De cara a la crisis: un esbozo estratégico

¿Memorias del futuro?

          

El 23 de abril del año 2000 fui invitado por Jorge Remes Lenicov —entonces Diputado Nacional por el PJ bonaerense y dos años después Ministro de Economía de la Nación en el período inmediato posterior al derrumbe del “régimen de convertibilidad— a una reunión con varios economistas de su partido, varios de los cuales habían cumplido importantes funciones durante las gestiones de Carlos Menem y Domingo Cavallo. Llevé a la misma una posición escrita que distribuí entre los presentes. Salvo el caso de Jorge Remes, no recibí comentarios de los presentes en aquella reunión, realizada en la sede Central del Banco de la Provincia de Buenos Aires, acerca de este escrito personal –inédito hasta el presente— que se reproduce a continuación. El eventual interés de este breve documento finca en las presentes críticas circunstancias nacionales (2015-2018, por el momento) y sus perspectivas, las cuales –esto es obvio— no deben ser comparadas de modo mecánico y superficial con las de entonces (1998-2001). La visible proximidad de una crisis mayor, para quien quisiese verla, suscitó entonces la redacción de este “texto de urgencia” como parte de un esfuerzo de reflexión y acción que apuntó a intentar evitar primero y luego encarar el estallido de una crisis nacional histórica de gran magnitud. Sin resultado relevante alguno en su primera fase, la previa al estallido, y con consecuencias muy opinables en la segunda (cuya análisis no forma parte de estas líneas). El texto distribuido de modo limitado en abril del 2000 tuvo el mismo título que el que aquí se transcribe.

 

Aclaraciones para facilitar su lectura: 1.- Los valores expresados en pesos se deben convertir en dólares de entonces “1 a 1”; 2.- Los dólares corrientes del año 2000 deben multiplicarse por 1,5 para convertirlos en aproximadamente equivalentes a los de hoy; 3.- Para el caso de los valores en dólares de los activos offshore de los residentes argentinos, ver al final del texto la nota *]

 

0.- Estas líneas son respuesta a la invitación de un grupo de amigos preocupados por la crisis nacional y –se supone— interesados en sumar esfuerzos y asumir tareas personales (incluída la revisión crítica de las propias responsabilidades, ya sea por comisión u omisión, en el largo período de su maduración, en la década pasada), más allá de los límites partidarios. Si no fuera así, la invitación habría errado: como ustedes saben, soy un peronista histórico, independiente desde hace más de una década (además, muy difícil de “empaquetar” y poco diestro para fingir).

1.- Parece una obviedad recordar que la crisis es sistémica y, como tal, requiere un abordaje múltiple y complejo. Esto es bastante compartido por las visiones no ideologizadas. Se supone además que no tiene sentido abordar en este papel sus facetas más exploradas: déficit de competitividad; debilidad de la administración y desbalance de la estructura tributaria; los problemas del crédito y la monetización, la falta de la inversión reproductiva y empleo, la ausencia de reforma estatal y la demora del rediseño federal; los límites de la integración regional, nuestro único camino y (a la vez) escudo hacia la globalización (un camino distinto de la rendición incondicional, se entiende).

2.- Creo que el debate “cambiario”, tal como suele plantearse (“devaluación vs. dolarización”, p.e), no tiene el menor sentido. Las opciones acerca del régimen cambiario/monetario sólo ganan entidad en el marco de un explícito escenario estratégico: p-e-, “dolarización para abrazarse ya y definitivamente a los EEUU”, con sus más y sus menos claramente explicitados en todos los planos y horizontes relevantes (corto, medio y largo plazos). Y cuando son planteadas en conjunto con el amplio dispositivo de políticas necesarias para darles sustento. Por otra parte, resulta inimaginable una salida elegida y convencional de la Convertibilidad; lo más probable, en todo caso, es que “los mercados” terminen con ella.

3.- En el análisis de la crisis y, sobre todo, en las propuestas de salida, es usual que se subvalúen dos cuestiones estrechamente vinculadas:

  • el altísimo nivel de evasión tributaria y aduanera (digamos $ 35.000 millones y 12 puntos del PBI), relacionado con la fuga de capitales ($ 12.000 millones/año en los picos del último quinquenio, para un stock de activos argentinos en el exterior estimado hoy entre $ 105.000 y $ 150.000 millones * );
  • la dinámica y el nivel de la deuda pública y privada (que ya suma unos $ 160.000 millones) y de su servicio. (Sólo en la pública alcanza los $ 12.000 millones/año, ¾ de la administración central y alrededor de ¼ de las provincias.)

