¿Cómo enseñar un campo de concentración?

Adelanto del libro El testimonio infinito: justicia y memoria

Fachada del Colegio Nacional de La Plata.

 

a Enrique Schmukler

 

R. apareció en el Colegio Nacional de La Plata en algún momento de 2008. No todos parecían recordar exactamente cómo había llegado. En realidad unos pocos comprendían que personas así, en ese lugar, solo eran posibles en un determinado contexto político. Pero la mayoría ni se lo preguntaba, su nombre figuraba en el sistema informático de docentes y eso bastaba.

Los alumnos tenían dieciséis o diecisiete años. Según la currícula debían aprender teoría del Estado, algo de derecho positivo y nociones básicas de ciudadanía.

R. casi nunca seguía el programa. Hacía las cosas a su manera. Como era abogado prefería llevar expedientes al aula. Los apoyaba sobre el escritorio como si fueran objetos encontrados en otro siglo. A veces leía fragmentos de declaraciones judiciales. Otras, dibujaba en el pizarrón una escena mínima: una esquina, un patrullero, una puerta de tribunal.

En el día a día trabajaba como defensor de menores en la justicia platense. Les contaba historias de chicos de su misma edad, que padecían la dureza del sistema policial. Los estudiantes escuchaban atentos. Algunos levantaban la mano y decían que eso les había pasado, o que le había pasado a un amigo, o que a un primo. Visto desde ese lugar, la clase de derecho político parecía una novela policial escrita por alguien con muy poco talento para la ficción. Pero los pibes se fascinaban con las historias de R., y las horas de clase pasaban a toda velocidad.

En esos años el colegio atravesaba una etapa peculiar. Una nueva gestión había ganado el claustro docente y se hablaba de renovar el perfil institucional. Era la gestión en la que se había propiciado el ingreso del profesor R. con una mirada distinta de las cosas. Los cambios venían de la mano de remodelaciones: el viejo edificio de calle 1 recobró su fachada original, se hizo una fuente en la entrada, repararon escaleras, pusieron un ascensor que a veces funcionaba y otras no. También aparecieron políticas de memoria que tuvieron mayor dimensión que antes. Porque no es que antes no se hablara del tema, sino que todo era más solemne, y cada 24 de marzo la directora del establecimiento les leía con orgullo el prólogo del Nunca Más, escrito por –el ex alumno– Ernesto Sábato.

Con la asunción de la nueva gestión hubo más algarabía, las aulas empezaron a llevar nombres de estudiantes desaparecidos. Los carteles eran simples: apellido, nombre, una breve referencia. Y un acto de inauguración junto a las familias de esas víctimas. Los alumnos con el tiempo solían olvidarse de quienes habían sido esas personas, y entraban y salían sin importar si las aulas era la de Fulano o la de Mengano.

Por ejemplo el profesor R. daba clases en un aula llamada Joaquín Areta. La primera vez que entró, miró el cartel un largo rato. Después, cuando preguntó si sabían quién había sido Areta, todos quedaron desconcertados. Entonces les contó una historia. Habló de un estudiante del colegio, militantes de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios), que habían secuestrado durante la dictadura y que nunca volvió a aparecer. Se trataba de un poeta.

—¿Un poeta? —preguntaron todos.

R. no dio demasiados detalles. Como le costaba la poesía, apenas improvisó algunas ideas más de lo que se acordaba y prometió a la otra clase llevarles unos versos de ese desaparecido, para leérselos en voz alta y tratar de devolverle un sentido al nombre del aula.

Los alumnos escucharon con curiosidad la respuesta del profesor y enseguida siguieron hablando de otras cosas. La escena se parecía mucho a una clase de historia argentina: alguien menciona un nombre, alguien escucha, después todo sigue como si nada.

En esos tiempos hubo también actos. Uno de los más recordados ocurrió una noche de septiembre de 2008. Había un escenario armado frente al colegio y las luces de televisión iluminaban la fachada del edificio. Era el aniversario de la Noche de los Lápices. Desde el escenario habló en cadena nacional la (entonces) Presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Muchos alumnos se mezclaron entre la gente para verla. Algunos docentes miraban extasiados desde las ventanas del primer piso. El profesor R. se quedó en la vereda, bastante más atrás. No parecía particularmente emocionado con la escena.

Pero al día siguiente, en clase, alguien mencionó el acto y la conversación derivó hacia los estudiantes desaparecidos del colegio y de la letra K con la que empezaba el apellido de los últimos Presidentes. Durante un rato largo nadie habló de teoría del Estado, ni R. llevó expedientes de menores criminalizados para que diseccionaran en el aula.

