De irlandeses, partisanos y fantasmas

La nueva película de Martin Scorsese le dice adiós a un cine y a un tiempo que ya no es el nuestro.

 

Casi todas nuestras vidas comienzan como un cuento de hadas —la infancia suena a cajita de música, remite a suavidades y dulzuras, al asombro de los descubrimientos— y terminan como historia de fantasmas, cuando la vejez nos arrasa y ya no reconocemos al espectro que nos mira desde el espejo.

La mayor parte de los elementos que confluyen en El irlandés (The Irishman, 2019), la nueva película de Martin Scorsese, tienden a empujarla en la dirección de otro género: el relato de mafiosos que tan bien le sale, al estilo Goodfellas (1990) y Casino (1995). Allí está el elenco, lleno de estadounidenses de origen italiano que son veteranos del género: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, al que se suman nuevas generaciones de goombahs —como se les decía a los tanos en el norte—: el comediante Ray Romano, Domenick Lombardozzi (veterano de la serie The Wire) y Sebastian Maniscalco. También importa el libro en que se basa: I Heard You Paint Houses (Me dijeron que usted pinta casas, literalmente), el non fiction de Charles Brandt que recrea la historia del mafioso Frank Sheeran (1920-2003), un veterano de la Segunda Guerra que devino camionero, sindicalista y finalmente asesino al servicio de la famiglia Bufalino. Y esa banda de sonido tan a la Scorsese, llena de clásicos de Pérez Prado, Glenn Miller y Fats Domino que transportan de inmediato a una época ya mítica. Pero a pesar de esos ingredientes, El irlandés es ante todo un cuento de fantasmas: la historia de un hombre que está tan lejos de su infancia, que ya no puede recordar cómo era ser niño; que se va asumiendo como el último de una estirpe, y a quien sus pecados lo despojan de todo lo que era aun antes de que la muerte lo convierta en nadie.

 

 

Ghost Story

La película narra el derrotero de Sheeran (De Niro) a lo largo de décadas: desde la Segunda Guerra, pasando por los años ’50, durante los que aproxima a Russell Bufalino (Pesci); surcando los ’60 junto al líder del sindicato de los camioneros Jimmy Hoffa (Al Pacino, el personaje más entrañable por sus emociones y su sentido del humor) y llegando a comienzos de este siglo, con Sheeran en un hogar de ancianos y contando su historia a cámara, como si nosotros fuésemos el escritor Brandt, que recogió sus confesiones y las transformó en un libro. Esto forzó a Scorsese a hacer uso de la tecnología actual para rejuvenecer digitalmente a De Niro y Pesci. El truco se tolera, pero produce un efecto de extrañamiento que nunca se abandona.

 

El De Niro joven digital (arriba) y abajo el De Niro joven real.

 

Porque, en efecto, De Niro se ve más joven. Pero nosotros conocemos cómo era De Niro a los 30, a los 40, a los 50, porque venimos viéndolo en infinidad de películas desde hace décadas — y ese no es el hombre que aparece en la pantalla. Sheeran siempre es un tipo con cuerpo de viejo, que se mueve como un viejo. La misma tecnología habría habilitado a Scorsese a tomar otro camino: mezclar viejas imágenes de De Niro con las del rodaje actual, como se hizo con la finada Carrie Fisher en las últimas de Star Wars y alguien planeaba hacer hasta hace semanas con James Dean. Scorsese optó por privilegiar la actuación analógica del De Niro actual a la verosimilitud digital que le habría dado el otro truco. Pero al tomar ese camino produjo un efecto narrativo que, aunque imagino involuntario, colabora con el sentido profundo del relato: El irlandés es la historia de alguien que rememora su vida pero nunca puede recordarse joven de verdad — o sea ingenuo, o espontáneo, o idealista, o vivo.

Esto se percibe cuando uno compara con las otras películas de Scorsese que rondan la cuestión de la mafia, o al menos del crimen organizado. Tanto el Johnny Boy que De Niro interpreta en Mean Streets (1973), como el protagonista de Goodfellas y hasta el mafioso maduro que —otra vez De Niro— oficia de columna vertebral de Casino, disfrutan de aquello que hacen: ya se trate de la picardía del que decide burlar a la ley, del subidón que experimenta quien se sabe impune o del abandono sibarítico a los lujos que proporciona el dinero malhabido. Aunque se trate de una sensación fugaz, condenada a colapsar bajo el peso de la culpa o de la Justicia, en esos relatos existe goce. En cambio, en El irlandés no existe goce alguno. Lo más parecido al disfrute que exhibe es el placer compulsivo con que Jimmy Hoffa come helados.

