De mal en peor

Fukuyama refuta a Trump

 

Francis Fukuyama alcanzó fama mundial cuando en el año 1989 publicó El fin de la historia y el último hombre (The End of History and the Last Man). Se trataba de un fairy tale enmascarado bajo la forma de un manifiesto político en el que anunciaba con bombos y platillos el triunfo del capitalismo liberal. Sostenía que el liberalismo había triunfado ampliamente sobre el comunismo “en la esfera de las ideas y de la conciencia”, aunque reconocía que “su victoria todavía es incompleta en el mundo real o material”. La tesis pareció confirmarse con el colapso definitivo de la Unión Soviética en diciembre de 1991 y con el avance de la globalización comercial y financiera de la década de los ‘90. 

Fukuyama sostenía: “Estados Unidos ha ganado la Guerra Fría. No hay rival ideológico. Por lo tanto, el mundo debe aceptar el capitalismo de libre mercado como lo mejor posible. Cualquier demanda de cambio radical es no científica”. Añadía que “el capitalismo liberal no es un sistema entre otros que puede ser reemplazado; es el ‘fin inevitable de la historia'”.

En una muestra de optimismo desbordante, Fukuyama llegó a escribir que en el mundo no habría más “conflictos por grandes cuestiones”. Algunos neoconservadores americanos le creyeron y consideraron que tenían licencia para rediseñar el mundo a imagen de Estados Unidos, por lo que invadieron Irak en 2003, lo que en los hechos significó la primera embestida de la historia a la tesis del “fin de la historia”.

La segunda desmentida al optimismo de Fukuyama se produjo con la crisis financiera y económica que se inició en el 2007 en los Estados Unidos y luego se extendió por el resto del mundo. El fracaso del capitalismo desregulado aumentó las desigualdades y provocó una recesión de tal magnitud que todavía persisten sus graves secuelas. Las consecuencias políticas se manifestaron en la aparición en Europa de fuerzas nacionalistas y populistas de derecha que cuestionaban la democracia liberal y cosmopolita. 

En los dos últimos años se han producido dos acontecimientos singulares que desmienten no solo la tesis de Fukuyama, sino que ponen en cuestión una larga tradición del paradigma ilustrado que considera el progreso de la humanidad como un fenómeno irreversible. En primer lugar, la comisión de un brutal genocidio en Palestina, que se lleva a cabo a la vista de todo el mundo, ante unas instituciones internacionales que se muestran impotentes para poner fin a semejante barbarie. El otro evento está marcado por el ascenso de Trump al poder y la instauración de un régimen autoritario peculiar, que aún no ha sido etiquetado, pero que muestra que los engranajes de controles y contrapesos de la democracia liberal pueden ser interferidos y cancelados fácilmente. 

 

La venganza de Fukuyama

Las intervenciones de Trump, tanto en el plano interno de los Estados Unidos como en el extranjero, son tan opuestas a las fallidas suposiciones de Fukuyama, que resulta comprensible que el politólogo norteamericano le haya dedicado una furiosa andanada política al Presidente que ha sido honrado con el “Premio a la Paz” de la FIFA. En una columna de opinión, titulada “No se asusten, Trump está flaqueando”, consideró: “Siempre se anticipó que el segundo mandato de Donald Trump sería malo, pero sus acciones han sido mucho peores de lo que incluso los pesimistas del año pasado —y me incluyo en ese grupo— imaginaron”. Sostiene que lo que comenzó a principios de la década de 2010 como una "recesión democrática" se ha transformado en un retroceso total de los gobiernos democráticos en todo el mundo, y en ningún lugar más que en Estados Unidos.

En relación con la política nacional, Fukuyama denuncia el vaciamiento del Departamento de Justicia, que se ha convertido en un instrumento de venganza personal. Algo similar acontece con el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, el famoso ICE (Immigration and Customs Enforcement), cuyos agentes han perseguido a migrantes legales y detenido a ciudadanos estadounidenses sin el debido proceso. Añade que Trump “ha puesto a un charlatán al mando del servicio de salud pública estadounidense, ha despedido indiscriminadamente a funcionarios y ha cerrado agencias enteras de maneras que socavarán la capacidad del gobierno durante años”. Señala que Trump ha aceptado emolumentos que han tenido un impacto directo en las políticas nacionales, como el avión que le regaló Qatar o el lingote de oro que le regalaron los suizos y que “ha presidido la administración más corrupta de la historia de Estados Unidos, y su familia se ha beneficiado con miles de millones de dólares de las inversiones en criptomonedas que legalizó”.

"Sin embargo, es en la política exterior donde —a juicio de Fukuyama— se registran los mayores daños. Se ha aliado con Rusia en su injusta guerra contra Ucrania y ha hecho que su incompetente negociador, Steve Witkoff, inserte las exigencias rusas en un supuesto 'plan de paz' que ratificaría una capitulación total ante Moscú. Ha impuesto aranceles a todos los países del mundo, excepto a amigos autoritarios como Rusia, y ha denigrado a los aliados más cercanos de Estados Unidos. Además, ha mostrado una clara preferencia por los gobiernos autoritarios, estando abierto a cualquier país no democrático (incluida China) dispuesto a llegar a un acuerdo con él. Los líderes extranjeros han comprendido que la forma de influir en la política estadounidense es sobornar personalmente al Presidente”.

