De la incertidumbre a la certeza

El monetarismo neoliberal destruyó la confianza en la moneda y dinamitó la capacidad regulatoria del Estado

 

En las últimas semanas, la sociedad argentina empezó a ser afligida, por enésima vez, por el tema cambiario: minorías especulativas lograron hacer subir fuertemente los tres indicadores marginales del dólar, crear una sensación de descontrol cambiario, e incidir en actitudes de algunas empresas productivas, que comenzaron un proceso de remarcación o de retención de mercadería justificado por expectativas devaluatorias.

El gobierno empezó a tomar más en serio lo que estaba ocurriendo, y logró en días recientes frenar una escalada de desestabilización económica y social que no tenía sustento en ninguna necesidad macroeconómica del país, sino exclusivamente en los deseos de negocios particulares de minorías influyentes.

El panorama se repite recurrentemente: los especuladores, pertenecientes al mismo grupo que impulsó al macrismo al gobierno y que ganó en ese período a costa del país, tiene la capacidad comunicacional de imponerle al conjunto la agenda económica, la angustia cotidiana y las ideas sobre cómo debería resolverse el problema.

En ese contexto Cristina Kirchner publicó una carta, que concluye con tres “certezas”. De esas certezas, una se refiere a la economía bimonetaria y a la necesidad de un amplio acuerdo sobre el tema. La ex Presidenta introduce una cuestión que anuda varios de los problemas centrales del país, y habilita a una discusión más trascendente que las superficialidades destructivas de la derecha económica y mediática.

 

 

Bimonetarismo y política

Es cierto: el bimonetarismo, como fenómeno existente en la realidad, no es un problema ideológico. Pero sí es un problema político.

El país no llegó al bimonetarismo por sus características geográficas, o por los genes de su población, sino por un recorrido histórico específico, hecho de sus intentos de desarrollo, de sus vínculos con la economía mundial, de sus luchas internas y de las pujas distributivas que lo atraviesan permanentemente.

El debilitamiento de la moneda nacional como reserva de valor –por eso apareció el dólar para suplir esa característica— tiene una larga historia.

Tuvo que ver en cómo se encaró el proceso sustitutivo de importaciones, cómo se aprovechó la desvalorización monetaria para abaratar el crédito a las empresas, y cómo no se suministró a la población alternativas confiables de ahorro en moneda nacional.

Pero si esos pueden ser considerados errores del legítimo proceso de industrialización, otros fueron los horrores luego que el neoliberalismo empezó a conducir las políticas económicas argentinas, desde Martínez de Hoz en adelante. Durante la dictadura cívico militar, no sólo se generaron inflaciones descomunales en forma sistemática, sino que se le brindó a la población un verdadero curso de especulación financiera: del plazo fijo al dólar, del dólar al plazo fijo, mientras se vendían alegremente dólares baratos, conseguidos con el endeudamiento del país.

Los neoliberales monetaristas que venían a “abatir la inflación” no sólo destruyeron la confianza en la moneda, sino que dinamitaron las capacidades regulatorias del Estado nacional.

La situación de endeudamiento externo insostenible que dejó la dictadura debió haber sido enfrentada en democracia, declarando inmediatamente el default. Alfonsín optó por continuar tratando de compatibilizar las finanzas de un Estado agobiado por la deuda externa, con el intento de que el país creciera. Se intentó el Austral, para inaugurar una moneda nueva, sin la carga de la historia previa, pero el intento estabilizador no se pudo sostener, arrastrado por el cuadro externo e interno de la economía. La hiperinflación confirmó entonces el valor del dólar como moneda de reserva, y le agregó otra función: ser la unidad de cuenta en que las empresas realizaban sus cálculos de rentabilidad.

Sólo agrediendo fuertemente a la economía nacional, como fue el experimento de la convertibilidad, abriendo de par en par el mercado interno a las importaciones y generando un desempleo del 18%, se logró estabilizar la economía y transferirle transitoriamente confiabilidad a la moneda nacional, atada al dólar. Todo el esquema estaba sostenido en un endeudamiento externo que cubría el desequilibrio comercial permanente. El país sólo logró llegar al superávit fiscal y externo por la vía catastrófica del derrumbe económico producido por la caída de la convertibilidad, que no había resuelto ningún problema de fondo.