Frank Sheeran no es un tipo dionisíaco: más bien es un everyman, un tipo sin otro talento que su capacidad de integrarse eficientemente a la maquinaria que lo emplea. Durante la guerra, sus superiores le han encargado que se deshaga de prisioneros alemanes y que —a sabiendas de que vulneran los más elementales códigos de decencia en batalla— sea discreto. Paradójicamente, al regresar a su país quienes lo contratan para hacer lo mismo que hasta entonces hacía en Europa en nombre del gobierno son los mafiosos. (De las posibles lecturas del film, me gusta la que sugiere que, de los ’70 en adelante, cada vez que el cine de USA quiere reflexionar en términos políticos apela a los relatos en torno a la mafia. Casi como si admitiese, sin darse cuenta del todo, que no se puede separar la política de su país de la cuestión del delito. Al menos desde la Ley Seca en adelante, explicar la historia contemporánea de los Estados Unidos requiere abordar la cuestión del crimen organizado — de la mafia tradicional a la bélica y financiera que maneja los hilos hoy.)

 

 

El Judas irlandés

Sheeran nació para ser soldado. Y a ese código se atiene, saltando de un ejército formal a otro —el sindicato de camioneros, los Teamsters de Hoffa— pero reservando su lealtad última a ese ejército informal que es la mafia. Su historia hace equilibrio sobre la cuerda tendida entre dos polos de autoridad: Russell Bufalino (Joe Pesci, soberbio en una actuación de una sobriedad que no le imaginábamos posible), el capomaffia, jefe de una eficiente organización delictiva; y el líder sindical Jimmy Hoffa, a quien se consideraba uno de los hombres más poderosos de los Estados Unidos. Ninguno de los dos era un santo. Hoffa negociaba con la mafia, manejaba los fondos de su gremio a piacere y no dudaba en burlar ciertas leyes si lo creía imprescindible para salirse con la suya. Pero lo que nadie podía negar era que había obtenido notables beneficios para sus trabajadores, a quienes había agrupado en lo que devino el gremio más poderoso del país.

El nuestro es un mundo que, desde sus grises que todo lo permean, ama pensarse en términos de blanco y negro. (El mal que aqueja a tantas agrupaciones que se pretenden de izquierda, y que las torna irrelevantes cuando no reaccionarias.) Pero Frank Sheeran cuenta con una ventaja que muchos no tienen: una suerte de brújula humana, en la forma de su hija Peggy. (Interpretada cuando niña por Lucy Gallina y de adulta por Anna Paquin.) De manera instintiva, y desde la más tierna edad, Peggy desconfía de Bufalino tanto como ama a Hoffa. Por debajo de la generosidad y de los modos tan afables como medidos del mafioso, ella detecta en Bufalino al hombre cruel para quien nada ni nadie importa más que procurar de su empresa el máximo beneficio. Pero en Hoffa —el líder carismático y expansivo, tanto como su ego y su ansia de poder—, Peggy ve algo más.

 

De Niro y el Frank Sheeran de la vida real.

 

Ella lo racionaliza, justificando su afecto por el gremialista a través de la consciencia de que Hoffa defiende en los hechos los derechos de su gente y mejora sus vidas. Sin embargo, en el fondo su elección es visceral. Entre los dos señores grandes que la bientratan, Peggy percibe la diferencia entre aquel que lo hace de manera calculada y aquel que lo hace porque siente genuinamente; entre aquel que no tiene corazón —perdón por plantearlo en términos infantiles, pero son aquellos que Scorsese elige— y aquel que tiene demasiado, hasta el punto de dejarse cegar por él. Hay un punto que el film no subraya, pero que eventualmente confluye con lo que marca la aguja de Peggy: una vez que entendemos hasta qué punto Bufalino es un líder frío y calculador, intuimos que empujó a Sheeran a ganarse la confianza de Hoffa precisamente porque era de origen irlandés y Bufalino sabía que Hoffa tenía prejuicios respecto de los tanos. Cuando llegue la hora de elegir entre Bufalino y Hoffa, esta diferencia que a diferencia de su hija Sheeran no ha percibido volverá a hacerse sentir. Porque Bufalino, el calculador, sabe ante qué poder se rendirá Sheeran; mientras que Hoffa, el sentimental, se resistirá a creer que alguien puede traicionar el afecto que ha prodigado hasta que sea demasiado tarde.

