Cristina, ellos y nosotros

Hay que dejar de ser la Armada Brancaleone que posibilitó que le gatillaran a la cabeza de Cristina

 

Salvo que no se comprenda directamente qué es y cómo funciona la Argentina, es imposible minimizar el peligro por el que pasó Cristina Fernández de Kirchner, y el país en su conjunto.

Fue el desemboque superlativo de una semana marcada por las reacciones generadas a partir del show protagonizado por el fiscal de la causa “Vialidad”, Diego Luciani —acompañado por todo el aparato político y comunicacional de la derecha—, para instalar la culpabilidad de la ex Presidenta en el caso y abrir el camino para bloquear su participación política institucional y eventualmente enviarla a prisión.

No faltaban problemas en el gobierno del Frente de Todos, que acudió al nombramiento de Sergio Massa para intentar introducir alguna consistencia en una economía que estaba entrando en zona de ingobernabilidad. Pero el ataque político promovido por el partido de la derecha, y el posterior intento de asesinato a la figura nacional más profundamente instalada en el afecto popular introdujeron nuevos elementos de complejidad en la escena política y económica.

No resulta sencillo desbrozar las dinámicas que están en juego en este momento, ni el impacto que tendrán los últimos acontecimientos en el devenir del actual gobierno.

 

 

Economía, en modo tregua

Se esperaba que Massa se posicionara como un decisor audaz, rápido y astuto. Pero por ahora parece empantanado en la misión de atraer dólares para fortalecer las reservas del Banco Central, y terminar de quebrar las expectativas devaluatorias en el corto plazo. Ocurre que los dólares fluyen a cuentagotas hacia las menguadas reservas, mientras se desarrolla una agotadora negociación con los agro-exportadores, quienes tienen el ideal de un dólar oficial a 300 pesos, para embolsar super-ganancias. Un chantaje a toda la sociedad.

Uno de los tristes efectos del devenir político de la actual gestión es que ya ni se discute el significado político de esta situación. El ministro Massa ha anunciado un viaje a Estados Unidos para buscar nuevos fondos y conseguir la “confianza” que no le terminan de otorgar los poderes fácticos locales. El destino geográfico es el mensaje geopolítico, al menos por ahora.

En búsqueda de los dólares perdidos, el gobierno sancionó también un régimen de blanqueo de dólares si son destinados a la construcción. El objetivo de doble impacto es promover la llegada de dólares a las reservas oficiales, y estimular un rubro de fuerte impacto productivo y en el empleo.

En el frente financiero local, hay signos de distensión: están bajando los dólares marginales, desde los niveles delirantes que alcanzaron en la embestida devaluatoria previa. El blue luego de tocar un valor de 350 en aquel momento, bajó esta semana a 280 pesos; también retrocedieron más modestamente el dólar MEP y el “contado con liqui”. El índice bursátil Merval anotó una sorprendente suba del 17% en el mes de agosto, lo que habla de expectativas más optimistas en el cortoplacista mundo de las acciones. La licitación de fondos realizada por el gobierno esta semana concluyó con resultados muy buenos, superando ampliamente los fondos que en principio se necesitaba colectar. Una reticencia crediticia interna, para un gobierno con el crédito externo casi cortado, podía implicar un relanzamiento de la corrida.

En el frente productivo también aparecen novedades que anticipan un futuro más despejado. Se anunciaron importantes inversiones en sectores de la minería: una empresa china industrializará litio en Catamarca, emprendimiento que incluye una cláusula de transferencia de tecnología a la parte local. También se anunció un acuerdo de enorme impacto entre YPF y Petronas (la empresa petrolera nacional de Malasia), para la explotación de gas y la exportación en cantidades muy relevantes en dólares en los próximos años.

Según el estudio de Orlando Ferreres, el crecimiento de la inversión real este año está mostrando hasta el momento un aumento del 17%, un signo sólido de expectativas positivas en el frente productivo.

Pero las medidas de ajuste fiscal anunciadas, más las medidas destinadas a frenar la corrida (alza de la tasa de interés) están provocando problemas para la actividad económica de las pequeñas y medianas empresas, que se agregan a dificultades para la importación de ciertos insumos.