Cuando de la mano del kirchnerismo se comenzó a recuperar la producción y el empleo, reaparecieron las tensiones inflacionarias, la falta de instrumentos de ahorro en pesos, la fuga de capitales. El macrismo discontinuó lo bueno logrado por la gestión anterior, para acentuar lo malo: inflación, recesión, pobreza y fuga masiva de capitales con super-endeudamiento.

Es cierto, en la Argentina parecen morir las teorías económicas… formuladas en el exterior, pensando en otras realidades. Pero aquí tenemos una larga tradición de estudio y pensamiento nacional en torno a estas cuestiones, y una serie de certezas sobre cómo ir desmontando el problema.

 

 

Dolarización o afirmación nacional

Desde la época del menemismo –una versión del peronismo que le resultaba bastante simpática a los grandes empresarios—, hay una fracción del establishment argentino que viene planteando la eliminación de la moneda nacional y su reemplazo por la moneda de los Estados Unidos. Ecuador es un perfecto ejemplo de la no solución que es la dolarización.

Ese mecanismo no resuelve los problemas principales de la economía, ni la miseria, ni el desempleo, ni el endeudamiento, ni la mala inserción internacional, pero favorece la internacionalización de los negocios locales al tiempo que debilita aún más al Estado. Es un camino de profundización de la dependencia y el subdesarrollo, o sea, consolida en forma estable la pobreza de una buena parte del país.

La alternativa es desmontar el bimonetarismo, con un conjunto de medidas viables que no son mágicas, sino que configuran una verdadera reforma económica, en el mejor sentido de la palabra. Dado que el bimonetarismo condensa errores en varias áreas de la política económica, desde la política fiscal, monetaria, cambiaria, de comercio exterior, productiva y hasta cultural, son muchas las acciones que se pueden ejecutar para resolver la cuestión.

Para que nuestra moneda deje de devaluarse frente al dólar, algunos piensan que debería producirse una fuerte contracción monetaria, que generaría desempleo, más pobreza y crisis social. En realidad hay que trabajar sobre la oferta y la demanda de dólares, resolviendo al mismo tiempo los problemas de fondo.

Si la mayor demanda de dólares proviene de un comercio exterior deficitario, hay que ir hacia un comercio exterior de bienes y servicios equilibrado. Si otra parte de la demanda proviene de la especulación financiera, regular muy fuertemente el ingreso y salida de capital especulativo, que no aporta absolutamente nada a la economía nacional, como se demostró nuevamente durante el macrismo. Si la gente necesita, lógicamente, ahorrar, hay que construir mecanismos de ahorro confiable en pesos.

Las Reservas de Banco Central deben ser cuidadas con celo: no pueden ser entregadas a voluntad de los especuladores o de los fugadores seriales. Las Reservas no están para eso, como pensaban Federico Sturzenegger y Toto Caputo.

En cuanto a la inflación, como tiene diversos orígenes es bueno atender con políticas específicas a cada uno de los tipos de inflación. Si el Estado debió, en ciertos períodos, efectuar emisiones exageradas de dinero porque no tenía otra forma de cubrir sus gastos, habrá que buscar un perfil recaudatorio más eficaz que el actual, que en nuestro país es perfectamente posible en términos de la riqueza generada. Lo equivocado es diagnosticar siempre que la inflación sólo se origina en la emisión monetaria que infla la demanda y que por lo tanto el remedio es bajar los sueldos y achicar el gasto público.

Nada de esto es original y nuevo, sino que fue parcialmente intentado por diversos gobiernos. Varios de estos puntos figuran, por otra parte, en la agenda de la actual gestión y su pueden ver en el diseño del Presupuesto Nacional 2021. El secreto es que se apliquen conjuntamente, y que perduren en el tiempo para que las inercias en los comportamientos vayan pasando y se verifique lo que ocurre en cualquier parte donde la moneda local es respetada y usada. No alcanzan cuatro años.

Varios de los desequilibrios que confluyen para que la erosión de la moneda nacional continúe, son producto de intereses económicos concretos –exportadores/especuladores, monopolios remarcadores, fondos especulativos internacionales, evasores impositivos, bancos y corredores de Bolsa dedicados a la timba—, por lo que el saneamiento de esos desequilibrios no es un problema “técnico”, sino que requiere un fuerte respaldo político y clara decisión estatal.

Sin ese ingrediente de convicción y movilización política, las medidas se diluirían, derrotadas una tras otra por las fuerzas que ganan con el fracaso del país.

