Un museo de grandes novedades

La derrota electoral en las PASO aceleró los tiempos de la retórica sobre planes y empleo.

“Todos los que tengan esos planes puedan entrar a trabajar sin perder el plan, que las empresas puedan incluir eso que reciben como parte de su salario. Eso facilita que se los pueda tomar, son cientos de miles de argentinos, que de esa manera les abrimos una puerta, porque los necesitamos».

La frase es de Mauricio Macri, la expresó el 1 de mayo de 2017 en un acto el microestadio de Ferro, organizado por el Momo Venegas. Era el lanzamiento formal del “Programa Empalme”.

Entre citas a Perón, Macri sostuvo aquel día: “Queremos que todo el mundo pueda acceder a un trabajo. Nuestro desafío es crecer para que haya empleo para todos los argentinos, y los que lo tienen, al haber mayor demanda, mejoren el suyo, con lo cual entramos todos en un proceso superador”.

Un día después, en la recorrida por la cooperativa de Trabajo “Galaxia”, el entonces presidente sostuvo que “Estamos buscando que cientos de miles de personas, muchos jóvenes, que están cobrando subsidios desde el año 2001 para acá”, puedan incorporarse al sistema de trabajo formal, remarcó Macri y explicó que el subsidio originalmente “se pensó como un puente” para sobrellevar situaciones de desempleo, “pero lamentablemente pasaron ya casi 15 años” y persiste la necesidad de la ayuda.

En refuerzo de la iniciativa, el gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, sostuvo que «esa medida va en la dirección correcta, porque precisamos subsidiar el empleo y no el desempleo» y agregó que “El Plan Empalme, anunciado por el Presidente va en la dirección correcta porque nuestra patria sólo va a dejar atrás las dificultades si conseguimos empleos para todos».

El programa fracasó estrepitosamente. No movió el amperímetro de los programas existentes, el empleo se hundió en forma brutal y la producción nacional profundizó su sustitución por núcleos importadores que diezmaron de Pymes el horizonte industrial de nuestra Patria.

Como si todo esto no hubiera pasado hace escasos cuatro años atrás, a la vuelta de la esquina de nuestra historia, la diatriba que cuestiona la existencia de los planes sociales y que se presenta al amparo de la aspiracional búsqueda de transformarlos en trabajo genuino, ha recuperado vigor una vez conocido el resultado electoral en las PASO.

Macri con el Momo Venegas. De ahí salió la idea

 

Después del empalme, ¿viene el puente?

El 5 de octubre, el Presidente Alberto Fernández se paró frente a la Convención Anual de la Cámara Argentina de la Construcción y sostuvo que «Lo que debemos hacer es ver cómo convertimos los planes sociales en empleo» y lanzó el programa “A Construir”, sosteniendo que el objetivo es «recurrir a alguien que tiene un plan social y pueda dar trabajo porque lo que nos importa es recuperar el trabajo no sostener el plan social».

Sobre la certeza que los planes sociales se asignan a personas desocupadas, se lanzó una política pública que replica anuncios efectuados para trabajadoras y trabajadores rurales, de casas particulares (Programa Registradas) y ahora de la construcción.

Sin embargo, el 7 de octubre, apenas 48 horas después, en un acto celebrado en la cancha de Nueva Chicago con organizaciones populares, el Presidente dijo que “quiero cambiar planes por trabajo”, aunque observando a los presentes, aclaró en seguida que «hay que cambiar los planes sociales, no quiere decir cambiar planes por trabajo, porque trabajo ya tienen», sino por «empleo genuino y registrado» para que «todos tengan los mismos derechos que un trabajador formal».

Mientras el acto ocurría, el Presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, presentaba en consideración su anunciado proyecto para convertir planes sociales por trabajo. El programa se denomina “Un puente al empleo” y se comunicó que «los ejes de proyecto serán: pasar de los planes sociales a planes de empleo y el alivio económico para las pymes».

El texto trae muy poquitas novedades sobre cómo se piensa implementar el programa, lo que trae en su segundo capítulo, escondido detrás de las buenas intenciones, es una profunda amnistía para todo patrón que tenga en negro a sus trabajadores. Una amnistía completa en términos de multas, sanciones y cargas económicas que pudieran implicar haber negreado trabajadores durante su existencia empresaria.

Los blanqueos laborales tampoco son novedosos en la dinámica política argentina. El gobierno de Carlos Menem las impuso junto a sus múltiples reformas laborales. Como toda política laboral que apunta a mejorar las condiciones del empresario para facilitar la contratación, lo que termina impactando positivamente en los balances de los empresarios, y muy negativamente, en el trabajo efectivo.

Quizás sí mejoren un poco las estadísticas. Pero trabajo, el trabajo es otra cosa.

En definitiva, como parece suceder más habitualmente de lo que pudiera imaginarse, los anuncios no terminan teniendo un impacto cuantificable en la realidad. Incluso, en muchos aspectos, siquiera terminan de comprenderse por dónde vienen o cuánto es de efectivo lo que se habrá de implementar.

Lo cierto, es que entre las dos iniciativas expresadas por el Presidente, antagónicas en su filosofía, y la expresada por Sergio Massa, aparece en el horizonte una certeza. El objetivo es subsidiar los salarios a los empresarios para alentarlos a que contraten gente y además, premiarlos con una extendida amnistía a prueba de negreros.

“Hay que fomentar el trabajo, no solo darles facilidades a las empresas», había dicho Daniel Menéndez de Barrios de Pie en respuesta al Plan Empalme de Mauricio Macri, aunque ayer se mostraba algo mas elogioso con el poco novedoso anuncio.

