De fiebres y alucinaciones

Estrepitosa desconexión entre el discurso publicitario neoliberal y la realidad

 

“Ayúdenme, ustedes que son el progreso humano encarnado, a hacer de la Argentina la nueva Roma del Siglo XXI”. Fue la exhortación lanzada en las palabras finales del discurso del Presidente de la Nación, Javier Milei, en la Fundación Milken, en Estados Unidos.

Michael Milken es un hombre que hizo su fortuna en las finanzas norteamericanas en la década del ‘80, apostando a los llamados “bonos basura”, es decir activos financieros de dudosa calidad y solvencia, y cobrando enormes comisiones para colocarlos en el mercado. Su auge como gran financista terminó en una estrepitosa bancarrota, por la cual la Justicia norteamericana lo sancionó con diez años de prisión luego de presentar más de 80 cargos en su contra, de los cuales Milken admitió seis. Al mismo tiempo, el gobierno de Estados Unidos prohibió que volviera a hacer incursiones en el mundo financiero y en Wall Street.

En el país del norte, desde Ronald Reagan en adelante, la profesión de financista se ha transformado en un bill de impunidad, por más graves que sean los delitos cometidos. Hoy Milken está en libertad luego de haber pasado sólo dos años en prisión, disfrutando de una fortuna mínima estimada de 700 millones de dólares, producto de juegos financieros que merecieron el repudio legal de la sociedad norteamericana.

A un foro sostenido por esos dineros fue a hablar el Presidente argentino, que considera héroes a quienes la sociedad normal considera delincuentes, sean mafiosos, estafadores, fugadores de divisas o evasores impositivos. Los disvalores sociales de Milei no son una nota anecdótica, y reflejan impúdicamente los de un sector social que considera naturales varias de esas prácticas, a las que identifica con el “verdadero capitalismo”.

El discurso del libertario consistió en la repetición de una serie de tópicos publicitarios ya tradicionales en la derecha global, lugares comunes que hablan sobre el emprendedorismo, la libertad y la prosperidad, cadena virtuosa de resultados garantizados que no se verifican en absolutamente ninguna parte. El Presidente se explayó luego reiterando falsificaciones históricas sobre la economía del mundo y de la Argentina, sazonando esas ficciones con consideraciones filosóficas obsoletas que pueden seducir a algún incauto.

A quienes han sido formados en la ideas provenientes de la ilustración y la modernidad les cuesta admitir y asimilar que, para esta derecha financiera global, retrógrada y aventurera, el concepto de verdad se identifica con la repetición infinita de las ideas que expresan sus intereses, debidamente maquilladas, hasta que los sectores sociales subordinados las comienzan a reproducir como si fueran sus propias conclusiones sobre la vida y la economía.

No es un proceso de razonamiento el que se requiere, sino perseverancia y potencia comunicacional. El actual Presidente argentino actúa y se presenta como parte de ese dispositivo de adoctrinamiento global.

La exhibición de un fuerte reaccionarismo ideológico no fue casual en un ambiente de negocios cuya jerarquía estaba definida por el nombre Milken. Milei exclamó en algún momento de su alocución que “la responsabilidad social del empresario es ganar dinero”, agregando la fantasía de que “eso sólo se puede hacer generando mejores bienes y servicios”. La desconexión entre el discurso publicitario neoliberal y la realidad es tan estrepitosa que pudo repetir este texto de escuela primaria en la Fundación de un delincuente económico probado, que precisamente ganó cientos de millones de dólares haciendo cualquier cosa menos generar “bienes y servicios de calidad”.

En otro párrafo incluyó un mensaje al empresariado argentino: “La ventana de oportunidades para nuestra nueva fiebre del oro (sic) no será eterna. Es hoy. Es ahora. Por eso les digo también a los empresarios argentinos (que) no se duerman en sus laureles. Porque encontrarán que hay actores de afuera con más capital y mayor capacidad de asumir riesgo, dispuestos a hacer las inversiones que el país necesita”.

Este párrafo es muy importante, porque nos permite avizorar la perspectiva de la Argentina si siguiera la actual orientación económica y geopolítica: el alto empresariado argentino hace décadas que “se durmió en sus laureles” –que serían los beneficios que consiguen a costa del resto de la sociedad, manejando el Estado y el sistema político– y hace rato que también demostró que no está dispuesto a realizar inversiones significativas –como se pudo observar, concretamente, durante el macrismo–, salvo que el Estado se las financie generosamente.

Según sus propias afirmaciones, Milei parece estar completamente convencido de que los “actores de afuera” están mejor dotados, tanto en recursos económicos como en su disposición para invertir en el país, que los locales. Lisa y llanamente, la perspectiva mileísta sobre el futuro económico nacional es que “nuestra nueva fiebre del oro” desembocará en una profunda extranjerización de los principales recursos naturales del territorio nacional, ya que esas serían las inversiones realmente factibles “que el país necesita”.

