Cómo convivir con los robots

Lecciones de la autocrítica del desarrollismo de los ’60 para el hoy del movimiento nacional

 

Entre el cielo y la tierra hay algo más que la histeria del mercado cambiario. Al enfocar la realidad en ese espacio se delinea con sus más y con sus menos cómo se ven interpelados los ciudadanos de pie sobre el momento de las relaciones de fuerza internacionales.

A la predominante narrativa que tiene a China como un dragón ígneo, ladrón y peligroso titularizada por Trump, se le opone la de su rival en las presidenciales, el demócrata Joe Biden, centrada en los oscuros designios del oso ruso, con más prosapia histórica pero de bastante menor impacto pues ni se compara en volumen como recipiendario de inversión norteamericana. En todo caso la prominencia de los dos datos geopolíticos importan como válvulas de escape de los encontronazos intestinos.

El 2 de octubre murió a los 95 años el ingeniero japonés Seiuemon Inaba. El Wall Street Journal apunta que “es bien sabido hoy en día que los robots hacen gran parte del trabajo en la fabricación de un automóvil, balanceando sus brazos gigantes en un movimiento preciso para atornillar puertas y soldar metal. Menos conocida es una de las principales figuras detrás de la transformación de la línea de montaje”. Ese fue Inaba, que lideró al fabricante de robots Fanuc Corp desde su inicio como una escisión de Fujitsu Ltd. en 1972 y construyó un imperio en la base del monte Fuji, donde sus propios robots producían robots para las fábricas del mundo.

 

 

Seiuemon Inaba.

 

 

En 1983, cuando co-dirigía Business Week y ese medio salía como revista impresa semanal, Bruce Nussbaun publicó un ensayo de su autoría titulado: “El mundo tras la era del petróleo”, en el cual intentaba trazar la trayectoria del cambio geopolítico que estaba ya aconteciendo cuyo núcleo era el desplazamiento de la economía mundial hacia el eje del Pacífico impulsado por las nuevas tecnologías. Ese cambio en la previsión de Nussbaun no incluía al Reino Medio, puesto que “la incapacidad de China para aferrarse a una sola política económica consistente [implica que] tiene pocas probabilidades de alcanzar a Taiwan o a Corea en un futuro próximo. La India, con todos sus problemas, es un candidato mucho mejor”.

El yerro en el pronóstico no fue el único, pero no quita el interés en las filiaciones que aporta sobre los hechos que ya estaban ocurriendo. Así, al incorporar masivamente los robots, “la industria japonesa del automóvil fue la primera en comprender el alcance de este avance tecnológico” conducida por el ingeniero Inaba desde “cerca del monte Fuji [donde] se alza se alza un edificio gigantesco creado por la Fujitsu Fanuc […] La fábrica funciona veinticuatro horas al día […] de las cinco de la tarde hasta la mañana siguiente […] allí no hay nadie; sólo robots y máquinas que hacen más robots y más máquinas que, a su vez, producirán más máquinas”. Una parte del debate nacional, obnubilado por los cuantiosos e interesantes datos aportados por el ensayo de Nussbaun, extraía la errónea conclusión de que las nuevas tecnologías hacían obsoleta la industria pesada, como si las computadoras se hicieran con aire caliente y los productos de la biotecnología se transportaran con cigüeñas. Rodolfo Terragno plasmó esa mirada sesgada en el ensayo La Argentina Siglo 21, que impresionó tanto a Raúl Alfonsín que lo nombró ministro nada menos que de Obras Públicas.

 

 

Bruce Nussbaum: nada de eso.

 

 

El desarrollismo de Rogelio Frigerio a través de varios artículos de cuadros de ese espectro político hizo ver con sensatez que una cosa no quitaba la otra, sino que eran intrínsecamente complementarias, e intentar olvidarse de la industria pesada en nombre de la alta tecnología era (y es) un monumental yerro estratégico. El capitalismo por su propia naturaleza desarrolla las fuerzas productivas y fue lo que generó en el país posterior a octubre de 1945  circunstancias mucho más favorable que en el pasado para satisfacer necesidades sociales. Es verdad que la tecnología no es neutra en el sentido de que conlleva las relaciones de producción de los países capitalistas desarrollados. Suficiente para bregar por su uso.