4.- Con un nivel de déficit fiscal consolidado de unos $ 11.000 millones (1999), necesidades de financiamiento anual de alrededor de $ 21.000 millones (suponiendo $ 18.000 millones nacionales y $ 3.000 millones provinciales) y una dinámica de crecimiento de la deuda pública del orden de los $ 11.000 millones/año ($ 9.000 millones/año la nacional, con $ 5.000 millones debidos al déficit y $ 4.000 millones “extrapresupuestarios”, y unos $ 3.000 millones/año la provincial), resulta poco menos que patético presentar el problema argentino como una cuestión de mero “desequilibrio fiscal”.

5.- Con una desocupación estructural que oscila entre el 12 y el 15 % ( y un nivel de subocupación que coloca a más de un tercio de la población activa entre los argentinos con graves problemas de trabajo), una tasa de inversión un tercio más baja (como mínimo) que la necesaria para dar cierta sustentabilidad al sistema económico, un coeficiente de apertura que hace tiempo está estancado en la mitad del mínimo requerido y un saldo de comercio que (estimulado por la recesión interna) alcanzaría –en el mejor de los casos— un nivel equivalente al décimo de las necesidades de financiamiento ($ 2.000 millones), la situación nacional no debe ser definida como afectada por “una demora en la reactivación”. Esto se parece más, por el momento, a una “trampa deflacionaria” producto del estrangulamiento del proceso de crecimiento.

6.-  La cuestión más importante parece entonces, antes que nada, esclarecer el diagnóstico: el fin del ciclo político-económico del menemismo (con sus costos demorados pero muy gravosos) y la reversión del escenario financiero global no han desembocado en una crisis coyuntural, sólo tornan crudamente visible la crisis estructural subsistente (algunos de cuyos rasgos, esto es obvio, Menem a su vez “heredó”). Si al cambio financiero siguiese un ajuste drástico en el curso de la economía norteamericana, la perspectiva de complicaría aún más para nosotros.

7.-  Argentina no parece tener un “modelo de acumulación” con alguna estabilidad dentro de sus límites nacionales; sí se puede verificar el funcionamiento a régimen de un eficaz sistema de bombeo de riquezas hacia fuera. Las soluciones a un problema de este tipo nunca son fáciles. Por lo pronto, si bien puede comenzar a actuarse “dentro” de las fronteras nacionales, el alcance de las políticas económicas locales no parece suficiente para hacer frente al desafío. Argentina parece necesitar (¿cómo obtenerlo rápido?) un “escudo regional”, una cruda redefinición de sus fronteras económicas y –también— un nuevo “trato global”. De otro modo, no veo salida de fondo.

8.-  A modo de ejemplo. La economía negra oscila entre el 30 y el 40 % de la total; no parece casual que su tamaño sea similar al de la evasión tributaria consolidada (digamos entre 35 y 40 % de la recaudación potencial). Un tercio del flujo de evasión y de la economía negra alimentan los picos de la fuga de capitales (estimados en unos $ 12.000 millones/año, como ya señalé). Las filiales locales de la banca transnacional (y también las externas y sus casas matrices) canalizan la doble evasión y aseguran el tranquilo disfrute de su renta a los residentes propietarios. Simultáneamente esas mismas, sacrosantas instituciones colocan los bonos públicos argentinos entre los inversores globales: básicamente, residentes de la UE y los EE.UU. y, en buena medida, también argentinos. El sistema es, a la vez, inestable y perverso. No parece “cerrar”; ni para la economía, ni para la sociedad, ni para la política (la de largo aliento, al menos).