Y esto Scorsese lo anuda sobre el final, cuando Bufalino y Hoffa se dirigen a quien creen el hombre de su confianza con la misma frase, pero en un contexto que cambia por completo su sentido. Cuando Sheeran le informa a Hoffa que los mafiosos ya no lo toleran más y quieren que se retire por las buenas o por las malas, Hoffa no se preocupa por su suerte sino por la del irlandés: es Sheeran quien debe protegerse, le dice, porque «vos estás conmigo» (You’re with me) y esa proximidad puede suponer un riesgo. Poco después, una vez que Bufalino ha motorizado el asesinato de Hoffa —esto no es un spoiler, es lo que consta en los libros de Historia—, el mafioso le anuncia a Sheeran que su única opción es participar de la mecánica del crimen. Si cumple con la orden Frank y su mujer estarán a salvo, le dice, porque «vos estás conmigo». (You’re with me!) Hoffa usa la frase para expresar cuánto le importa el bienestar de quien considera su aliado; en cambio, Bufalino la usa para plantear una amenaza — sólo saldrás indemne, al igual que tu familia, si hacés lo que yo te ordeno.

Me tienta leer El irlandés (Nota al Pie: disponer del cine a través de plataformas como Netflix hace que la experiencia de ver se parezca cada vez más a leer — yo ya vi esta película dos veces y pico, regresando sobre ciertas escenas del mismo modo en que releo párrafos esenciales de una novela) como la reflexión de Scorsese sobre una masculinidad tóxica que cada vez es más parte del pasado. Peggy es un coro griego, cuya mera presencia recuerda al protagonista que sus decisiones preanuncian una tragedia. Imagino que por eso Anna Paquin, que es una actriz conocida, aceptó interpretar el papel a pesar de que casi no tiene texto. Su única frase relevante, que además suelta cuando se difunde la desaparición de Hoffa, es aquella con la que increpa a su padre: «¿Por qué?», le pregunta. Su sentido es puntual —Peggy le está preguntando por qué no ha llamado aún a Jo, la esposa de Hoffa, para expresarle su preocupación—, pero su sentido excede el contexto: en realidad le está preguntando por qué ha hecho todo lo que hizo — por qué durante su vida entera ha actuado contrariando lo que dice su propio corazón.

 

Joe Pesci y el Russell Bufalino real.

 

Como argentino, esta línea de lectura agrega otro elemento inquietante. Hoffa se desvaneció en el aire en 1975: nunca se supo qué fue de él ni se encontraron sus restos. La cercanía del hecho al inicio de nuestra dictadura, sumada al hecho de que Sheeran se refiere a Hoffa como «un desaparecido», al rechazo que Peggy siente y finalmente expresa por su padre —como las hijas de genocidas que aquí se organizaron bajo el mote de Historias Desobedientes— y a la negativa de Sheeran a colaborar con la Justicia y revelar dónde están los restos de su víctima, sugieren que los Estados Unidos no son el único país que para explicar su política debería asumir la cuestión del crimen organizado.

Y no sólo en referencia al pasado. Mi momento favorito es aquel en que Hoffa, mientras mira imágenes de la asunción de Kennedy, dice: «En esta vida, no existe nadie más indigno de confianza que el hijo de un millonario».

 

 

 

 

 

 

Adiós, Estado cruel

Más allá de las peculiaridades de su oficio, el drama de Sheeran es el mismo que ronda a cualquier ciudadano o ciudadana de un Estado contemporáneo. El relato institucional moderno sostiene que lo único que necesitamos para llevar adelante una vida plena es hacer lo que nos dicen, y hacerlo bien; y que el Estado es garante de este juego. (Vos hacé tu parte, nos alientan, que nosotros nos encargamos del resto.) Pero las crisis actuales de nuestros Estados-Nación —y esto aplica al entero espectro que va desde los Estados Unidos a Bolivia— ponen en evidencia que uno puede ser un ciudadano modelo y un trabajador eficiente y aun así quedarse sin laburo y cagarse de hambre, ser vigilado y hasta reprimido; y que, más allá del deseo de muchos de concentrarse en sus vidas individuales, hay multitudes que están expuestas al fuego cruzado de una disputa política de fondo que los compele a tomar partido, a pronunciarse — a dejar de ser prescindentes.

