Crecer o decrecer, es la cuestión

La coronavirus-19 vista como una oportunidad para cambiar un sistema agotado

La sociedad de crecimiento es indeseable por, al menos, tres razones: engendra una gran cantidad de desigualdades y de injusticias, crea un bienestar ampliamente ilusorio, no crea ni siquiera para los muy ricos una sociedad amable, sino una anti-sociedad harta de su riqueza”. Serge Latouche, «Pour une société de décroissance» (2003).

 

 

El “antivirus”: redistribución y decrecimiento

Este mes se conoció un manifiesto firmado por académicos holandeses, donde proponen pensar un cambio para la economía post-pandemia, basado en los principios del decrecimiento. Afirman que las importantes consecuencias económicas de la Covid-19 se deben en parte al modelo económico dominante de los últimos treinta años. Este modelo neoliberal —señalan— requiere una circulación cada vez mayor de bienes y personas, independientemente de los innumerables problemas ecológicos y la creciente desigualdad que esto causa. Este manifiesto, firmado por 170 académicos que trabajan ocupados en cuestiones de desarrollo internacional, presenta, con base en la investigación y el conocimiento existentes, cinco propuestas para los Países Bajos post-pandemia:

  • Reemplazo del modelo de desarrollo actual dirigido al crecimiento genérico del PBI, por un modelo que distinga entre sectores que pueden crecer y necesitan inversión (los llamados sectores públicos críticos, energía limpia, educación y cuidado) y sectores que necesitan reducirse radicalmente dada su falta fundamental de sostenibilidad o su papel en la conducción de consumo excesivo (por ejemplo, los sectores de petróleo, gas, minería y publicidad).
  • Desarrollo de una política económica dirigida a la redistribución, que proporcione un ingreso básico universal, integrado en una política social sólida; un impuesto progresivo sustancial sobre la renta, el beneficio y la riqueza; semanas de trabajo más cortas y trabajo compartido; y el reconocimiento del valor intrínseco de los servicios públicos esenciales, como la educación y la asistencia sanitaria.
  • Transición a la agricultura circular, basada en la conservación de la biodiversidad y la producción de alimentos sostenible.
  • Reducción del consumo y los viajes, disminución radical de las formas lujosas y derrochadoras de vida, transición hacia formas necesarias, sostenibles y significativas.
  • Cancelación de la deuda, principalmente de empleados, trabajadores independientes y empresarios de pequeñas y medianas empresas, pero también de los países en desarrollo (a cargo de los países más ricos y las organizaciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial).

 

 

 

La desaceleración del crecimiento: ¿buena o mala noticia?

El concepto de decrecimiento genera una confrontación con el aceptado término crecimiento, entendido como aumento del PBI de un país. Los que detentan el concepto de decrecimiento piensan que el crecimiento medido por ese índice es meramente cuantitativo (por oposición a cualitativo). Aquello que dicho índice mide —el aumento de la producción y la venta de bienes— acentúa los desequilibrios entre países, la desigualdad social, la precariedad y la contaminación. Los militantes del decrecimiento piensan que ese tipo de desarrollo económico se opone a los valores humanos que fundan nuestras sociedades, y no tiene en cuenta el hecho de que la tierra es limitada, tanto por sus recursos naturales como por su capacidad de soportar la destrucción de recursos. También consideran que la mayor parte de los economistas actuales no han salido nunca del pensamiento del siglo XIX que considera la naturaleza como inagotable y que sus modelos económicos por lo tanto son idealistas y apartados de la realidad. Una condición necesaria para esta disminución es la puesta a punto de un sistema económico que no necesite un crecimiento perpetuo del consumo y por lo tanto de la producción para asegurar su supervivencia. En efecto, el sistema actual se inclina a inventar nuevas necesidades, y por lo tanto nuevas tareas, para no producir altos niveles de desempleo.La actual sociedad está marcada por el crecimiento como finalidad, lo cual lo convierte en el único y excluyente objetivo de la vida. Una sociedad por el estilo no es sostenible porque se choca con los límites de la biosfera. En el actual paradigma, la desaceleración del crecimiento (recesión) o su prolongación (depresión) son sinónimo de bancarrota y desorden por la consiguiente pérdida de puestos de trabajo, quiebra del Estado, abandono de los programas sociales, culturales y ambientales que aseguran la calidad de vida. No crecer es mala noticia en el modelo capitalista de acumulación. El decrecimiento por lo tanto no puede encararse sino es en un proyecto integral de “sociedad del decrecimiento”, cuyos contornos sería necesario precisar. La silueta del nuevo modelo puede comenzar a dibujarse teniendo en cuenta el núcleo de reflexión de la sociología económica: “Para concebir una sociedad en sereno decrecimiento y acceder a ella, es necesario salir literalmente de la economía. Es decir, poner en tela de juicio su dominación sobre el resto de la vida, tanto teórica como prácticamente, pero sobre todo en nuestras mentes”. (Latouche, Serge. Pour une société de décroissance. Le Monde Diplomatique. Noviembre 2003, págs 18-19).

