CUIDADO CON LA ANOCRACIA

Suena feo, pero la anocracia existe... y duele

 

Somos una especie con consciencia de sí misma, la única que —por ejemplo— sabe que habrá de morir y que es capaz de evaluar, no instintiva sino reflexivamente, la conducta más apropiada a sus fines. Sin embargo, se habla poco de lo trabajosa que suele ser esa consciencia, de la lentitud con que adviene, de lo mucho que nos cuesta advertir que una situación cambió esencialmente. Al respecto, el ejemplo histórico más frecuentado es el de la minoría judía que aceptó cada nuevo condicionamiento impuesto por el régimen nazi, creyendo que Hitler & Co. no se animarían a ir más lejos. Aunque también se recurre a la analogía de la rana que, metida en una olla a fuego lento, advierte demasiado tarde que ya es sopa; y a la paráfrasis poética del sermón que Martin Niemöller impartió en 1946: Primero vinieron por los socialistas, después por los gremialistas, después por los judíos… Y cuando vinieron por mí, ya no quedaba nadie para hablar en mi favor.

 

 

El futuro ya llegó.

 

 

Algo de eso hay en la admonición de un poeta de los nuestros, cuando dice: «El futuro llegó hace rato». En Todo un palo (1988) el Indio advierte respecto de aquellas cosas que consideramos improbables, por distantes de nuestra realidad, y que sin embargo te sorprenden un día, timbreando en tu puerta, «como vos no lo esperabas». Encontré un planteo similar en otro poeta a quien admiro, el canadiense Leonard Cohen —tan diferente al Indio, y a la vez tan afín—, cuando explicó en varias entrevistas el ánimo que lo llevó a componer canciones como The Future y Democracy. Para Cohen, el comportamiento civilizado es mero «esmalte de uñas». «Los seres humanos tenemos un apetito homicida muy profundo… Reconocerlo es el primer paso a emprender para controlarlo, y es mejor no provocarlo hambreando a la gente, y dándole excusas para devorarse unos a otros. Lo ideal sería establecer un sistema donde la gente reciba un trato justo», le dijo a Kristine McKenna en 1988.

Pero ese sistema justo, ay, no existe.

 

 

Leonard Cohen: el futuro es un crimen.

 

 

El ideal es viejo como nuestra cultura y se llama democracia. Cohen la definía como «la más grande de las religiones producidas por Occidente», en tanto «es la primera religión que defiende el derecho a existir de otras religiones, la primera cultura que defiende el derecho a existir de otras culturas». Pero al mismo tiempo, agregaba, se trata de «una idea muy pero muy reciente para ser aplicada a escala masiva». He ahí otra de las características de nuestra especie. Así como nos cuesta asumir algo —aun cuando se ha vuelto tan obvio que ya te pasa la lengua por la jeta—, una vez asumido lo damos por sentado, lo consideramos eterno, inamovible. Pero en materia de conquistas humanas, no existe ninguna que esté exenta de ser negada y sufrir retrocesos. Por definición, todo lo que viene a poner coto a nuestro costado salvaje es condicional, por no decir precario. Aunque la idea sea fantástica, su puesta en práctica siempre es defectuosa, incompleta o vive bajo amenaza constante, incluso cuando funciona más o menos bien.

Esta realidad es la que movió a Cohen a escribir en Everybody Knows: «Todo el mundo sabe que los dados están cargados / …Todo el mundo sabe que los buenos perdieron / …Los pobres se quedan pobres, los ricos se hacen más ricos / Así son las cosas». En la canción Democracy, sin embargo, se aparta de la descripción descarnada para incurrir en la ironía:

Está llegando a través de un agujero en el aire

………………….

Desde los fuegos de los ‘homeless’

Y las cenizas de los gays

La democracia está llegando a USA

………………..

Desde el bravo, el valiente, el baqueteado

Corazón de Chevrolet

…………………

Desde las quejas homicidas

Que suenan en cada cocina

Respecto de quién servirá y quien habrá de comer

…………………

Continúa navegando

Oh, poderosa barca del Estado

Hacia las costas de la necesidad

Pasando los arrecifes de la codicia

A través de las tempestades del odio.