En ese sentido, el principal problema es cómo fortalecer al Estado nacional para cumplir con las funciones que no cumplió ni cumplirá la burguesía local. Entre ellas, cobrar impuestos y tener un resultado fiscal normal, preservar la moneda nacional e intercambiar con el mundo en función de nuestros propios intereses.

 

 

Los que “crean riqueza” versus los “parásitos”

Las medidas mencionadas más arriba servirían para resolver la cuestión del bimonetarismo. En cuanto a “una más que evidente extorsión devaluatoria”, como señala correctamente la actual Vicepresidenta, requiere trabajarla puntualmente en el terreno de los mercados marginales. Pero también en el terreno comunicacional, punto débil del gobierno actual, y en general de los gobiernos populares desde que se inició la democracia.

Lo que sí es inevitable es asumir la existencia del conflicto político en torno a estas cuestiones, y entender las lógicas profundas que lo animan.

En el actual antikirchnerismo y antiperonismo de la derecha local hay un proceso de radicalización ideológica, que teme por la propiedad privada y se siente amenazada como si estuviera frente al gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende.

Jamás hubo un gobierno así en Argentina, pero perciben que todo paso hacia una sociedad un poco menos desigual los pone al borde de ser la Unión Soviética. Ese delirio persecutorio, cuyo origen sería importante conocer, pero cuya función conservadora es evidente, pone a una parte de la derecha argentina en un estado de guerra contra la sociedad.

En ese sentido es importante no menospreciar un concepto perverso que fue repetido en las declaraciones de Alfredo Cornejo (presidente de la UCR) y de Mauricio Macri (líder del PRO) hace pocos días.

El 18 de octubre, el diputado nacional Cornejo sostuvo que “la verdadera grieta no es peronista y antiperonista. Es entre la gente que produce y trabaja y se esfuerza para generar riqueza y el sector parasitario que viven (sic) de quienes generan riqueza. El peronismo de hoy, que es el kirchnerismo, está representando más a los que no trabajan que a los que trabajan y crean riqueza. Representa al sector parasitario”.

Dos días después, el 20 de octubre, Mauricio Macri sostuvo que “hay que recuperar la dignidad del trabajo, a eso hay que apuntar, que el peronismo vuelva a recuperar su esencia, que sea el partido de los trabajadores, hoy es el partido de los que no trabajan».

Es evidente que ambos personajes han recibido un nuevo libreto para difundir, que no puede haber sido pensado por ellos. El nuevo libreto representa un incremento conceptual en el nivel de radicalización ideológica de la derecha e implica amenazas antidemocráticas muy precisas.

El partido de los grandes propietarios empieza a insinuar que quienes no están con ellos, son parásitos, que viven de ellos. El argumento circula por diversos espacios de la derecha local, enfurecida porque millones de argentinxs hoy dependen del Estado para subsistir. Serían los “parásitos” que a través del Estado viven de los que producen, que son los propietarios de las fuentes de riqueza del país.

Se suministra una ideología del desprecio –a los parásitos— y de rechazo hacia el Estado y a los impuestos –que alimentan a “los parásitos”— y al Frente de Todos, que sería la expresión política de los parásitos.

Pareciera que se busca blindar la sensibilidad de ciertos sectores propietarios, proponiéndoles una lectura salvaje de la sociedad, que los pone como víctimas de las mayorías empobrecidas y de los sectores políticos que buscan representarlas.

Es inocultable el desdén que ocultan estas expresiones hacia los millones de argentinos –trabajen o no trabajen— golpeados por las sucesivas crisis, así como el increíble caradurismo de quienes han protagonizado el desastroso experimento económico de Cambiemos.

Las fallidas tentativas neoliberales en vez de fundar un capitalismo dinámico y competitivo, como afirmaban públicamente, profundizaron el subdesarrollo y engendraron una economía penetrada por los intereses rentísticos y financieros, de muy bajo crecimiento. Pero los sectores empresariales crecidos al calor de esos experimentos pretenden que los arrojados a la miseria, el desempleo y la marginalidad son los responsables del deterioro del país.

Aún las nuevas consignas repetidas por Macri y Cornejo no han permeado el discurso de toda la derecha local. Pero si prevalecieran, dinamitarían todos los puentes de diálogo civilizado y de búsqueda de consensos democráticos.

