El martes pasado tuvieron lugar en Washington las exequias del senador republicano por Carolina del Sur, Lindsey Graham. El senador conservador era muy conocido por sus posiciones públicas a favor de Israel y por su defensa a ultranza de las políticas bélicas. Horas antes del funeral, Donald Trump declaró a Fox News que Graham “era un tipo al que le gustaba la guerra… Yo suelo decir en broma, aunque no tiene nada de gracioso, que nunca vio una guerra que no le gustara”. Para asistir al homenaje, que tuvo lugar en la Catedral Nacional, viajaron a Estados Unidos el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y el líder de la oposición israelí Yair Lapid. La publicación Responsible Statecraft (Gobernanza Responsable), del Instituto Quincy, aprovechó la ocasión para hacer también un homenaje al fallecido senador demócrata Fritz Hollings, quien precedió a Graham en la representación de Carolina del Sur y había dejado la cámara en enero del 2005, a los 83 años. A diferencia de Graham, Hollings abandonó el Senado tras adoptar una posición muy crítica contra la guerra de Irak. Sostenía abiertamente que Estados Unidos había sido demasiado sumiso a la agenda de Israel debido al rol de los altos cargos neoconservadores del gobierno de George W. Bush, que empujaron a Washington a una de las guerras más desastrosas de la era moderna. Por ese motivo Hollings finalizó su carrera acusado de antisemitismo, una acusación difamatoria que no sirvió para que el senador atenuara su posición. El artículo de Hollings, en el que sugería que Estados Unidos luchó en Irak por la seguridad de Israel, se publicó el 10 de mayo de 2004. A los pocos días, la Agencia Telegráfica Judía informó que “varias organizaciones judías estadounidenses reaccionaron enérgicamente a la columna de Hollings, acusándolo de ‘convertir a la comunidad judía en chivo expiatorio y proporcionar munición para ataques antisemitas’”. Las viejas acusaciones de antisemitismo por criticar la subordinación de la política exterior norteamericana a los intereses de Israel ahora se han renovado contra el Vicepresidente JD Vance.
La acusación contra JD Vance
El pasado 15 de julio, en pleno mundial, JD Vance fue entrevistado durante una sesión de tres horas en el programa The Joe Rogan Experience. Un programa tan largo dio para que se abordaran todo tipo de temas, algunos triviales y otros más relevantes vinculados a las relaciones de Estados Unidos con Israel. Los párrafos que dieron lugar a la acusación de antisemitismo son los siguientes: “Cuando abro las páginas de la revista Time y veo que hay una campaña de influencia extranjera financiada para sabotear el acuerdo que yo estaba intentando cerrar (con Irán), y, por cierto, muchos de los que recibían ese dinero me atacaban de forma totalmente deshonesta, ya saben cuál es mi respuesta: ¡Váyanse al infierno!” También manifestó que “sé sin lugar a dudas que ha habido personas dentro del gobierno israelí que están tratando de, digamos, alejarnos de esa política —refiriéndose a Irán—, porque quieren continuar la campaña militar”. En relación con el caso Jeffrey Epstein, Vance declaró que “claramente tenía conexiones con los niveles más altos de la inteligencia estadounidense. Claramente tenía conexiones con los niveles más altos de la inteligencia israelí”. Estas declaraciones, de notorio contenido político, son las que han dado lugar a la acusación de antisemitismo. Un artículo del 24 de julio de Natalie Allison en The Washington Post, titulado “Se avecinan ataques contra Vance en el Partido Republicano - Sus aliados dicen que es una ‘operación’ coordinada”, daba cuenta de una campaña que se tradujo en una gran cantidad de notas críticas, algunas publicadas en The New York Times.
Además de acusar a JD Vance de antisemitismo, estas notas hacen referencia a antiguas declaraciones en las que criticaba a Trump, o adoptan un tono burlón para referirse a algunas ideas un tanto esotéricas sostenidas en la entrevista sobre fenómenos sobrenaturales y extraterrestres. Por ejemplo, Bret Stephens, el columnista de The New York Times que ha abogado por continuar con los ataques contra Irán, escribe una nota en la que no escatima adjetivos: “La perspectiva de que este oportunista inmaduro y siniestro reemplace al bufón errático que nos gobierna actualmente es quizás la idea más aterradora de la política mundial actual”.