El talante extractivista del modelo capitalista de acumulación ha multiplicado dramáticos llamamientos que pretenden alertarnos sobre la gravedad de un crecimiento que no considere la limitación de los recursos del planeta. Frecuentemente estos llamados de la atención mundial han venido acompañados de propuestas transformadoras. El Informe Meadows que el Club de Roma presentó a la Primera Conferencia Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo celebrada en Estocolmo en 1972 proponía un crecimiento cero para los países industrializados (Meadows D. y otros, The Limits to Growth, Universe Books, New York, 1972.)

La Comisión Brundtland (1987), creada por la ONU y dirigida por la sueca Gro Harlem Brundtland, después de cuatro años de trabajo, publicó un informe bajo el nombre de Nuestro Futuro Común (Our Common Future), en el cual se afirma que “la humanidad debe cambiar sus estilos de vida y la forma en que se hace el comercio, pues de no ser así, le va a esperar un padecimiento humano y una degradación ecológica inimaginables” (Comisión mundial del Medio Ambiente y desarrollo de las Naciones Unidas, 1988, Nuestro futuro común, Alianza Editorial). Cabe destacar que Brundtland (ex primera ministra noruega y ex directora general de la OMS hasta 2003) es la misma que actualmente encabeza la Junta de Monitoreo de Preparación Global (GPMB) que advirtió en septiembre de 2019 la posibilidad real de una pandemia de gripe.

La Comisión Brundtland recomendó iniciar una nueva perspectiva adaptando un crecimiento económico justo, desde el punto de vista ecológico, declarando que el desarrollo sostenible debe ser aplicado, tanto a la administración de la economía como al desarrollo de tecnología y al manejo de los recursos. Renovar los propósitos de la sociedad, orientando a un cambio de actitud y un mayor respeto hacia los ecosistemas, la biodiversidad, el medio ambiente y los recursos naturales.

¿Cuáles serían los caminos prácticos para llegar a esto?

Robert Goodland, quien fuera el principal asesor ambiental del Banco Mundial propuso producir más con menos (mejoras tecnológicas, reciclaje, etc), redistribuir entre los pobres el exceso de los sobreconsumidores y una transición entre el crecimiento en el uso de recursos y la escala de la economía hacia el desarrollo cualitativo, haciendo que la escala económica sea coherente con las capacidades asimilativas y regenerativas de los sistemas globales que sostienen la vida (Goodland, Robert (1997) «La tesis de que el mundo está en sus límites, en Goodland, Robert et al, Medio ambiente y desarrollo sostenible. Más allá del informe Brutland. Ed. Trotta, Madrid, pp. 13-36).

 

 

 

Una sociedad del decrecimiento, una sociedad más justa

La pandemia del Covid-19 está acelerando los efectos nocivos de la concentración delirante de la riqueza, tanto en términos de desigualdad y pobreza como en términos de sostenibilidad de los recursos disponibles. Está en entredicho el sistema económico mundial de producción y consumo actual. La única solución socialmente equitativa y ambientalmente sostenible pasaría por reducir el consumo de recursos de los países desarrollados, garantizar el nivel de consumo de los más desfavorecidos/necesitados y aumentar la eficiencia en el uso de los recursos drásticamente. La propuesta de decrecimiento surge recientemente del seno de los movimientos sociales y es una muestra de las crecientes resistencias al modelo capitalista de crecimiento y acumulación como consecuencia de los impactos económicos, sociales y ambientales producidos en el periodo más fundamentalista del pensamiento neoliberal.

