De Discépolo a Schubert

La música que escuché mientras escribía

 

No se por qué esta semana recordé una escena de la obra que más me impactó del teatro argentino: Stefano, de Armando Discépolo. Entre los privilegios de mi vida está haber gozado durante sus últimos años de la amistad del autor y de su compañera, la actriz y cantante Aida Sportelli. Aída tenía veinte años menos que Armando, pero se vino a pique sin él y apenas lo sobrevivió tres meses.

Siempre de severo traje oscuro y corbata, la picardía brillaba en los ojos de Armando, a quien pasaba a buscar por Argentores para irnos a tomar algo y charlar. Una tarde me dijo que teníamos la misma edad. «Usted 28 y yo 82».  Le gustaba que un chiquilín leyera con devoción toda su obra y quisiera conocer cada detalle de su creación. Por el contrario, nada lo hacía sufrir tanto como la maledicencia de quienes pretendían que había robado textos e ideas de Enrique, su hermanito catorce años más chico, a quien crió como si fuera su hijo. Esas falsedades retumban hasta hoy entre las paredes de una grieta que nunca fue de ellos, porque Discepolín era peronista (murió cuatro años antes del golpe criminal de 1955), y Armando no se sintió incómodo con los fuegos culturales de artificio lanzados por los fusiladores a partir de entonces.

 

Armando a los 82, con el autor, a los 28.

 

 

Con la prepotencia periodística de la década de 1960, que hoy por contraste hasta puede parecer muy seria, en el estudio que le dediqué en la revista Confirmado, años antes de que Viñas publicara su ensayo, lo presenté con un obvio Padre del Teatro Argentino. Me había deslumbrado la puesta que el propio Armando dirigió en el bellísimo teatro Cervantes, con Carlos Muñoz como ese músico italiano de enorme talento, a quien todos consideran predestinado al éxito pero que fracasa en todos y cada uno de sus intentos, que lastima a quienes más ama, sus padres, su esposa, sus hijos, su discípulo. «El canto se ha perdido; se lo han yevao. Lo puse a un pan. .. e me lo he comido. Me he dado en tanto pedazo que ahora que me busco no m’encuentro.. No existo. L’última vez que intenté crear —la primavera pasada— trabajé dos semana sobre un tema que m’enamoraba. …Lo tenía acá …(corazón ) fluía tembloroso. (Lo entona.) Tira rará rará. …Tira rará rará. …Era Schubert. L’Inconclusa. Lo ajeno ha aplastado lo mío».

Schubert, que nació 90 años antes de Armando  y murió de fiebre tifoidea a los 31, es el primer gran compositor de la historia que no fue ni director ni concertista, aunque tocaba muy bien el piano y el violín, escribió el crítico del New York Times Harold C. Schonberg (nada que ver con el músico Arnold Schoenberg). Todos los testimonios contemporáneos dicen que componía a una velocidad pasmosa.

A los 19 años por primera vez cobró por componer una cantata, pero nunca tuvo lo suficiente como para comprar un piano. ¡Tampoco lo necesitaba para componer, decía que lo distraía!  Ninguna de sus sinfonías y óperas se publicaron mientras Schubert vivía, sólo uno de sus quince cuartetos de cuerdas, tres de sus 21 sonatas para piano, una de sus siete misas, y menos de un tercio de sus 600 canciones. Debieron pasar cuarenta años para que  el mundo descubriera la colosal dimensión de su obra. Poco menos de un centenar de sus lieder fueron compuestos sobre poemas de Goethe, pero el amor no era correspondido. A Goethe no le gustaban ni las canciones de Schubert ni las de Beethoven sobre sus poemas. En cambio celebraba las de Johann Friedrich Reichardt. Me juego la cabeza a que no tenés idea de quien fue, y te aseguro que podés seguir así sin problemas. Nadie es perfecto, ni Goethe.

La sinfonía inconclusa no fue lo último que escribió Schubert. Entregó la partitura a la sociedad musical de Graz, que lo había designado como miembro honorario, en 1822, seis años antes de su muerte. Por qué sólo tiene dos movimientos en lugar de los cuatro habituales es un misterio al que en dos siglos se le han dado diversas respuestas. Las más plausibles son que

  • las sintió tan logradas que le pareció suficiente, o que
  • el compositor Anselm Hüttenbrenner, que debía entregar la partitura a la sociedad musical, haya perdido esas partes. De hecho, recién entregó lo que tenía en 1865, a un director que le prometió a cambio ejecutar también una obra suya.

Me entretuve con distintas versiones de la Inconclusa. Me parece que las de mayor calidad técnica de grabación son las de Wolfgang Sawallisch, con la Staatskapelle de Dresden, y la de Claudio Abbado con la Orquesta de Cámara de Europa. Pero la que me estremece es la que Wilhelm Furtwangler grabó en 1953, en monoaural, con la Filarmónica de Berlín, a la que volvió a dirigir luego del proceso de desnazificación al que fue sometido, sin que le formularan cargos. Durante el interrogatorio dijo que le preocupaba que su arte fuera mal usado como propaganda, pero prevaleció el deseo de preservar la música alemana, que “debía ser ofrecida por sus propios músicos al pueblo alemán, compatriota de Johann Sebastian Bach y Beethoven, de Wolfgang Amadeus Mozart y Franz Schubert”, que vivía “bajo el control de un régimen obsesionado con la guerra total. Nadie que no haya vivido aquí en aquellos días posiblemente pueda juzgar cómo eran las cosas».

Y como yapa un par de minutos de ensayo de Furtwangler con la Inconclusa. Sospecho que me va a llevar un tiempo desprenderme de Schubert, pero eso lo iremos viendo sobre la marcha.

 

 

 

 

 

 

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