Davos los unos a los otros

La protección aduanera es independiente del grado de desarrollo del capitalismo

 

Para que resulten atendidos con la mayor eficacia, los intereses bien entendidos de los trabajadores argentinos tienen para observar una serie de hechos que ameritan ser vigilados de cerca en los cambios que se perciben en las tendencias que se mueven en la acumulación a escala mundial. Como esos hechos son las contradicciones principales que trazan el rumbo por donde va tal acumulación, hacen a las posibilidades del desarrollo –como sostén de la integración nacional en democracia–, a partir de su eje exclusivo, nacido de la decisión política que interpreta el mundo tal cual es: el mercado interno. La administración del comercio exterior, conforme las señales recibidas desde Davos y también en sí y con relación al verdadero estatus de la restricción externa, son partes interesadas en estos asuntos.

Hoy por hoy, se recrimina a ciertos sectores industriales por abusar de la protección que les fue colocada debido a las necesidades del desarrollo, en razón de que sus precios se incrementan muy por encima de la ya muy alta inflación mensual, cuyo ritmo –con preocupantes inclinaciones a irse de mambo–, de momento y para no cargar las tintas ya muy cargadas, llaman a la prudencia del pronóstico reservado. La variante del “les vamos con el corazón, nos responden con el bolsillo” se articula en el quid pro quo: “Si los protegemos sean gentiles y no suban tanto los precios. Miren que, si no, nos veremos obligados a cesar la protección”. Tan bien intencionada proposición –como se dice– pavimenta el camino al infierno de la desocupación, al desconocer el mecanismo elemental de la acumulación capitalista y el de la propia protección.

Cuando se protege a un sector es porque este es ineficiente. O sea, vende caro y de mala calidad, teniendo como parámetro la oferta extranjera. Y se lo protege porque el dilema verdadero es producir así o no producir nada. Suspender la protección por cuestiones coyunturales, en estos días que corren muy inflacionarios, ahoga el proceso que lleva a largo plazo a mejor calidad y menor precio. Es indefectible que suceda así cuando el proceso no se interrumpe, porque esos –en verdad– muy altos precios implican una ganancia por encima del promedio. Ese beneficio anormal funge de misto llamador. Lo que atrae capitales no es el gesto gallardo de poner los precios más bajos que el promedio inflacionario en agradecimiento por la protección, sino el de producir a las trompadas ganando carradas de dinero. Esa puja desatada lleva a la fase siguiente de concentración, lo que obliga a innovar, bajar costos y mejorar la calidad para capturar una porción creciente del mercado. Nada que sea muy novedoso. Al contrario, es la rutina del desarrollo capitalista. Precisamente en la Argentina, el desarrollo se descoyunturó por la infeliz conjunción de una apertura alocada y un ataque depredador al corazón del mercado, que es el salario, hecho en nombre del mercado, para no ahorrarnos paradojas.

Es hasta frustrante y con lamentables consecuencias, que sectores muy amplios de la clase dirigente argentina –a su derecha e izquierda– se vean inhibidos de aceptar que de noche está oscuro y el agua moja y militen por el zonzo e inconducente “lo pequeño es hermoso”. Es más feo que el culo. Es que, en el fondo de su corazoncito pequeño burgués, quieren precios baratos para no tener que vérselas con una sociedad de salarios caros. El igualitarismo abstracto es fantástico. El concreto, con olor a peronista, ni mamados. Para revertir estas taras, el trabajo de la batalla cultural es endiabladamente arduo.

Además, no hay posibilidades de llegar a la sociedad de salarios caros si no hay protección. Incluso, se cae en una incongruencia cuando se alerta por los peligros de la restricción externa y al mismo tiempo se amenaza con la baja de la protección aduanera, que la agrava por un mayor flujo de importaciones. Por otra parte, hay cierta predominancia a ver en la restricción externa un síntoma del subdesarrollo, cuando en realidad es un signo de la más profunda contradicción del capitalismo, independiente de su grado de desarrollo. En todo caso, el atraso relativo de la estructura productiva amplifica sus lacras, pero el avance y puesta al día de la trama tecnológica de un país, entre las pocas naciones en que eso es posible en un mundo signado por el desarrollo desigual, no la supera porque está en la raíz del ciclo. La restricción externa es desde siempre y para siempre, mientras el capitalismo llega hasta donde llegó.