Ese discurso desemboca en el siguiente razonamiento: si los peronistas que representan a los parásitos que viven de nosotros ganan las elecciones —porque los parásitos son muchos más que los que creamos riqueza—, tienen valor las elecciones? La nueva teoría troglodita sería que el subdesarrollo es producto de que las mayorías ganen las elecciones en democracia.

El amplio campo popular necesita dotarse de un discurso y un curso de acción claro y firme para poder hacer frente a una derecha tan dañina en el gobierno, como agresiva y antidemocrática en la oposición.

 

 

 

 

10 Comentarios
  1. Luis Juan dice

    Estimado Ricardo:
    Impecable análisis.
    Una humilde digresión, si me permite:
    En efecto, no alcanzan cuatro años. Está la naturaleza del escorpión, la permisividad de los distintos gobiernos, la especulación exacerbada y la cuestión geopolítica.
    El ¿poder? formal -del que excluyo al poder judicial, por formar parte del real hasta hoy-, debería, primeramente, eliminar el signo de interrogación que viene de tiempos inmemoriales y ejercerlo de manera tal que no quede lugar a dudas de que estamos hablando de un poder; caso contrario, todo lo demás siempre resultarán parches temporales, “sin destruir la tiranía” diría Mariano Moreno.
    Una vez que la formalidad consiga demostrar que es un poder, podrá avanzar en la profunda reforma judicial imperiosa que resulta necesaria para que el poder judicial, en lugar de resultar la garantía final del statu quo, represente y defienda los postulados constitucionales (a propósito, desde hace demasiado tiempo vengo sosteniendo la necesidad de una reforma de la C.N. que imposibilite los latrocinios recurrentes; pero, además, que contenga toda la experiencia acumulada a lo largo de la historia para defensa de los intereses de la patria y su pueblo).
    Supongamos, por caso, que logramos transformar la formalidad en un poder y, tenemos un poder judicial de las características señaladas, tendremos la capacidad de imponer el cumplimiento de la ley, en igualdad de condiciones para todo habitante del suelo patrio, sin posibilidad alguna de que el poderoso -como diría José Hernández- rompa la tela de araña.
    De hecho, la ilegalidad no tiene cabida; por caso, el mercado ilegal del dólar debe resultar perseguido y sus responsables sancionados patrimonial y penalmente.
    Entonces sí, los fugadores seriales, los formadores de precios (hay que crear un organismo que estudie seriamente la estructura de costos, hoy tan inverosímil como especulativa), los evasores y elusores, los sub y sobre facturadores -entre otros-, seguramente, comenzarían a evaluar seriamente la ecuación costo-beneficio de sus ilícitos.
    Las sanciones ejemplificadoras, tanto patrimonial como penales, harían comprender al escorpión (y a su naturaleza) que, cuando pique, el también muere (metafóricamente, claro).
    Para ello, necesitaremos una AFIP, una UIF, una Aduana, un BCRA, una CNV, una Superintendencia de Seguros, una Comisión Nacional de Defensa de la Competencia, una Unidad de Seguimiento y Trazabilidad de las Operaciones de Comercio Exterior y, en general, todos los organismos de control con los mejores profesionales, la tecnología que permita el entrecruzamiento de datos (hoy existe para el perejil, no para el poderoso) y normativas (que pueden estar plasmadas en una nueva CN o en las leyes modificatorias de todos los organismos) que imposibiliten la corrupción de sus funcionarios, so pena de sanciones económicas y penales ejemplificadoras, con la accesoria de imposibilidad de ocupar cargos públicos de por vida.
    El control del Comercio Exterior debe necesariamente estar bajo supervisión estricta del Estado (las riquezas se generan dentro del territorio). Me refiero a la totalidad de los controles que requiere el rubro, incluido el suministro de las divisas necesarias para toda transacción internacional.
    De ocurrir estas premisas, ergo, habrá sustentabilidad, credibilidad y desarrollo. Es más, con absoluta potestad, si todavía no se hubiese aprendido (si las sanciones resultan ejemplificadoras, me parece que no llegamos a esta instancia), la propia C.N. aggiornada, definirá que la única moneda de curso legal para todas las transacciones dentro del país, será la moneda local (se llame, como se llame, por entonces), quedando expuestos quienes incumplan las disposiciones, a las sanciones patrimoniales y penales correspondientes.
    P.D.: Confieso que, a medida que iba leyendo su artículo, tecleaba los pensamientos que esbozara en este comentario; es increíble las coincidencias de fondo y, créame Ricardo que, es tal como se lo estoy narrando. Cuando llegué al subtítulo: Los que “crean riqueza” versus “Los parásitos”, preferí dejar de teclear, porque iba a parecer una transcripción de su análisis y ya no, una humilde digresión.