La tragedia de Sheeran pasa por el hecho de que, a pesar de todas las señales que desnudan la crisis de su sistema de valores, persiste en la obediencia a partir de la apreciación (¡ingenua!) de que después del temblor actual las cosas se reacomodarán, volviendo a ser como antes. Y esto es imposible por definición, porque en la vida —ya lo aclaró hace siglos Heráclito, a quien por algo llamaban El Filósofo Llorón— nada se repite de manera idéntica. Sheeran forma parte de ese club tan extendido entre nuestra especie de los que, ante la duda, repetirán el gesto que les funcionó en el pasado a pesar de la evidencia de que las condiciones han cambiado; los que por reflejo bajarán la palanca que ponía en marcha la fábrica aun cuando las máquinas hayan sido pulverizadas por las bombas. Por eso El irlandés es un film que revisita un pasado mítico, pero que no tiene nada de elegíaco.

No existe un sólo elemento romántico en su narrativa. En primer lugar, Scorsese se está despidiendo de un tipo de personajes. Frank Sheeran tiene más de un punto de contacto con Travis Bickle y Jake La Motta: el cine de Scorsese se ha dedicado obsesivamente al drama de los hombres que intentan sostener una masculinidad que ya no tiene sentido y por eso se enfrentan a un destino trágico, como en Taxi Driver y El toro salvaje. También se está despidiendo de ese género que tanto le rindió pero sin melancolía alguna, porque entiende que ha evolucionado y —como Peggy— siente que debe bajarle la cortina en la cara. Se trata de un pasado por el cual no podemos sentir nostalgia alguna, al que (¡como la vida hizo con Sheeran!) conviene arrumbar en una institución y, sin negarle el sustento esencial, esperar a que se extinga naturalmente.

 

Al Pacino y el Jimmy Hoffa real.

 

El irlandés es una película que, como un fantasma, vuelve a los escenarios de su vida para intentar comprender por qué se convirtió en alma en pena. Y también es el relato del final de una era, la del Estado contemporáneo entendido como un ejercicio de delegación, ese usted-dedíquese-a-vivir-que-nosotros-nos-encargamos-del-resto. El Estado como garante de un juego justo ha fracasado, alentando el surgimiento de los intermediarios, los middlemen —hombres, siempre— que ocupan el espacio que la inacción estatal deja vacío: mafiosos, milicos, financistas y usureros — pónganles el nombre que más les guste.

El tiempo que viene no deja muchas opciones. La realidad del 1% ultrarrico y del 99% de la humanidad que a diario padece dificultades o necesidades elementales no coexistirá en equilibrio mucho más. O vuelve un Estado de hierro, donde obedeceremos sin poder cuestionar la autoridad de quien manda, o colaboraremos con la creación de un Estado donde todos somos partisanos y la autoridad no se delega a ciegas en un funcionariado —la política es algo demasiado importante como para dejarla en manos de los políticos—, sino que se reparte entre la totalidad de los ciudadanos, conscientes de que deben defenderla a diario desde sus lugares de trabajo y también en la calle. En el fondo es muy simple: o l’état, c’est moi —el Estado soy yo, como decían los monarcas absolutistas— o l’état, c’est nous.

Pero para ese tipo de Estado, claro, todavía no existe un cine que lo cuente.

 

 

 

 

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30 Comentarios
  1. PALO dice

    Sr. Figueras Si existe un cine que lo cuenta.
    Ahora mismo Joker hace 40 años Blade Runner hace 50 años Rollerboll hace 70 años Ciudadano Kane y una larga lista en el medio

  2. Lelia Gonzalez Sieira dice

    Excelente comentario, ví la película en el cine y me dejo un dejo a nostalgia. Empaticé con las miradas de Peggy, porque son las miradas del pasado que tenemos les curioses. Gracias por las articulaciones con la historia, y por esa mirada sobre los cambios de este mundo que ojalá se incline a un estado que sea nosotros.

  3. Ricardo dice

    Excelente comentario, agradecido de estas conexiones y lecturas que planteas. Vi el sábado la película en Netflix (con inevitables interrupciones) y me gustó mucho pero me pareció que adolecía de cierta fluidez. Ayer volví a verla en la pantalla de Devoto y me di cuenta de que estaba equivocado. Es larga, sí, pero compacta. La actuación de Pacino me gustó un poco mas, sobre todo en la segunda parte, menos exaltado. Otro clásico.