El acto del jueves en Chicago. Otra idea

 

Un poco de historia

Para peor de los males, ni el Plan Empalme, ni el Puente ni “A Construir” ni “Registradas” ni el empaque que se le ponga al programa venidero, son novedosos en la Argentina.

Desde el año 2006 en nuestro país se implementa el Programa de Inserción Laboral (PIL) el cual nació como complemento de una enorme cantidad de programas de empleo ubicados en la órbita del Ministerio de Trabajo de la Nación y otros tantos en la cartera del Ministerio de Desarrollo Social.

El PIL es absolutamente idéntico al Empalme, al Puente y a los restantes anunciados en forma reciente. De hecho, cuando Macri anunció el impacto del programa Empalme, no hizo si no traducir el resultado del PIL. Lo mismo sucederá, seguramente, con los anuncios recientes.

En paralelo al programa PIL, hasta el año 2016, funcionó en la Argentina el programa “Argentina Trabaja”, al que se sumó luego el “Ellas Hacen”, los que aseguraban un ingreso a las personas desocupadas que se inscribieran en cooperativas de trabajo y se asignaba un monto por trabajador para la compra de materiales y el desarrollo de obra.

Los programas de empleo “Argentina Trabaja” y “Ellas Hacen” fueron creados en el marco de un país que había logrado crear millones de puestos de trabajo formales, que había recuperado algunos resortes de desarrollo productivo e industrial que permitían comenzar a responder a la demanda de empleo acumulada durante décadas de exclusión social y desocupación creciente. “Argentina Trabaja” implicaba un ingreso directo a una población de beneficiarios y beneficiarias sin ocupación formal, y en el caso del programa “Ellas Hacen” las beneficiarias tenían la particularidad de haber sido víctimas de violencia de género.

 

El problema

La versión hegemónica del capitalismo moderno ha intentando presentar como una verdad irrefutable que los modelos de acumulación económica son incapaces de satisfacer la demanda de trabajo existente en el conjunto de la sociedad hipertecnológica.

Aceptar esa premisa implica, lisa y llanamente, renunciar a la justicia social como anhelo de aquellos que seguimos mirando nuestro futuro a la luz de una revolución inconclusa muy reciente en nuestra historia. Sencillamente, porque la riqueza en nuestro país no se evapora, tan sólo se concentra en muy pocas manos.

Desde sus orígenes, los fundamentalistas de la concentración de riqueza, han montado un estigma sobre los programas de empleo, catalogándolos como planes sociales, con sentencias estigmatizadoras relacionando los ingresos como un financiamiento directo de la vagancia. Lo cierto, es que lo que diferencia un programa de empleo y un plan social, es la contraprestación que implica ser beneficiario del programa.

El enorme dilema de la Argentina, no es la necesidad de eliminar los planes sociales. El problema es cómo surge el trabajo.

A esta altura de la historia, uno debiera poder concluir en las filas del peronismo, que subsidiando a los empresarios, garantizándoles la impunidad por contratar ilegalmente, asegurándoles que paguen menos impuestos, que dolaricen cartera, que la fuguen o especulen con la riqueza que produce nuestro país, no debiera ser el camino adecuado para resolver el problema.

Está claro además, por las estadísticas coyunturales, que más exportación, más producción y mayor riqueza evidenciada en los balances, no se traduce en más y mejor trabajo, mas bien lo contrario.

Que haya voces en la Argentina que sigan reclamando ventajas para los empresarios como dinámica para generar trabajo, no es un sorpresa. El dilema es lo hegemónico que está resultando el lenguaje en las certezas que expresa el peronismo a la hora de la gestión de gobierno.

Las obras de la Túpac Araru destruidas por el carcelero de Milagro Sala

 

Una propuesta trunca

En el Frente de Todos anidaban en aquella lejana campaña del año 2019, propuestas alternativas a las que ahora inundan la cartelera de anuncios.

Sobre la vivienda y el trabajo, se puede recordar, se erigía la propuesta de repensar la recuperación económica tras la catástrofe macrista.

Construir viviendas, con una empresa pública asociada a cooperativas de trabajo, que tuviera el volumen suficiente para disciplinar los precios de los materiales, no sólo dinamiza el trabajo material y efectivo de miles de compatriotas que se volcarían a la construcción. También dinamizaría el mercado de materiales e insumos.

Permitiría, además, generar una planificación de la ocupación territorial, el diseño de horizontes de producción popular en cada nuevo barrio que se construya. Pensar la comunidad organizada, detrás de ese barrio y en el camino, diseñar un respuesta integral al déficit habitacional.

La propuesta se podía escuchar en palabras de Milagro Sala, quien expresaba la necesidad de recoger la experiencia de las miles y miles de viviendas que cimentaron comunidad, que fueron el preludio de centros de salud y educación en todos los niveles, que forjaron el desarrollo de fábricas que dinamizaban la economía y el mercado interno local.

Un modelo de producción popular sostenido por el trabajo y la vivienda. La propuesta no nacía de un sueño distópico, si no que tenía el cotejo en la experiencia popular acumulada.

No era el producto elaborado en un programa enlatado del Banco Mundial, si no la repetición de una iniciativa que había nacido de la mano de Néstor Kirchner, quien tenía algo a favor en todo este asunto: Fe en el pueblo.

Pero claro, dos años después, Milagro Sala sigue presa. Y aquella agenda de futuro, resuena como el ladrido de un perro a la luna.

Después del Empalme, viene el Puente. El problema es lo que venga después.

 

 

*La nota fue publicada ayer en el sitio Infonativa.

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