 

 

 

Ingreso universal

La fábrica dirigida por ingeniero japonés Seiuemon Inaba abrió en 1981. El debate local sobre el mundo tras la era del petróleo tuvo lugar en 1986. Tres décadas desde entonces en el planeta pandémico rebrotado, los autómatas son una realidad que asegura que el desarrollo —el reemplazo de brazos por los robots y de los músculos por el cerebro y, tal como van las cosas, este último en algunas de sus actividades por la inteligencia artificial—, sino se toman las debidas cartas en el asunto se va a frenar y revertir por el enorme desempleo que tiene asociado. El aumento de la ganancia empresaria por efecto de introducir robots debe ser tasado y redistribuido, no queda otra. En este aspecto también no hay que perder de vista que en general, más lujoso y más refinado es un producto, menos intensivo en capital es su fabricación. Son los productos de consumo masivo los más intensivos en capital.

Es momento de tomarse el tiempo y empezar a aproximarse a la cuestión del Ingreso Básico Universal (IBU). Es la esperanza en una innovación política de consideración. La idea es que a partir de entrar en la adultez cualquier ser humano recibe un pago del Estado que cubre las necesidades más básicas por el solo hecho de existir. Finlandia es el único país hasta ahora que hizo una prueba piloto con dos mil personas desempleadas durante dos años, para estudiar las consecuencias del IBU. Sus resultados los dio a conocer el gobierno online en finlandés una vez finalizado el estudio, con un breve resumen en inglés. De ese resumen se infiere que los resultados han sido positivos, a escala individual y social. El temor de que al recibir fondos sin trabajar el ciudadano promedio se convierta en un parásito fue despejado. Es al revés: se compromete más con el trabajo. Se ve que funciona muy bien, aunque falten años para terminar de calibrarlo.

Esto que es en extremo importante en sí mismo porque prueba que si el gobierno sostiene la demanda los empleos aparecen y también los empleados que los ocupen. La secuencia importa además para las almas bellas que acaban de enviar al Congreso el proyecto de Ley para un Sistema Nacional de Formación Laboral Continua. No se discute la bondad del proyecto, sino la creencia de que el desempleo se abate con formación para pagar salarios miserables. También la secuencia importa porque en estos días los miembros más conspicuos del club de repugnantes que son parte de JxC se la pasan anunciando que el actual es el último gobierno populista respaldado en los que no trabajan por vagos. Afirman que pronto lo van a reemplazar y desde entonces el que quiere progresar en la vida tendrá que trabajar duro y para conmover no se privan de invocar a “nuestros abuelos inmigrantes”. Serán fascistas medios ignorantes, pero no se les puede negar intuición. Se ven venir un problema que les quema todos los papeles y no saben para qué lado agarrar. Lo que mejor sabe el club de repugnantes es ejercer la violencia política.

Pero no están solos en esta visión del empleo. Grandes sectores del movimiento nacional andan creídos que el objetivo indelegable es maximizar el empleo y no, como es en la realidad, maximizar el producto. Su argumento es que resulta preferible tener 10 personas ocupando puestos de empleo de 100 pesos que tener un trabajador que usa un equipo de 1.000 pesos, aunque este último produzca más que los primeros. Lo socialmente útil es lo segundo y tal como viene la mano con los robots, imparable. El asunto está en redistribuir el excedente y entonces aparecen los empleos y en el muy largo plazo sería de la mano de IBU. Pero la muchachada insiste y en el cuadro de esta visión del trabajo como un fin en sí mismo, con el sistema de trabajo asalariado que proporciona ingresos independientemente de los resultados, en el que el no-trabajo se asimila tanto al desempleo como al no-ingreso, aboga por el uso de técnicas intensivas en mano de obra, particularmente en la agricultura, con el único propósito de eliminar el subempleo, sin darse cuenta de que utilizar estos métodos simplemente significa para el mismo ingreso trabajar más. Ser peor que la Sociedad Rural tras maldecir sempiternamente a la Sociedad Rural es una hazaña poco frecuente, aún para los singulares estándares argentinos.