  4. Angeles dice

    Además de todo lo que ya se dijo (en la nota, en los comentarios) me parece que la película trata de rememorar una historia que ya se ha olvidado, y así, el personaje de la hija del irlandés es como una metáfora de la memoria, de la conciencia. No es casual que sean las mujeres, en segundo plano, en silencio, quienes se presentan como un espejo, el único en el que Sheeran no puede mirarse…
    No me gustó el efecto de «rejuvenecimiento»…me aburrió, me cansó… no entiendo por qué Scorcese lo usa tanto.

  5. Santiago Aon dice

    De las mejores reseñas que leí de esta película, Marcelo. Me da la sensación que, al menos desde star wars en adelante, la producción cultural está fuertemente volcada a poner en superficie la ambigüedad. Joker parece la explicación del mal desde el bien (el camino al infierno está plagado de buenas intenciones). En ese sentido el irlandés creo que es sobre todo una película que habla sobre la lealtad. El sheeran del ejército habla de eso, el que obedientemnete ejecuta sin preguntar habla de eso (tanto que pesci le va a terminar explicando él el porque del asesinato de Hoffman cuando le dice sin que sheeran pregunte nada «…era el o nosotros…»), pero sobre todo queda en claro cuando el tipo incluso al final decide callarse (el día que él entra en la familia le preguntan si estaría dispuesto a tirar nombres para ahorrarse la cárcel, la misma escena se repite luego en la película). El silencio no es casual, toda la película parece armada desde la introspección del personaje (la primer escena es un acercamiento desde atrás de de Niro que gira y se lo queda mirando, mientras la ultima escena es un alejamiento de la toma a partir de la figura del actor, como si la película hubiese sido sólo un lapsus en que el espectador se puede adentrar en los secretos dela personaje). Espero no haber sido un tedio.

  6. lucas mendez dice

    Cuando estabamos viendo la pelicula mi novia, que tiene 35 años, me dijo «es una pelicula de viejos» claro le dije, es una gran pelicula de viejos.

  7. rafa dice

    Sin verla, sabiendo algo de la historia, y solo leyendo tu reseña me surgen algunas ideas todas mezcladas:
    1. Que también tal vez es una meta-reflexion de Scorsese sobre su propia relación de lealtad con su gente (de Niro, Al Pacino, Pesci).
    2. Que también es una reflexion sobre el estado y su relación con los movimientos laborales, sobre todo la enemistad manifiesta contra los sindicatos (en algunos estados como Indiana están prohibidos).
    3. En algún lugar también es una despedida a un tipo de cine y de temas que solo gente como Scorsese puede hacer. Un cine que hablaba de épocas en donde no había 1%-99%.
    4. El cine de ahora que continua esos temas seria Parasite?

  8. abel dice

    “El Irlandés” es un homenaje a la vejez, un film que muchos de ustedes vieron o verán, sentados en sus sillones, con las piernas apoyadas en la mesita baja y los dos últimos botones de la camisa desprendidos, no por descuido sino por la presión del abdomen, su deseo de protagonizar. Es un film lujoso desde todo punto de vista, costó 160 millones de dólares, comenzó a rodarse en 2017 y se terminó hace pocos meses porque los italianos Scorsese (77), De Niro (76), Pacino (79), Pesci (76), Keitel (80), que siempre anda con italianas, se meaban de la risa de un modo literal y se toqueteaban entre ellos totalmente drogados. En los contados momentos de lucidez recordaban a su maestro, Lee Strasberg (Israel Strasberg, Budánov, Ucrania, hijo de Ida y de Baruch) cuando debían ponerse malísimos.

    El film dura lo mismo que “Lawrence de Arabia”, aquel donde el divino de Peter O´Toole saltaba alegremente de camello en camello. Había un entreacto, me acuerdo muy bien, fue en el cine Lope de Vega, en la calle del mismo nombre. Salí a comprar garrapiñadas que eran más baratas en el kiosko que las que vendía el perverso chocolatinero, que le daba una comisión al dueño del cine. Pero a quien le importa, dejemos.

    El famoso lenguaje del cine es una música, nadie la toca mejor que Scorsese y “El Irlandes” es un premio para nosotros, que le chupamos las medias desde Taxi Driver. Es una fiessta, como decía el flaco di Salvo que había que hacerle a las minas.

  9. Gabriel Méraud dice

    Yo sentí que en esta peli Scorsese y sus actores fetiche, en la vejez decrepitud y muerte de sus personajes arquetípicos de siempre, celebraron como club de amigos el duelo de su propia muerte. Y que esos don los verdaderos temas de la película. La vejez, la decrepitud y la muerte.