 

 

 

 

 

El sopapo que Cohen propina a su país de adopción, esos Estados Unidos que se consideran dueños del copyright de la democracia y por eso te cobran membresía, es elegante, pero no por eso deja de ser un cachetazo: cuando al país que se considera modélico le decís que cualquier día de estos llegará la democracia a sus costas, lo que estás sugiriendo es que su funcionamiento cotidiano no está definido por el fair play. Ya en el ’93 Cohen dijo en una radio neoyorquina que el esmalte de uñas había «empezado a resquebrajarse y a escamarse y ahora se ve que lo que hay por debajo son garras». «La catástrofe ya ha tenido lugar —agregó— y la pregunta a que nos enfrentamos ahora es: ¿cuál sería el comportamiento apropiado en una situación así?»

Esa es la sensación que tengo en estos días. La de que no terminamos de asumir que algo catastrófico ocurrió ya, y que por eso seguimos adelante como si nada, actuando una normalidad que la realidad torna imposible. Si esto fuese una película o una serie en vez de un texto, haría foco en un living idílico donde los mayores leen y escuchan música y los niños juegan sobre la alfombra, para entonces abrir el cuadro y revelar que ese living es lo único que queda en pie en una ciudad derruida.

Yo he visto el futuro, hermano, canta Cohen, y es un crimen.

 

 

 

Wolverines y Watchmen

Por goteo, hemos ido acostumbrándonos a cosas que hasta no hace tanto hubiesen constituido un escándalo, un límite infranqueable. Como que un pendejo que se dedica a la gimnasia se sienta en condiciones de discutir de vacunas con la Ministra de Salud de la Nación. (Esa equiparación en los hechos, la posición desde la cual mi ignorancia es tan válida como tu formación, es un signo de estos tiempos.) O que la Ministra de Educación de la ciudad de Aires Ponzoñosos descarte al piberío que desertó de las escuelas durante la pandemia, diciendo que «ya se perdieron en los pasillos de una villa o cayeron en actividades del narcotráfico». (Más allá del repugnante clasismo que trasunta, Soledad Acuña —una faccia tosta, diría mi padrino— incurre en negligencia, porque recuperar a esos pibes es deber del ministerio que ocupa.) O que un diputado flamante se arrogue el derecho de rifar el salario que le pagamos, como si ese aporte ciudadano fuese algo timbeable. (Este payaso incoherente —un antivacunas que se vacunó sin dejar de ser antivacunas— se infectó de todos modos y así perdió un curro en Miami, donde iba a disertar sobre «La superioridad moral del capitalismo». Si hubiese dicho «La superioridad del capitalismo a la hora de construir poder», todavía. Pero, ¿superioridad moral? El capitalismo que Milei defiende niega toda moral porque es relativismo en estado puro, una religión que pone al poder en el lugar de Dios.)

 

 

David Remnick.

 

 

Pero esa degradación no es exclusiva de nuestra aldea. A comienzos de este año, David Remnick, el editor del New Yorker —una de las revistas más tradicionales y prestigiosas de los Estados Unidos— publicó una reflexión bajo el siguiente título: ¿Tenemos por delante una guerra civil? (Is a Civil War Ahead?) Allí comenta un libro flamante de Barbara F. Walter, académica en materia política de la Universidad de California San Diego, que se llama Cómo comienzan las guerras civiles (How Civil Wars Start). Walter dice que, de ocurrir lo peor, una conflagración interna en los Estados Unidos del siglo XXI no se parecería al enfrentamiento Norte-Sur que tuvo lugar durante el siglo XIX. Sería, en cambio, «una era de hechos violentos dispersos pero persistentes: bombas, asesinatos políticos, actos desestabilizadores de guerrilla asimétrica llevados adelante por grupos extremistas que se amalgamaron por vía de las redes». Estos grupos se llaman a sí mismos «aceleracionistas». «Se han convencido —dice Remnick— de que la única forma de apurar la caída de una república irredimible, no blanca y socialista es a través de la violencia y de otros medios extra-políticos».

