Esta semana recibí un libro dedicado a Leonardo Favio y más específicamente a la canción con la que irrumpió en forma explosiva en la escena musical argentina y latinoamericana: Fuiste mía un verano, con letra de Vico Berti. Se llama, como una estrofa de la canción, Cada piba que pase con un libro en la mano, y lo escribió el periodista Héctor Sánchez.
En apenas un semestre de 1968 vendió un millón de discos. Ya confesé mi vergüenza por no haberla apreciado en su momento. Me parecía un desperdicio de talento, que en vez de seguir filmando, cantara. Primero entendí que no tenía quien le financiara sus películas y eso requería plata. Más tarde me di cuenta de que era idiota establecer esas jerarquías entre dos formas de expresión y que su canto también era bellísimo. Ambos empezábamos nuestras profesiones tangentes, él como director de cine, y yo en el periodismo, justamente en la página de arte y espectáculos de un diarucho de mala muerte, que duró poco más: Noticias Gráficas. Y ambos en el peronismo. Los veteranos que dirigían la página se reservaban los estrenos de Visconti, Antonioni o Bergman y le dejaban al pibe los presuntos bodrios. Por eso me tocó ver la opera prima de un director argentino, que la filmó a los 26 años y sólo era conocido como actor en las primeras películas de Leopoldo Torre Nilsson. Yo tenía cuatro años menos. La película me fascinó. Nos hicimos muy amigos y me parece increíble que no nos veamos desde hace 14 años, porque como suele ocurrir, los mejores se van antes. Creo que nadie hizo cosas tan conmovedoras por mí. Cuando tuvieron que operarlo para un reemplazo de cadera, me mandó las cajas con los videos originales de Perón, Sinfonía del Sentimiento, con unas pocas palabras: "Si no salgo de esta, vos sabrás qué hacer". También tardé en entender por qué a mí. En Ezeiza, cuando se partió el peronismo, yo era compañero de Walsh y Paco Urondo, y él formó parte del dispositivo que comandó el coronel Osinde. Pero cuando investigué a fondo lo sucedido, descubrí la valentía y la limpieza de su comportamiento y así lo conté en los artículos y el libro que escribí. Como tenía acceso franco a todos los espacios reservados para la inseguridad del acto, pudo entrar a la habitación donde estaban recibiendo un paliza brutal varios muchachos, detenidos en torno del palco cuando arreciaban los tiroteos.
En las paredes había sangre. Seis hombres jóvenes estaban parados contra la pared, con las manos en la nuca, y otros dos detenidos en la cama, boca abajo. Mientras un custodio les apuntaba con un arma, otros les pegaban con manoplas, culatas de pistolas, trozos de mangueras y caños de hierro. Favio creyó que uno estaba agonizando. Imperativo, exigió que parara el castigo.
—Ustedes la cortan aquí y yo me olvido de todo. Pero no los maten.
—A estos hijos de puta hay que reventarlos. No se la van a llevar de arriba —amenazó uno de los torturadores.
—O los atienden ya mismo o yo me mato. Esto no me lo olvido más. Quiero mirar de frente a mis hijos, y si esto no se acaba ya mismo no voy a poder —alcanzó a decir.
De ahí se fue a la Casa de Gobierno, donde contó lo que había visto. Así les salvó la vida.
Cuando decidió convertir en un musical su segunda película, Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco. comenzó la tristeza y unas pocas cosas más, donde los papeles que en 1967 habían actuado Federico Luppi, Elsa Daniel y María Vaner fueron para los bailarines del Colón y del Argentino de La Plata Hernán Piquin, Natalia Pelayo y Alejandra Baldoni, tenía las dudas que acompañan a los grandes creadores. Me mandó el guión, un CD con la música de Iván Wyszogrod y los bocetos de la escenografía. A la noche lo llamé y le dije que no me parecía ninguna locura, como otros le habían dicho. No sé si en esta página o en alguno de los libros que se escribieron sobre Favio, conté que cuando fue el preestreno me insistió que no dejara de ir, porque sabía que era chúcaro para esas cosas. Me dijo que necesitaba hablar algo importante conmigo. Para que no pudiera esconderme ni escaparme al final, como suelo hacer, me sentó entre los bailarines y Fito Páez. Casi me mata de la sorpresa cuando veo la dedicatoria en los títulos: a su hermano Horacio, a Buby Stagnaro, “quien hace muchos años me enseñó a usar la luz, a Felipe Solá, Héctor Ricardo García y Horacio Verbitsky, “porque sé que me quieren, porque siempre que los llamo están”.
Del libro no te digo nada porque todavía no lo leí, pero forma parte de una colección interesante, que la editorial Mil Campanas llamó Historia Social de la Canción. Después de volver a escuchar al Chiquito, fui derivando por varias de las cosas que más me gustan, en una mezcla arbitraria de géneros e idiomas. Espero que la goces tanto como yo.
Sigue el tema principal del último album de Mina. ¿No es impresionante que cante así a los 85 años? Para los que ven la página la mujer de la imagen es Luisa Ranieri, una excelente actriz italiana, casada con Luca Zingaretti, es decir el Comisario Montalbano.
Ahora toca el dúo fabuloso que hicieron hace medio siglo Bill Evans y Tony Bennett. Cuando llegaron los Beatles y dejaron patas para arriba el mercado discográfico, Anthony Dominick Benedetto puso toda la tarasca que había juntado en décadas para crear un sello con el que grabó dos álbumes con Bill Evans, que están entre las mejores obras del siglo XX.
Durante muchos años, Erroll Garner encabezó los billboards como el mejor pianista, con lo que no estoy de acuerdo. Pero en 1952 o 1954, durante un vuelo entre Chicago y Nueva York, las nubes le inspiraron una melodía, que tarareó hasta aterrizar y transcribió al tocar tierra. Años después, Johnny Burke escribió la letra. Para mi gusto no hay versión como la de Sarah Vaughn.
Y nunca puede faltar Gardel porque es lo más grande que hay, que hubo y que habrá. El diálogo inicial es con Celedonio Flores, y la versión, recauchutada por IA.
Y si cambiamos de género pero seguimos con los más grandes, acá tenés la primera de las suites de Bach para cello solo, por Pau Casals.
Este tema se llama Mi última canción, y fue compuesto por Pedro Pacheco a pedido de Lucha Reyes, la Morena de Oro del Perú, que ya sabía que no tendría retorno. Murió tres meses después, en 1973, ciega por la diabetes y en silla de ruedas, ¡a los 37 años! ¿No te parece una voz prodigiosa en ese estado?
Doce años antes, John Coltrane grabó este extraordinario My Favorite Things.
Y esta es una rara versión de Pantaleón con su Adios Nonino, en un arreglo para la orquesta sinfónica de la radio alemana de la ciudad de Colonia. No reconozco al director.
Esta es una de las grabaciones que más me gustan de Liliana Herrero. El bellísimo tema es del uruguayo Fernando Cabrera, de principios de la década de 1990.
Por supuesto no puede faltar Louis Armstrong. No conozco la fecha de esta versión de Black and Blue, pero la grabó por primera vez en 1929 y fue una conmoción nacional en Estados Unidos, porque por primera vez se hablaba con tanta claridad del racismo.
No hace mucho que ya escuchamos aquí la primera partita de Bach, grabada por la gran pianista estadounidense Rosalyn Tureck.
Y si escuchamos dos temas de Bach, podemos hacer lo mismo con nuestro equivalente local. Vuelvo al sur, que Pantaleón escribió, con letra de Pino Solanas, para su película Sur, y con la voz del Polaco Goyeneche.
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