Crónicas del Oeste

El nuevo libro de Leonardo Oyola

Leonardo Oyola, el autor del libro, con una máscara.

 

“Las historias, como los seres humanos, tienen una misma columna vertebral y muchos aspectos que la distinguen y diferencian hasta volverlas únicas. Detalles que terminan dotándolas de vida”. En ese arte del detalle que es la narración –no casualmente, el título de un reciente libro compilado por Osvaldo Aguirre de entrevistas a la notable Hebe Uhart–, y en un tono epistolar hacia su hijo, en Érase una vez en el Oeste acontece un escritor que se desnuda, en cuerpo, palabra y espíritu, sobre lo que más le importa en la vida. “Leer y escribir, y vos, hijo, los amores de una vida”, puntea Leonardo Oyola en su primer libro de crónicas. Además de poner en primer plano la relación de un padre con su hijo, Érase una vez en el Oeste –que en su nombre rinde homenaje al icónico western de Sergio Leone– se diseccionan escenas e imágenes fundacionales en la vida y obra del autor surgido del conurbano bonaerense, de 53 años, con más de una docena de libros publicados, entre los que se destacan el poemario Hay equipo!, los relatos de Nunca corrí, siempre cobré y las novelas Chamamé, Ultratumba y Kryptonita, esta última adaptada al cine, a la televisión y a la historieta.

El narrar desde las vísceras, el desnudarse sin miramientos en la imagen incómoda que devuelve el espejo íntimo, no son metáforas ni poses en vano, sino carnaduras de una posición ante el hecho creativo, ante el lector hacia el que se proyecta todo texto. “Yo creo que ayudó mucho que no tuviera una formación literaria académica porque todo lo que tiene que ver con mostrar sentimientos suele estar infravalorado y, a la hora de criticar, lo primero es que te tratan de liviano y de cursi. Y no, loco, hay que ponerse en bolas para contar algo”, dijo Oyola en una entrevista. Si la infancia es el verdadero hogar del creador, como decía Rainer Maria Rilke, la de Oyola transcurrió en el Oeste, ese territorio que atraviesa la mayoría de sus relatos, donde maneja un dominio de la cultura de masas, mezclando la cumbia con el chamamé, el pop, el rock barrial y el reggae entre los monoblocks, el barro espeso, los zombies, superhéroes y carcelarios bajo el gris plomizo de las calles, el olor contaminado de la basura que se quema en cada esquina.

En Érase una vez en el Oeste surgen los elementos biográficos, ritos de iniciación que forjan un deseo en identificarse con la narración y la revelación de mundos: la colección Robin Hood, el boxeo, las series de vaqueros, un boliche emblemático llamado Jesse James, Seinfeld y una canción que se escucha en un pool de Morón, a fines de los '80. Las primeras cervezas que saboreó de pibe con la cara llena de granos, la revista Larguirucho, las peregrinaciones a Luján, canchas de fútbol, recitales. La canción que lo deslumbró: Everlasting Love, de Buzz Cason y Mac Gayden, que fue primeramente un éxito para el cantante de soul estadounidense Robert Knight, en 1967.

 

Leonardo Oyola.

 

“Si hay algo que no nos gusta en el Oeste, a ninguno, es que nos hagan montoncito”, se lee entre gestualidades y huellas del territorio que son el caldo de cultivo de una educación sentimental, la que se abre paso entre un lector voraz y un oído y una capacidad de observación sobre lo que se cuenta en la calle o en un bar de remiseros, en las anécdotas de piratas del asfalto como en un taller mecánico de autos usados. Forjado en el taller literario de Alberto Laiseca, le escribe al hijo: “Le doy todo lo que tengo y todo lo que soy a las historias que escribo. Me quedo en bolas. Por eso mis libros han sido muy generosos conmigo. Y por eso muchas veces no estuve ahí para vos”.

En el formato de la crónica, Oyola juega con múltiples referencias, con esa posibilidad de trazar un rulo, disgregarse y regresar al punto de partida. Entonces puede divagar sobre el concepto del “cover” y a la vez hablar sobre las travesías en el tren Sarmiento, ir del cine El Nuevo Achával de Morón al Camino de Cintura, del viaje de egresados en Bariloche al escritor Ioshua, poeta punk y gay del conurbano, o terminar en su sueño de querer ser Claudio Paul Caniggia y caer en la frustración por no saber jugar a la pelota. 

Oyola es de familia de clase media baja, con padre textil que se fundió en el menemismo, y desde su salida del secundario pasó por mil trabajos y changas, tales como vendedor en La Saladita, coordinador de viaje de egresados, cadete y albañil. Encontró por primera vez en ese taller de Laiseca –o “Laik”, como lo llama él– un camino a seguir. Más que interesarse en ser escritor, se dio cuenta de que quería escribir. Escribir para detenerlo todo, para expandirlo todo, para sacarlo todo. Tiempo después sobrevino la separación de la mamá de su hijo Ramón, un ataque de pánico, una crisis de la que pudo salir con la escritura de la novela Chamamé, parida en un locutorio en el Oeste y luego en la casa de escritores amigos como Selva Almada y Pablo Ramos, la novela que le cambió la vida: “Un libro que, cuando lo perdí todo, terminó dándome de todo”.

A su hijo Ramón sugiere rescatar tanto “lo que nos hizo felices como lo que nos hizo mal, no tener miedo al ridículo, hacerse cargo de los respectivos prontuarios” y “mostrar de dónde venimos. Mostrar quiénes somos. Compartirlo. No ser mezquinos. Ponerle todas las ganas. Brillar y después explotar. Porque todo eso, ni más ni menos, es escribir”.  Ramón se crió en Santa Teresita; estaban terminando un verano juntos cuando comenzó el aislamiento obligatorio. Pasaron un año entero sin verse “y el chico de 13 años que subió al micro no regresó; cuando lo volví a ver, ya tenía mi estatura, era prácticamente un hombre”.

“Se tuvo que morir un amigo cercano con tan solo treinta y tres años para que me diera cuenta de que no quería terminar así. De que no quería irme de este mundo sin hacer lo que yo necesitaba hacer y lo que terminó siendo mi vocación: escribir”, le confiesa en otro fragmento del libro, consciente de que en el camino perdió mucho más de lo que ganó, y de las tantas cosas y actividades que se dejan de hacer para concretarlo. 

Conocedor de los géneros populares argentinos, de la melancolía y el humor negro, el policial, el drama y la ciencia ficción, en el caso de Érase una vez en el Oeste Leo Oyola apela a los cruces entre la no ficción, las identidades territoriales, la literatura biográfica y el periodismo narrativo. Bailar como escribir. Metamorfosis, legado y una fe inquebrantable, aunque reconozca que la figura y la profesión del escritor estén sumamente manoseadas: la de contar historias. 

 

 

 

 

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