El 18 de julio, Michael Goodwin, un influyente columnista político conservador del New York Post, sostuvo que las declaraciones de Vance deberían descalificarlo para la nominación presidencial. Unos días después, en un artículo titulado “El antisemitismo de JD Vance se hace evidente”, Jeffrey Lax escribió en The Jerusalem Post que “Vance no logró convencer” al público con el memorándum de entendimiento, “no consiguió cerrar el trato ni gestionar las consecuencias, y aquí vamos de nuevo. Él culpa a los judíos, y no es la primera vez”. En una columna publicada el 19 de julio en The Jerusalem Post, titulada “Del silencio al discurso - JD Vance deja de tolerar los estereotipos antisemitas y empieza a utilizarlos”, Micha Danzig intenta explicar por qué se perciben los comentarios de Vance como antisemitas: “Las acusaciones de que agentes israelíes o judíos en la sombra manipulan secretamente la política estadounidense inevitablemente se hacen eco de una de las narrativas antisemitas más antiguas: que los judíos ejercen un control oculto sobre los gobiernos para sus propios fines”. También David Graham, redactor de The Atlantic, aportó su opinión con el artículo titulado “JD Vance no es un tonto - ¿Por qué actúa como tal?”
El trasfondo
Según algunas encuestas, Vance goza de una ventaja sustancial de 19,2 puntos para la nominación presidencial republicana de 2028, por delante de Marco Rubio. Mientras Vance cuenta con un 41% de apoyos, Rubio recibe solo el 21,8% de simpatías. Las diferencias en política exterior de ambos candidatos son notorias y están provocando enfrentamientos cada vez más feroces. Mientras Marco Rubio es un halcón que cuenta con el apoyo del complejo militar-industrial y el lobby israelí, JD Vance se referencia en el sector de MAGA que se opone a las “guerras eternas” y cuestiona la subordinación de la política exterior de Estados Unidos a las necesidades estratégicas de Israel. De modo que la campaña contra JD Vance y la acusación de antisemitismo provienen claramente de los grupos de presión alineados con Israel.

La denuncia de Time
Vance, en la entrevista que comentamos, hace referencia a una investigación publicada el día anterior en la revista Time en la que se informa que el gobierno de Netanyahu puso en marcha una sofisticada campaña de influencia dirigida al público estadounidense, apoyándose en consultores políticos vinculados al entorno de Trump, inteligencia artificial y publicidad segmentada para intentar revertir el deterioro de la imagen de Israel. La nota de Eric Cortellessa se titula “El ex jefe de campaña de Trump está dirigiendo una operación de influencia israelí dirigida a la base de MAGA”, lo que explica el enfado de JD Vance. Según el informe, la campaña se presentó públicamente como un esfuerzo para combatir el creciente antisemitismo en la red, pero un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores israelí, familiarizado con el acuerdo, reconoció que existía otro objetivo estratégico: evitar que los jóvenes conservadores se volvieran contra Israel.
Los principales puntos de la investigación señalan que el Ministerio de Asuntos Exteriores israelí destinó decenas de millones de dólares a una campaña orientada específicamente al público estadounidense. La operación se registró conforme a la legislación estadounidense sobre agentes extranjeros (FARA, por sus siglas en inglés), aunque parte de sus tácticas buscaban que el origen gubernamental del mensaje no fuera evidente para el público. La revista identifica como figura central a Brad Parscale, ex director de la campaña presidencial de Donald Trump en 2016, quien desde mayo del año pasado estaría cobrando 1,5 millones de dólares al mes. Su empresa habría diseñado una estrategia basada en herramientas de inteligencia artificial, segmentación de audiencias y campañas digitales dirigidas principalmente a votantes conservadores y simpatizantes del movimiento MAGA. La campaña habría enviado millones de mensajes de texto personalizados y generado contenido adaptado mediante IA para distintos perfiles demográficos. El propósito es presentar a Israel como un aliado estratégico de Estados Unidos y reforzar argumentos relacionados con la seguridad nacional y la lucha contra Irán. Además de la publicidad digital, la investigación afirma que se contrataron espacios en medios conservadores y se colaboró con creadores de contenido e influenciadores para amplificar mensajes favorables a Israel. La campaña busca frenar el descenso del apoyo a Israel entre los estadounidenses —incluidos sectores tradicionalmente favorables dentro del Partido Republicano— en un contexto en que las encuestas muestran un aumento de las opiniones desfavorables hacia el gobierno israelí.
