Cuando falla la magia, ¡viva la ciencia!

Las mancias defensivas del ministro Aguad

 

Frente a los deudos del submarino ARA San Juan, y sin sonrojarse, el ministro Oscar Aguad destacó, entre los esfuerzos por hallar la nave implosionada, que su gestión dispuso de videntes. Los medios de comunicación, que nada saben de la diferencia entre la v corta y la b larga en el habla cordobesa básica, dieron por sentado que se refería a esos psicóticos con alucinaciones visuales, o de alguien que detuvo su dentición aproximadamente al año de nacido. O que se trate de colmillos dracúleos, por caso.

Como sea lo que el funcionario intentó expresar (bi-dente o vidente), cualquiera de ambas tentativas comprendería un ahorro sustancial para las arcas del Estado, en relación al despliegue de naves y tecnología que implica una busca convencional. De todos modos los resultados han sido igualmente infructuosos, lo que en absoluto desmerece los esfuerzos del ministro Aguad, cuyos criterios no han de ser motivo de cuestionamiento, en especial a partir de su sonada amistad con el multicondenado genocida —ya difunto— Luciano Benjamín Menéndez, a quien consideraba buena persona.

Las opciones heterodoxas presentadas por el funcionario se destacan por coincidir en su sistemática: ambas provienen del llamado pensamiento mágico. Si bien la videncia sobrenatural asimismo suele encuadrarse dentro de la nosología psiquiátrica, su aparición en chamanes y brujos en etnías originarias no requiere evocar a José López Rega a fin de ratificar su vigencia en la superstición popular. La de recurrir a uno o más bi-dentes remite a vericuetos esotéricos aún más insondables.

Considerado como una modalidad precientífica del pensamiento, el mágico no deja de ser un modo de conocimiento que, no por sistemático, resulta digno de ser menospreciado. El mismísimo Pitágoras (Samos 2569-Metaponto 2493 ap) adjudicaba propiedades sobrenaturales al tetratclys —un triángulo confeccionado con números— al punto de jurar sobre él. Y después llegó a construir el teorema que lleva su nombre. Escala técnica en el proceso del conocimiento, el pensamiento mágico suple la carencia de información sobre el problema y/o la limitación de herramientas intelectivas, con parches provenientes de las mistificaciones de la época. Mixtura que desata resultados muchas veces (¿cómo decirlo?) pintorescos.

Por su parte, la creencia —cualquier creencia: del tabú al gato negro a la eficacia simbólica de un instrumento de tortura y muerte lenta como icono de una institución religiosa— es fruto de un dispositivo cuyas mecanismos ha desentrañado la ciencia, la fundada por Sigmund Freud entre otras. A fin de establecerse, requiere de la irrupción de un elemento proveniente de la realidad empírica que sea de desagradable a insoportable al observador, quien niega el estímulo hasta desmentirlo. En su lugar se instala un elemento sustituto que pasa a cumplir la función de verdad revelada. Un ejemplo acorde bien podría ser que, ante la inoperancia para encontrar un objeto perdido en las profundidades oceánicas por medios técnicos probados, todo todito este factor sea reemplazado por meritócratas extrasensoriales. Y listo. Claro, como decía el filósofo Tu Sam, puede fallar. Entonces no hay nada más que hacer. Que no deja de ser una solución.

Congruente con un estilo de hacer política, lo del a la sazón ministro de Defensa surge como un recurso compartido por sus vecinos en la gestión. Las revistas dominicales de los grandes diarios se han ocupado en pesquisar las mancias que el presiente Maurizio encarga a una reputada dama para que “limpie” de energías adversas aposentos y despachos. Idéntico sendero transita el Intendente Horacio al convocar a un gurú para que imparta dones respirables y mieses meditantes a los ciudadanos. Por lo tanto, nada habrá de reprochársele (Dior no lo quiera) a Oscar Aguad que no ahorra medios (austeros, eso sí) para paliar la angustia de quienes lloran la desaparición de sus seres queridos. No podía ser de otra manera: sobre el tema el ministro tiene experiencia.

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