CONTRAPUNTOS

La acción callejera se impone como respuesta al cóctel de desigualdad, corrupción y racismo en la región

 

El impresionante y limpio triunfo electoral de Luis Arce en las recientes elecciones en Bolivia, el pulcro referéndum constitucional chileno e incluso los comicios municipales brasileños, que arrojaron el fracaso de los candidatos de Jair Bolsonaro y mostraron un sorprendente corrimiento del electorado hacia el centro / centro-derecha, parecen ofrecer un paisaje de “normalidad” política en la región. Sin embargo una marejada contestataria recorre una parte de América Latina. Un repentino contrapunto entre las insuficientes o incluso malas prácticas republicanas y la contestataria acción callejera ha venido a instalar un inusual escenario en la región. Veamos.

 

Perú

El pasado 9 de noviembre, el unicameral congreso peruano votó por amplia mayoría la destitución del presidente Martín Vizcarra, apenas cinco meses antes de la fecha de celebración de elecciones generales. Manuel Merino, hasta entonces presidente del Congreso, instigador de aquel desplazamiento, asumió la presidencia de la Nación. Casi en simultáneo con su jura para el nuevo cargo, centenares de manifestantes se congregaron en el centro de Lima y marcharon hacia el Congreso, comportamiento que se repitió en diversas ciudades del país: Arequipa, Chiclayo, Cuzco y Trujillo, entre otras. Sobrevino luego una ola protestas y manifestaciones que pusieron en jaque al flamante primer mandatario.

El 10 y el 11 de noviembre hubo nuevas marchas y protestas en diversas ciudades. El 12 se convocó a la primera Marcha Nacional, que tuvo amplia repercusión a escala nacional. Y el 14 se realizó la segunda Marcha Nacional, que también se extendió por todo el país y tuvo su epicentro en la Plaza San Martín de Lima, En ésta cayeron abatidos dos jóvenes: Jack Brian Pintado (22 años) y Jordán Inti Sotelo (24 años), que murió al día siguiente en un hospital. Hubo además más de 200 heridos. La represión policial fue sencillamente brutal.

Las manifestaciones se reiteraron durante los dos días siguientes. Y a Merino no le quedó otra alternativa más que la de renunciar. Fue reemplazado por un congresista proveniente de un pequeño partido de centro, Francisco Sagasti, quien fue designado de apuro presidente del Congreso para estar en condiciones de acceder a la presidencia del país.

Las manifestaciones de protesta, que finalmente se diluyeron, tuvieron al parecer un fuerte componente de espontaneidad, lo que se manifestó –entre otros indicadores– en los carteles y pancartas sencillas y hasta precarias que pudieron verse en las fotos de los diarios y en los noticieros de la televisión.

 

Colombia

El pasado 19 de noviembre se puso en marcha en todo el país un ciclo de movilizaciones de protesta multitudinarias y predominante pacíficas impulsado, entre otras entidades, por el Comité Nacional de Paro, integrado por las centrales obreras, los maestros y otras organizaciones sociales. Esta movida se convocó en conmemoración del “paro nacional” –así se le llama a este tipo de accionar– que se había desarrollado un año atrás y que marcó el inicio de un intermitente pero intenso acaecer de manifestaciones y disturbios durante 2019.

En esta nueva convocatoria de 2020, cuyo epicentro fue Bogotá, la protesta social se extendió por nueve días consecutivos y copó también las calles de varias otras ciudades colombianas. Las causas de estos punzantes reclamos callejeros, que han puesto en vilo al gobierno que encabeza Iván Duque, son diversas. Entre otros: la corrupción estatal, las falencias del poder judicial, la impunidad de los funcionarios, el recurrente asesinato de líderes sociales, el crecimiento de la desigualdad económica y social, entre otras.

 

Guatemala

El sábado 21 de noviembre se congregó una multitud en el Parque de la Constitución de la Ciudad de Guatemala y hubo movilizaciones en otras ciudades del país, entre otras Quetzaltenango, la segunda en importancia. Estas manifestaciones eran en rechazo de un controvertido proyecto de ley de presupuesto que establecía recortes en los gastos de salud y educación pero asimismo un aumento en viáticos y otros gastos de los legisladores. Mientras esto sucedía en el antedicho parque, un grupo de encapuchados atacó con bombas incendiarias las instalaciones del Congreso, varias de cuyas oficinas ardieron. La represión policial fue dura. Dos personas perdieron uno de sus ojos, numerosas otras fueron golpeadas y se detuvo a 43 manifestantes.

