Cuando muere el dinero

¿Recuerdos del futuro?

 

Este texto fue publicado  en julio de 2001, cuando el Ministro de Economía de la primera Alianza, Domingo Cavallo, acababa de lanzar la polìtica de «déficit cero ya». Esta política duró lo que restaba para el derrumbe del «régimen de convertibilidad» entonces vigente: menos de seis meses. La regla de tipo de cambio fijo atado al dólar («1 a 1») suponía entonces una dinámica monetaria-cambiaria distinta a la actual, que puede caracterizarse como una «flotación cambiaria sui generis». Estas diferencias y las muchas de contexto (interno y externo) no obstan, sin embargo, para que el lector pueda reflexionar acerca del curso de la presente crisis —en proceso de aceleración, en principio imparable— y adoptar eventualmente previsiones útiles para lo que viene. Esta sería la limitada utilidad de una posible reflexión acerca de la traumática experiencia histórica vivida 17 años atrás.

 

Por este camino podemos entrar en «hiperrecesión» y acelerar el proceso de destrucción de empleos y moneda, alcanzando más rápidamente el default abierto y sin red.

La política fiscal de «déficit cero ya» intenta reemplazar a la hasta ahora vigente («déficit cero en el 2005»), con este argumento: como ya no le prestan al Estado, el «déficit cero» nos permitiría «vivir con lo nuestro» en lo inmediato (hasta tanto se pueda volver a los mercados, conseguir mejores tasas y crecer, una vez que el mundo vea que «lo logramos»). El problema es que esta propuesta de los banqueros ultras en principio aceptada por el gobierno nacional resulta inconsistente e inviable.

Inconsistente, porque la Argentina no tiene un resultado fiscal estructural negativo (o, a lo sumo, tiene un déficit estructural muy pequeño); el resultado estructural es el que todos los países serios toman en cuenta para fijar políticas. En el caso argentino debe calcularse corrigiendo el resultado fiscal corriente (el que todos conocemos) de modo de sumar a los recursos que efectivamente se recaudan los ingresos perdidos como consecuencia del ciclo económico (la depresión) y —también— los cedidos por la reforma previsional de 1994 (más de $ 4.000 M/año). Lo que ya no se logra en la Argentina es financiamiento voluntario para cubrir una brecha fiscal producida por más de tres años de recesión. No resultará posible cerrarla por completo (ni por la vía del gasto ni por la de la recaudación). Se dice —a pesar de ello— que se busca este imposible superávit operativo para pagar todos los intereses de la deuda, unos u$s 12.000/año, cuando los acreedores ya no nos financian voluntariamente los vencimientos de capital. El propio ajuste realimentaría la depresión y erosionaría aún más los ingresos fiscales (en un momento en que comienza a despuntar la rebeldía de los contribuyentes), lo que terminaría frustrando el cumplimiento del objetivo proclamado.

Inviable, porque este camino no puede intentarse seriamente sin daño sustancial para el sistema democrático y la cohesión social.

La pérdida de instrumentos que supone la vigencia del actual régimen de política económica, en condiciones de sobreendeudamiento y corte del influjo de capitales, termina siendo patéticamente expresada por esta política de «déficit cero ya» que se intenta imponer como «único camino». Creo que este «sendero luminoso» de banqueros al borde de un ataque de nervios y sin ideas no tiene destino. Salvo que se trate de un capítulo más de la historia negra que nos provee periódicamente el segmento más cerril del establishment (1975-76, 1982-83, 1989-91): es bueno recordar que el último «ciclo largo» de crecimiento lento de la economía argentina (1975-2001) fue iniciado y estuvo jalonado por sucesivas crisis que han supuesto «pisos» cada vez más bajos de potencial productivo, cohesión social, equidad, creatividad económico-social y orgullo nacional.

Hay alternativas, por supuesto, aunque nada fáciles. Coincido con la apreciación del economista americano Jeffrey Sachs de que «la debilidad central de la economía argentina no será resuelta en los mercados de cambio y deuda», si no se genera «un nuevo marco de competitividad» apoyado en investigación y desarrollo y en inversiones en educación. (Tampoco podrá sostenerse la democracia si esto no se hace.) Debemos valorar también el valiente gesto de su colega Paul Krugman, cuando pide que se suspenda el «castigo gratuito» que se está propinando a la Argentina desde Wall Street y el FMI, al presionarse a favor de «un drástico recorte del gasto que agravará aún más la caída (depresión económica)». Krugman nos sugiere a los argentinos no escuchar «a estos hombres de traje (banqueros y tecnócratas) y hacer lo que hacemos nosotros (los Estados Unidos), no lo que decimos». Esto último es lo que intentaba la Argentina hasta 1974. Cuando se vio obligada a desviarse del rumbo casi no creció, destruyó su mercado interno (junto con su trama social y su competitividad) y acumuló una enorme deuda externa.

¿Es posible retomar un camino virtuoso? Para intentarlo parece necesario un importante cambio político interno, que permita impulsar las grandes transformaciones requeridas (institucionales y de políticas) y buscar a la vez un nuevo «trato global» (que incluya un proceso de reprogramación de la deuda, lo menos disruptivo posible) con la ayuda de un buen escudo regional (solos, sería mucho más difícil). La alternativa a este «nuevo trato» (un New Deal propio, aggiornado y con respaldo externo) no resulta deseable ni para nosotros ni para nuestros acreedores: sería, muy probablemente, el default disruptivo y una crisis político-económica  descontrolada.

 

 

 

 


 

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