Aquellos que consideren que esta tesis es exagerada deberían tener presente que lo que Walter plantea ya empezó a ocurrir. En 2020, un grupo bautizado The Wolverine Watchmen —nombre que dice mucho, en tanto revela que sus miembros miran el mundo a través de la maniqueísmo de los comics publicados por grandes corporaciones, como Marvel y DC— ideó y puso en marcha un plan para secuestrar a la gobernadora de Michigan, Gretchen Whitmer. El pecado de Whitmer había sido el de establecer medidas anti-Covid que esta gente consideró violatorias de su libertad, razón por la cual el entonces Presidente Trump la escarnecía públicamente. El FBI frustró el plan pero no la iniciativa de esos grupos marginales.

 

 

Wolverine, o el ánimo de los anti-democráticos.

 

 

El 6 de enero de 2021, un par de miles de militantes pro Trump invadieron el Capitolio —o sea, el Congreso— en un gesto que pretendió desconocer el resultado de las elecciones. Este alzamiento para prolongar de facto la Presidencia Trump es el atentado más grave en contra de la democracia en la historia de los Estados Unidos, porque no apuntó contra una figura en particular, como en los magnicidios de Lincoln y de Kennedy, sino que desconoció la entera validez de su sistema institucional. Pocas horas atrás la Corte Suprema le propinó un revés al ex Presidente. (Lo cual no deja de ser paradójico, ya que Trump armó esa Corte conservadora a piacere. Pero en tiempos agónicos como los presentes, las conductas paradójicas de ciertos representantes del poder se naturalizan, se tornan esperables: más al respecto en breve.) Los jueces rechazaron el planteo de privilegio ejecutivo interpuesto por Trump, que reclamaba confidencialidad, y permitieron que todos los registros de las comunicaciones internas de la Casa Blanca referidos al ataque del 6 de enero sean difundidos. A juzgar por el esfuerzo de Trump para mantener esos documentos en secreto, debe haber allí elementos que lo muestren bajo una luz poco edificante.

Pero una vez que abriste las jaulas de las bestias que azuzaste largamente, contenerlas se vuelve difícil. Walter menciona que en 2008, cuando resultó elegido Barack Obama, había 43 milicias blancas de extrema derecha en los Estados Unidos. Apenas tres años después, ya había más de 300. En 2018, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt publicaron un libro llamado Cómo mueren las democracias (How Democracies Die), donde alertaban contra el asalto al sistema en los Estados Unidos, pero asimismo en el mundo entero. Consultado por Remnick hace pocos días, Levitsky confesó: «Ni siquiera nosotros estuvimos en condiciones de imaginar algo como lo que ocurrió el 6 de enero». La catástrofe ya ha ocurrido, insistiría Cohen. («Las cosas van a deslizarse en todas direcciones / Ya no habrá forma de medir nada / La ventisca del mundo ha cruzado el umbral / Y depuesto la orden del alma», cantaba en The Future.) La gente que integra esas milicias —a la que habría que sumarle las legiones de ciudadanos conservadores dispuestos a tomar acción por mano propia, en defensa de sus privilegios— constituye un factor desequilibrante que el poder real consideraba parte de su reserva, pero que en los últimos años se dispuso a usar, a sacar a la calle. «Si los complots abundan —piensa Remnick en voz alta—, y si se tiran tiros en cantidad suficiente, algunos encontrarán su blanco».

