Con el papa en la boca

Al igual que Fidel Castro, no creemos en Dios pero sí que está en todos los detalles

 

“El Papa Francisco nos interpela a todos, especialmente a los líderes reunidos en esta ocasión, a pensar en cómo salir mejores y no peores de esta crisis, inspirado en su prédica y su ejemplo vengo a hacer un llamamiento al mundo entero a recrear un multilateralismo basado en nuestra solidaridad” ./ Alberto Fernández (75 Asamblea General de la ONU).

 

 

Para Sartre, el existencialismo era un humanismo y para el Perón de los años felices, el peronismo era un humanismo cristiano. Y para la compacta mayoría de los progresistas que ya no lamentan la pérdida irreparable de un laicismo imposible: ¿qué es el Papa, además de argentino, peronista y cuervo? ¿Hay vida más allá del capitalismo?

Para Sartre, la libertad es una condición irrenunciable del ser (incluso en el marco del juramento de lealtad a un sistema organizado y burocrático) y para Perón la fidelidad inconmovible del pueblo a su líder, el más libre de todos, el que realizaba la voluntad popular delegada. Para los peronistas (para todos sin distinción de carril ideológico) y acaso para todos los que operan en política abominando de las ideologías en nombre de la gestión, la libertad es lo que debe y puede hacerse luego de la lectura y la escucha atenta de la palabra y la praxis misionera de Francisco, el que no sólo impone agenda recibiendo líderes y movimientos sociales en Puerta del Vaticano sino que le espeta al Poder, en los lugares donde reside, las más valientes y puras verdades, lo mejor de la doctrina social de la Iglesia; revitalizando un menú de verdades que atrasa —si vamos a ponernos puntillosos— unos 129 años (si nos remontamos a la encíclica Rerum Novarum de León XIII) o más de medio siglo si hacemos pie en la Populorum Progressio (promovida por Paulo VI).

«Consumistas, imperiales y xenófobos» les dice a los americanos en sus propios lugares consagrados, donde la política —como el arte laico por excelencia para conducir los destinos de los pueblos— defecciona y desprotege a los excluidos funcionales del sistema y sobre todo si no son norteamericanos. «Ritualistas y declaracionistas impotentes», les dijo a los representantes del mundo reunidos en la ONU en 2015, donde por cierto citó a Paulo VI, al Martín Fierro y al texto más venerado por el peronismo dogmático: «La comunidad organizada»; y que pase el que sigue, gol con la mano a los ingleses, a los estadounidenses, a los franceses, a los alemanes y campeones mundiales del capitalismo humanista. Francisco no les dice ni más ni menos que lo que Perón les dijo a los empresarios durante la campaña del ’46: Soy yo o el comunismo ateo y anticapitalista. Pero con un agravante que es un alivio para toda la cristiandad, el comunismo como sistema no existe más desde hace décadas y la única resistencia al arrasamiento liso y llano del capitalismo salvaje, de la voracidad de la bancocracia y los gobiernos imperiales de América, Asia y Europa Central es la Iglesia —o para ser honestos— el Papa del fin del mundo.

A poco de su asunción, Fortunato Mallimaci puso en su lugar a un eufórico socialdemócrata como Reynaldo Sietecase durante un reportaje plagado de lugares comunes: “El Papa no es liberal ni de izquierda”. A decir verdad, semejante noticia estaba a tiro de Google: cuando Francisco ya era un rockstar declaró que el comunismo le había robado a la iglesia la bandera de los pobres (lo mismo que socialistas y radicales lamentaron con la aparición del peronismo).

Pues bien, esa bandera ha sido recuperada, pero no por sistemas doctrinales y políticos laicos, no por democracias inclusivas civiles pero nunca anticlericales, sino por una monarquía patriarcal dogmática y conservadora, incluso en la forma de un cristianismo revitalizado y hermeneuta conducido por un Papa que desprecia el lujo y fustiga a ricos y poderosos por no repartir mejor la riqueza o explotar sin decoro a sus trabajadores y desocupados. Una crítica feroz al formato más cruel de capitalismo que torna insostenible al mismísimo capitalismo que el Vaticano y acaso toda la cristiandad intentan sostener. Hace horas la Ministra de Mujeres, Géneros y Diversidad, Elizabeth Gómez Alcorta, sostuvo y viralizó desafiante que “hay vida después del capitalismo”. ¿Y qué hay después del capitalismo? Pues capitalismo humanista y cristiano, inclusivo y ecológicamente sustentable en los términos de la Encíclica Laudato Si, segunda del Papa del fin del mundo y las ideologías. El peronismo, salvo durante la lucha por el socialismo nacional que terminó en tragedia, nunca fue anticapitalista, pero tenía otros planes.