El término decrecimiento representa una provocación en tiempos donde la idea del crecimiento ilimitado parece haber ganado la batalla cultural y su objetivo es iniciar un debate sobre la necesidad de crear economías autocentradas, que vivan de sus propios recursos de forma sostenible. El término, por tanto, está lejos de ser la etiqueta de una alternativa al sistema dominante y no se puede decir que sea una propuesta de consenso de los movimientos sociales. La propuesta muestra su carácter más polémico cuanto se la analiza bajo la óptica de los países empobrecidos, que necesitan que su producto económico crezca para atender a las necesidades de una población con carencias en las necesidades esenciales y que además crece a fuerte ritmo sin tecnologías adecuadas de reciclaje. Un gran número de indicadores señalan que muchas sociedades industriales sobrepasaron un límite en los años ’70 a partir del cual el crecimiento del PBI no se relacionó de manera directa con la justicia social y un aumento de la calidad de vida. Dado que la escala de la economía está sobrepasando los límites de la naturaleza, es necesario que la economía decrezca en términos físicos. Es decir, hay que reducir los indicadores de consumo de recursos y de generación de residuos.

Pero esto no es suficiente. El consumo en un planeta finito es excluyente, tanto a nivel intra como intergeneracional; es decir, el aumento en el consumo en los países desarrollados reduce la cantidad de recursos disponibles para los países en desarrollo y para las generaciones futuras. Es por esto que el peso del decrecimiento debe recaer en las sociedades desarrolladas, de tal forma que su decrecimiento permita al mismo tiempo reducir el tamaño global de la economía y el desarrollo de las sociedades cuyas necesidades básicas están sin cubrir. El decrecimiento en el contexto de una sociedad occidental opulenta no debe ser visto como una merma del nivel actual de bienestar, sino como una oportunidad de aumentarlo. Eso sí, entendiendo el bienestar no como un concepto cuantitativo o meramente económico, basado en una acumulación infinita de bienes materiales, sino como un concepto cualitativo que produzca sociedad y vida digna valorando el tiempo de ocio, las relaciones humanas, la equidad, la justicia o la espiritualidad. Todo ello, bajo la tutela de una sociedad autolimitada, capaz de mantenerse en un nivel intermedio de rendimiento.

The fish and I (El pez y yo), un cortometraje producido gracias al talento de Babak Habibifar, director y productor iraní,  con la elocuencia del cine mudo, necesita sólo un minuto y medio para transmitir un poderoso mensaje. La cooperación y la solidaridad, aún en condiciones limitadas, abren enormes posibilidades de vida.

Una sociedad justa, centrada en la cooperación, la redistribución y el decrecimiento, surge de decisiones políticas e ideológicas. El capitalismo no es natural, es una construcción social y política, como en general lo es la realidad. Como se ha construido el capitalismo neoliberal, ahora puede deconstruirse y construirse una alternativa que incluya la solidaridad, la cooperación y la salvaguarda del destino común de bienestar, derecho de los que habitamos este mundo. Quizá la pandemia del Covid-19 sea ese mal necesario para un replanteo drástico del uso de los bienes del mundo y la distribución de la riqueza. La solidaridad y la creación de condiciones justas y globales de vida es una decisión posible. Será como proveerle agua al pez para que viva.

 

 

 

 

* Magister en Ciencias Sociales y Humanidades, Grupo de Curas en la Opción por los Pobres

 

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8 Comentarios
  1. Eduardo Cucinelli dice

    Buena reflexión Marcelo. Sabemos que el modelo actual nos está matando con su economía de excedentes y acumulación. Opino que el COVID19 no alcanzará para globalizar una agenda de cambio con real compromiso de los líderes mundiales. Creo que hay que promover y sostener una resistencia lúcida, creciente y sostenida hasta instalar una tendencia de pensamiento y acción. Los intereses en contra son enormes y con mucho poder detrás. El cambio cultural necesario y de creencias es el mas lento de lograr. Y es decisivo. Me sumo a ese cambio.

  2. Alfredo Furlani dice

    Para quienes deseen acceder al informe de la Comisión Brundtland, el enlace en español es el siguiente: https://undocs.org/es/A/42/427. La Declaración de Río, una década y media posterior se puede encontrar en: https://www.un.org/esa/dsd/agenda21_spanish/res_riodecl.shtml

  3. Alfredo Furlani dice

    Estupendo artículo. En la misma onda que el «socialismo con los pies descalzos». Muchas gracias por compartirlo, padre Ciaramella.
    Hace mucho tiempo, supe leer una reflexión de Isaac Asimov, sobre el mundo postindustrial.
    Allí narraba cómo en un futuro todos juntos habíamos levantado el pavimento para que los caminos estuvieran cubiertos de verde, cómo habíamos desarmado fábricas suntuarias y construido bicicletas para circular, y que al circular en conjunto nos cuidábamos mutuamente.
    Lo esencial de distinguir entre necesidad y deseo.

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