De la fábrica a la comisaría

Los ex trabajadores de la Ford en la inspección a la Comisaría de Maschwitz

 

Adolfo Sánchez está conmovido. No pensó que la inspección a la comisaría de Ingeniero Maschwitz iba a ser tan concurrida. Tampoco sabía qué tipo de emociones iban a despertarse. Después de media hora de recorrida, enfrenta a las cámaras y sentencia:

—Me extraña, es lamentable que eso figure todavía como un calabozo.

Sánchez era operario de la planta de Subarmado de la Ford de General Pacheco en los años ’70. Era delegado de fábrica y también fue paritario del sindicato de mecánicos SMATA. El 28 de marzo de 1976 fue sacado de su casa por una patota armada y llevado a esta comisaría segunda de Escobar, en el cordón norte bonaerense, donde comenzó el martirio de un año como desaparecido de la última dictadura primero, y preso político después.

Tras su liberación, comenzó a practicar lucha libre y al poco tiempo se transformó en Julio César, el legendario personaje de Titanes en el Ring que se fajaba con William Boo y el coreano Sun para la pantalla televisiva. Mientras soporta el frío y espera la llegada de los jueces, recuerda oportunamente una de sus batallas.

—Cuando estaba en el penal de La Plata, me trencé con un celador que me había provocado, le metí un trompazo —dice—. ¡Después me dieron tanto que no me podía mover! Unos años después, fuimos con los Titanes a La Plata y ahí en las primeras filas estaba este poli. Me tocaba luchar con el Verdugo que no le caían bien los policías. Le conté quién era el tipo y me dijo: “Dale, tirame ahí”. En medio de la lucha, nos tiramos al público y ¡pum! Le da un trompazo al poli, que lo deja tirado.

Pequeñas satisfacciones de la profesión. Todos se ríen. Son varios los ex trabajadores de Ford que van a presenciar la inspección ocular de la comisaría. Están Pedro Troiani, Ismael Portillo, Ricardo Ávalos y Roberto Cantello. Cantello, como Sánchez, también estuvo desaparecido en Maschwitz, como José Murúa Pastor, Juan Carlos Amoroso y Carlos Chitarrone, hoy fallecidos. Los demás, secuestrados en sus puestos de trabajo y torturados en el quincho de la fábrica, fueron directamente desaparecidos en la comisaría de Tigre y luego trasladados a distintos penales. Los destinados a Maschwitz siguieron más tarde ese mismo camino.

 

«Las inspecciones orales son momentos importantes: por la calidad horrorosa de los hechos, no sorprenden las precisiones».

 

Cantello y Sánchez recuerdan algunas anécdotas, si se les puede llamar así, de su paso por este centro clandestino de detención. A ambos los secuestraron el mismo día, de la misma forma. Los fueron a buscar a sus casas con las credenciales y foto de la fábrica. En la comisaría, los hicieron saltar una zanja que se encontraba en la entrada y les practicaron simulacro de fusilamiento. Les dieron unas buenas palizas y los encerraron en unos calabozos tan reducidos que no podían acostarse. «¡¿Y el asado que nos hicieron?!», se ríe Cantello, que recuerda que el maltrato amainó en los últimos días, como se calman las aguas antes de la tormenta.

Mientras Sánchez busca a la abogada de los trabajadores para contarle que fue a tramitar su jubilación y se enteró que la empresa le computó aportes durante todo el año 1976, mientras estaba desaparecido, aparecieron los jueces del tribunal. “Y eso que no me pagaron la segunda quincena de marzo que trabajé casi entera”, alcanza a ironizar Julio César —le gusta que lo recuerden así—, mientras se acomoda sus lentes oscuros y se prepara para la inspección.

 

Tras su liberación, Adolfo Sánchez se transformó en el personaje Julio Cesar de Titanes en el Ring.

Los jueces Mario Gambacorta y Osvaldo Facciano llegaron con bastante demora. El tercer integrante del tribunal, Eugenio Martínez Ferrero, recién asumido tras la renuncia de quien presidió todas audiencias hasta aquí, Diego Barroetaveña, no asistió. La secretaria y otros trabajadores del tribunal se encargaron de constatar presencia de abogados de las defensas, de las querellas y la fiscalía, e ingresaron a la comisaría. También asistieron las psicólogas del Centro Ulloa y, para producir el registro fílmico, miembros del Archivo Nacional de la Memoria, de Sitios para la Memoria y de Memoria Abierta.

Afuera quedaron los familiares de los trabajadores, representantes de la dirección de derechos humanos del municipio Maschwitz, de la agrupación Hijos y la Comisión Memoria, Verdad y Justicia de la Zona Norte y del Programa Verdad y Justicia.

Las inspecciones orales son momentos importantes para las víctimas en estos juicios. Permiten contrastar sus relatos con los lugares donde vivieron experiencias límite. Por la calidad horrorosa de los hechos, no sorprenden las precisiones de las imágenes traídas por sus memorias. Sánchez y Cantello narraron a los jueces sus padecimientos en aquel lugar de la represión clandestina e ilegal. Constataron que faltaba un muro donde se les practicó un simulacro de fusilamiento, pero que todavía existían los inhumanos calabozos, de menos de un metro y medio cuadrado, donde estuvieron encapuchados, atados, cagados y meados, como recordó Cantello a los jueces.

Esta inspección ocular es la primera de las tres dispuestas en el denominado Juicio a Ford, que investiga la responsabilidad empresarial de los ex-directivos Héctor Sibilla y Pedro Müller en delitos de lesa humanidad cometidos durante el terrorismo de Estado contra 24 trabajadores de la automotriz de origen estadounidense.

La próxima cita dada por el Tribunal Oral Federal Nº1 de San Martín será dentro de quince días, el 28 de agosto, cuando declararán ahora ex trabajadores no víctimas. Las otras dos inspecciones están pautadas para el próximo 30 de octubre: a la comisaría de Tigre y a la mismísima planta fabril de General Pacheco, donde estas historias de la represión ilegal comenzaron.

 

 

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