 

 

El peronismo es un humanismo (laico)

A los peronistas que se referencian en el Perón que sentó las bases de una patria libre, justa y soberana, habrá que recordarles que falta un adjetivo… laica. El pacto de mutua conveniencia de Perón con Caggiano y Copello duró lo que tardó el peronismo en hacer realidad un gobierno capaz de autolegitimarse política, moral y éticamente, sin remitirse a Dios o Cristo Rey como fuente de toda autoridad. Capaz de entenderse directamente con sus grasitas, sin intermediaciones celestiales, entendiendo el reino de la justicia social como el reino terrenal en donde los gobiernos civiles garantizaban derechos porque era lo socialmente correcto y no por caridad. Más allá de errores importantes en su concreción, esa osadía condujo a las jornadas trágicas del derrocamiento de 1955.

 

 

Perón, Evita, el cardenal Caggiano y el legado pontificio Ernesto Ruffini durante el Congreso Eucarístico de 1950 en Rosario.

 

 

Un botón de muestra de las diferencias entre el proyecto peronista y el de la Iglesia Católica, es el cruce entre Eva Perón y el anticomunista furibundo Monseñor Miguel De Andrea, que vamos a guionar teatral y libremente:

MDA: Estimada señora, me permito observarle que la Fundación que usted preside realiza las mismas actividades que nuestros hogares y asilos, incluso Cáritas. Me parece una duplicación de recursos y esfuerzos poco convenientes.

EP: No Monseñor, usted no comprende. Hay una gran diferencia, ustedes lo hacen por caridad y nosotros por justicia social.

Ese era el proyecto de Perón y ese parecía ser —más allá de los gestos ampulosos de rivalidad con la Iglesia argentina conducida por Bergoglio— el del kirchnerismo. Y que se entienda clara y perfectamente, nadie postula el ideal de un movimiento laico anticlerical, sino la convivencia en términos de igualdad y complementariedad entre procesos políticos emancipadores y esta suerte de cristianismo remozado.

Esta remisión abrumadora a la palabra papal, esta hegemonía cultural e ideológica vaticana, no era el proyecto del peronismo como máxima expresión latinoamericana del estado de bienestar capitalista, justo y solidario. Al menos tengamos esto en claro, esto es otra cosa. Plagada de malentendidos y aseveraciones ligeras, de citas forzadas, como aquello del Papa comunista o peronista.

Pero sintámonos justificados y contenidos, que es lo que la religiosidad nos proporciona ante la angustia de la muerte y las injusticias del mundo, ninguno de los filósofos ha logrado eludir a Dios pero podemos citar a uno mediocre y alemán (lejos de las gloriosas tres H) como Carl Jaspers; diremos que hemos dado el salto y que este es el pasaje ineludible de la razón a la fe, el que les aguarda a los hombres incapaces de acceder al conocimiento de lo sagrado, de lo que el mundo tiene de inexplicable. Así están nuestras democracias emancipatorias, al no poder avanzar más, al encontrar límites poderosos en su lucha contra un sistema que no tiene nada de divino pero sí de inhumano, saltan a los brazos de una divinidad corporizada por un jesuita franciscano que asume la máxima representación de toda redención en el marco del capitalismo moderno.

Hoy podríamos ensayar una respuesta para la incómoda pregunta de Theodor Adorno que los teólogos detestaron pues no acertaban responder con eficacia: ¿»Dónde estaba Dios en Auschwitz?», y nosotros agregamos en Armenia, Palestina o en la ESMA. Pues estaba preparando el advenimiento del Papa argentino y porqué no decirlo, de la síntesis que introduce la historia dentro de la muerte de la historia, que hace lío en el seno del capitalismo como sistema triunfal, que subsume en acción a los movimientos emancipatorios residuales en América Latina y el mundo. Todo esto dicho en una nota que elude mejores y actuales escándalos, se ofrece a cambio de ningún paraíso, de ninguna zapatilla, a cambio de nada y donde al igual que Fidel Castro, no creemos en Dios pero sí que está en todos los detalles.

 

 

 

 

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