 

 

 

 

Lo que agrava el problema es el modo en que los comportamientos agresivos se complementan con la crisis política. Los Demócratas que conducen el poder institucional acaban de sufrir una derrota, en el intento de revertir el modo sostenido en que los Republicanos vienen complicando cada vez más las condiciones que un ciudadano debe reunir para votar. Es cierto que los Demócratas consiguieron plantear la discusión por primera vez en el Senado. El tema no es menor, porque hace a la calidad de la democracia de los Estados Unidos: entre las formas mediante las cuales el poder real defiende su primacía, una de las más efectivas es negarle la posibilidad de votar a negros y latinos. Cuanto más excluyente, por calificado, es el voto, menor es la densidad de la democracia que se rige por semejante sistema. (Lo escandaloso es que los Demócratas hayan perdido en el recinto por la oposición de dos de los suyos, los senadores Joe Manchin y Kyrsten Sinema: he aquí una nueva paradoja, otros representantes del poder que se niegan a actuar como se esperaba de ellos.) Esta es otra de las razones por las cuales Barbara F. Walter dice que la democracia de los Estados Unidos ha entrado en «un terreno muy peligroso». El Instituto Internacional por la Democracia y la Asistencia Electoral, con sede en Estocolmo, dictaminó recientemente que a su juicio los Estados Unidos incurren en apostasía respecto del sistema que supieron darse — o sea, que están renegando de la doctrina democrática.

 

 

 

 

Synema & Manchin, los granos en el culo Demócrata.

 

 

Para definir el estado actual de su país, Remnick apela a un concepto que a primera vista —como le habrá ocurrido a ustedes, cuando leyeron el título de este texto— me pareció una joda: anocracia.

Pero la anocracia existe, se los juro. Es más: el gobierno de Macri fue una anocracia de aquellas, de aquí a la China.

 

 

 

El asalto a las instituciones

¿Qué es la anocracia?

Si vas al diccionario de la Real Academia, la palabra no existe. Pero a nadie sorprende que el establishment español esconda su basura reaccionaria —que la tiene a raudales— debajo de la alfombra verbal. En Wikipedia sí hay una entrada llamada Anocracia, que puede ser leída en múltiples idiomas. Según ella, anocracia es «un sistema de gobierno que incluye características de inestabilidad política, ineficacia y ‘una mezcla incoherente de rasgos y prácticas autoritarias y democráticas’… A veces se define vagamente como parte democracia y parte dictadura». La entrada en inglés, más larga y concienzuda, equipara anocracia con semi-democracia, le atribuye el término a una mala traducción de Buber —que en 1946 habló de Akratie, lo que debería haber sido reproducido como acracia— y especifica que, según el Center for Sistemic Peace, entre 1989 y 2013 el número de anocracias aumentó en el mundo de 30 a 53. Se trata de un tipo de sistema donde el riesgo de violaciones a los derechos humanos es altísimo. En 2014, un Atlas de Riesgo en Materia de Derechos Humanos difundido por Maplecroft sostuvo que, de los diez peores países en la materia, ocho serían anocracias.

 

 

 

 

Para Remnick, el asalto al Capitolio marca el momento en que los Estados Unidos dejaron de ser una democracia full. «Desde entonces habitamos un espacio liminar», dice. «Por primera vez en doscientos años, estamos suspendidos entre la democracia y la autocracia. Y esa sensación de incertidumbre radical aumenta la posibilidad de que haya baños de sangre episódicos, e incluso el riesgo de guerra civil». Por supuesto, de este lado del río Grande siempre supimos que los Estados Unidos no habían sido nunca una democracia full, porque existían en su seno ciudadanos de primera y de segunda. Pero lo del 6 de enero de 2020 demostró que en los Estados Unidos hay un núcleo social considerable —liderado, nada más y nada menos, por quien había llegado a convertirse en Presidente mediante las leyes de la república — para el cual la democracia no es un valor indiscutible sino relativo, menos valioso que las libertades individuales. (Otra paradoja: en los últimos tiempos, la palabra libertad se convirtió en el eufemismo mediante el cual los poderosos convencen a los blancos empobrecidos de inmolarse por los privilegios de la casta superior.) Dicho en otros términos: gente que, con tal de que se restaure la primacía social que cree haber perdido a manos del populismo (o del socialismo, o de la «casta política»), no tendría problema alguno en decirle adiós a la democracia y consagrar a Trump Emperador.