  

 

Toma todo

De manera que no hay tal cosa como una infancia del capitalismo, que una vez atravesada la adolescencia y llegado a la madurez, se pueda deshacer de la protección. Tal perennidad quedó patente en la aldea de esquiadores en Davos, Suiza, en la que se volvió a reunir –luego de dos años de obligada abstinencia por la pandemia– el club de los omnipotentes que quieren obtener todo, y otro poco además. Por lo general, tal como viene la mano hasta ahora, lo consiguen. Es una excepción a la regla de ser convocados con regularidad ininterrumpida a Davos anualmente desde 1988 –cuando tuvo lugar el primero de estos encuentros– durante el invernal y nevado enero del norte. Se ve que, de puros cariñosos, se extrañaban y adelantaron la juntada para la primavera boreal. Y después dicen que estos sátrapas no tienen corazón. Es como para desmentir también los prejuicios que al ser humano de a pie le inculcó el novelista Honoré de Balzac, quien decía que detrás de toda gran fortuna hay un gran crimen. Lo cierto es que ese Moisés y todos los profetas que es la acumulación es un sentimiento que no puede parar. Estos cónclaves del poder multinacional –económico y político– son organizados por el World Economic Forum (Foro Económico Mundial o FEM), una organización sin fines de lucro (no es una humorada). El FEM está presidido desde su fundación en 1971 por el economista alemán Klaus Schwab, quien ya cumplió los 84 años.

Las de dos mil a tres mil personas que se reúnen en Davos desde sus inicios –entre dueños, CEOs e intelectuales orgánicos, que conforman la elite del negocio multinacional– comulgan con una idea precisa de la globalización, la que traduce la singular definición de bien común que conciben y que adecuadamente resume la leyenda de la cara glotona de perinola: toma todo. Un mundo globalizado –como el que los subyuga– es por definición antagónico a los sindicatos. Practica el dudoso arte de la militancia para bajar impuestos y así y todo eludirlos y pagar lo menos posible al fisco, brega por la privatización depredadora de los servicios públicos, endeuda en divisas en la periferia a los privados –pasivos que finalmente termina por pagar el sector público– y en el centro juega a la ruleta de las finanzas con los fondos de pensión de los trabajadores, mientras en toda la geografía del orbe se regodean por lograr Estados débiles con poderes regulatorios muy apocados.

Esos y otros grandes platos del menú reaccionario más embromado, son generados y los sintetiza la tendencia de volver a colocar capital en la periferia en la que recayó el imperialismo. Esa marcha comenzó tenue a principios de los '70 (cuando el FEM dio los primeros pasos, pero centrado en Europa para que adopte la manera norteamericana de hacer negocios), con decidida firmeza en los '80 y maduró entre los '90 y la primera década del 2000 con la gran expansión de China. La propensión a salir de las crisis colocando capital extramuros, que expandió el capitalismo desde el siglo XVI como una mancha de aceite, había cesado a fines del siglo XIX. Justo cuando Lenin tomó conciencia de ello y publicó su célebre panfleto sobre el imperialismo como fase superior del capitalismo, la tendencia se había revertido.

El capital era chupado desde la periferia hacia el centro por el accionar conjunto del avance de las clases trabajadoras en esos países y las grandes migraciones desde el centro a la periferia, con estructuras políticas que sancionaron salarios muchísimos más bajos. Esa pequeña cantidad de capital periférico complementaba los enormes fondos que los países del centro podían, de ahí en más, absorber sin problemas por la expansión de sus mercados internos consecuentes a los altos salarios propios y los exiguos de la periferia, los que subsidian al consumidor de los países desarrollados, abaratándole la canasta de subsistencia.

Esto es el intercambio desigual y fue la cara de la ceca del capital que pusieron los ingleses en el siglo XIX para que el mundo sea como es hoy, infinitamente mayor al que habían puesto las multinacionales en la periferia hasta los '90. La izquierda latinoamericana, con una conducta intachable de mear afuera del tarro, popularizó la llamada “teoría de la dependencia” cuando casi no se había colocado capital extranjero en la región y cuando justamente el gran problema era conseguirlo. Si la habrán parido Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio cuando no pudieron conseguir capital extranjero para el acero y crearon SOMISA.

Para el capital del centro, desde la posguerra y hasta los '90 no había ninguna necesidad objetiva de ir a la periferia en la cuantía que se relocalizó desde esos años. Se podría sospechar de cierto subjetivismo norteamericano, que –tragándose todos los mitos de la teoría neoclásica de la economía (que forma parte de su cultura nacional)– creyó que la alta rentabilidad de sus trabajadores (producto de sus relativas mayores credenciales educativas) bastaba para que la inversión marche a China y abarate los salarios, y así con mayores beneficios, más acumulación y más poder. Dudas y fuertes hubo, pero triunfó la subjetividad. Pues bien, en Davos ahora, tras dejar a un costado las preocupaciones por el clima a manos de la hambruna en ciernes en que se mezcla Ucrania y la post-pandemia con la inflación global que se vio así incentivada, el diagnóstico a regañadientes es que el mundo se está desglobalizando.