La erosión salarial producto de la inflación en los últimos meses ha tratado de ser compensada por el gobierno, para los trabajadores de menores ingresos (más de un millón de familias), con un refuerzo en las asignaciones familiares de 20.000 pesos.

Pareciera que la meta de déficit fiscal de 2,5% del PBI para este año, establecida en el acuerdo con el FMI, está dentro de los objetivos cumplibles sin necesidad de recortes draconianos, pero la meta de las reservas de divisas, en cambio, requerirá las disculpas del organismo internacional.

El gobierno archivó las medidas fiscales más progresivas, como el impuesto a la rentabilidad inesperada producto de la guerra en Ucrania, o el revalúo fiscal anunciado por la ex ministra Batakis. Son banderas blancas que se alzan para apaciguar al establishment, aunque debilitan las metas fiscales.

El gobierno parece deslizarse hacia el “exportismo”: sin planificación, sin una estrategia orgánica para que la exportación genere desarrollo interno, se está tratando de abrir las compuertas en forma masiva a los negocios exportadores para las multinacionales y grupos locales. Con la excusa de cubrir una deuda externa enorme, se trata de exportar todo lo posible, olvidándose de crear las condiciones institucionales para apalancar el mercado interno y el nivel de vida de la población. Ese es el resultado de que Argentina esté sumergida en una crisis financiera permanente: obligarla “por imperio de las circunstancias” a vender sus grandes recursos por un plato de lentejas diet.

 

 

La desmovilización política y sus costos

La falta de disposición del gobierno a disputar con el poder económico para fortalecer las condiciones de gobernabilidad, llevó a que se estableciera hace unos meses un peligroso escenario de elevada inflación y de corrida cambiaria. Fue evidente desde un comienzo, y la pandemia fue una excusa casi perfecta, la intención del Presidente y su entorno de no promover la movilización y participación popular, estrategia que fue sostenida por todo el Frente de Todos, hasta el punto de adormecer las expectativas populares y deprimir el entusiasmo con el que comenzó el actual mandato.

La otra consecuencia política de la desmovilización y desmotivación popular, que emergió en estas últimas semanas, ha sido la pantomima de juicio por la causa “Vialidad” contra Cristina.

El cuadro de atonía popular al que se llegó durante el último año –a pesar de que la pandemia se fue evaporando de la vivencia cotidiana— fue sin duda uno de los factores que incidió en el atolondramiento judicial para plantear la acusación, la denegación del derecho a la defensa, las provocaciones visuales y hasta la simbología de los años de castigo planteados.

Los que le escriben el guión al fiscal Luciani leyeron que el apoyo popular a Cristina estaba agonizando, y por lo tanto estaba lo suficientemente débil como para no reaccionar con firmeza frente a la grosería del montaje judicial.

Es evidente que hubo una mala lectura del cuadro general, que subestimó la reacción colectiva y el nivel de adhesión a Cristina, confundiendo atonía con agonía. La llegada de Massa como supuesto “super-ministro” fue entendida también como una bandera blanca del kirchnerismo frente a los poderes fácticos, que son los promotores del juicio contra la ex Presidente.

Además de la lectura equivocada de la realidad social, evidentemente hay halcones de la derecha que apuestan incluso a la violencia para quebrar al peronismo. Creen que es el momento de la dureza represiva, para terminar de saldar una contienda histórica, y poder lanzar un nuevo ciclo de acumulación con los trabajadores y los sectores medios completamente subordinados a su programa.

 

 

 

Los senderos que se bifurcan

La nueva centralidad de Cristina, la revitalización de su figura debido a la persecución judicial, han creado un escenario aún más complicado para el Frente de Todos.

El rescate de Cristina por parte de millones de argentinxs no es casual, y se remonta a los buenos recuerdos asociados a su gestión presidencial. Su participación actual en un gobierno económicamente conservador y crecientemente subordinado a los lineamientos del establishment local e internacional no parece haber desgastado severamente el recuerdo de la Cristina Presidenta. La gratitud de muchísima gente parece ser un capital que no se evapora.

El tema es cómo se compatibilizará este renacido clima de adhesión popular –basado en el recuerdo de políticas populares— con el rumbo que parece imprimirle Massa a la actual gestión.