La cosa difiere en nuestro país, porque acá dejamos de ser una democracia muchas veces y por eso el pueblo le confiere al sistema un valor casi religioso. Se podrán decir muchas cosas de los gobiernos kirchneristas, pero nadie está en condiciones de desmentir que han sido escrupulosa, casi obsesivamente democráticos en sus procederes. En ese sentido, el gobierno de Macri constituyó su negativo perfecto. Como los poderes establecidos tienen claro que interrumpir la institucionalidad democrática es inviable aquí —de momento, al menos—, instrumentaron una forma de acceder legalmente a la Casa Rosada para, una vez allí, pervertir su funcionamiento y despojarlo de toda legitimidad.

 

 

«¿En qué mano tengo mi nombramiento como Emperador?»

 

 

Como Trump, que llegó a la Casa Blanca a pesar de que no consiguió la mayoría de los votos, el macrismo obtuvo la presidencia practicando las trampas que los grises de las leyes habilitaban: sin el uso repugnante del suicidio de Nisman, sin el agite del fantasma de La Morsa, su triunfo en las elecciones era dudoso. Permítaseme ceder a mi (de)formación profesional y remarcar un rasgo dramático de este acceso al poder institucional: el macrismo llega a la Rosada y a gobernar la provincia de Buenos Aires acusando a sus adversarios precisamente de aquello que pensaba perpetrar en caso de salirse con la suya — la práctica criminal sistemática.

Porque no se trata aquí de una discusión sobre políticas. Cualquier partido está en su derecho de ganar una elección y llevar adelante medidas neoliberales desde la Rosada y el Congreso, si lo votaron para eso. Lo que por definición no puede es proceder criminalmente de modo sistemático. Y eso es lo que hicieron Macri y Vidal desde el minuto uno. Hasta ese momento, lo suyo era indecente —las mentiras y calumnias que constituían el pan de cada día en los medios cómplices, el uso de los bancos de datos obtenidos de forma fraudulenta, las granjas de trolls, las zancadillas permitidas por Zuckerberg & Co.—, pero formaba parte de las reglas no escritas del juego. Lo intolerable es que a partir del 10 de diciembre de 2015 llevaron adelante su plan despreciando las numerosas herramientas legales que les confería el poder institucional, para abocarse a una práctica ilegal propia de una dictadura (redes de espionaje, persecución política, armado de causas, encarcelamiento de opositores, purga de jueces y de periodistas no alineados, cortesanos metidos por la ventana, endeudamiento descomunal sin la aprobación del Congreso, beneficios tan demenciales como legalmente discutibles para la prensa cómplice), casi como si estuviesen orgánicamente impedidos para respetar las leyes. Así como los daltónicos no pueden distinguir colores, Macri y sus secuaces no distinguen la ley — no la ven ni cuadrada, no la registran.

Para decirlo de otro modo: gobernaron como si su accionar no fuese extensión de una formación académica, ni política, ni especializada en derecho o en activismo social, como suele ocurrir en materia de funcionarios y funcionarias, sino lisa y llanamente —profesionalmente— criminal. (Hay otro calificativo que podría usar, pero no lo haré porque ustedes ya lo verbalizaron en sus mentes y además porque no quiero meterme en terreno de la expertise de Rocco Carbone.)

 

 

Los capos de la anocracia.

 

 

Por eso digo que el gobierno de Macri fue una anocracia. Porque a pesar de la investidura legal, su práctica fue autoritaria, dictatorial. En su persecución de un objetivo, y ante la disyuntiva, nunca optaron por un camino legal. El video de los Gestapo lovers vidalista / macristas probó lo que para millones era ya un secreto a voces: que lo que se les da naturalmente no es la política ni la acción institucional, sino el crimen. Por eso no podemos entrar en ninguna discusión de principios ni medidas con esta gente: porque los principios y medidas pueden ser atendibles, dignos de consideración, pero quedan invalidados por la práctica criminal de la organización que integran. Si querés que hablemos de déficit o de coparticipación, desmarcate de la banda especializada en matufia a la que estás asociado. Porque Macri convirtió la Rosada en la casa matriz de una maquinaria criminal. Para participar del debate público, aquellos cuyas ideas son liberales o conservadoras deberían desligarse de las sociedades cuya práctica es ostensiblemente anti-democrática.