 

 

La causa y el régimen

Eso no está sucediendo porque un día se levantaron con otro ánimo y cambiaron de parecer. El ex Presidente norteamericano Donald Trump primero, y el actual Joe Biden ahora, aún con sus marcadas diferencias, cantaron el “no va más” porque se vislumbró la tendencia que amenazaba al grueso de la sociedad civil de su país de ir yendo derecho a hacer cola a las ollas populares, con ingredientes chinos para abaratar, exceptuando a aquellos que encontraban empleos como sirvientes de los gatos gordos o los que habían emigrado siguiendo a las multinacionales deslocalizadas. La aduana es la condición necesaria para revertir este proceso al inhibir que entren los bienes baratos. Davos dio cuenta de eso. Es a ese ir y venir absurdo de mercancía que llamaron globalización y la enjoyaron con cadenas de valor.

Eso no es todo. Janet Yellen, secretaria del Tesoro de Estados Unidos, viene abogando por un impuesto mundial que impida evadir al fisco en las guaridas fiscales. Este objetivo todavía no cuajó, no obstante, los norteamericanos parecen empeñados en consumarlo. Estos eventos se dan en medio de una curiosa coincidencia entre la primera crisis del petróleo (octubre de 1973) y la disputa geopolítica con centro en Ucrania. Los dólares que el mundo necesita para funcionar los recibe entregando bienes reales. Va así sin problemas, hasta la saturación de las necesidades de la circulación mundial, teniendo en cuenta el crecimiento secular de esa circulación. Posiblemente, la cantidad de oro en las reserva de los bancos centrales enlistados a modo de ejemplo esté diciendo algo de esto.

Específicamente, ¿qué? Para no sacar conclusiones apuradas, vale considerar que si el déficit comercial norteamericano se mantuviese igual al grado de expansión en que se incrementa la economía mundial, los bancos centrales estarían obligados a adquirirlos para ajustar sus reservas con relación al nivel de actividad. De la misma manera lo hacían en la época de plena vigencia del gold standard integral o del gold exchange standard, pese a que en aquellos tiempos el instrumento de reserva haya sido igualmente estéril: en el primer caso, a causa de la naturaleza del metal; en el segundo, a causa de la obligación que imponía la ley de mantener sus reservas en forma ultra-líquida no remunerada. Es más, si el déficit norteamericano corriente fuera significativamente inferior a la apuntada tasa de expansión de los intercambios internacionales, entonces habría insuficiencia de dólares (aunque la tasa de interés estuviera en cero, como estuvo cerca). Insuficiencia de dólares hubo ni bien terminó la Segunda Guerra, ocasión en la que el resto del mundo, lejos de rechazar esta moneda, solicitó un complemento bajo la forma del Plan Marshall.

 

 

 

 

Ahora bien, los dólares que se van de Estados Unidos dejan de ser activos monetarios para convertirse en activos financieros (son remunerados), porque hay que mover el sistema bancario para procurarlos. Es aquí donde aparece el papel crucial de los intereses, en razón de que su tasa normalmente supera la tasa de crecimiento del comercio mundial. Este superávit de intereses hace que los dólares de la economía mundial se vuelvan gradualmente súper abundantes, y por lo tanto reembolsables: los norteamericanos se verían obligados a pagar con bienes reales los dólares de su deuda externa. El grueso de la enorme cantidad de dólares volcados para paliar la crisis de 2008 se bancó con intereses en la zona del cero y quedaron dentro de los Estados Unidos. La anomalía fue que el comercio mundial creció más que los dólares como activos financieros remunerados y más que el déficit comercial norteamericano.

Por la inflación, y más que por la inflación, por la necesidad de revalorizar el mercado interno (la desglobalización), esto llegó a su fin y el déficit comercial debería ser más grande que la expansión del comercio mundial. El cese de Bretton Woods y la desglobalización coincidieron con la crisis del petróleo y Ucrania, que vía inflación global le crean demanda al dólar. La descomprimen, obliga a la Reserva Federal de Estados Unidos (FED) a subir la tasa y que todo el mundo financie su expansión fiscal. Estas dos veces, la suerte estuvo del lado norteamericano.

Resta que los liberales argentinos no se den por enterados de nada y sigan tan librecambistas como siempre, haciendo –ni bien puedan– las grandes macanas a las que nos tienen acostumbrados.

 

 

 

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