Si bien hay grandes decisiones aún pendientes de definición, Massa parece inclinarse –nombramiento de Rubinstein incluido— hacia las respuestas convencionales de la derecha económica argentina: procurar juntar reservas acudiendo a las fuentes de siempre (más dólares del FMI o sector agro exportador) desechando otras opciones (Asia); nada de impuestos adicionales a sectores con alta capacidad contributiva; reducción de las erogaciones del sector público sin reducir el pago de intereses al sector financiero; mejores condiciones para la realización de inversiones a costa siempre de los ingresos del fisco o del bolsillo de los usuarios; caídas salariales en el sector público y privado “hasta que el panorama mejore”; tolerancia con los abusos de posición dominante en materia de fijación privada de precios que incluyen márgenes de ganancia desorbitados, etc. Seguramente adentro del gobierno, y en silencio, se desarrollan debates y negociaciones en cuanto a las próximas decisiones económicas.

La revitalización del entusiasmo popular producto de la indignación por el juicio amañado a Cristina no parece compatible con meros ajustes conservadores sin un horizonte más luminoso. Se sabe cómo actúa políticamente la derecha neoliberal: va llevando a gobiernos débiles a hacer “lo que corresponde”, o sea ampliar sus propios negocios y rentabilidades, sin importar el efecto sobre las mayorías. Precisamente como los gobiernos son débiles, acceden a agredir a su base social, con lo cual son aún más débiles y desguarnecidos.

La reacción popular al pedido de condena y proscripción a Cristina, mostró precisamente el grado de adormecimiento en el que se encontraba el kirchnerismo, que casi no participaba en la vida política en forma activa, y tenía a su famoso activismo militante cubierto de telarañas. La propia imagen de Cristina, a pesar de sus intervenciones públicas, iba siendo arrastrada por el menguante gobierno albertista. La gran Cristina Presidenta de los 12 años, se contraponía con la Cristina que puso a un Alberto que sólo pedía resignación, y al cual ella no lograba hacer reaccionar…

 

 

El odio multidimensional

Muchos atentados presidenciales son precedidos por fuertes campañas de odio, como para alentar “sin alentar” el magnicidio.

El origen concreto del odio en nuestro país está en el sector social que no soporta políticas redistributivas, autonomía política del Estado y no alineamiento incondicional con Estados Unidos. De esa minoría poderosa salen las ideas madre. Luego, vienen los medios… y luego los macristas que se subieron a un discurso ya implantado por el aparato de medios de derecha.

Esta derecha política no solo es hija de este discurso, sino gran beneficiaria, como se demostró cuando sacó el 40% de los votos en 2019, luego de protagonizar un gobierno calamitoso, que hubiera merecido sacar el 5% si el mecanismo antiperonista/kirchnerista no estuviera tan aceitado.

Juntos por el Cambio es inseparable de ese discurso de odio. Requiere su asistencia permanente, ya que:

  • no puede presentar con franqueza su propuesta económico-social a la sociedad porque es rechazada mayoritariamente;
  • no puede exhibir los logros inexistentes de su anterior gestión ni los talentos de su dirigentes;
  • no puede dar a luz pública los antecedentes de sus principales figuras, que muestran estándares bajísimos en base a sus supuesto criterios republicanos. Por lo tanto reposan y viven del odio al kirchnerismo y a Cristina como fundamento de su vida política.

El aparato de odio montado hace casi tres lustros no es un error, ni un exceso. Es parte de una planificación de largo plazo, con técnicas publicitarias y de manipulación de masas probadas, para debilitar y eventualmente aislar y destruir a la Argentina popular. Es de una enorme puerilidad pensar que apelaciones morales pueden detener una campaña orquestada, financiada con muchísimo dinero, a la cual se le dedicaron los principales diarios nacionales, canales de televisión y cientos de trolls pagos.

¿A quién pedir arrepentimiento? ¿A los periodistas, o a los dueños de los periodistas? Y los dueños de los medios, ¿construyeron este aparato sin darse cuenta, por una preferencia comercial, o decidieron cambiar la configuración ideológico-política de la sociedad argentina?

Luego de dos años y medio de adormecimiento, el grotesco de la derecha judicial ensoberbecida indignó y además mostró que no es un problema ajeno a las mayorías. La larguísima prédica comunicacional –un verdadero curso de pensamiento derechista permanente las 24 horas del día— no es una simple expresión de espíritus libres y periodistas independientes: es la construcción del basamento de todas las políticas públicas anti- populares.