Con el tiempo R. desarrolló una costumbre: al final del año llevaba a los estudiantes a visitar lugares. Les decía simplemente: “vamos a ver algo”. Y dejaba la cuestión como en suspenso, para generar mayor atención. Uno de esos lugares estaba en las afueras de La Plata. Se trataba del Pozo de Arana.

 

Estudiantes secundarios en el ex centro clandestino Pozo de Arana. Foto: Comisión Provincial por la Memoria.

 

El edificio parecía una dependencia policial cualquiera. Pasto alto, árboles, perros que duermen en el patio. Pero durante la dictadura funcionó allí un centro clandestino de detención dentro del circuito represivo de la policía bonaerense, llamado “Circuito Camps”. Más de doscientas personas pasaron por ese lugar. En el fondo del predio aparecieron restos humanos calcinados. Y el Equipo Argentino de Antropología Forense pudo identificarlos como personas detenidas-desaparecidas.

 

Excavaciones del EAAF en Arana, en 2008. Foto: EAAF.

 

Cuando los alumnos llegaban al Pozo de Arana de la mano del profesor se movían con cautela, como si hubieran entrado en un sitio donde todavía quedaba algo suspendido en el aire. R. no decía demasiado. Los dejaba caminar. Sabía que ahí empezaba la clase. Como el destacamento todavía estaba activo, la policía seguía utilizando parte del predio normalmente, entraban y salían patrulleros a toda hora, y eso a los estudiantes les causaba impacto.

 

            ***

 

A R. le gustaba recordar una anécdota que leyó una vez en un libro. Cuenta Stephan Müller-Doohm, en su monumental Theodor Adorno: a Biography (2004, Hardcover), que el filósofo alemán exiliado en Norteamérica, muchos años después de la guerra fue invitado a dar una charla a la universidad de Columbia. Aceptó hablar frente a un grupo de estudiantes. No se trataba de una conferencia habitual. Los jóvenes lo esperaron como a un filósofo de la música, de la estética, de la dialéctica. Pero ese día él decidió hablar de otra cosa.

Adorno se quedó un momento en silencio antes de empezar. Miró a los estudiantes, que lo observaban con esa mezcla de curiosidad y distancia de quienes nacieron después de la catástrofe. Entonces pronunció la palabra que pesaba más que todas las demás: “Auschwitz”.

 

Theodor Adorno.

 

No describió primero las cámaras de gas ni las chimeneas. Dijo algo que los descolocó: que el horror no empezó allí, sino mucho antes, en pequeñas renuncias al pensamiento, en la obediencia cotidiana, en la costumbre de no preguntar, en algunos giros del lenguaje alemán. Los jóvenes tomaron nota. Algunos esperaron cifras, otros una cronología. Pero Adorno insistió en otra cosa: en cómo una sociedad culta pudo producir ese lugar, que no es el nombre del lugar. Entonces les habló del frío orden administrativo de la muerte, de los trenes que llegaban con puntualidad ferroviaria alemana, de los formularios, de los números tatuados en lugar de nombres. No lo dijo con dramatismo; lo dijo casi con la sequedad de quien analiza una partitura.

En un momento un estudiante preguntó:

—¿Y cómo se enseña algo así?

Adorno volvió a hacer una pausa. Como si la pregunta fuera el verdadero motivo de la clase.

Dijo entonces que toda educación después de Auschwitz tiene una única tarea: impedir que vuelva a ocurrir.

—¿Y eso cómo se hace?— preguntaron estudiantes varios atribulados.

—Aun no lo sé— dijo Adorno. Y se guardó al silencio.

Los estudiantes levantaron la vista de sus cuadernos. Algunos parecían inquietos. Porque entendían que la lección no trataba del pasado europeo, sino de ellos mismos.

Adorno cerró su carpeta. Y antes de irse dijo algo que quedó flotando en el aula:

—El problema no es recordar Auschwitz.

 

***

 

Una mañana R. entra a la sala de profesores y escucha una frase dicha por alguien entre un grupo de docentes.

—Un campo de concentración se puede explicar perfectamente en el pizarrón…

Están tomando un café y miran a R. de reojo, que sabe que la frase está dirigida a él para provocarlo. Pero prefiere no discutir.

La frase le queda girando en su cabeza y se le mezcla con la anécdota en la biografía de Adorno, como si fueran dos secuencias concatenadas. “El problema no es recordar Auschwitz” y “un campo de concentración se puede explicar perfectamente en el pizarrón”. Como si entre ambas afirmaciones hubiera una conexión lógica, pero que él no tiene la capacidad de dilucidar.

Se puede explicar —cavila R.—; se pueden explicar los decretos, las cadenas de mando, las doctrinas militares de la dictadura argentina. Se puede reconstruir la estructura administrativa de la represión como si fuera un organigrama. Pero hay algo que no entra en ese esquema conceptual. Piensa en algunos giros del lenguaje argentino.