Corresponde agregar aquí que ese escenario eventualmente podría verificarse en caso de que se crearan las condiciones políticas e institucionales necesarias para que “los actores de afuera” –dentro de los cuales el neoliberalismo no diferencia entre grandes corporaciones productivas y timberos expertos– perciban que pueden aterrizar en un territorio que fue despejado de potenciales peligros sociales y políticos, lo que garantizaría una pacífica extracción de riquezas durante largas décadas.

Lo que traslada la discusión política relevante a dilucidar si este gobierno está siendo capaz de generar esas condiciones adecuadas a la inversión masiva por parte del capital internacional, especialmente norteamericano, en nuestra economía.

Descartado el liderazgo del gran capital local en un proceso inversor genuino de largo plazo, y diezmado el capital productivo nacional mediano y pequeño por la política económica súper agresiva contra el mercado interno que está desplegando el mileísmo, sólo queda aplanar la tierra local para que aterricen las fuerzas extractivas del norte global.

 

Alucinaciones

Varias notas que viene publicando El Cohete han sido clarísimas en cuanto a las ficciones en las que se basan los “éxitos” del actual esquema económico.

Es ficticio el superávit fiscal, construido en base a impagos y privaciones sociales y regionales insostenibles.

Es ficticio el nivel y la estabilidad del dólar oficial, sostenido en base a recesión, postergación de pago de importaciones y timba especulativa transitoria de corto plazo. Por lo tanto, también es ficticio el nivel de reservas “acumuladas” que exhibe el gobierno.

Y es también ficticia la estabilización de precios, que por ahora es sólo una reducción en la velocidad de su aumento, forzada por la aguda contracción del mercado interno, la caída de la demanda y la artificialidad del ancla cambiaria.

Toda esta ficción sólo se sostiene por la condescendencia de los poderes económicos locales y de sus medios de comunicación con un gobierno que les prometió, a través del DNU y la ley Bases, una piñata de negocios descomunal.

Lo que en cambio es muy real es el derrumbe de la actividad productiva, que registró una caída en la actividad industrial del 21% en el primer trimestre del año, comparada con similar período de un año atrás, y un desplome de la construcción, que bajó un estremecedor 42% en relación al año pasado.

Los impactos económicos y sociales de esta demolición productiva que está haciendo el gobierno liberal empiezan a registrarse en las constantes noticias de despidos, cierres de empresas y dificultades para sostener la cadena de pagos en actividades productivas y comerciales en diversos lugares del país. Incluso en sectores vinculados a la actividad agropecuaria se observan síntomas de declinación, porque los productores pequeños y el entramado productivo rural también sienten el rigor del cambio de precios relativos impulsados por la política económica del “Messi de las finanzas” que ocupa el Ministerio de Economía.

La misión que le ha dado el Presidente que lidera la “nueva fiebre del oro” argentina es juntar todos los dólares posibles para avanzar hacia la meta cada vez más lejana de la dolarización.

Su primer instinto, casi se diría su metier, ha sido ir a pedir fondos a cuanta fuente –occidental– hubiera disponible, sin resultados palpables. Todos recibieron con simpatía las ideas de salvajismo capitalista del flamante Presidente, pero esperan para ver si tiene sentido arriesgar miles de millones en una aventura que hasta ahora les genera más temores que la fiebre inversora necesaria. No ven consolidada la actual aventura.

Por lo tanto, para cumplir la misión de juntar dólares –sin crédito externo–, Caputo debe obtener la mayor cantidad de pesos posibles para comprar la mayor cantidad de dólares posibles, en un plazo perentorio, dado el desgaste político.

Hasta ahora consiguió colocar el dólar en un precio barato para que el gobierno pueda maximizar sus compras, gracias a promover una bestial contracción de la economía, y a aplicar frenos administrativos al pago en dólares de las importaciones que se están efectuando.

Pero el drama comienza a precipitarse por el lado fiscal. El ministro tiene que comprar dólares en una economía que se contrae, y donde los ingresos tributarios empiezan a contraerse de la mano de una recaudación declinante arrastrada por la contracción constante del mercado interno. Los números de marzo fueron alarmantes en ese sentido.

Salvo el agro, que muestra números positivos en relación a la pésima situación que atravesó el año pasado por la sequía, el resto de la economía genera cada vez menos ingresos fiscales. Fuera de los que creen en la V mágica, en ese rebote económico que ocurrirá no se sabe por qué motor divino, el resto de los analistas ve serios nubarrones en materia de equilibrio fiscal.

Sin ningún factor reactivante significativo a la vista, algunos se ilusionan con que la baja de la inflación puede provocar un efecto equivalente a un aumento del poder adquisitivo de los salarios. Algo de eso ocurre cuando se pasa de una inflación del 30% al 3%, como ocurrió con el Plan Austral. Se reduce notablemente la “desintegración” del salario durante el mes. Pero no es el escenario actual, donde la inflación va bajando lentamente y por lo tanto no habrá ese efecto alivio contundente que puede provocar un rebote significativo de la demanda.