  2. giordano dice

    El sistema productivo argentino esta putrefacto ,la visión precámbrica del proyecto de país exportador de materias primas ,de país deshabitado del siglo XIX ya fue, la misma oligarquía que diseño un país, que debía vivir de lo que el hombre produce desde que es sedentario murió, ,siempre trato de poblarlo por la necesidad productiva ,pero nunca quiso incorporar esa materia prima a la agregación de valor ,con inversiones y Salarios ,quiero ser claro, la creación de trabajo es necesaria ,pero si no la satisfaces con salarios ,el trabajo no sirve , si otros grupos económicos quisieran agregar valor satisfaciendo esos requisitos, esta oligarquía, se vería impedida de la obtención de las divisas para que ellas pasen a los inversores y agregadores de valor, y eso no lo aceptan ,180 años de crisis recurrentes no permiten que ese desarrollo se produzca, y los mismos grupos , con la ayuda del FMI (que te presta la plata pero te deja que la gastes improductivamente sin monitorear el camino de repago)y los gobiernos ,militares o democráticos actuando como gerentes de ese fracaso nos replantea cíclicamente el mismo relato ,sometiéndonos a la misma condena, realmente lamentable tanta ignorancia , fracaso, y falta de desafíos de la clase dirigente

  3. apico dice

    La certeza de Cristina, es obvia, pero su posible solución, no. No existe ninguna posibilidad que el sector denominado «dueño» de la Argentina, ocupe el rol que ocupe, en la economía, finanzas, o medios, que quiera conciliar con los intereses del País, y mucho menos con las mayorías que lo habitan. Esa presunción , supuesta por «el camino del medio»(AF incluido), es solo un juego de malabares para defender al establishment, la mayor cantidad de tiempo posible. Abusándose del desconocimiento económico de nuestros lideres políticos, nuestros intelectuales progres, y los supuestos medios afines, la derecha estableció el mito de Guzman como economista serio, o Kulfas peronista. La reciente corrida bancaria, impulsada por el sector agro-exportador, el sector financiero, y los Fondos depredadores de nuestra economía se saldó, haciendo todo lo que reclamaban, ventajas para cada sector, dólares para que se fuguen, aumentos de interés para el sector bancario, baja de retenciones, y LIQUIDAR EL IMPUESTO A LAS GRANDES FORTUNAS. Si eso es ser un economista serio, yo soy Maradona. Si eso no es neoliberalismo explícito, soy Gardel. Pero nuestros economistas, siguen diciendo las mismas mentiras piadosas, para no quedar descolocados, en una Argentina, donde los mentirosos de derecha e izquierda, son legión. Un saludo peronista.

  4. HERNÁN DE ROSARIO dice

    El artículo del profesor Aronskind no hace más que confirmar que la sociedad argentina está profundamente enferma. Es patológica nuestra obsesión por el dólar. ¡Cómo puede ser que durante las 24 horas de cada día estemos pendientes de la cotización del “dólar oficial” y su comparación con la del “dólar blue”! ¡Cómo puede ser que en estos momentos el gobierno esté dedicando todos sus esfuerzos en achicar la brecha entre ambos tipos de dólar! Es una verdadera locura. Que yo sepa en ningún otro país del mundo existe una obsesión por el dólar como en la Argentina. Evidentemente los gobiernos que supimos conseguir han sido incapaces de lograr que los ciudadanos vuelvan a confiar en el peso.

    Nuestra obsesión por el dólar es de vieja data, tal como lo señalan Pedro Martínez Gerber y Julián Zicari en un artículo titulado “La histórica obsesión por el dólar”, publicado por Página/12 el 28 de septiembre de este año. A continuación transcribo su contenido.