Aquí vale una autocrítica a los sectores del movimiento nacional que, en cambio, tienen bien claro que la cosa pasa por maximizar el producto. Hace hincapié en el avance de los liberales a partir de 1976. Los desarrollistas de los ’60 se habían convencido de que si querían imponer su programa había que encontrar el general adecuado. Consideraron que era inútil el trabajo político. Bastaba con tomar las riendas del Estado. Craso error. Si dos tercios de los argentinos no tienen primero en el corazón y luego en la cabeza que el desarrollo es necesario para avanzar en nuestros fervores de igualdad, de ahí también el decisivo papel de la democracia. Entonces ante la primer crisis —y siempre hay una crisis en el horizonte—, gente tan amable como el club de repugnantes que son parte de JxC nos puede hacer retroceder largamente. El que no vea en Martínez de Hoz una capitalización de nuestros errores en generar consenso y la importancia clave que tiene hacer eso, puede por ejemplo para el contraste observar el ícono de San Jorge y la bandera tricolor que presiden las ceremonias y la vida del que por 70 años fue el Ejército Rojo. Algo más que pelota al pasar hay que darle a Antonio Gramsci y no olvidarse de la arquitectura política. En la vida no todo es rosca.

La sociedad civil sin consenso mayoritario sobre la necesidad del desarrollo y la igualdad originada y alentada por una organización política al solo efecto es una hoja al viento. ¡Y qué viento! Buena parte sino todo el irracional maltrato que reciben desde la Vicepresidenta hasta Milagro Sala pasa por ahí. Incluso eso está detrás de que fuera acogido con cierto alivio de castigo justo que el gobierno anterior haya estropeado las pensiones no graciables, con argumentos que eran la versión modernizada de aquellos mitos cretinos de los obreros haciendo el asado con el parqué de sus flamantes casas entregadas por el Estado. Un aliciente: nuestros actuales fascistas no son muy valientes, se hacen los guapos con los que no pueden defenderse. Mientras el jefe de la inteligencia norteamericana alerta que rusos e iraníes amenazan la elección entre Trump y Biden, y el Papa les informó a los católicos que aquellos que aman a personas de su propio sexo son seres humanos, lograr el desarrollo que no se entendió antes en esta sociedad civil que está muy enferma de la creencia de que el trabajo es un fin en sí mismo, cuando los robots avanzan sin parar, no va a ser producto de un milagro sino del optimismo de la voluntad tamizado con el pesimismo de la razón.

 

 

 

 

 

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3 Comentarios
  1. apico dice

    Excelente, un poco de claridad ante tanta estupidez. Hay un problema, para cambiar de paradigma, hace falta inteligencia, trabajo y tenacidad, materias todas desconocidas para nuestros políticos. Un saludo peronista.

  2. Diego dice

    La reducción de la jornada laboral, establecida sobre parámetros de productividad de hace 100 años, sería una buena opción para resolver parte de la problemática del empleo.

  3. Nicolás dice

    Varios autores en el Cohete hablan sobre el IBU, pero en general desde una óptica social y probablemente como una respuesta al creciente desempleo. Me gusta este enfoque, que hace incapié en el beneficio productivo y económico, y concluye que incluso podría generar más empleo. Muy buen artículo. «Ser peor que la Sociedad Rural tras maldecir sempiternamente a la Sociedad Rural es una hazaña poco frecuente, aún para los singulares estándares argentinos.» <– Ésto me hizo reir mucho. Brillante.

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