Parte del peronismo, y hasta sectores de la izquierda bastante cerrados, comprendieron que en este juicio a Cristina se juegan más cosas: el control completo de una oligarquía de negocios sobre la democracia, el copamiento conservador de las instituciones de la república y el acotamiento total de la capacidad de decisión política de las mayorías.

El comentario de Macri sobre matar al sindicalismo como si fuera un caballo herido, tiene que haber resonado en muchas cabezas reacias a Cristina. Se suma a los insultos de larga data, proferidos desde el aparato comunicacional de la derecha contra los docentes, los científicos, los médicos y enfermeras, las universidades públicas, el CONICET, el ARSAT, los empleados públicos y toda otra persona que no trabaje en empresas privadas para mayor gloria de sus propietarios. Eso se suma al acendrado desprecio e incitación que agitan hacia la gente que ha sido históricamente excluida del sistema productivo, como resultado de los experimentos neoliberales.

Odio para todos y todas los que obstaculicen, molesten o menoscaben los negocios y la acumulación de las distintas fracciones del capital.

No es casual, está organizado y es sistemático.

 

 

Violencia institucional, la credibilidad de la derecha

Antes del atentado, el debate público dentro de la derecha se volvió más claro e ilustrativo que nunca: cómo socavar a Cristina, cómo someter al kirchnerismo que se estaba movilizando por su líder, y con qué perfil ganar las elecciones del año que viene.

Patricia Bullrich fue extremadamente clara: había que ganar credibilidad ante sus votantes (¿o mandantes?) mostrando que se estaba dispuesto a reprimir, que no había miedo a utilizar la fuerza, porque en el próximo gobierno habrá que utilizarla, si se quieren implementar las medidas “necesarias” para la minoría que está detrás de Juntos por el Cambio. Mostrar blandura, que no salgan muchas cabezas rotas de la movilización popular, sería una mala señal sobre la gobernabilidad futura a la que aspira la Presidente del PRO.

En el mundo de las fracciones económicas que representa Bullrich, el programa de concentración de la riqueza y entrega del patrimonio nacional es lo que el país necesita. Para cumplir ese programa, represión es credibilidad.

 

 

La derecha está leyendo muy mal

Unos cuantos energúmenos en la derecha piensan que liquidada Cristina se acabará la rabia. Eso finalmente se materializa en alguno que va y tira.

En el pensamiento mágico liberal-fascista el kirchnerismo se evaporaría. Se disolvería en el aire el 30% de los votantes. Creen que la gente milita por plata, que son todos mercenarios pagos, que a las marchas van militantes rentados. El desprecio y la publicidad les degradaron la capacidad de comprensión.

En la derecha alucinada esperan que así se disuelva toda reserva de dignidad nacional, de igualitarismo, de voluntad democrática que existe en la sociedad mucho más allá del kirchnerismo. Han promovido y estimulado un conjunto de creencias tan aberrantes, que están perfectamente ejemplificadas por los dichos del amigo de quien quiso asesinar a Cristina: “Si ella muere, se pagarían menos impuestos”.

Es un problema grave para nuestro país: nuestra derecha muestra severas dificultades para comprender la sociedad en la que vive.

Evidentemente no comprenden que iniciado el ciclo de violencia por la eliminación física de la gran líder popular, la furia social no se detendría más. Qué inversión llegaría, qué confianza habría, qué paz podrían disfrutar en esas condiciones.

Parecen creer que el otro no existe, o que es anulable por arte de magia.

El odio ha sido una herramienta política eficaz, es una mercadería con importante demanda, y es la argamasa ideológico-cultural necesaria para un modelo concentrado, extranjerizado y excluyente. No es previsible que ese imprescindible combustible derechista sea dejado de lado por un inesperado ímpetu democrático y contemporizador.

Mejor despabilarse y hacer lo que no se vino haciendo: organizarse, actualizarse y prepararse para una larga lucha, sin milagros, pero con victorias populares posibles.

Hay que dejar de ser la Armada Brancaleone que posibilitó que le gatillaran a Cristina a 30 centímetros de su cabeza.

 

 

 

 

 

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