Cuando las papas queman

La visión neoliberal de la salud en crisis

 

Hace algunas semanas, cuando todavía el impacto de la pandemia no se había percibido en su magnitud, voceros empresariales suizos habían avanzado que no querían “ninguna intervención del Estado”. Fueron necesarios muy pocos días, ante el agravamiento de la situación, para que cambiaran drásticamente de posición.

A fines de marzo, esos mismos sectores comienzan a evaluar que el paquete de 42.000 millones de francos –valor similar en dólares estadounidenses— que la Confederación desbloqueó el viernes 20 de marzo para asistir a todos los actores productivos del país (incluyendo los trabajadores en desempleo técnico) es insuficiente.

Ahora apuntan a una inversión necesaria de la reserva nacional, es decir de fondos públicos, que oscilaría en los 200.000 millones de francos, es decir cinco veces mayor que la actual. Para evitar así, según sus argumentos, que la economía se paralice estructuralmente y exija reconstruirla desde muy abajo, con el corolario de innumerables empresas cerradas. Las autoridades helvéticas contabilizan ya una retracción del 20 % de la actividad económica debida al Covid-19 y prevén un crecimiento negativo para 2020, a pesar de que antes de esta coyuntura la economía se encontraba en un momento floreciente en cuanto a crecimiento con tendencia positiva.

La primera parte del paquete de salvación de la economía helvética representa el 5% del Producto Interno Bruto del país. Casi en paralelo, el gobierno norteamericano aprobó en la noche del martes 24 de marzo, con el mismo objetivo, un paquete de 2 billones de dólares, que representa un 9% de su PIB. Y Alemania, el miércoles 25, abrió la bolsa de sus reservas por algo más de 1 billón de euros, monto que significa el 27 % de su PIB. El paquete español representará, según anuncios oficiales, un 20% del PIB. Francia destinará 45.000 millones de euros para comenzar a hacer frente a la situación.

En general, todas las medidas de emergencia anunciadas en Europa tienen dos objetivos principales: apoyo a las empresas y contención social del impacto de la crisis entre los trabajadores y desempleados. Los porcentajes destinados a uno y otros hacen parte del debate político ya permanente sobre la redistribución del ingreso nacional. Por el momento, en Suiza un pequeño 30 % del total estará dirigido a trabajadores-desempleados, al tiempo que una gran movilización social virtual convoca a incluir en el paquete al amplio sector de los “independientes”, olvidados en la repartija de las primeras tajadas de apoyo de emergencia.

El S.O.S. económico-financiero requerido (exigido) por los sectores productivos de las potencias ante la crisis recuerda comportamientos conocidos. Defienden la no intervención del Estado en tiempos normales, cuando incluso luchan por prebendas fiscales. Y se ponen de rodillas frente al Estado cuando sus negocios son amenazados.

Situación emblemática la del 2008, cuando el Gobierno suizo rescató de la que se perfilaba como quiebra inevitable a la Unión de Bancos Suizos (UBS), invirtiendo entonces 60.000 millones de francos de un día a otro, sin consulta parlamentaria.

 

 

 

Salud, de pesada carga a necesidad imperiosa

En el plano social, el debate de las últimas décadas sobre el significado de la salud pública –y en cierta forma la educación— ocupa un lugar privilegiado en la Europa neoliberal, adquiriendo una particular vigencia en la hora actual.

Potencias mundiales como Italia y Francia cuentan hoy con estructuras hospitalarias muchas veces destartaladas y que ya estaban al borde del colapso antes de la pandemia. Hoy se expresa en carencias de máscaras para el personal médico o paramédico; insuficientes reactivos para chequear a la gente; falta de desinfectante para las manos, esencial para confrontar el avance de la enfermedad, así como deficiencias relevantes en cuanto a personal humano

Radiografía que, con matices, se extiende a otros de los países del continente. Aspecto dramático: la insuficiente cantidad de respiradores mecánicos, esenciales en las unidades de cuidados intensivos de casi toda Europa, para los pacientes que como producto de las neumonías graves se debaten entre la vida y la muerte. Y tras esas falencias, la concepción sistémica preponderante, que considera a la salud pública como un “gasto”, y que viene promoviendo desde años la privatización del sector.

Pesadilla particular, por ejemplo, en Francia, que desde 2010 con Nicolás Sarkozy empezó a protagonizar una privatización acelerada de la salud, con consecuencias inimaginables para el sistema sanitario nacional

2019 había sido ya un año de intensas movilizaciones de los trabajadores del sector. Iniciadas en marzo, fueron aumentando en potencia hasta el 15 de noviembre, cuando miles de profesionales del sector salieron a la calle en todo el país convocados por el Colectivo Inter-Hospitales. Personal de 268 establecimientos de salud apoyaron la protesta, fundamentalmente centrada en las deficientes condiciones de trabajo en el área, los bajos salarios y la saturación de las salas de emergencia, insuficientes para la demanda ya en ese momento, cuando todavía no se hablaba de pandemia.

El 14 de marzo el Presidente Emmanuel Macron rindió homenaje a “los héroes de delantal blanco”, refiriéndose al personal médico y paramédico francés. Subrayando la necesidad de un sistema de salud “fuera de las leyes de mercado”.

Alocución netamente contradictoria con lo que fue la tendencia de los últimos años. Un estudio de la misma Dirección de Estudios Estadísticos del Ministerio de Salud (DRES) indicaba que, en base a una investigación realizada con datos a partir de 2013, en 3.036 establecimientos médicos se habían cerrado 17.500 camas que permitían a los pacientes dormir en los hospitales. En 2017 y 2018 esa tendencia se mantuvo con 4.172 camas desaparecidas. Según distintas fuentes, en 2019, año de gran protesta social en el sector, 40 % de los puestos de médicos estaban vacantes y el 30 % del sector enfermería.

No hay presente sin historia. Interesante recordar que el 15 de mayo de 2017 el periódico francés Le Figaro analizaba un Informe mundial sobre la situación de la salud entre 1990-2015. El mismo (que ubicaba a Estados Unidos en el puesto 35 lo que explica, parcialmente, sus dificultades actuales para confrontar el Covid-19), le asignaba a Francia el lugar número 15. Comentando esa realidad, el profesor de Salud Pública de la Universidad de Lorraine, François Alla, coautor del estudio, no ahorraba sus preocupaciones. Criticaba, particularmente, las deficiencias del sistema en cuanto a atención. Y decía: “Se podrían evitar miles de muertes cada año si mejorara la organización de la atención, la formación del personal, el cumplimiento/seguimiento de los pacientes y las recetas médicas”. Este es un verdadero desafío que debería convertirse en una “prioridad para el Ministerio de Salud».

Radiografía premonitoria de los que sucedería casi tres años más tarde. Vida o muerte. Salud pública entendida como “gasto” o como una mercancía más. Debate de sociedad que la pandemia del coronavirus hace explotar con crueldad, a la luz de un sistema sanitario colapsado y los decesos —en buena parte evitables— multiplicados cada hora.

 

 

 

 

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