“El que no canta esta canción es un amargo”, dice Lali para presentar el siguiente tema en su concierto en Vélez. Entonces corre a posicionarse arriba y en el centro, y un show de luces marca su figura con los brazos en cruz. Mueve la cabeza, está poseída, marca el ritmo de la melodía que empieza a sonar “nanana nana nanana na”. Su público hace pogo, baila, salta y canta la canción del año... “Es mi fanático, me vuelve loca/ toda la noche me sueña y se toca/ naranana na naranana nanana”. ¿Qué es lo que hace que una canción sea pegadiza? Fanático, fanatizó imbuida de simbología en una batalla que dio gran parte de la sociedad el último año. Coreografiada por los alumnos de la Universidad Nacional de las Artes, se bailó en la estación de Once en defensa de la educación pública y explotó en la marcha del orgullo gay, entre otras concentraciones de protesta. La figura que el Presidente enfrentó y elevó automáticamente, ya puede ser incluida en la categoría de mito o ídolo popular. Lali tiene talento, trabaja bajo luces y escenarios desde los ocho años y está “tocada” por los dioses, si es que los hay. 35.000 fanáticos la adoraron durante cinco noches en el estadio Vélez, y ya tiene vendidos dos estadios River para este 2026.
Pedro Rosemblat, el ex Pibe Trosko, creador de Gelatina y novio de Lali, grita “¡buenas noches, argentinos!” en el escenario del estadio Diego Armando Maradona. Vestido de negro, aparece después de imágenes en pantalla del Diego, mientras la banda toca un hit de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Pedro con los brazos en alto abre el show y deja muy arriba la vara de la emoción. Hay 25.000 fanáticos en el Festival de Jingles de Gelatina que lo arengan y corean Pedro Presidente/Presidente. Él se ríe, se para igual que Lali, los brazos en cruz, el cuerpo convertido en signo, la postura que encarna lo sagrado en Occidente. La banda entona: “Jingles en La Paternal, en el estadio de Dios que lleva puesto su nombre/ jingles en La Paternal/ en el Diego Maradó/ jingles del corazón/ vas a cantar, a cantar, cantar”. Pedro, devenido en frontman, corre de una punta a la otra, abre y cierra los brazos, emula gestos del Indio y anuncia que van a pasar muchas horas juntos. Dice que va a hablar con cada uno de ellos, pero el show es lo opuesto al diálogo: comunicación esencialmente unilateral. Le brilla el rostro y no pasó por maquillaje, es el glow natural porque Pedro tiene carisma, también es un “tocado”, viene desde hace años auto explotándose en el show del espectáculo como tendencia comunicativa que administra relatos. Nadie tiene claro si es un recital de rock, si es la muestra de fin de año del laburo o si es un acto político, dice Pedro, y esa es la cuestión ¿qué es este show espectacular que está sucediendo mientras ocurre un deslizamiento generalizado en la comunicación de contenidos?
El estadio ovaciona cuando Pedro presenta a Marcos Aramburu, la otra pata de gelatina. Creador de contenido, periodista, conductor, escritor, productor y también un “tocado” a quien se le cae talento de los bolsillos. “Me gusta más el trabajo que la exposición”, dijo en una nota, pero esta noche parece moverse como pez en el agua: le gustó el escenario. Hasta ahí vamos bien, hay un estadio, fanáticos que bancan, hay música y los pibes de YouTube están haciendo un show que inaugura una épica. El festival está pensado para que brille cada uno de los integrantes de Gelatina, Lia Copello y Matías Mowszet también. Pero la tierra no está poblada de “tocados” y el universo de YouTube tampoco. Sin embargo, subidos al Zamba de un Italpark post apocalíptico, todos deben pasar al centro a bailar. ¿Todos tienen carisma para moverse en un escenario frente a 25.000 personas? ¿Todos pueden ser frontman? ¿Todos los conductores pueden hacer todo? En mi época, cuando los periodistas entraban a una redacción los mandaban a cubrir lo que fuera, deportes, policiales, sociedad. Así se trabajaba, arrojado a los leones como bautismo. Y así se ordena el mundo ahora, influencers sentados en sillas gamers seguidos por una audiencia que se considera informada y partícipe de la discusión porque organiza el algoritmo. El humor parodia comportamientos que no ofenden demasiado a nadie. Híper estimulados, los conductores no son periodistas, no necesitan serlo, pero deben cantar, bailar, escribir libros, editar documentales, proponer conversatorios, tienen millones de seguidores, son como rockers, como pastores evangélicos punk, como estrellas de rock, artistas pop, oradores, speakers, se van performando y autoexplotando en un work in progress permanente.
Nos vemos el año que viene.#GelatinaEnArgentinos pic.twitter.com/8HE1VGOJnc
— Gelatina (@somosgelatina) December 20, 2025
De sapos a príncipes, los streamers saltaron de las pantallas con fondos falsos a llenar estadios y fundar una nueva ética comunicacional que transforma la ecuación de poder. Ya no hay bots ni seguidores, hay fanáticos organizados bajo “la idea de lo colectivo”. Un sujeto social que cree tener una –falsa– conciencia se integra a un movimiento autónomo de contempladores que pasan de la aceptación pasiva a la acción, comprando solo un ticket. A la acción de bailar unas horas en un estadio porque “la época necesita contacto real”.
Arriba del escenario el espectáculo no quiere llegar a nada más que a sí mismo, sigue el comportamiento hipnótico que rige en las pantallas, el scrolleo que se desliza desde las redes hasta el lugar que dejó el rock en los últimos años del siglo XX. Obliga a los seguidores a dejar el sillón y sumarse a un pogo fanático.
Tomás Rebord ofreció en el Movistar Arena un producto más sofisticado, una maniobra de comunicación –objeto de consumo pop– ante 15.000 personas. Batbord merece una nota aparte porque Rebord es un fenómeno que sobresale de esta promoción de quinto año. El conductor de “Hay algo ahí” tiene mayor control de la ola a la que está subido. Es de los que se pueden bajar y hacer otra, él “regula” su surf, maneja bien la exhibición de equilibrio arriba de su tabla y lo que busca conseguir. Eso sí, es un exponente más del consumo problemático del monólogo editorial político creado por Bernardo Neustadt. Rebord ya podría hacerse mayor de edad.
No puedo creer que tuve a Batbord tan cerca 🙏 pic.twitter.com/42Qqgw4kSu
— The Sophie 🏳️⚧️🖖 (@SophieNuggie) December 2, 2025
Finalizó el año y mientras los influencers llenaron estadios, el Partido Justicialista se reunió y la CGT emitió comunicados. En el Congreso, las diputadas bailaron entre Divinas y Populares: “Nadie pasa de esta esquina/ aquí mandan las divinas/ porque somos gasolina/ gasolina de verdad”. Se publicaron libros que luego serán comentados por booktubers y se presentarán en Festivales con lecto-seguidores y pogo con los escritores. Debajo de cada piedra en Palermo hubo una lectura de poesía que, afortunadamente, estuvo por afuera del FILBA o del Festival de poesía de Rosario o del Festival Latinoamericano de Poesía del Centro Cultural de la Cooperación. Hubo cuerpo además de pantalla, sobrepolitización y mercado. Un cuerpo que se movió en bloque buscando el encuentro de otros cuerpos, se respiró encima del otro sin temor a contagios pandémicos, se opinó en masa, se opinó en forma de estadio, un cuerpo que se movió en forma fanática.
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