CUMBRES BORRASCOSAS

El argumento engañoso de falta de una burguesía nacional esconde ausencia de trabajo político

 

Los trascendidos de la reunión entre el economista Carlos Melconían y la Vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner suscitaron análisis de todo tipo y color. Hasta donde llega nuestro conocimiento, ninguno destacó un dato político clave de la coyuntura nacional, tan atravesada en su propio incendio macroeconómico por las peliagudas señales de estanflación que emite la economía global. Formalmente, la cita comentada hasta por los codos obedeció a que Melconián (el hijo de un modesto zapatero de Valentín Alsina) viene presentando a los principales dirigentes argentinos un plan económico. Lo hace en su calidad de Presidente e investigador del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL) de la cordobesa Fundación Mediterránea. Se remozan las pretensiones políticas de la plataforma desde la cual hace cuatro décadas saltó a la arena nacional Domingo Felipe Cavallo. Melconián fue el único de los presentes en la reunión que hizo declaraciones a los medios en las que confirmó la motivación formal y no mucho más.

Según el fervor con que lo afaman sus autores  el plan va a sacar al país del marasmo en que se encuentra. Los criterios con que fue alumbrado el mentado plan de estabilización y los indicios que se tienen del mismo remiten –una vez más— al estatuto del subdesarrollo (tal como lo denominara Rogelio Frigerio, el abuelo). El estatuto del subdesarrollo, por más que se adapte a la ocasión, es un libro de canon cerrado en el que sus más destacados capítulos se dedican a bajar los salarios, el gasto público y la cantidad de dinero. Así se esperanzan poder edificar –con escasos contratiempos políticos— un subdesarrollo amigable en el que dos tercios de los habitantes del país quedan afuera.

En todas sus manifestaciones la derecha argentina sigue expresando ese cúmulo de peligrosa hibridez. Por caso, hace unos días en un matutino porteño se publicó un reportaje a  Eduardo Levy Yeyati. El ingeniero Levy asesora a Gerardo Morales y Facundo Manes en el diseño de un plan económico con sello radical que haga pata ancha en Juntos por el Cambio. Haciendo gala de la tradición de fracasos radicales, aboga por cortar largo tiempo el gasto público, devaluar fuerte y ver cómo arreglar los salarios para que queden atrasados respecto al nivel que tenían. Opina que hay que generar confianza para que haya inversiones. Por confianza entiende agravar la distribución del ingreso contra los salarios y mantenerlos ahí –en ese bajo nivel— sine die, de manera que el sector privado vea que estos ñatos y ñatas –a cargo del gobierno— vienen en serio, se fíen y entonces comiencen a invertir. El emocionante momento convoca a la escena de la saga infantil donde la princesa besa al sapo (pero sin éxito).

 

 

 

Al preguntársele si en vista de que con un déficit de 0,5% del PIB (casi cero) se registró un 53,8% de inflación en 2019 no veía alguna cosa que no funciona bien en su aproximación, Levy Yeyati se limitó a responder que “cuando dos cosas se mueven simultáneamente, no es claro cuál causa la otra. Es una lógica errada pensar que porque tuviste déficit cercano a cero en 2019 y subió la inflación, el déficit no impacta en inflación”. A propósito de dos cosas moviéndose en simultáneo, hace algo menos de una década Levy Yeyati, junto con Federico Adolfo Sturzenegger, publicaron un trabajo en el que explicaban que el crecimiento durante Cristina se debía a los altos términos del intercambio (tdi). Macrí en promedio los tuvo más altos que Cristina, y el PIB le cayó. No sé percató de la “lógica errada”. (Para esconder el evento Pablo Gerchunoff suma años de más bajos tdi). Levy Yeyati es el decano de la escuela de gobierno de la Universidad Di Tella. Asesora al carcelero de la prisionera política, Milagro Sala, lamentablemente muy enferma. Habría que preguntarle por qué cree que esos barrotes infames suman a la gobernabilidad que aprecia necesaria para el equilibrio macroeconómico.

