¿Cuáles son “todas las herramientas” del Banco Central?

El deterioro es grave pero los funcionarios del equipo económico fingen indiferencia

 

“Ante la dinámica adquirida por el mercado cambiario... el Banco Central seguirá utilizando todas las herramientas a su disposición y conducirá su política monetaria para alcanzar su meta intermedia de 15% [de inflación] en 2018”.

Comunicado de Política Monetaria del Banco Central del jueves 3 de mayo

 

Tras diez días de “dinámica” cambiaria que disparó el precio del dólar minorista de $20,5 a $23 y el costo de que el país pida prestados afuera los dólares que escasean adentro por encima del 8%, queda claro que “todas” las herramientas de que dispone el Banco Central son únicamente dos: vender cientos de millones de dólares de sus reservas los días pares y subir cientos de puntos básicos la tasa de las LEBACs los días impares. Aunque no puede descartarse del todo que el gobierno, aleccionado por su gurú mediático Jaime Durán Barba, también confunda con llaves inglesas la exhortación del Jefe de Gabinete Marcos Peña a no “tener susto” y el mensaje de “tranquilidad para toda la Argentina” de la diputada Elisa Carrió.

La primera herramienta le consumió al Banco Central más de U$S 5.300 millones de sus reservas  en menos de dos semanas y la segunda elevó la tasa de las LEBACs de corto plazo a casi 40%, cuando hasta ayer nomás al gobierno le parecía que una tasa de más del 28% garantizaría una recesión.

La indiferencia impostada con que los funcionarios del equipo económico desestiman la gravedad del deterioro de dichos guarismos alcanzó su máxima expresión “técnica” en la conclusión de la entrada del blog Ideas de Peso: Intervenciones Cambiarias y el Balance del Banco Central (publicada el 26 de abril en el sitio oficial del Banco Central), en el que “economistas que trabajan en el BCRA comparten con la sociedad notas relacionadas con su labor cotidiana”.

“En conclusión, los activos y pasivos de la autoridad monetaria se mueven de manera sincronizada como consecuencia de las intervenciones cambiarias. Por lo tanto, así como la compra de reservas no implica una trayectoria insostenible de los pasivos, la venta de los mismos no representa una dilapidación de los activos.”

Dicho en castellano: da lo mismo comprar reservas que venderlas porque gracias al toque sincronizado que aprendimos jugando en la Champions, pase lo que pase, acá no pasa nada.

Los economistas serios consultados por los diarios sobre “que podría hacer el Banco Central” compran en la misma ferretería pero matizan la manera de empuñar las herramientas. Desde el minimalismo enigmático de un José Luis Espert (“El gobierno tiene que salir a anunciar algo”) hasta el vigor un touch rústico de un Miguel Kiguel (“El Banco Central debería dejar correr el dólar y darle un mazazo en unos días”). Al cierre de la semana, con tal de bajar el precio de la divisa menos de un peso, el equipo económico les siguió la corriente un poco a cada uno. El “algo” fue el anuncio de que recortarán $30.000 millones de los ya alicaídos proyectos de obra pública y el “mazazo” la suba en otros 675 puntos básicos de la tasa de política monetaria del Banco Central. O viceversa, porque “algo” y “mazazo” suelen ser sinónimos para el oficialismo.

Por supuesto, ninguna de esas visiones se permite el sacrilegio de mencionar la posibilidad de restablecer alguno de los mecanismos prudenciales de regulación de la cuenta capital que el gobierno derogó paulatinamente, hasta eliminarlos por completo, durante los primeros dos años de su gestión, y que, de seguir vigentes hoy, le hubieran permitido atenuar los peores síntomas de la crisis cambiaria (si bien no la enfermedad, que como explicamos el último domingo, obedece a razones estructurales emblemáticas del programa económico de Mauricio Macri).

Tan pronto se mudó a la Casa Rosada, Macri cumplió la promesa más deseada por el sector más empedernido de sus votantes, permitiendo que cualquier residente argentino (individuo o empresa) pudiera comprar hasta dos millones de dólares por mes, y promovió una devaluación que aumentó más de 40% la cotización de la moneda estadounidense. Esas medidas no le sirvieron al gobierno para alcanzar ninguno de los tres objetivos que supuestamente las justificaban: aumentar las exportaciones, atraer inversiones productivas y desincentivar las compras de dólares para ahorro y turismo. En 2017 la balanza comercial de bienes arrojó un déficit récord de más de U$S 8.000, que luce aún peor cuando se lo contrasta con el superávit comercial obtenido en todos los años, menos el último, del gobierno anterior. Las inversiones extranjeras en la economía real ingresadas durante lo que va del gobierno de Macri suman menos dólares que los que se fueron por giros de dividendos al exterior realizados por las sucursales locales de empresas extranjeras. Y el promedio mensual del resultado neto de las compraventas de dólares para ahorro de los argentinos (en la jerga técnica, formación de activos externos) creció de U$S 829 millones por mes en 2016 a U$S 1.845 millones en 2017.

A pesar de ese fracaso ostensible de su política cambiaria, el gobierno jamás cesó en su afán de derogar todas las salvaguardas regulatorias capaces de morigerar ataques especulativos contra el tipo de cambio, incluyendo los siguientes tres límites y exigencias fundamentales:

  • En mayo de 2016 aumentó a cinco millones de dólares el límite mensual de compra para formación de activos externos y su transferencia a cuentas en el exterior, y tres meses después eliminó por completo ese tope y autorizó las compraventas de dólares por Internet durante las 24 horas del día.
  • En diciembre de 2015 eliminó el encaje no remunerado que gravaba el 30% de las inversiones financieras de los extranjeros y redujo de 365 a 120 días el plazo mínimo que los fondos invertidos debían permanecer en el país, y en enero de 2017 eliminó por completo ese plazo.
  • A partir de abril de 2016 comenzó a ampliar el plazo para que los exportadores trajeran al país los dólares que cobraban por las exportaciones producidas con el trabajo de los argentinos que cobran en pesos. Primero a 180 días, después a un año, cinco años, diez años, hasta que en diciembre de 2017 eliminó por completo esta exigencia de repatriar divisas.

Todas esas reglas fueron adoptadas entre 2002 y 2005 para resguardar a la Argentina de la restricción externa y la volatilidad cambiaria que suelen impactar a nuestro país más que a otras naciones emergentes, y nos ayudaron, por ejemplo, a sortear la fenomenal crisis financiera internacional de 2008. La magnitud y la velocidad de la última corrida cambiaria ilustran elocuentemente los peligros de haberlas derogado.

 

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