(Mientras tanto, haríamos bien en no perder de vista a las huestes «libertarias». Si algo sugiere la tendencia del macrismo a acusar a otros de lo que nadie más que ellos piensa hacer, es que no habría que descartar la creación de milicias locales, dedicadas a las actividades clandestinas de las que vienen acusando a La Cámpora desde hace años — y que nadie de La Cámpora hizo nunca. Hay cierta gente que, en vez de fantasías eróticas, se moja cuando sueña con una fuerza de choque propia. No debería sorprendernos que esté casteando aceleracionistas criollos.)

Si de algo debe cuidarse el pueblo argentino, es de enmerdar su futuro metiéndose de cabeza en una (nueva) anocracia.

 

 

 

 

 

 

Bouquet en mano

En estas semanas vi por HBO Max una serie que se llama Station Eleven. (Si traducís el título a nuestro idioma las connotaciones cambian por completo, porque Estación Once suena a popular enclave barrial / ferroviario y no a base espacial.) Adaptación de una novela que la canadiense Emily St. John Mandel publicó en 2014, habla de una gripe pandémica que diezma a la mayor parte de la población y de cómo se organizan las comunidades sobrevivientes. En algún sentido, es la dramatización del pensamiento de Cohen: no se preocupa mucho por la catástrofe en sí misma, que da por sentada, sino en cuestionarse cuál sería el comportamiento adecuado de ahí en más.

 

 

 

 

Mandel y su adaptador Patrick Somerville ponen a las comunidades sobrevivientes entre la adhesión a un culto irracional, liderado por un joven que se autodefine como profeta (esa devoción es popular entre los jóvenes que no conocieron el mundo pre-pandémico — al igual que los espejismos políticos que confunden a nuestros jóvenes, que no padecieron la dictadura de los ’70 ni tampoco recuerdan la crisis de 2001), y por el otro lado pone a su consideración la clase de estímulo que ofrece una troupe de teatro itinerante, Travelling Symphony, que se especializa en obras de Shakespeare.

Yo soy fan confeso del Tío Will, pero aun así me pareció exagerada la decisión de Mandel: en un mundo devastado, ¿cuán factible sería que los sobrevivientes valorasen algo tan sofisticado y demandante como Hamlet? Pero la ficción ofrece una explicación que me pareció convincente: las comunidades aplauden a Shakespeare porque lo identifican con lo más excelso que produjo el espíritu humano. La pandemia significó demasiadas pérdidas ya, y los sobrevivientes no se resignan a que se diluya lo mejor de la experiencia humana. En un rasgo de fina ironía, el lema que adopta la troupe teatral proviene de otro bolsón de la cultura, el masivo y popular de tiempos recientes. Tomado de un episodio de la serie Star Trek: Voyager, establece el principio que los mueve: «La supervivencia es insuficiente». Sortear la pandemia no les alcanza. Lo que sienten es lo mismo que expresa un personaje del comic que en esa ficción también se llama Station Eleven: «No quiero vivir la vida equivocada para entonces morir».

 

 

La troupe teatral que en «Station Eleven» rescata lo mejor de la experiencia humana.

 

 

Imagino que ningún imprentero de Maguncia se habrá despertado una mañana de 1454 y dicho: «En fin, loco. ¡Se acabó la Edad Media!» Para un tipo así, el día de hoy era simplemente la continuación del día de ayer. Del mismo modo, pocos de nosotros nos sentimos en condiciones de afirmar que una era ha terminado. Pero aunque no los registremos en la piel, los signos están allí, al alcance de quien esté dispuesto a verlos. Durante décadas, creímos que la construcción socio-política que ampliaba derechos seguiría creciendo de modo inexorable: a distintas velocidades, en zigzag, pero siempre apuntando hacia arriba. Se nos escapó, lamentablemente, que mientras sumábamos nuevos pisos al edificio democrático había quienes se aplicaban a carcomer sus cimientos. Y justo ahora, cuando urge abocarse a una delicadísima cuestión de altura como el cambio climático, tenemos que bajar a los pedos y desviar esfuerzos para impedir que la torre se derrumbe.

