De vuelta a las cavernas

Hombres sin cultura y de una ignorancia política absoluta, brillan en las marquesinas del poder

 

Ante el fracaso de la clase política mundial, su lugar lo está tomando la clase empresaria a la orden de los multimillonarios del mundo, ese uno por ciento de la población mundial que acumula riqueza y está agotando los recursos naturales con sus prácticas de expoliación. No por nada resisten adoptar medidas de preservación del medio ambiente. La explotación irracional hace los recursos más escasos, consecuentemente más valiosos y exaspera su desesperación por apoderarse de ellos. Ya no pueden confiar en que los políticos les hagan el trabajo sucio. Desde hace unos años colocan a sus gerentes al frente del Poder Ejecutivo, los ministerios y los organismos internacionales. Reconocidos criminales, estafadores y evasores son encumbrados a puestos de poder político: Trump, Bolsonaro, Macri, Piñera, Camacho, Moreno son sólo algunos de los nombres que brillan en las marquesinas del poder y son borrados de las actuaciones judiciales. Son hombres sin cultura y de una ignorancia política absoluta, pero astutos y delirantes. Su imagen es ideada por los gerentes de marketing, todos vestidos igual con los trajes confeccionados por Hugo Boss, aquel sastre que diseñó el uniforme de las SS de la Alemania Nazi. Para colocarlos en los puestos de decisión, los empresarios se valen de la tecnología para fraguar elecciones en su favor. Si eso falla entonces recurren directamente al asalto a mano armada y a las diferentes variantes del golpe de Estado que sus abogados han ideado. No importa de qué se disfracen, cómo se llamen, ni qué conceptos democráticos declamen, son simples ladrones y asaltantes cuyo propósito es imponer la tiranía del mercado disfrazada de democracia.

Para ellos la guerra es la continuación de la política por otros medios y la política es el medio para saquear a los demás. Especialistas en violencia, prefieren invertir en armas y tropas que en beneficios sociales. Premian la brutalidad policial y el tirar a matar. Prefieren las prisiones a las escuelas. Constituyen verdaderos ejércitos de ocupación dentro de los países que gobiernan. Si algún país pobre tiene alguna riqueza, pronto sus tropas de asalto estarán volteando su puerta. Entre sus grandes cómplices figuran los bancos, los laboratorios, los fabricantes de armas, las petroleras y una industria que viene creciendo sin pausa: la religión. Los evangelistas en Latinoamérica, liderados por Edir Macedo, uno de los hombres más ricos de Brasil; los fundamentalistas de Oriente Medio y de Asia, creados y financiados por el Departamento de Estado Norteamericano. Ladrones de almas que bendicen las armas y los ejércitos. Descarados estafadores que con sus ficciones metafísicas en la mano arman sus fortunas personales y sus propios ejércitos paramilitares en nombre de dios.

La Europa políticamente correcta no está libre de la lacra del poder, no en vano es la cuna del fascismo. El Reagrupamiento Nacional, título con que se rebautizó al ultraderechista Frente Nacional de los Le Pen, es la segunda fuerza política de Francia; en España los continuos dislates políticos y la confrontación independentista de Catalunya le acaban de dar 52 escaños en el Parlamento a VOX, partido de ultraderecha que reivindica la dictadura de Franco convertido de la noche a la mañana en la tercera fuerza del reino; en Italia, La Liga ha colocado a un reconocido fascista, Mateo Salvini, al frente del Ministerio del Interior por citar sólo tres ejemplos del avance de la ultraderecha en la Comunidad Europea. Estos partidos u organizaciones tienen diferencias de estilo, pero comparten algunas prácticas irrenunciables que repiten como un mantra: Privatización, reducción de impuestos (para los más ricos) y destrucción del Estado social.

La destrucción del Estado social se consigue mediante 5 sencillos pasos:

  1. Producir una crisis o shock (económico o político) que permita implementar políticas impopulares.
  2. Producir un chivo expiatorio: sindicatos, ONGs, asociaciones civiles, partidos independientes son siempre un buen blanco.
  3. Establecer que la crisis obliga a eliminar toda clase de subsidios y ayudas sociales.
  4. Dar por sentado que son tiempos de austeridad y de que todos debemos sacrificarnos en aras de un futuro mejor.
  5. Cambiar el sentido común que indica la necesidad de incrementar el poder adquisitivo de los más pobres por la delirante teoría del “derrame”: si los ricos son más ricos sus fortunas se derramarán hacia las clases desposeídas. El cuento de que los ricos sean más ricos es bueno para todos.

Detrás de todo el palabrerío que endiosa al mercado como el regulador “natural” de las relaciones económicas, no hay nada más que ambición, avaricia y autoritarismo. Esto es fácilmente demostrable pero quienes se atreven a decir la verdad son hechos prisioneros o muertos: Julian Assange, infamemente encarcelado con la colaboración de Lenin Moreno, presidente de Ecuador, quien le abrió las puertas de su embajada en Londres a Scotland Yard; Edward Snowden, exiliado en Rusia, además de los cientos de periodistas asesinados. Las empresas de prensa y de noticias de todo el mundo, verdaderas usinas de fake news, les dan cobertura periodística procurando que la verdad nunca salga a la luz, mantener el engaño, desviar la atención.

Con la consigna de sometimiento o muerte, la podrida clase política mundial está empujando a la mayor parte de la humanidad de vuelta a las cavernas. Pero la gente no se somete con facilidad. La brecha entre ricos y pobres crece y así también la presión por la supervivencia. Veremos multiplicarse las protestas y las revueltas. La clase política le ha declarado a sus gobernados una guerra a muerte y los está acorralando para no dejar otra posibilidad que la insurrección armada. Esto ya demostró que no da resultado. Es lo que quieren para tener la excusa para el exterminio.

Es necesario que los pueblos dejen de contribuir y de colaborar con los gobernantes neoliberales y golpistas. Es hora de dejar de pagar impuestos, tasas y servicios. De boicotear en silencio todos sus emprendimientos. De sabotear todas sus empresas. De reducir al mínimo el consumo. De dejar sus estadios vacíos, sus televisores apagados, sus espectáculos desiertos. Es hora de volver a Henry Thoureau, de recurrir pacíficamente a la desobediencia civil: «La desobediencia es la base de la libertad. Los obedientes deben ser esclavos».

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí

2 Comentarios
  1. Germinal dice

    Adhiero, Ernesto, a tu representación «boschiana» de la realidad. Se avecina una gran Revolución. Ya era hora.

  2. Rodrigo dice

    Felicitaciones al autor por la excelente fotografía de nuestro tiempo: la realidad nos golpea en la cara.
    Esta fotografía bien puede estar completada con otro análisis más conocido y más masticado pero no por ello menos vigente. Me refiero a qué hace de nosotros la sociedad moderna de consumo; vemos que estas élites empresariales devenidas en políticas se venden a los votantes como cualquier producto de consumo: bien empaquetado, bien publicitado y sin devolución.

    También tenemos que tener muy presente que para ellos, nosotros los humanos que caminamos este mundo somos un bien que sobra y según las leyes de mercado, un bien que abunda vale menos. Por eso los humillados, desplazados, refugiados y muertos no les pesan, no les afectan en nada puesto que no valen nada. De la misma manera las tierras que no tienen nada que ofrecer son abandonadas a su suerte o convertidas en basureros.

    Está todo relacionado con la crisis ambiental, la crisis de representación política y la crisis social cultural que implica que estemos todos desorientados y temiendo y odiando al de al lado. Por lo menos en Latinoamérica no podemos ceder ni un casillero porque ellos juegan sin reglas. Abrazo

Dejá tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.