Cómo ocultar una mentira

Una mentira es más convincente si se oculta entre dos verdades

 

En el decimoséptimo episodio de la primera temporada de The X-Files (en la Argentina, Los Expedientes secretos X), titulado E.B.E., el agente del FBI Fox Mulder se encuentra tras la pista de un OVNI derribado por las fuerzas aéreas iraquíes. En su búsqueda, le pide ayuda a su informante secreto, el enigmático “Garganta Profunda”, quien le otorga una transcripción iraquí original interceptada sobre el OVNI derribado. Más adelante, Garganta Profunda le da una prueba aún más sorprendente, una foto de un OVNI que había sido visto sobrevolando una base aérea estadounidense. Sin embargo, Mulder y su colega, Dana Scully, terminan descubriendo que la fotografía es falsa. Cuando Mulder decide enfrentarse a Garganta Profunda por haberle entregado una pista falsa, este le responde que se había visto obligado a mantenerlo alejado del hecho, por lo que debió mentirle. Y agrega: “Una mentira es más convincente si se oculta en el medio de dos verdades”, ya que la primera transcripción que le había entregado efectivamente era original. Al final del episodio, cuando decide contarle a Mulder lo que había sucedido con el OVNI interceptado, el agente del FBI termina diciendo: “Me estoy preguntando cuál mentira creer”.

En estos meses pandémicos, donde una información falsa puede costar vidas, la premisa de Garganta Profunda parece aplicarse de forma extrema: la poca información verdadera y chequeada sobre la pandemia y la realidad termina ocultándose en el medio de una extensísima basura cibernética. Uno entra a actualizar su muro de Twitter o de la red social que use para ver qué está pasando en el mundo y encuentra información tan diversa como: científicos analizando curvas estadísticas, un video de una periodista tomando dióxido de cloro en vivo, un conocido afirmando que el virus es un invento del gobierno y de los medios, una noticia que sostiene que la cuarentena está dinamitando la economía, un ex Presidente advirtiendo sobre un futuro golpe de Estado, un video explicando cómo usar correctamente el barbijo, otra noticia sobre cómo un famoso va llevando la enfermedad, una imagen denunciando los incendios intencionales de miles de hectáreas en el país, un hilo explicando un paper de una revista científica sobre la pandemia, un flyer que te convoca a marchar para defender tus derechos individuales y evitar que seamos “Venezuela”, etcétera.

El panorama no mejora cuando uno prende la televisión, ya que, por ejemplo, cuesta distinguir si estás viendo una cobertura en vivo de una marcha anti-cuarentena o personajes de un programa repetido de Peter Capusotto y sus videos. Las imágenes de movilizaciones como la del último 17 de agosto muestran a personas sosteniendo las teorías más disparatadas, que van desde la típica negación de que el virus exista hasta la afirmación de que el origen de la pandemia son las relaciones homosexuales y el marxismo. Más que nunca, parecemos absorbidos por una realidad post-fáctica. No se trata de entrar en un debate filosófico acerca de qué es la verdad o si existe algo como “la verdad” absoluta. No son momentos de entrar en matices. En resumidas cuentas, una animadora consumiendo químicos tóxicos y un paper de la revista Science jamás pueden competir en pie de igualdad.

En otros tiempos, el control de la información pasaba por la censura o la restricción. La llegada de internet y luego de las redes sociales, en los años más extremos de la globalización digital, parecían una luz de esperanza: hubo gente que creyó que iniciaba una nueva era de democratización de la información, ya que esta se podría mover libremente y así evitar el monopolio de los medios de comunicación y las formas más clásicas de censura. El problema ahora no es cualitativo, es decir, qué información dejar circular o cuál no, sino cuantitativo: la información se mueve de forma masiva e indiscriminada por todo el globo, y queda a la razón de cada uno elegir qué consumir.

Con esto entramos en el meollo del problema: las burbujas de consumo de diferentes sectores sociales. Entre microclimas de contactos y algoritmos de big data, la información llega muy segmentada a los usuarios. Las mentiras, las conspiraciones, las fake news, las noticias sesgadas, entre otras, se conjuran para ayudar a que cada persona decida a qué darle validez. En palabras de Mulder, cada uno elige qué mentira (o verdad) creer. Con tan solo poner las palabras adecuadas en un buscador, uno puede llegar a información científica y verificada sobre la actual pandemia. Pero si en una red social me redirigen a un video de YouTube que dice lo que yo quiero creer (“el virus no existe, es una alianza secreta de los gobiernos, los laboratorios, los medios de comunicación, el 5G y Bill Gates para controlarnos”), me voy a quedar con eso. Porque confirma lo que yo ya sospechaba, ya sabía, porque me deja tranquilo. Seguramente, la mayor parte de mi círculo de contactos piensa similar a mí, por lo que cada vez que entre a una red social solamente voy a (re)confirmar mis sospechas: “¿Vieron? Yo tenía razón, ellos estaban equivocados. El tema es que son unos cerrados, unos fanáticos”.

Hasta el momento, no han existido avances prometedores de vacunas que nos hagan inmunes a estos problemas. Más que nunca, la sobreinformación desinforma. Como recuerda Umberto Eco —y no precisamente defendiendo la religión— en su novela El péndulo de Foucault, “desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada, creen en todo”. Defender y militar la información verificada y los hechos se convierte, hoy más que nunca, en una necesidad imperiosa. Defensa y militancia que se traducen en salvar vidas.

 

 

 

 

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