Corea, reunificación nacional y cuestión nuclear

Aunque llena de escollos, la reunificación de ambas Coreas permite alentar un mínimo optimismo

 

Isaiah Berlin, a mi juicio el mejor historiador de las ideas que dio el siglo XX, inició su ensayo La búsqueda del ideal señalando que fueron dos los factores más significativos que dieron forma a lo acontecido durante esa centuria. Por un lado, el extraordinario desarrollo de las ciencias naturales y de la tecnología que abrieron campos fertilísimos para el desenvolvimiento de las sociedades. Por otro, las grandes tormentas ideológicas y las variadas contiendas políticas y bélicas ocurridas, que impactaron negativa y trágicamente sobre la vida de buena parte la humanidad. En la estela de este razonar podría agregarse que esos dos factores berlineanos se combinaron de manera diabólica, para propiciar el desarrollo de sistemas de armas nucleares capaces de convertir a la guerra en un espeluznante holocausto.

En el lapso que enlaza los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki, la primera detonación nuclear de la en aquel entonces Unión Soviética en 1949 y el decurso de la guerra de Corea (1950-1953), se fue decantando de hecho un “marco” de contención de la contienda atómica. Estados Unidos (EE.UU.) y la hoy Rusia adquirieron una paridad tal que una guerra nuclear entre ambos sólo hubiera conducido a un enorme descalabro de los dos, a una mutua destrucción asegurada por el hecho de que cualesquiera que fuera el agredido, este conservaría una capacidad de respuesta igualmente demoledora para el agresor. Este vaciamiento de la posibilidad de victoria instauró ese orden que se llamó Guerra Fría.

Con el tiempo se fueron incorporando al “club nuclear” otros países: Reino Unido (RU), Francia, China, India, Pakistán e Israel. Ninguno de ellos es en la actualidad objetado; prevalece al respecto una difusa e implícita aceptación. Sudáfrica desarrolló armamento nuclear en los años ’80 pero finalmente desistió y lo desmanteló. Libia alcanzó asimismo cierto desarrollo cuya cancelación negoció en 2003. En 2011 fue objeto de una guerra encabezada por EE.UU., RU y Francia que la destruyó; en ese transcurso su líder, Muammar Gaddafi, murió asesinado. Más recientemente, Irán concedió bajo presión su desenvolvimiento en este campo, lo que se plasmó en un convenio establecido con EE.UU., Rusia, China, Francia, RU y Alemania, hoy objetado y en tránsito de ser abandonado por el primero luego del reemplazo de Barack Obama por Donald Trump.

También se firmaron acuerdos como el Tratado de No Proliferación (TNP) y se crearon instituciones como el Organismo Internacional de Energía Atómica con el objeto de controlar los desarrollos en el campo y custodiar precisamente la no proliferación. Sin desmedro de las buenas intenciones, la modesta eficacia de aquellos queda reflejada en el hecho de que ni India, ni Pakistán ni Israel se han incorporado al TNP y no obstante mantienen muy buenas relaciones con algunas de las grandes potencias sí firmantes. Lo que hace evidente la existencia de una doble vara respecto del tratamiento que han tenido o tienen otros países. Y expone por la vía de sus falencias, que la convivencia y equilibrio nucleares siguen dependiendo hoy –como ayer— de la mutua destrucción asegurada antes que de la letra de lo convenido.

Corea del Norte ha pasado a ser la novena potencia nuclear del planeta. Y ha estado bajo intenso asedio de los EE.UU., que durante los últimos años ha bregado para doblegar esa capacidad. Durante la última parte de su gobierno, Obama la tenía como una de sus prioridades en materia de seguridad internacional. Donald Trump la mantuvo e incluso fue apretando el torniquete al compás de las pruebas nucleares y misilísticas norcoreanas. En el marco de una extrema tensión, Kim Jong-un, el presidente del norte, se las arregló últimamente para conversar con Trump y con Xi Jinping, y para –en colaboración con su par sudcoreano Moon Jae-in— avanzar en el deshielo de las relaciones entre ambas Coreas. Expresión mayor de esto fue la participación conjunta de ambos países en un mismo equipo, en las últimas olimpiadas de invierno. El más reciente y alto punto de la colaboración entre ambos mandatarios fue la firma de la Declaración de Panmunjom para la Paz, la Prosperidad y la Unificación de la Península Coreana, a fines de abril.