La desaprensión y la avidez suelen ser frecuentes entre los dirigentes políticos guatemaltecos, incluidos los que llegan a los más altos cargos gubernamentales. Algunos han terminado pagando sus consecuencias. Hace cinco años, por ejemplo, unas activas y nutridas manifestaciones sociales sacaron del poder al entonces presidente, general Otto Pérez Molina, quien continúa bajo investigación judicial por corrupción.

 

Costa Rica y Brasil

Vale la pena recordar, retrotrayéndonos apenas en el tiempo, que una serie de protestas comenzaron en la comúnmente apacible Costa Rica, a fines de septiembre de este año, con el bloqueo de caminos y carreteras. Luego se trasladaron también a las calles urbanas bajo la forma de manifestaciones y protestas, que se han extendido hasta mediados de noviembre. Los reclamos y peticiones tuvieron que ver con el rechazo a una negociación en curso con el FMI, con el descenso de la actividad económica agravada por el COVID y con la aparición de nuevos impuestos, entre otros asuntos.

Las manifestaciones se mantuvieron hasta la tercera semana de octubre con un saldo de 141 detenidos, un número indeterminado de civiles heridos pero sí de policías, que alcanzó 114. A partir de entonces mermaron las protestas pues el gobierno tomó contacto con dirigentes políticos opositores y con la conducción del Movimiento de Rescate Nacional, diálogo este último que finalmente no fructificó. Razón por la cual este movimiento retomó la acción callejera. Su última convocatoria a una movilización se efectuó el 18 de noviembre en San José, pero se vio mermada por una lluvia persistente.

En Brasil se produjo el brutal asesinato del afrodecendiente soldador Joao Silveira Freites, el 20 de noviembre pasado, perpetrado por dos guardias de seguridad de un supermercado, en Porto Alegre. Este hecho desencadenó una ola de manifestaciones de protesta de entidades antirracistas y de gente del común, en la antedicha ciudad así como en Sao Paulo, Rio de Janeiro, Brasilia, Belo Horizonte, Salvador, Recife, Olinda y Santos, entre otras.

 

Contraposiciones

De un modo u otro, la contraposición que enfrenta a la contestataria acción callejera que se acaba de describir con las prácticas corrientes de cualquier sistema político republicano se halla presente en los cinco casos examinados. Todos ellos muestran una notoria coincidencia y concentración en el mes de noviembre, que bien podría ser atribuida a los desplantes del azar. No puede negarse, sin embargo, que esos casos exponen una deficiencia y una inconsistencia gubernamentales rayanas en la anomalía. Sería ingenuo no registrar que flota en ellos un malestar social que no ha podido ser procesado ni contenido por sus respectivos sistemas políticos y económicos.

Es posible adjudicarle a cada uno de los casos revisados un rótulo identificatorio de ese malestar: la corrupción a Perú y Guatemala, la desigualdad rampante a Colombia, el racismo al Brasil de hoy y la inequidad a Costa Rica. Y hasta podrían mezclarse y distribuirse juntas esas etiquetas a los cuatro primeros países mencionados. Costa Rica, que ha sido un ejemplo de estabilidad económica y de continuidad democrática en la región, tal vez podría quedar exceptuada. Así, los cuatro países restantes podrían acaparar la totalidad de los tickets: corrupción, desigualdad rampante, racismo e inequidad. La lista en común podría incluso ser más larga.

Bien se sabe que los mencionados son males viejos que habitan en muchos países latinoamericanos. Lo novedoso, en todo caso, es la amplitud y la velocidad del contrapunto establecido entre la contestataria acción callejera y el orden político y económico existente en los casos examinados. Y es prácticamente obvio colegir que algunos electorados están perdiendo la paciencia, por decir lo menos.

Convendría tener presentes los enfrentamientos y contraposiciones que se acaba de mencionar de cara al intenso calendario electoral que se desarrollará próximamente en nuestra región latinoamericana: tal vez le asienten alguna impronta. En 2021 habrá elecciones presidenciales en Chile, Ecuador, Honduras y Nicaragua. En el primer semestre de 2022 en Colombia y Costa Rica; y en octubre en Brasil. En otros países, en el mismo lapso, las habrá exclusivamente legislativas.

 

 

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