mundo luego del 3 de enero, con el bombardeo criminal y terrorista de Estados Unidos sobre Venezuela y el posterior secuestro del Presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moro, y de su compañera, la combatiente Cilia López.
No es que nos sorprendiéramos ante estos hechos, ya que, desde una perspectiva histórica, hubo reyes, emperadores, monarcas y locos con poder y codicia como los Nerones, Herodes, Mussolini o Hitler, que dominaron a gran parte de la humanidad a sangre y fuego.
Ya el imperialismo yanqui nos había dado avisos suficientes: la invasión a Irak mostrando un frasco lleno de agua (Collin Powel), el asesinato de Muamar Gaddafi, la invasión a Siria, los ataques a Yemen y Somalia, el uso de mercenarios y terroristas que cambian de bando en cuestión de días, y en el último año el mayor genocidio del siglo XXI, que se continúa perpetrando contra el pueblo palestino por parte del Estado terrorista de Israel. Ante estos atropellos hubo y hay poca reacción del llamado mundo civilizado, y el imperio moribundo pareciera tener vía libre para ocasionar muerte y saqueo, esta vez en nuestro continente americano.
Y ahora vemos en detalle quiénes son estos locos, codiciosos, multi-archi millonarios que se apropiaron de casi todo lo que hay de valor sobre esta tierra (por lo menos de esta parte del mundo). Porque no cabe duda de que Donald Trump es un loco, codicioso y perverso, que junto a otros quiere no sólo repartirse el mundo, sino tomar como propio todo lo que tenga adentro, incluyendo los seres humanos.
Estas personas, que llegaron a lugares de poder tan impresionante apalancados no solo en la valorización financiera del capital sino gracias a las nuevas tecnologías para la guerra, han perdido la razón en todo sentido. No ven otra realidad que no sea la que crean sus ojos. No tienen ética ni moral, no la necesitan; no tienen humanidad, la niegan; no tienen compasión por el dolor ajeno, no lo sienten, ni el de sus propios hijos. No respetan ley que no sea la que ellos imponen. Son ese 1% que acumula el 50% de la riqueza contra el 2% que se reparte entre el 50% de la población mundial. ¿Y para qué? Quieren llevar su poder al limite de lo imaginable y más allá. Los nombres de estos locos y codiciosos son conocidos por casi todos nosotros y su exponente máximo es el perverso que sin ética ni moral gobierna Estados Unidos: Donald Trump.
¿Pero si llegaron ahí es porque la humanidad estaba preparada para recibirlos o porque se impusieron sin resistencia?
No estamos seguros, pero hay realidades incontrastables. El mundo occidental, como lo conocimos, está loco de colonialismo y sujeción. Europa toda, sus líderes y lideresas, han abdicado al imperio. Sus pueblos se debaten entre el fascismo clásico y el nuevo fascismo que detesta a los inmigrantes cuyos países han robado y saqueado durante siglos, extrayendo sus riquezas naturales y sus reliquias culturales.
Pero parece que, como antaño, no todo este perdido, ni mucho menos.
Los países de África y Medio Oriente disputan con el imperialismo con nuevos bríos y nuevos horizontes, los BRICS se amplían con miradas de cooperación y desarrollo a los países emergentes y del Sur Global, oponiéndose a esta debacle de occidente para diseñar un nuevo orden mundial donde reine el respeto no solo por el ser humano sino por el planeta que habitamos.
Y siempre vuelven los pueblos a manifestarse, como multitudes, como pequeñas llamitas o incendios que arrasarán las praderas y con los monstruos del 1% más rico del mundo. Porque detrás de esa inconmensurable riqueza acumulada por estos bribones del siglo XXI hay personas, trabajadores manuales y cognitivos que hacen posible que la rueda de la historia siga funcionando para que ellos sigan acumulando el poder obsceno que otorga el capital.
Por supuesto que nunca está todo dicho, sabemos que las traiciones, los cipayos, los que tienen precio de vil metal están entre nosotros alargando la agonía. Serán los habitantes del noveno círculo del Infierno de Dante, llamado “Cocito”, donde todos ellos estarán congelados en el lago de hielo que les reserva la historia. No en el Infierno sino en la tierra. Todos ellos, más temprano que tarde, serán juzgados para bien de la humanidad. No escaparán.
¿Y por casa cómo andamos?
Nada bien, diríamos. La Argentina, como hace 50 años, también está inmersa en esta debacle de occidente, tan profunda como conocida. El gobierno de Javier Milei y su banda de facinerosos y fascistas lograron en dos años desconfigurar absolutamente todo lo conocido de la sociedad argentina: sus relaciones sociales, culturales, de producción y de convivencia.
No necesitaron de la fuerza del partido militar. Durante años vinieron colonizando nuestras mentes como ratones de laboratorio. Unos más y otros menos, estamos inmersos en una sociedad deshumanizada, que ha abandonado los valores éticos y morales que supo tener, que no mira al que tiene adelante, al lado o atrás si no es para pisotearlo.
Porque los pueblos, como el bolivariano de Venezuela, no olvidan que no se puede vivir sin ley y en la mentira permanente, en la codicia y en la falta de solidaridad. Los derechos conquistados no se abandonan ante la primera adversidad.
Como dijo el Presidente de Burkina Faso, Ibrahim Traoré: “Debemos descolonizar las mentes a través de la lucha anti-imperialista. Para los occidentales no hay moral humana, hoy puedes ser designado por ellos como terrorista y mañana como héroe. Ellos deciden qué eres, hablan de democracia mientras dan golpes de Estado”.
Para que llegue la hora de las multitudes y del pueblo será preciso descolonizar mentes y actitudes que en estos 40 largos años de democracia fueron apoderándose de muchos y muchas.
Será necesario agudizar inteligencia y acción para saber que el mundo y el país que habitamos hoy ya no es ni siquiera el de principio del siglo XXI.
Deberemos ser creativos y, tomando los ejemplos de quienes nos presidieron en la lucha con su intelecto y creatividad, avanzar sin miedos ni cobardías.
Sabemos que no es fácil, que el ejemplo de las queridas Madres de Plaza de Mayo sigue siendo un faro para la historia.
Ahora estamos nosotros para animarnos a enfrentar a estos poderosos y sus lacayos y empleados locales.
Estamos nosotros para modelar una nueva forma de organización y representación democrática no delegativa que nos garantice cohesionar nuestras propias fuerzas, ser consecuentes política e ideológicamente con ese mandato que evocamos permanentemente de construir la Patria de todos sin privilegios escandalosos ni traiciones inconfesables.
Las voluntades políticas, gremiales, religiosas o culturales que se compran hoy con los dólares o las carpetas y amenazas de los Trump, Marcos Rubios y Lamelas tendrán su contracara cuando el pueblo, la muchedumbre, se levante y grite bien fuerte, como la canción de los Olimareños: “Ya te remataremos, ya te remataremos”, porque los locos son solo de remate.
Por estas horas son hermosos los ejemplos que están dando los hermanos y hermanas de Venezuela, Cuba, Colombia, México, Brasil y allá en el Africa profunda Burkina Faso. Sepamos reivindicar y respetar, sin miedos ni medias tintas, el camino que esos pueblos han elegido mayoritariamente, para construir su felicidad y su destino.
* Mabel Careaga y Héctor Francisetti integran la Asociación de Familiares y Compañeros de los 12 de la Santa Cruz.
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