CON DELEITE Y TRISTEZA

La música que escuché mientras escribía

 

Con deleite y tristeza estoy leyendo la recopilación de crónicas que Juan Forn tituló Yo recordaré por ustedes. Narra sólo hechos reales, pero lo hace con tal destreza que parecen perfectas piezas de ficción. Por sus páginas supe que el enigmático pintor surrealista Giorgio de Chirico tuvo un hermano menor, Andrea, que se dedicó a la música con su nombre de bautismo, Alberto Savinio. Cuando escuchó la sonata 26 opus 81 de Beethoven, titulada El adiós, la ausencia, el regreso, Savinio imaginó a dos amantes obligados a separarse, que luego de padecer la lejanía consiguen reunirse. Pero en el Conservatorio de Munich donde estudiaba, supo que celebraba el regreso a Viena del archiduque Rodolfo, corrido de allí por un ejército enemigo. Si te interesa la historia del hermano de De Chirico, podés leerla con provecho en el hermoso libro de Forn.

Yo busqué las versiones disponibles de esa sonata y me enganché con la del joven Daniel Baremboim,  que la grabó hace más de medio siglo. Hace unos años, Barenboim tocó en varias funciones sucesivas del teatro Colón las 32 sonatas de Beethoven, sin las partituras a la vista, lo que ya sería prodigioso aunque su interpretación no fuera exquisita. Al escucharla entendí muy bien a Savinio. ¡Qué  archiduque ni niño envuelto! Es una obra de un romanticismo exasperado que le cuadra a la perfección a los tremendos altibajos del amor entre un hombre y una mujer, o para decirlo con la debida corrección política, entre dos personas humanas.

 

 

 

 

 

Seguí con la versión del chileno Claudio Arrau, que para mi gusto es uno de los mejores intérpretes de Beethoven.

 

 

 

 

 

También me crucé con la de Alfred Cortot, pero no la reproduzco acá porque es parte de una clase, en la que quien algunos consideran el mayor virtuoso del piano en el siglo XX intercala los movimientos de la obra con sus comentarios en francés, sin subtítulos. Pero de ahí derivé a otra obra que Beethoven le dedicó al mismo Rodolfo, el trío número 7,  opus 97, que Cortot ejecutó en 1928, con Pau Casals en el cello y Jacques Thibaud al violín.

 

 

 

 

 

Y de ahí a la última grabación de Cortot, a dúo con Casals, cuando se reencontraron después de la Segunda Guerra, en la que el catalán había sido emblema y soporte de la resistencia, y Cortot colaboracionista del ocupante nazi de Francia.

 

 

 

 

 

Gracias a Juan Forn y gracias a quien me regaló ese libro que ama y que, por suerte, también me ama a mí.

 

 

 

 

 

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