 

El dato político

En el recorrido que va de Melconián a Levy Yeyati hay diferencia de matices en el paisaje triste y gris, pero en lo esencial expresan la hipótesis de máxima de la derecha argentina. Y ese es el dato político que debe ser destacado —y ni siquiera se tuvo en cuenta— entre los dimes poco y diretes nada de la tertulia del crédito de Valentín Alsina y la Doctora. Es el que realmente está cargado de consecuencias. La derecha sin hipótesis de mínima se permite afilar el hacha del verdugo en la jeta de la clase trabajadora, sin que ésta tenga otra reacción que el profundo silencio. Como si esperara en el hueco de la angustia existencial que se presente el verdugo en el umbral. Y fatalmente urge preguntarse: ¿por qué las grandes empresas financian a estos choferes de calesitas que indefectiblemente más temprano que tarde la chocan y se ponen el país de sombrero, siendo el gobierno anterior el último botón de gravosa muestra? ¿Cuál es la razón de que tengan fe en este muy débil cuerpo teórico neoclásico que lo único que augura es violencia y más violencia política? ¿Por qué esa resignación de considerar inevitable la marcha hacia el ocaso de la democracia, cuando salvo la falsa conciencia y alguna que otra versión interesada de ciertos sinvergüenzas (generalmente ligados al endeudamiento externo), no hay nada en el funcionamiento objetivo del capitalismo que vuelva necesario transitar este ominoso sendero de mierda?

 

 

El baile del mono

Algunas contestaciones hablan de la ausencia de una burguesía nacional. Es una hipótesis marcadamente idealista, un pienso como burgués nacional, luego existo como burgués nacional. Y desde que es la existencia la que determina la consciencia, ese argumento cae bajo la sospecha de ser una coartada de los que no quieren el capitalismo, o desconfían de su funcionamiento, o lo pretenden armonioso cuando es hondamente contradictorio, para volver necesario su reemplazo por un inviable capitalismo con fuerte base estatal. El razonamiento sofoca y no deja otro camino, porque si Tata Dios no dotó de burguesía nacional a estas pampas, como aparentemente si hizo en otras partes, no hay nada que hacerle, la suerte no estuvo de nuestro lado.

Ya se complica hablar de burguesía nacional cuando la tasa de ganancia se forma en el mercado mundial, lo que determina la movilidad del capital, es decir que esa masa de valor marcha hacia donde consigue mejor ganancia o perspectivas de ganancia, sin que en esa búsqueda importe algo el gentilicio. Es justamente en el rubro ganancias (la música por la que baila el mono) donde se obtiene una razonable explicación de este comportamiento empresarial de apostar por la no venta, por la retracción, por avanzar un casillero más y caer en la cuenta de que para hacer eso posible el único convencimiento lo proporciona la pedagogía del garrote. La paradoja es que la lógica del capitalismo se organiza a partir del criterio de vender a como dé lugar.

El intríngulis es examinado por los economistas brasileños Franklin Serrano y Vivian Garrido. Se preguntan: “¿Quién quiere realmente que la economía crezca?” en un corto artículo aparecido en el sitio Excedente y reproducido aquí a fines del 2020 por la revista argentina de economía heterodoxa Circus. Serrano y Garrido se sitúan “en un momento en que la economía brasileña crecía con un bajo desempleo y una reducción de la desigualdad, se decía que ‘nunca los empresarios habían ganado tanto dinero’ y, al mismo tiempo, el descontento de la clase empresarial con el gobierno estaba creciendo. Por otro lado, en el actual casi estancamiento luego de una profunda recesión, los empresarios inmobiliarios y financieros declaran su apoyo irrestricto al gobierno actual, a pesar de (…) las malas condiciones económicas. Creemos que para comprender (…) esta aparente paradoja (…), es útil aclarar algunas relaciones teóricas básicas entre inversión, crecimiento de la demanda y rentabilidad”. Lo mismo en el Brasil, la Argentina, o el país en donde se dé una situación similar.

Serrano y Garrido postulan dos escenarios. Uno de auge y crecimiento, el otro de austeridad. Cuando se atraviesa por el auge, “las empresas se verán obligadas a invertir en cantidad adecuada para que la capacidad productiva se ajuste a la nueva demanda total esperada (que, en el presente caso, habrá crecido) a un grado de utilización planeado o normal calculado de modo de atender las fluctuaciones esperadas en la demanda, lo que implica que, ahora, o sea, más allá del corto plazo, el volumen de capital invertido aumenta”. En ese caso y aunque la masa de ganancias aumenta y fuerte, consignan los brasileños que “gradualmente, la tasa de beneficio realizada sobre el capital que va siendo instalado disminuirá tanto como lo hace la tasa de ganancia esperada, frente al aumento de los salarios reales. Y esta es la tasa de ganancia, es decir, la tasa de ganancia sobre la capacidad productiva planeada para ser utilizada en el nivel normal, la que interesa, porque es esta la que determina la rentabilidad esperada. Esta tasa de beneficios se denomina tasa de beneficio normal o esperada y es de más de largo plazo”.