A pesar de todas las extralimitaciones anteriores, Fukuyama considera que se han preservado dos importantes límites al poder de Trump. “El primero y más importante son las elecciones. Estados Unidos celebrará elecciones intermedias el próximo noviembre, y todo indica que los demócratas recuperarán la Cámara de Representantes por un margen sustancial. La votación del 4 de noviembre (de 2025) mostró victorias demócratas generalizadas, desde la elección de alcalde en la ciudad de Nueva York hasta las carreras de gobernador en Nueva Jersey y Virginia, e innumerables contiendas menores en Estados republicanos como Georgia”. 

Lo cierto es que la popularidad de Trump está descendiendo en forma paralela al aumento de los precios de los productos de primera necesidad, debido al costo añadido por los aranceles.

Fukuyama considera que el segundo freno al poder de Trump reside en los tribunales de Justicia, si bien la mayoría conservadora de la Corte Suprema no ofrece demasiadas garantías de imparcialidad. En este sentido, la decisión que se adopte sobre la constitucionalidad de los aranceles será decisiva, dado que si se declara su inconstitucionalidad, se derrumbará el pilar más importante de la política económica de Trump. También hay otro asunto judicial que traerá cola. La votación en la Cámara de Representantes para obligar a publicar los archivos de Epstein, con apoyo de destacados republicanos, indica que existe mar de fondo sobre un turbio asunto que afecta directamente al prestigio de Trump. A lo que se debe añadir algunos episodios que muestran que la salud del Presidente norteamericano “cada vez se parece más a su némesis, el envejecido Joe Biden”. De modo que, en opinión de Fukuyama, las cosas solo empeorarán para Trump en 2026. Es muy probable que la inflación aumente y que muchos de los conflictos internacionales que Trump afirma haber resuelto vuelvan a estallar. 

 

El acierto de Fukuyama

Si bien la historia no ha sido generosa con las tesis del “fin de la historia”, hay un capítulo en el que el politólogo norteamericano ha acertado. Es un tema en el que se muestra totalmente opuesto a los desvaríos ideológicos del Presidente Javier Milei, por lo que parece justificado dedicarle algunos párrafos. 

Después de su libro sobre el “fin de la historia”, Fukuyama publicó varios ensayos, entre los que se encuentran Los orígenes del orden político, Orden y decadencia de la política y El liberalismo y sus desencantados. En el primero, sostiene que la democracia liberal necesita un Estado fuerte, que pueda ser auditado, controlado y corregido para evitar eventuales desbordes. En el otro ensayo critica la idea de debilitar al Estado y lo denuncia como un síntoma que lleva a la decadencia de la política. El Estado consigue legitimarse ante los ciudadanos cuando se muestra eficaz en la oferta de bienes públicos, demostrando que es parte de la solución y no es el problema. “Un eficaz gobierno moderno encuentra el equilibrio adecuado entre un Estado sólido y competente y las instituciones jurídicas y de responsabilidad que refrenan al Estado y lo obligan a actuar en interés de los ciudadanos en sentido amplio”.

Fukuyama considera que todas las sociedades, autoritarias o democráticas, son propensas a caer en decadencia con el paso del tiempo. Lo que verdaderamente importa es su capacidad de adaptarse y, finalmente, de recuperarse. Afirma que uno de los desafíos más importantes a los que se enfrentan las democracias desarrolladas es la insostenibilidad de los compromisos del Estado de bienestar. “Si existe un solo problema al que han tenido que hacer frente las democracias contemporáneas, tanto en ciernes como asentadas, es su incapacidad para proporcionar lo esencial que la gente espera del gobierno: seguridad personal, crecimiento económico compartido y servicios públicos básicos de calidad, como la educación, la sanidad y las infraestructuras necesarias para lograr oportunidades individuales”.

En el ensayo El liberalismo y sus desencantados, sostiene que el neoliberalismo se asoció a lo que los estadounidenses denominan “libertarismo”, cuyo único tema subyacente es la hostilidad frente al Estado y la creencia en el carácter sagrado de la libertad individual. Los libertarios, como Javier Milei, se unieron a los economistas de la escuela de Chicago en su hostilidad hacia la regulación de la economía por parte del Estado y en su creencia de que los gobiernos no hacían más que interponerse en el camino de los emprendedores e innovadores dinámicos. De este modo, una percepción razonable sobre la importancia de los mercados se convirtió en una especie de religión que se oponía por principio a la intervención del Estado en todos los casos. 

Fukuyama considera que gran parte de la hostilidad libertaria al Estado es simplemente irracional. “Los Estados son necesarios para proporcionar bienes públicos que los mercados no proporcionarían por sí mismos, de la previsión meteorológica a la asistencia sanitaria pública, pasando por el sistema judicial, la seguridad de alimentos y medicamentos y la defensa nacional”. Desde esta perspectiva, el tamaño del Estado es mucho menos importante que su calidad. No hay razón por la cual la eficiencia económica tenga que ser más importante que el resto de los valores sociales. Sostiene que bajo esta cuestión política subyace un tema filosófico más profundo, que es si los seres humanos son simplemente animales consumidores cuyo bienestar se mide en función de cuánto consumen, o bien animales productores cuya felicidad depende de su capacidad de modelar la naturaleza y ejercitar sus facultades creativas. 

El defecto de la doctrina libertaria ha sido convertir los derechos de propiedad y el bienestar de los consumidores en objeto de adoración, y de este modo todos los aspectos de la acción estatal y la solidaridad social terminan denigrados. Una fotografía sobre la actual realidad económica y social argentina muestra la intensidad que puede alcanzar este desvarío.

 

 

 

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