  10. marce dice

    Excelente crónica. Se ve venir que el personaje de De Niro iba a optar por el mafioso porque fué el que lo sacó de su condición de camionero raso y lo pone en un plano de poder, en un oficio que el conocía por su «trabajo» en la guerra, o sea :asesino. Me parece que la pelicula es una crítica a la sociedad norteamericana, es decir, a una sociedad imperial donde el dinero y la amabición de poder pueden producir golpes de estado en los países más debiles. Pero la mafia no es la única causante de estas cosas, veo a los mafiosos como eternos «nuevos ricos», es decir, no son el meollo del Poder real conformado en realidad por los grandes millonarios o familias patricias (hoy maquilladas en las corporaciones) que manejan a la mafia y finalmente al mundo con el dios dinero de por medio.

  11. Martha Valiente dice

    Ví la película hace pocos días. Me pareció cinematográficamente excelente aunque tal vez demasiado larga, sobre todo porque hay diálogos que a lo largo de la historia del protagonista, como es lógico, se repiten casi de manera idéntica, así como las situaciones que originan las órdenes con las que lealmente cumple Sheeran. De Niro extraordinario, una máscara aquí más marcada por el maquillaje que no puede ocultar el paso de los años de este gran actor. Un personaje con una misión que vive sin cuestionamientos, leal a quien le ordena, que solo se inquieta .pero sin modificarse, por la lúcida mirada de su hija. Un ejemplo de «obediencia debida», con la que tantos en nuestro país justificaron las atrocidades cometidas (o intentaron hacerlo, pero aquí también hay ojos que ven, miradas lúcidas). Al Pacino me convenció nuevamente, con un personaje que se distancia de los múltiples Pacinos que ha dado en sus últimas películas. Es un grande y este personaje lo lleva a las alturas de su actuación en «El Padrino» donde también se hablaba de «la familia» aunque lejos del sindicalismo. No falta nada aquí del Scorsesse que se arriesga a desnudar la historia de los Estados Unidos de Norteamérica, sin olvidar los mitos intocables de sus Presidentes, ni siquiera perdona a Kennedy, el más carismático, casi con irreverencia, a través de las idas y vueltas de los interses mafiosos. Bien por Scorssese, siempre transgresor pero sobre todo, muy jugado.

  12. Juan dice

    Marcelo Figueras. Interesantes algunas de tus reflexiones. Permítame una crítica: Scorcese es un cineasta, no un crítico como vos, y como tal, no le interesa — en su caso específico (quizás otro cineasta habría hecho de forma bien diferente) — trazar discursos, como vos, sobre un Sheeran que «podía no haber sido obediente, por lo contrario, podía haber contestado esta lógica: «usted-dedíquese-a-vivir-que-nosotros-nos-encargamos-del-resto.» Ni Scorcese y ni la película en sí está haciendo una apología de esa lógica; lo que está haciendo es intentar retratar como fueron esas figuras en la época. Y me parece claro que Scorcese está haciendo una crítica brutal a esa lógica. Como vos mismo decís, mirá lo mediocre que es el Sheeran personaje, ingénuo, una mierda suelta que se queda sin amigos. Esa es la crítica hecha por Scorcese — tu perspectiva me parece bastante en sintonía con la que vemos en la peli, sobre todo, en relación con Sheeran. O sea que, el hecho de que pasaste tanto tiempo escribiendo tu crítica ya es bastante evidencia de que te gustó la película.