Entonces a R. se le ocurre la idea de una pequeña perturbación. Ir a los lugares del horror produce una perturbación. Un pizarrón organiza. Un lugar real donde pasó un hecho desordena y reordena las categorías en función de la afectación.

Y eso lo condujo a las devoluciones que escribían los estudiantes después de cada visita al Pozo. Todas ellas le parecían a R. originales; por eso con el tiempo decidió conservar las que más le gustaban en una carpeta azul. Una alumna escribió:

 

“El Pozo de Arana parece un lugar donde el tiempo se quedó esperando algo”.

 

Otro alumno dibujó el edificio y en cada habitación escribió una palabra:

 

esperar

respirar

gritar

desaparecer

 

Un chico que casi nunca hablaba entregó una frase:

 

“Las paredes de Arana miran hacia atrás”.

 

Una chica escribió:

 

“El edificio parece dormido. Como si alguien lo hubiera dejado ahí para recordar”.

 

Había algo raro en esos textos, pensó R. Los alumnos no describían el horror. Lo rodeaban. Esa era la única forma que, entendía, podía terminar cada ciclo lectivo. El futuro, lo que ese breve hecho produjera en sus vidas futuras, eso él no lo podía predecir.

En una de esas se olvidan, pensó. Pensó en los nombres de las aulas. Aunque siempre se quedaba con la ilusión de que el hecho trastocara algo. No era algo individual, era colectivo.

 

***

 

Pasaron los años. En el colegio cambiaron las autoridades. Por entonces, la burocracia del departamento de ciencias sociales empezó a hostigar a profesores como R, a sabiendas de que su ingreso había sido posible en otro contexto, por las anteriores autoridades. Un día le exigieron informes sobre el contenido de sus clases, otro día el cumplimiento de determinados programas. Le decían que había padres que se quejaban de su metodología poco convencional. Pero a R. todo eso le era indiferente. Si a esa altura seguía dando clases era tan solo para hablar con los chicos, eso lo hacía sentirse bien.

Hacia fin de año, cuando quiso llevarlos —como siempre— al Pozo de Arana, aparecieron las trabas: “los alumnos deben solicitar autorización formal a sus padres para poder salir del establecimiento”; “no todos los padres y los docentes están de acuerdo que no tengan clase toda la mañana”; “no está en el reglamento pautada la salida”. Pero aun así, el profesor R. movió cielo y tierra hasta que su insistencia puso a prueba la corrección política de las nuevas autoridades, que debieron ceder, y así consiguió llevar a los estudiantes al centro clandestino.

Para 2017 ocurrió algo curioso. El primer día de clases, el sistema informático indicaba su nombre, su aula, su comisión. Estaba a punto de ingresar al aula asignada, cuando R. notó que ya había alguien dando su clase.

En el área de alumnos le dijeron que había un error en el sistema informático, que no había sido actualizado, que él ya no figuraba. Le explicaron que el concurso por esas horas, se había realizado el año anterior. La mujer que lo atendió por ventanilla le mencionó que le parecía extraño que no se hubiera postulado. Que era el candidato natural, después de tantos años. Entonces R. desconcertado preguntó quién había ganado el concurso. El nombre le resultó familiar. Se trataba del mismo profesor que años atrás había dicho que un campo de concentración podía enseñarse perfectamente en el pizarrón.

R. no discutió. Salió del edificio y caminó unas cuadras por la avenida 1. Era temprano. Los estudiantes llenaban las veredas con mochilas enormes y conversaciones que parecían no tener principio ni final.

En un kiosco compró un café. Mientras lo tomaba pensó en la carpeta azul donde guardaba los trabajos más originales de aquellos chicos. A veces los releía. Uno decía:

 

“En Arana el silencio es más grande que el edificio”.

 

Otro:

 

“Las paredes saben algo que nosotros todavía no”.

 

Marcas de disparos en un paredón de Arana. Foto: Pablo Tesoriere, CPM.

 

R. tiró el vaso en un cesto. Imaginó al nuevo profesor entrando al aula. Imaginó el pizarrón limpio. Después imaginó un rectángulo dibujado con tiza. Un rectángulo prolijo. Tal vez con flechas. Tal vez con fechas. Tal vez con la palabra “Arana” escrita arriba.

Siguió caminando. Mientras cruzaba la plaza pensó que, después de todo, tal vez su colega tenía razón. Un campo de concentración puede enseñarse en un pizarrón. De hecho —pensó— casi siempre empiezan así.

 

Imagen de Banksy en la tapa del libro de Axat, donde aparece el cuento que aquí publicamos.