Conversando este viernes con una de mis hijas, coincidíamos en que la crisis climática es otra de las catástrofes que ya ha ocurrido o al menos detonado su secuencia inicial. Hechos como este verano subsahariano y la inundación de Montevideo («sin precedentes», lo admiten todos) sólo pueden ser considerados excepcionales desde la negación. Y para peor, la política y la climática son catástrofes que se retroalimentan. Sólo un régimen democrático puede tomar medidas eficaces contra la crisis climática. Por definición, los gobiernos anocráticos y dictatoriales protegen apenas el interés de un sector; nada más alejado de sus preocupaciones que el bienestar general de un pueblo, y mucho menos el de la humanidad toda.

 

 

 

Como dirían en el barrio: dormimos. Permitimos que en el marco de un sistema democrático ocurriesen cosas que eran la negación de la política y de la laboriosa construcción legal fruto del proceso histórico. Podemos echar mano al atenuante de que no fuimos los únicos, de que el plan que nos llevó puestos fue instrumentado a escala mundial, porque acá elegimos a Macri pero allá eligieron a Trump y acá cerca a Bolsonaro, pero en este punto la sabiduría popular también es inclemente: mal de muchos… Lo concreto es que bajamos el umbral de tolerancia y naturalizamos hechos y actitudes que diez años atrás hubiesen sido considerados aberrantes. Y cuando tratamos de hacernos cargo, no salimos del reino del eufemismo y hablamos de cosas como democracia de baja intensidad. Pero la democracia no es el gato de Schrödinger, que puede ser y no ser al mismo tiempo. Un país es democrático —es decir, responde a la voluntad de las mayorías— o no lo es. Y entre 2015 y 2019 la Argentina padeció un gobierno consagrado en las urnas que, procediendo de modo criminal, perjudicó brutalmente al 95 % del pueblo, lo cual incluye a la enorme mayoría de sus votantes, a quienes distrajo con la golosina de la violencia antikirchnerista. Ahora son mucho más pobres que antes y sus perspectivas de futuro son nefastas, pero sus centros de placer gorila están recontra estimulados — algún goce hay que obtener, pensarán.

Admitamos que la catástrofe ya ha ocurrido, o que por lo menos nos sirvió su aperitivo político, económico, pandémico, climático. Y enfoquémonos en dirimir cómo vivir de aquí en más sin perder la gracia y la elegancia, diría el Indio. Las perspectivas son oscuras pero todavía no llegan a ser negras. No olvidemos el contexto latinoamericano, que promete una nueva ola democrática que podría ser esencial a la defensa de los intereses regionales y colocarnos a la vanguardia del mundo en materia de política social y ambiental.

 

 

 

 

No es casual que, en medio de esa canción apocalíptica que es The Future, Cohen te suelte que «el amor es el único motor de la supervivencia». Porque sobrevivir no lo es todo, como dicen en Station Eleven: si vas a seguir en pie, no tiene sentido que lo sea para prolongar la sensación de vivir la vida equivocada hasta que tu cerebro se apague. Aun cuando consideramos las peores perspectivas, nos preparamos para lo mejor. Por eso Cohen cierra Democracy de este modo:

Yo soy un sentimental, vos me entendés

Amo el país pero no tolero la puesta en escena

………………..

Sin embargo soy tozudo como esas bolsas de basura

Que el tiempo no consigue pudrir

Yo soy nada pero todavía sostengo en alto

Este pequeño y silvestre bouquet

La democracia está llegando…

 

El original dice que la democracia está llegando a USA, como reproduje al principio. Pero en 2022 puedo darme el lujo de ampliar el cuadro.

 

O la democracia verdadera llega a todas partes, para que le pidamos disculpas y juremos que no volveremos a descuidarla, o ya no habrá partes a las que llegar.  

 

 

 

 

 

 

 

 

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