Al respecto señalan Serrano y Garrido que “la idea de planificar la capacidad productiva para ser utilizada en el nivel llamado normal contempla la posibilidad de satisfacer plenamente la demanda promedio a lo largo de la vida útil del equipo y también mantener una capacidad adicional para atender eventuales picos temporales o estacionales, evitando así la pérdida de porciones de mercado ante los competidores cuando tales picos se producen. Y por planear la capacidad productiva para operar en el nivel normal de la demanda esperada, es la tasa esperada de ganancia la que pasa a ser más decisiva que la tasa efectiva de ganancia”.

Que la tasa de ganancia esperada tenga perspectivas bajistas y frente al hecho de que la masa de ganancias aumenta (por el auge) obliga a invertir a los empresarios, porque si no pierden mercado. Pero el encule es grande porque ganan (como tasa) menos de lo que creen tener derecho. El dueto brasileño cita al economista polaco Michal Kalecki, describiendo que «los capitalistas hacen muchas cosas como clase, pero ciertamente no invierten como clase». De esa realidad deducen los brasileños que “si hay una reacción de clase del empresariado, y cuando ocurra, tal reacción consistirá en hacer algo como presión política para que el Estado cambie el régimen de política económica de modo de revertir la situación desfavorable a sus intereses”. O sea, subir la rentabilidad aunque caiga la masa de ganancias.

Aquí corre el segundo escenario, el del estancamiento, donde “tal reacción de clase ocurre y es exitosa y, a través de políticas de austeridad, el gobierno genera un estancamiento con desempleo masivo y revierte por varios medios la tendencia de crecimiento acelerado de los salarios reales. En este segundo escenario, si la demanda ya no se expande y, aún más, si hay una capacidad ociosa no deseada del stock de capital ya instalado, las empresas no tienen ningún incentivo para invertir, por más que los salarios reales y otros costos o impuestos y contribuciones de las empresas caigan gracias a reformas laborales, medidas de desregulación y exenciones fiscales en general, y la tasa de ganancia que se obtendría en una capacidad productiva adecuada a la demanda quede en un nivel muy alto (…) Por más feliz que quede el empresariado con este alto nivel de rentabilidad, no hay incentivos para una inversión adicional, ya que ellos crearían capacidad productiva innecesariamente”. De todos estos procesos Serrano y Garrido infieren que “hacer crecer la economía no es y nunca fue una prioridad para los grandes empresarios (…) Pero quienes realmente necesitan el crecimiento no son los empresarios en general (…) sino los trabajadores”. Este chocolate por la noticia le viene muy bien a los paladares amargos de una porción considerable de la clase dirigente argentina que sigue creyendo –erróneamente— que el impulso primario al crecimiento es por el lado de la oferta. La burguesía nacional, o lo que se quiere entender por ella, la crean los trabajadores y la política.

 

 

Ellos y nosotros

La frustración burguesa de ganar mucho pero no lo que debería de acuerdo a lo que indica la tasa de beneficio de largo plazo sobre al capital invertido, es en lo que hace hincapié la demagogia de la derecha que arruina las perspectivas de la integración nacional y del desarrollo capitalista exacerbando la lucha de clases. Lo más grave es que el movimiento nacional no tiene un sector político que intermedie con la acumulación a escala nacional y trabaje para consolidar esa nueva normalidad de la tasa de ganancia acorde con la salud de la democracia y la integración nacional. No menos preocupante es que el movimiento obrero organizado no muestre los dientes ante el prospecto de cristalización de una sociedad que avanza a dos velocidades.

Si el país para pocos que prometen planes como los del IERAL o el de los radicales se puede exhibir en público sin que reciban reproches, rechazos y altos costos políticos por su profunda insensatez, sino una aprobación tácita como epitome de la racionalidad, se debe a una aguda insuficiencia o ausencia de trabajo político.

 

 

 

 

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