9.-  ¿Cómo lograr el “cierre”?. Quizás con el nuevo “trato global” –ya mencionado— al que podría intentar llegarse con un buen “escudo regional”. Solos, parece imposible. La alternativa a este “nuevo trato”, creo que no deseable para nosotros ni para nuestros acreedores, parece ser el default y la posterior “reprivatización de la deuda argentina”, a través del posible embargo y posterior cobro de lo adeudado por parte de los residentes de la UE y los EE.UU. de la liquidación de los activos poseídos por residentes argentinos en el exterior. (Los países centrales saben, a diferencia de nosotros, el “cuánto”, el “de quién” y el “dónde” y también sabrán, en el momento oportuno, evitar su emigración a paraísos fiscales o “repatriarlos” desde ellos.) ¿ Para qué llegar a esta situación traumática ? Con un adecuado “trato global” esto podría hacerse gradual y civilizadamente: “dame la información necesaria, inmovilizame esos activos ahí, cambiá esas normas allá, colaborá, y te sigo pagando”. Con esto solo no alcanzaría: un “Marshall en miniatura” sería necesario para reprogramar, por unos cinco años digamos, alrededor de la mitad de los intereses que se devenguen (vale decir, unos u$s 5.000/6.000 millones por año) y poder retornar a la inversión pública, encarar con “red de protección” la reforma tributaria y las políticas activas posibles (muy selectiva y controladamente). Como contrapartida deberíamos hacer todo lo pendiente (ver punto 1), en especial la reforma política (nada de cometa privada para los partidos), la del Estado y la federal (con déficit provincial cero).

10.-  El principal problema de los políticos criollos es que no parecen siquiera plantearse buena parte de los problemas relevantes y, por lo tanto, se equivocan –necesariamente— en la búsqueda de las soluciones. Para ellos parecen escritas las siguientes palabras de un pensador que hemos conocido de niños y nos impactó en la adolescencia: 

”La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer el diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”. Groucho Marx. 

 

 

* Con respecto a esta estimación caben tres observaciones: a) Por un lado, la ya señalada al inicio en el sentido de que –casi 20 años después— los dólares de entonces deben multiplicarse, grosso modo, por 1,5 para llevarlos a valores de hoy; b) Por el otro, desde entonces el ritmo anual de la “fuga de capitales” se elevó; y c)  Además se apeló entonces a la única fuente disponible, la oficial, que ha venido resultando —de modo sistemático y desde que hay estimaciones alternativas— del orden de la mitad de las más verosímiles de ellas, tanto de origen local como externo. (En tiempos de mi escrito no había comenzado mis estudios acerca de la cuestión de la “fuga de capitales”; los inicié en el CEFID-AR, hacia el año 2005.) En la actualidad, el monto total de los activos offshore de residentes argentinos se estima en u$s 500.000 millones (Gaggero J., 2017)

1 comentario
  1. Ricardo Alberto Comeglio dice

    ¿Cómo se saca la cuenta real del déficit fiscal? ¿Qué es “fiscal” en esa cuenta?
    ¿Por qué no empezamos a decirnos las cosas definiéndolas, porque estoy podrido de escuchar hablar de déficit fiscal y no saber a qué se define como “fiscal”.
    La educación, la salud, la seguridad, la justicia y la política ¿son gastos fiscales?
    Si lo son, entonces por qué podría ser que se tiene déficit sobre algo que sin lo cual no seríamos Nación.
    ¿No es eso “inversión fiscal” en lugar de “déficit fiscal”?
    Si el sueldo de un agente de policía, un integrante de las fuerzas armadas, un miembro del sistema de salud, un educador, un agente público, es “déficit”, entonces ¿qué es inversión para ser Nación?
    Y una pregunta aún mejor todavía. ¿Bajar el déficit fiscal sería igual a dejar de tener salud pública, educación pública, seguridad pública y política pública?
    Es decir ¿bajar el déficit sería igual a dejar de ser Nación?
    ¿Par qué bajar el déficit si con eso dejamos de ser Nación?
    No lo entiendo realmente.
    ¿No sería mejor decirle a la gente la verdad e indicarles que dejamos de ser Nación por ser inviables fiscalmente?
    O a lo mejor se animan a ser políticamente incorrectos y acometen la verdadera decisión patriótica que tomaría cualquiera de nuestros prohombres con los que la Nación se constituyó, es decir, repatriar compulsivamente aquellos fondos radicados en el exterior o expatriar a sus dueños en el caso de negarse a hacerlo.
    ¿Par qué seguir siendo compatriotas de quienes no quieren serlo? Démosle lo que quieren, quitémosle la condición de ciudadanos de esta Nación a la que no quieren, no le tienen confianza, no empatizan con sus habitantes y consideran insegura financieramente.
    Dejémoslo ser lo que quieren ser, que no es ser argentinos, precisamente.
    ¿Habrá políticos de raza que se animen a hacer lo que hay que hacer o seguirán pidiéndole al pueblo común que se esfuerce y haga el ajuste?
    ¿Hasta cuándo Sres.? ¿Hasta cuándo se creen que vamos a seguir aguantándolos sin el escarmiento necesario?

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