  13. Silvia dice

    Buenísimo análisis!!! Me encantó! Muchas gracias

  14. laura Vilche dice

    La película no me gustó. Rescato algunas cosas que apunta Figueras sobre el personaje de De Niro como la de un adulto/viejo que no puede recordarse joven (bueno lo del cuento de fantasmas) y que sólo acató órdenes en su vida tanto como que es una despedida de Scorsese a un género (me quedo con Casino, Buenos Muchachos y ni hablar de El Padrino I y II, de Coppola, Erase una vez en America, de Sergio Leone y la serie Los Soprano). De Niro para mí tiene una gran parte al final cuando transmite (¿su culpa?) por lo de Hoffa y el miserable llamado posterior a su mujer. Pero me cansó la mueca perenne en su boca, la del De Niro de las comedias de los últimos años, que tal vez este buen director podría haber marcado, no sé. No me gustó Al Pacino en sus escenas histéricas de siempre. Sí lo poco de Keitel que se encuentra acá con la ex bella nena Ana Paquin de La Lección de Piano (qué bella película!). Buena la referencia a los supuestos demócratas de los Kennedy y al objetivo de bajar a Castro por haberles arruinado el negocio a la mafia y a Estados Unidos con su Revolución, pero mejor se ve eso, para mí, en el Padrino donde Al Pacino no era el impostado actor que vi acá y en Perfume de Mujer, que no me gustó nada (por momentos su personificación me recordó al actor de la serie paródica Lilllehammer, quien también se lució en Los Soprano: el extraordinario Steven Van Zandt). También rescato de Figuera la alusión al homenaje por sufrimiento de esos machos duros pero sí se me hizo una película pesada por su melancolía, y el efecto lifting me molestó, no logré ver en De Niro más que un joven ralentizado. Pesci sí creo que logró el personaje más creíble de los tres. La música y adaptación de época son buenas pero eso para Scorsese es pan comido, y en cuanto a Hoffa, me quedo con el personificado por Jack Nicholson, dirigida por Danny De Vito y con guión de Mamet. En definitiva, no me pareció la gran película de la que tanto se habla y alaba.

    1. claudio dice

      coincido en un 100% pacino cuando deja su histrionismo exagerado cerca del final logra rescatar ese que tanto nos gusta .recomiendo ver el detras de escenauna charla entre scorcesse y los 3 actores

    2. alberto dice

      Coincido; la de Nicholson me gutó mucho más. Pero bueno con todo el sicologimo que le agrega Figueras tal esta termine siendo considerada una obra maestra.

  15. laura Vilche dice

    La película no me gustó. Coincido con pocas cosas de Figuera, por ejemplo sobre el personaje de De Niro que se ve como un adulto/viejo que no puede recordarse joven (bueno lo del cuento de fantasmas) y que sólo acató órdenes en su vida tanto como que es una despedida de Scorsese a un género. También a mí me sensibilizó (¿su culpa?) por lo de Hoffa y el miserable llamado posterior a su mujer. Pero me cansó la mueca perenne en su boca, la del De Niro de las comedias de los últimos años, que tal vez este buen director podría haber marcado, no sé. No me gustó Al Pacino en sus escenas histéricas de siempre. Si me encantó lo poco de Keitel que se encuentra acá con la ex bella nena Ana Paquin de La Lección de Piano (qué bella película!). Buena la referencia a los supuestos demócratas de los Kennedy y al objetivo de bajar a Castro por haberles arruinado el negocio del juego, prostitución, alcohol y demás con su revolución, pero mejor se ve eso, para mí, en el Padrino donde Al Pacino no era el impostado actor que vi acá y en Perfume de Mujer (filme que no me gustó nada). Pacino con su personificación por momentos me recordó al actor de la serie paródica Lilllehammer, quien también se lució en Los Soprano, el extraordinario Steven Van Zandt. También rescato de Figuera la alusión al homenaje por el sufrimiento de esos machos duros pero sí se me hizo una película pesada por su melancolía, y el efecto lifting me molestó, no logré ver en De Niro más que un joven ralentizado. Pesci sí creo que logró el personaje más creíble de los tres. La música y la adaptación de época son buenas pero eso para Scorsese es pan comido, y en cuanto a Hoffa, me quedo con el personificado por Jack Nicholson, dirigida por Danny De Vito y con guión de Mamet. Perdonen, a mí no me pareció la gran película de la que tanto se habla y alaba.

  16. laura Vilche dice

    La película no me gustó. Sí está bueno lo que dice esta nota de Figueras sobre el personaje de De Niro como un adulto/viejo que no puede recordarse joven (bueno lo del cuento de fantasmas), un hombre que sólo acató órdenes en su vida y que es una despedida de Scorsese a un género. De Niro me sensibilizó en medio de su crueldad cuando siente (¿culpa?) por asesinar a Hoffa y por su miserable llamado posterior a su mujer. Pero me cansó la mueca perenne en la boca De Niro, típica de sus comedias de los últimos años, algo que tal vez este buen director podría haber marcado, no sé. No me gustó Al Pacino en sus escenas histéricas de siempre. Sí me encantó lo poco de Keitel que se encuentra acá con la ex bella nena Ana Paquin de La Lección de Piano (qué bella película!). Buena la referencia del filme a los supuestos demócratas de los Kennedy y al objetivo (con documental de Bahía de Cochinos) de bajar a Castro de Cuba por haberles arruinado el negocio con la revolución, pero mejor se ve eso, para mí, en el Padrino donde Al Pacino no era el impostado actor que vi acá y en Perfume de Mujer, que no me gustó nada (por momentos su personificación me recordó al actor de la serie paródica Lilllehammer, quien también se lució en Los Soprano, el extraordinario Steven Van Zandt). También rescato de Figuera la alusión al homenaje por sufrimiento de esos machos duros pero sí se me hizo una película pesada por su melancolía. El efecto lifting no me gustó nada, me molestó, no logré ver en De Niro más que un joven ralentizado. Pesci sí creo que logró el personaje más creíble de los tres. La música y la adaptación de época son buenas pero eso para Scorsese es pan comido. Y en cuanto a Hoffa, me quedo con el personificado por Jack Nicholson, en la película dirigida por Danny De Vito y con guión de Mamet. En definitiva no me pareció la gran película de la que tanto se habla y alaba.