 

 

Chirridos

En estos días, los ruidos del choque entre la ficción y la realidad se escuchan con nitidez.

Según el diario Ámbito Financiero, “el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Embajada de los Estados Unidos, el Departamento de Estado y el Departamento de Energía de ese país expresaron sus preocupación por la ‘ruptura de contratos’ energéticos en la Argentina, luego de que el gobierno nacional ofreció a las generadoras de energía un quita del 50% de la deuda de casi U$S 1.000 millones y pagar el resto con bonos. Así lo afirmó el presidente de AES Argentina (AES Corporation es una firma multinacional especializada en la generación y distribución de energía eléctrica), Martín Genesio, en medio de la polémica entre el gobierno y las generadoras eléctricas, luego de que la Secretaría de Energía de Eduardo Rodríguez Chirillo instrumentara el pago de la deuda por subsidios con el bono AE38, que implica una quita del 50% según las empresas”.

Lo habíamos anticipado oportunamente: los pagos de la energía eléctrica que estaba postergando el gobierno para inventar un superávit fiscal inexistente tenían que ser regularizados en algún momento. El gobierno parece haber elegido una estrategia de “reperfilamiento” de su deuda energética, que se acaba de encontrar con el enojo de toda la plana mayor económica de los Estados Unidos.

Tampoco se podrá sostener políticamente la magia de no mandar recursos a las universidades nacionales, ni a las provincias, para gastos elementales. La foto embustera del primer trimestre es irrepetible. No se le puede mentir ni estafar a todos, todo el tiempo.

 

 

El dólar, en la Argentina, es un tigre de papel

Lo insólito de la actual situación macroeconómica radica, además, en el incremento acelerado de los precios internos en dólares, lo que descoloca a la producción nacional frente a productos de otros lugares del mundo. Se observa, por ejemplo, en la reversión del turismo de compras, por ejemplo, en dirección a Chile.

La moneda norteamericana pierde valor a paso acelerado contra los precios locales. Por lo tanto, nos encaminamos, eventualmente, a una estabilización con un tipo de cambio totalmente no competitivo para la producción industrial y para otros servicios.

Se repite la dinámica de la convertibilidad, donde los precios en dólares crecieron excesivamente durante el año previo, generando a posteriori un problema irresoluble dentro de ese esquema en la década siguiente, con grave daño para el entramado productivo nacional.

La inconsistencia de todo el esquema actual en el mediano plazo salta a la vista: a través del RIGI, el gobierno está promoviendo que las grandes inversiones extractivas que se efectúen en los próximos años en la Argentina no necesiten traer al país los dólares producto de las exportaciones que realicen; Caputo está promoviendo crecientemente desde abril el ingreso de productos importados para contener la voracidad remarcatoria de los agentes locales, y finalmente intentan estabilizar los precios consolidando un tipo de cambio completamente anti-competitivo, que desalentará las exportaciones con valor agregado.

Es un esquema insólito, que desestimula activamente el ingreso de dólares genuinos al país, mientras abre todos los canales para que se vayan de la economía local.

 

 

Ficciones publicitarias

Sólo la propaganda oficialista intensiva de los aliados del gobierno –que hoy son los actores centrales de la política argentina– y su disimulo frente a estas inconsistencias severas de las medidas que se promueven hace que no sea evidente para todo el país que hay que cambiar de rumbo ya para evitar un desemboque explosivo en lo económico y social.

Las fisuras que ya se observan en el esquema económico por ahora no han deteriorado en similar medida a la adhesión que una parte de la población tiene por la figura de Milei.

Leyes muy peligrosas para el bienestar del país están en trámite parlamentario en este momento, y sobre el Senado se ejercen terribles presiones de los lobbies empresarios para que terminen de ser sancionadas las normas que consagran sus nuevos privilegios.

El plano inclinado en el que se encuentra un gobierno, al que parece que se le acabó la nafta de su plan económico, no puede sino esmerilar su credibilidad pública, interna y externa. Los plazos y formas de este proceso son misteriosos, por la complejidad de la sociedad, sus ideas y sus sensibilidades.

Para curar las alucinaciones que produce la actual “fiebre del oro” del capital que ve a la Argentina como un mero negocio, es necesario que se le apliquen los paños fríos –aún insuficientes pero en desarrollo– de una movilización popular que muestre la presencia real de una sociedad que no puede ser reducida a ser un apéndice del apetito empresario.

En ese camino, parece necesaria y urgente la formulación de propuestas concretas y comprensibles para una mayoría que estará cada día más dispuesta a escuchar respuestas alternativas al desquicio del presente.

 

 

 

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