Durante las últimas décadas, Israel consiguió una influencia sin precedentes en la política estadounidense a través de grupos de presión integrados por ciudadanos y organizaciones estadounidenses como el Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-Israelí (AIPAC) y Cristianos Unidos por Israel (CUFI), además de donantes individuales. Estas organizaciones no están obligadas a registrarse conforme a la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA), ya que son financiadas por estadounidenses y, en teoría, actúan con independencia del gobierno israelí. Este sistema otorgó a Israel una enorme influencia sin que se activaran los requisitos de divulgación para el cabildeo extranjero directo. Pero la impopularidad de la ofensiva militar israelí en Gaza llevó al gobierno israelí a contratar directamente a agencias extranjeras registradas para poder controlar los mensajes, dirigirse a grupos demográficos específicos y actuar con rapidez y precisión. Desde 2023, Israel ha gastado más de 1.000 millones de dólares en actividades de influencia en Estados Unidos amparadas por la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA) según otra investigación del Instituto Quincy.
Estas investigaciones plantean serios interrogantes sobre el uso de recursos de un gobierno extranjero para influir en la opinión pública estadounidense, especialmente mediante herramientas de IA y estrategias de microsegmentación. En el caso de Time, se señala que si bien las actividades estaban registradas conforme a FARA, el grado de transparencia sobre el origen de los mensajes ofrece múltiples cuestionamientos. La paradoja es que la ley federal prohíbe que los extranjeros contribuyan a las elecciones federales, estatales y locales, mientras que los estadounidenses pro-israelíes pueden brindar apoyo financiero y de otro tipo a sus candidatos favoritos y a sus comités de acción política (PAC).
En cualquier caso, las campañas de publicidad israelíes parecen tener poco impacto en la opinión pública norteamericana. Según una encuesta realizada en noviembre de 2025 por YouGov y el Institute for Middle East Understanding Policy Project, la mayoría de los republicanos se opone a extender un acuerdo que proporcionaría armas financiadas por Estados Unidos a Israel durante la próxima década. Una encuesta de Gallup realizada en julio de 2025 reveló que el 60% de los estadounidenses desaprobaba la acción militar de Israel en la Franja de Gaza. Según otra reciente encuesta de YouGov, el 49% —incluido el 74% de los votantes de Kamala Harris y el 23% de los de Trump— cree que Netanyahu debería haber sido arrestado en territorio estadounidense. Casi la mitad afirma que ha perjudicado las relaciones entre Estados Unidos e Israel o que ha cometido crímenes de guerra. Manifestantes judíos liberales, críticos desde hace tiempo con Netanyahu y que reflejan cada vez más el malestar generalizado de la comunidad, se manifestaron frente a la Casa Blanca durante la reunión que Netanyahu mantuvo con Trump.
Una muestra evidente de que la acusación de antisemitismo usada para blindar las políticas criminales del gobierno de Netanyahu carece de pregnancia incluso entre la propia comunidad judía norteamericana. Como señala Casey Michel, autor de Foreign Agents, los fracasos propagandísticos de Israel no son un problema de comunicación, sino de política. “Se trata de un Estado, y un gobierno, que ha comenzado a dedicarse a la expansión territorial mediante algunos de los métodos más crueles que hemos visto en años, y no sé cómo se puede contrarrestar eso con un mensaje claro”.
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