  17. daniel dice

    muchas gracias por tu analisis Marcelo, me ayudó a comprenderla, a situarme en el contexto histórico y político de la misma.- ,

  18. Laura dice

    Excelente artículo.
    Ahora voy a mirar la película con esta lectura brillante que vincula cine, política, presente y pasado.
    Gracias, Marcelo.

  19. Marta(Cuca) Rapoport dice

    Acabo de ver la película, Maestro, usted llega a los puntos de inflexión que separa al resto de los lectores- espectadores que se quedan, como yo, con sensaciones tan vivas que no permiten discurrir los alcances de esta aguda e inteligente muestra lo que fue. Usted ayuda a asociar el Estado norteamericano de Hoffa con la avanzada, en todo el mundo, de un Estado que pretende y obliga a obedecer órdenes,sean las que fueren, sin preocuparse y ,mejor, olvidándose de la Ética, .En todo momento, desde que comenzó el film tuve dos sensaciones , tristeza y dejavú – explicable- , puede que esté de acuerdo con Heráclito, la historia no se repite, pero, suele ser tan parecida! Muy interesante el rol que le atribuís a Peggy, no podia darme cuenta infectada por todas las escalofriantes historias policíacas que nos regalan en la televisión, constantemente.
    Gracias Marcelo.

  20. Abel dice

    Me persiste con tu análisis la idea de,qué un futuro qué creímos más suelto y a exposición de «todos»se convierta en esa puja interminable,esa misma que se viene trayendo de tiempos,ese dictamen personalizado.
    Y a Scorcese no le podemos negar del todo ese aporte cinéfilo que desde los comportamientos de sus personajes exige diversas lecturas.

  21. Monica dice

    Cuando nos referimos a los 70 , o a cualquier otro año, no se coloca apóstrofe.

  22. Guillermo dice

    Excelente el análisis, como siempre. A mí personalmente las películas de Scorsese me transmiten un mensaje esclarecedor sobre el cinismo de la sociedad yanqui, que trata de mostrarse como un paraíso perfecto. Es como si dijera «déjense de joder con toda esa payasada de atrapar narcos latinos, que nosotros somos los peores». Gracias.

  23. jorge dice

    es buena pelicula marcelo, pero muy lejos de buenos muchachos, muy lejos y esa perplejidad que mensionas en las caras y cuerpos de los personajes te sigue toda la pelicula. haciendo una analogia con el boxeo es como esa ultima pelea de un grande que se despide cumpliendo pero a quien uno aplaude mas x lo que fue que x lo que es , no lo se , pienso que si sacamos a de niro y ponemos a un michael shanonn la cosa iba mucho mejor, es hora de pasar la antorcha y aunque el cine de hoy no es el que fue , hoy en dia me intereza mas lo que puedan hacer tipos como villenueve o fincher de que lo que pueda hacer scorsese. A mi ver joker es una pelicula superior a esta , Saludos

  24. Marcelo dice

    Impecable. Abrazo.

  25. Carmen dice

    Sublime

  26. Maria dice

    Muy bueno . La estoy por ver
    Tengo miedo ala desilusión. Amo el padrino. Y esto es casi una afrenta una copia. El pedazo que falta. Gracias

    1. Marta Salon dice

      Gracias Marcelo. Un poco demasiado larga y lenta. Interesante pero muy oscura.Tremenda la relación con las hijas. Invento de Scorcece q fuera el irlandes ,quien mata a Hoffa? Y me dejó preguntas, el regalo de ese anillo.

      1. Claudio A. Rapoport dice

        El anillo que le regalan al irlandés, se lo ve en fotos del Sheeran real.

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