Expuesto en corto, este acuerdo implica un fuerte compromiso recíproco para finalizar con la división y la confrontación entre ambas Coreas, y para avanzar hacia la paz y hacia la reconciliación y la reunificación nacionales. Entre otras puntualizaciones se propone:

  1. reconectar las relaciones entre ambos pueblos y abordar la discusión sobre la unificación coreana;
  2. eliminar las tensiones militares y bélicas en la Península, y convertir la zona desmilitarizada en zona de paz;
  3.  transformar la tregua vigente, declarar el fin de la guerra y establecer un tratado de paz mediante el desarrollo de negociaciones trilaterales (2 Coreas + EE.UU.) y cuadrilaterales (2 Coreas + EE.UU. y China);
  4.  avanzar en la completa desnuclearización de la Península y buscar para ello el apoyo y la cooperación internacionales;
  5.  establecer los canales necesarios para llevar a cabo esta agenda, lo que incluye encuentros y comunicaciones regulares entre los dos dignatarios firmantes.

Se trata de un programa gratamente sorprendente, complejo y espinoso a la vez. Trump lo saludó alborozado y hasta se autoatribuyó, poco modesto al fin, mérito en su realización. En los influyentes New York Times y Washington Post varios de sus columnistas lo recibieron con acidez. Richard Cohen, de este último, escribió: “Corea del Norte sin un arsenal nuclear es como Arabia Saudita sin petróleo”; Bret Stephens, del primero, tituló “Kim Jung-un vende un puente de paz”, en un tono casi peyorativo; y Nicholas Kristoff –también del NYTimes— escribió: “Kim está ahora tratando de esquivar las sanciones, reconstruir su economía y retener su arsenal nuclear”.

El grueso de la desconfianza proviene precisamente de esto último: las armas atómicas de Corea del Norte. Sucede que la historia no ayuda, ya que hubo varios intentos previos de desnuclearización entre EE.UU. y aquella Corea que no funcionaron por incumplimiento norcoreano. También la gran potencia americana aportó y aporta escepticismo: el caso de Libia y el anunciado retiro del acuerdo con Irán, ambos mencionados más arriba, son malos antecedentes.

Hoy habría, empero, un punto de partida distinto. Se propone –nada menos— una reunificación nacional que, además del tratamiento bilateral, será objeto de conversaciones tri y hasta cuadrilaterales. En este marco debería darse el proceso de desnuclearización. No se trataría esta vez sólo de una exclusiva cuestión entre EE.UU. y Corea del Norte. Y además la unidad ha sido colocada como prioridad. La cuestión atómica es el centro del problema pero la clave de la solución estaría en la unificación y en lo que se derive de ella.

La reunificación estará llena de escollos. Uno será el régimen político que se adopte; otro, el modo en que se acoplen ambas economías (para nombrar dos entre muchos). Pero si avanzara, ¿por qué no podría progresar la desnuclearización? Cabe sencillamente preguntarse: si hubiera unidad, ¿desdeñaría Corea del Sur lo escrito en la Declaración y admitiría que se mantuviera el arsenal atómico norcoreano? ¿Estaría dispuesta a desafiar a EE.UU. y convertirse por ósmosis en potencia nuclear una vez consumada la reunificación? La respuesta es obviamente no. En ese caso, la iniciativa fracasaría y las cosas tenderían a volver a su estado anterior. En tanto que si se diera con desnuclearización norcoreana, ¿qué sentido tendría un rechazo norteamericano y el mantenimiento de una actitud hostil? Ninguno. Sería incompresible que no la aceptara y mantuviera una postura agresiva que pondría en vilo al mundo inútilmente y contaría además con la disconformidad sudcoreana y el obvio disgusto de China.

En fin, sería insensato pretender desenrollar más el tapiz de lo porvenir y/o abundar en especulaciones. Y sería exagerado decir que la suerte está echada porque ni siquiera se ha cruzado todavía el Rubicón: sólo se ha firmado una declaración conjunta. Habrá, nomás, que esperar y ver, quizá con una pizca de optimismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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