Con el diario del lunes

El día después de las elecciones

 

El 22 de noviembre del 2015, Mauricio Macri ganó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Fue la primera vez que hubo un balotaje efectivo en nuestro país desde que ese sistema fuera establecido por la reforma constitucional de 1994 (en 2003, Carlos Menem abandonó la contienda luego de la primera vuelta) y también la primera vez desde la irrupción del aluvión zoológico peronista que un Presidente electo no provenía ni de esa fuerza política ni del radicalismo.

En el discurso que dio apenas confirmó su victoria, Macri agradeció a sus votantes por haber logrado lo que parecía “imposible”. Es una afirmación en la que todos —sus votantes, pero también los de su rival oficialista Daniel Scioli— podían coincidir. Aun después de la ducha fría de la primera vuelta, muchos simpatizantes oficialistas se aferraron a la idea de que había una imposibilidad manifiesta en la candidatura de Macri. El hijo de Franco generaba, entre sus adversarios, más condescendencia que temor y estos consideraban que la Ciudad Autónoma de Buenos Aires era su límite: el pueblo verdadero sabría frenarlo más allá de la General Paz. No fue la única certeza que se evaporó ese año generoso en asombros: una candidata casi ignota en el distrito como María Eugenia Vidal, ex vice-jefa de gobierno porteña y futura Gobernadora Coraje, venció a Aníbal Fernández en el histórico bastión peronista de la provincia de Buenos Aires.

El domingo 19 de noviembre, Javier Milei ganó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales con un amplio margen. El asombro general, que incluyó a sus propios simpatizantes, fue aún mayor que el que generó aquella victoria de Macri. Hace ocho años, el candidato de Cambiemos centró su campaña en la famosa “revolución de la alegría”, un concepto vaporoso que insinuaba un futuro venturoso para todos. “No vas a perder nada de lo que ya tenés”, repetía en un spot de campaña junto a la futura Gobernadora Coraje. Sólo se trataba de poner las cuentas en orden, dejar de lado las políticas estrafalarias del kirchnerismo (aunque no todas, como lo aclaró el propio Macri) y volver al mundo. El resto lo haría la lluvia de inversiones que, sin duda, llegaría; sólo se trataba de sentarse a esperarla. Luego, pasaron cosas.

Javier Milei prescindió de esa alegría y les habló a sus electores con la sinceridad brutal de un tecnócrata del Fondo Monetario Internacional (FMI). Es cierto que al final de la campaña intentó suavizar esa amenaza al utilizar el artilugio del ajuste pagado sólo por la casta o la política, impulsando la idea errónea de que el ajustado será siempre el otro. Sin embargo, más allá de esa corrección de último momento, su prédica fue la del ajuste tan inevitable como virtuoso.

Pese a ese discurso en teoría piantavotos, su victoria fue inapelable. Ganó por más de diez puntos y en casi todas las provincias, incluyendo a aquellas económicamente inviables sin los recursos de la co-participación que Milei quiere eliminar. No es la única paradoja de estas elecciones. Muchas de las propuestas económicas del agitado de la motosierra —como la eliminación de los subsidios al transporte y a la energía— sólo agravarían las penurias de gran parte de los electores que, sin embargo, lo votaron, pensando tal vez que no hará lo que prometió o que el Congreso se lo impedirá. Es un pensamiento candoroso que la realidad ya desmintió: apenas un día después de la victoria de La Libertad Avanza, el Comité Nacional de la UCR expresó “su disposición a la cooperación republicana.

 

 

 

Ocurre que, en nuestro país, el Poder Ejecutivo dispone de un enorme poder para conseguir apoyo parlamentario, pese a que Alberto Fernández —ese extraño Presidente con lapicera, pero sin responsabilidad— no lo haya descubierto en estos cuatro años de comentarista.

 

 

Que un candidato casi sin experiencia política y con una fuerza propia más relacionada con un rejunte de terraplanistas, que con un espacio político coherente que puede aspirar a administrar el Estado, haya ganado las elecciones es sin duda asombroso, pero podemos intentar buscar algunas causas que lo expliquen (es cierto que con el diario del lunes es todo muy claro, pero lamentablemente las elecciones son los domingos). Empezaría por los dos gobiernos fallidos de signo político opuesto que generaron ocho años de impotencia política y caída drástica del salario real junto a una inflación creciente. También debemos considerar el apoyo entusiasta de los medios que recibió Milei y, un dato que esos mismos medios suelen soslayar, la persecución político-judicial y el intento de asesinato a CFK, que resultaron en la proscripción de la candidata con mayor caudal electoral dentro del peronismo. Es bueno recordar que, sin el encarcelamiento de Lula decidido por el juez Sergio Moro —sin pruebas materiales y sólo sobre la base de su íntima convicción—, Jair Bolsonaro jamás hubiera llegado a la presidencia de Brasil (y, accesoriamente, tampoco hubiera nombrado ministro de Justicia a Moro).

Pero, más allá de las explicaciones del fenómeno que llevó a la victoria de Milei, hay un dato alentador que deberíamos tener en cuenta a la hora de hacer el análisis de la debacle: el pueblo rechazó dos gobiernos fallidos. Las mayorías no aceptaron las penurias propuestas por el gobierno del Frente de Todos como única realidad posible, pero tampoco quisieron volver a las penurias anteriores, las de Cambiemos. La alianza a las apuradas entre Macri y Milei, cuyos cortocircuitos ya pudimos apreciar esta semana, puede hacernos olvidar este último punto, que, sin embargo, fue de una claridad electoral también inapelable: la candidata de Juntos por el Cambio no llegó al balotaje.

El peronismo paga un precio enorme, del mismo modo que lo pagarán las mayorías, por olvidar algo elemental: no hay épica que alcance sin mejoras materiales tangibles. Esa fue la gran enseñanza de los gobiernos kirchneristas de Néstor y CFK: aumentos de sueldo mínimo por decreto y relanzamiento de los juicios por crímenes de lesa humanidad, moratorias previsionales y bajada de los cuadros en el Colegio Militar, AUH y matrimonio igualitario, PROCREAR y CCK. La épica que no contempla el bolsillo de las mayorías solo genera descreimiento en la política.

El diagnóstico de Milei es que la Argentina necesita un tratamiento de shock, una cirugía mayor sin anestesia, para retomar una cruel expresión de los ‘90. Más temprano que tarde, aquellas mayorías le recordarán que más allá de la motosierra, más allá de los discursos bélicos y las citas bíblicas, no es eso lo que exigieron con su voto.

El rol del kirchnerismo será encontrar los nuevos liderazgos para canalizar ese descontento, proponer otro horizonte y preparar la vuelta para el 2027.

 

 

 

 

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