    No es un problema cultural
    Por Pedro Martínez Gerber *

    Durante julio 4 millones de personas compraron dólares en el mercado oficial. La pérdida de reservas internacionales originada en la adquisición de moneda extranjera por parte de personas humanas alcanzó el 80 por ciento del superávit generado por vía comercial (exportaciones – importaciones). Es decir, los dólares que el país genera se pierden casi en su totalidad debido a la compra para atesoramiento. En este contexto es fundamental tratar de comprender por qué en Argentina se ahorra en dólares. ¿Por qué somos el segundo país en el mundo con más dólares-billete per cápita?
    “Es algo cultural”, “Es una obsesión argentina”, “Los argentinos están enamorados del dólar”. Estos son algunos de los argumentos que comúnmente se repiten para intentar explicar por qué en Argentina se ahorra en dólares. Sin embargo, lo que deberíamos preguntarnos es ¿por qué no ahorramos en pesos? ¿Por qué quienes tienen capacidad de ahorro compran dólares y no constituyen un plazo fijo en pesos, por ejemplo? Las características de la demanda de dólares son particulares: al contrario de lo que sucede con el resto de los bienes cuanto más aumenta su precio más se incrementa la demanda. ¿Obsesión? ¿Irracionalidad? No, la explicación es simple y racional.
    En Argentina el dólar cumple una función básica del dinero que el peso argentino no puede sostener a lo largo del tiempo: reserva de valor. 10.000 pesos hoy no alcanzan para comprar la misma canasta de bienes y servicios a la que se podía acceder con el mismo monto hace 10 años, mientras que con 2.530 dólares (equivalentes a 10.000 pesos de septiembre de 2010) se pudo mantener o hasta incrementar el poder adquisitivo.
    A su vez las alternativas de inversión en moneda local no alcanzan a equiparar la evolución de la inflación ni el rendimiento del dólar-billete (aun cuando es un activo que se deprecia al ritmo de la inflación en EEUU y no paga intereses). Si los 10.000 pesos de septiembre de 2010 hubieran sido invertidos en un plazo fijo con renovación mensual hoy se obtendrían 93.265 pesos, es decir 1.231 dólares al tipo de cambio oficial (al que no pueden acceder los minoristas para ahorro), 717 dólares al tipo de cambio “solidario” y 666 dólares al tipo de cambio financiero (CCL).
    En cualquier caso, menos de los 2.530 dólares de septiembre de 2010. Durante este período la inflación superó el rendimiento de los plazos fijos en 2 de cada 3 meses con lo cual queda claro que la peor alternativa hubiese sido invertir los pesos en este instrumento. A lo largo de la historia argentina esta dinámica se repite. Si los instrumentos en pesos no sirven para cuidar el poder adquisitivo de nuestros ahorros, ¿cómo no vamos a ahorrar en dólares?
    Argumentar que la demanda de dólares tiene una causa cultural o que los argentinos tienen una obsesión con la moneda estadounidense es esquivar el problema de fondo. La solución, por el contrario, debería ser la promoción de instrumentos en pesos que permitan obtener rendimientos superiores a la evolución de los precios y del tipo de cambio de forma sostenida a lo largo del tiempo.
    Si bien hubo períodos de tiempo donde la tasa de interés de los depósitos a plazo fijo fue atractiva o instrumentos como las LEBAC que se popularizaron entre los inversores minoristas, la volatilidad macroeconómica generó que estas alternativas no puedan sostener rendimientos reales positivos en el tiempo. Como consecuencia se termina volviendo al dólar billete como refugio confiable para los ahorros.
    En el mercado de capitales local hay múltiples opciones para los ahorristas con lo cual el paso necesario es avanzar en políticas de estabilización de precios que permitan que estos instrumentos arrojen un rendimiento real positivo en el mediano/largo plazo.
    La estabilidad macroeconómica es una condición necesaria para que los instrumentos en moneda local puedan considerarse una alternativa viable a ahorrar en dólares. Sin estabilidad el rendimiento que se le exige a un activo en pesos es mucho más elevado por el riesgo que implica.
    No es una obsesión, ni es cultural y tampoco es una conducta irracional, ahorrar en dólares es el mecanismo que encontramos para evitar la pérdida de poder adquisitivo. Cambiar esta dinámica es un proceso necesario que lleva años y tendría que ser un objetivo de política económica transversal a las administraciones. Hay que fortalecer al peso para evitar que falten los dólares.
    * Economista PxQ Consultora.

    Divisas y ahogo externo
    Por Julián Zícari **

    En los 160 años que van desde la organización nacional en la década de 1860 a fin del mandato de Macri el país sufrió 16 crisis económicas: una cada 10 años. Las crisis irrumpieron ya sea bajo el modelo agroexportador (1866, 1873, 1885, 1890, 1913 y 1930), bajo la industrialización por sustitución de importaciones (1952, 1959, 1963 y 1975) como con la valorización financiera (1982, 1989, 1995, 2001, 2008, 2018/19). Y todas tuvieron el mismo desencadenante: los problemas del sector externo de la economía.
    El país nunca supo lidiar con ello sino que siempre se volvió el eje de la vulnerabilidad, causando una inestabilidad que se fue agudizando con el paso del tiempo. Vale decir que desde el Rodrigazo (1975) al fin del mandato de Macri (2019), en esos 45 años sufrimos siete crisis económicas. Es decir, una cada seis años y medio.
    El vértigo y la propensión a los colapsos en el último medio siglo se debió a que los problemas productivos y de ahogo externo que ya poseía el país se fueron agravando y conjugando con los problemas financieros típicos del neoliberalismo: el crecimiento de la deuda externa, la fuga de capitales, la dolarización económica, las corridas cambiarias y los golpes de mercado.
    De esta manera, las fuentes de vulnerabilidad no solo no se resolvieron sino que se sumaron problemas adicionales. Porque la acelerada inestabilidad trajo consigo la imposibilidad de construir una moneda nacional que sirviera como reserva de valor, dolarizándose el sector inmobiliario, partes de las tarifas, las ganancias de la élite económica y el ahorro de largo plazo.
    En un escenario así se complica enormemente las chances del Banco Central de acrecentar sus reservas, como también de tener una situación externa equilibrada. Porque como es evidente, el país no está en condiciones de satisfacer una demanda tan alta de dólares, ya a esta altura imposible de satisfacer por su voracidad y la gran cantidad de compromisos y actores que los exigen.
    Si los gobiernos buscan destinar las divisas para el crecimiento y el desarrollo del país, la inclemente demanda de dólares para atender la deuda externa coarta una parte de esos recursos, mientras que otro foco potencialmente infinito también se reclama para especulación, ahorro y fuga. Volviéndose entonces la presión cambiaria insoportable y permanentemente, llevando al país a sufrir ataques especulativos cada vez más salvajes.
    Todos los gobiernos terminaron arrasados por estos problemas. La dictadura buscó tapar las dificultades económicas que esto le generaba y la explosión que estaba germinando con la guerra de Malvinas, con el triste final conocido. La renaciente democracia alfonsinista resultó, igualmente, arrasada por este problema. La década menemista juró que con “libertad total” ello se resolvería, pero eso duró mientras tuvo disponible deuda para tomar: una vez que se cortó vino una nueva explosión.
    El kirchnerismo pensó que podría resolver la encrucijada, pero el tiempo se encargó una vez más de desnudar la indomabilidad de la restricción externa: vino la era del cepo y del cerrarse a como diera lugar para aguantar.
    El neoliberalismo bajo su versión macrista insistió con las viejas recetas de antes, augurando que la solución debía ser por el lado de la “libertad”: devaluó, quitó retenciones, sacó el cepo y los controles de capitales, pero como en el viejo menemismo eso duró lo que el salvaje endeudamiento externo permitiera. Después volvió el FMI, las recetas de ajuste y las corridas cambiarias de siempre. A la postre, el 86% de la deuda macrista terminó fugada y la pobreza en niveles records.
    Como vemos, la historia del país parece ser la historia de buscar una fórmula para lidiar con el inclemente sector externo y la falta de divisas. Donde hasta ahora nadie logró encontrar dicha formula. No obstante el tiempo nos deja su enseñanza: si no desata este nudo los problemas del pasado nos seguirán asechando y con ello los colapsos reiterados seguirán siendo nuestro reino.
    ** Economista. Doctor en Ciencias Sociales (UBA/UNDAV/Conicet). Autor del libro Las crisis económicas argentinas. De Mitre a Macri.

  5. carlos garcia dice

    cuando se le pregunta al empresariado sobre reforma impositiva ,hablan de reformular el iva para recaudar mas, quieren que sigan pagando impuestos solos los pobres , desconocen que USA e Inglaterra los que ganan mucho apgan el 50% de sus ingresos en impuestos m y que ademas hay empresarios que migran hacia inglaterra de otros paises de europa porque consideran que los impuestos son bajos , es increible el caradurisma del empresariado

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