Debacle en Afganistán

Un resultado catastrófico para la mayor potencia militar del planeta

 

Se suele atribuir a Georges Clemenceau la siguiente frase: “La guerra es una serie de catástrofes que resultan en una victoria”. Esta sugestiva definición de quien fuera dos veces primer ministro de Francia y tenaz conductor del esfuerzo final de esa nación en la Gran Guerra es, también, una boutade. Bien se sabe que en el campo de Ares se puede ganar, pero que se puede también convenir un armisticio o incluso perder. Esto último es lo que le acaba de suceder a Estados Unidos en Afganistán después de casi 20 años de guerra. Se trata, en este caso, de una derrota mayúscula.

La guerra fue iniciada por George Bush (hijo) en octubre de 2001, inmediatamente después de los ataques contra las Torres Gemelas, para la cual organizó una amplia coalición internacional. Su objetivo era liquidar a al Qaeda y a su jefe, Osama Bin Laden –ejecutores de aquel atentado– que habían sentado sus reales en ese país, pese a no ser nativos de allí. Estos, fuertemente atacados, debieron abandonar ese territorio para luego esparcirse por diversos países del mundo islámico. Pírrica victoria: al poco tiempo, fueron reemplazados por el movimiento talibán (talib = estudiante, en árabe; talibán es el plural) que, fortalecido y ampliado, ha perdurado hasta alcanzar un éxito rotundo al día de hoy.

Tal como había sucedido anteriormente con la incursión soviética, sostenida entre abril de 1978 y abril de 1992, las tropas encabezadas por Estados Unidos decidieron también retirarse de aquel país, acompañadas por un fracaso terminante, luego de casi 20 años de combate. Diríase que la tierra afgana es algo así como un cementerio de elefantes: asombra que ambas grandes potencias hayan debido claudicar en sus respectivos empeños militares.

 

La retirada soviética en Afganistán, en 1992.

 

Por raro que parezca, Donald Trump había iniciado una política orientada a sofrenar las iniciativas bélicas de su país en Oriente Medio y alrededores. Se hablaba ya de las “guerras interminables”, a despecho de la anterior denominación de “guerra al terrorismo”. Trump dispuso un progresivo retorno de porciones de los contingentes establecidos en Siria y en Irak y puso en marcha una negociación con los talibanes con el propósito de alcanzar un apaciguamiento de la guerra civil y de encarar la búsqueda de una convivencia política con las autoridades gubernamentales en ejercicio. Se llegó finalmente a un acuerdo firmado el 29 de febrero de 2020, con vencimiento previsto para el 5 de mayo de 2021, si no conseguía su puesta en marcha. Entre otros puntos contemplaba que:

  1. Se establecería un alto el fuego entre las fuerzas estadounidenses, afganas y talibanas, que debería cobijar tanto el retiro de las tropas norteamericanas como las conversaciones entre el gobierno afgano y los talibanes.
  2. Estados Unidos retiraría 8.600 efectivos, de los 12.000 que tenía en el país, en 135 días a partir de la fecha de la firma. Es decir, sacaría un 72% de sus tropas en un lapso de 4 meses y medio. Desde luego, esto quedaría sujeto a que los talibanes cumplieran también con sus compromisos. El resto del personal militar norteamericano saldría en un plazo de 14 meses.
  3. Deberían llevarse a cabo negociaciones entre los talibanes y el gobierno afgano con el propósito de llegar a un acuerdo capaz de definir el marco general y las condiciones bajo las cuales se avanzaría hacia la convivencia entre ambos y hacia la incorporación talibana al sistema político afgano.
  4. El gobierno actual y el que resultara de las negociaciones indicadas en el punto anterior deberían garantizar que no se aceptaría más el desarrollo de actividades terroristas con base en Afganistán. Esto involucraba a los talibanes, pero también a las que, eventualmente, podrían desarrollar al Qaeda y la organización Estado Islámico.

Complementariamente, pero por fuera del texto acordado, se convino que habría un entendimiento entre el gobierno afgano y los talibanes para la liberación de prisioneros: 5.000 de la parte talibana y 1.000 de la gubernamental.

El acuerdo no arrancó del todo bien. Durante los 10 primeros días de vigencia fue violado por las dos partes signatarias y también por el gobierno de Ashraf Ghani, en lo que respecta al punto 1. Con posterioridad continuaron las escaramuzas entre ambos bandos. Además, el retiro del 72% de las tropas norteamericanas –punto 2– avanzó, pero con demoras. Sobre el punto 3 no ha habido mayor información y el 4 era inabordable hasta que los tres anteriores alcanzaran algún grado de materialización. No obstante estas dificultades, el proceso de conversaciones se mantuvo en pie hasta el final del gobierno de Trump.

 

 

 

La intervención de Biden

El discurso ofrecido por Joseph Biden el 29 de abril pasado, fecha en la que cumplió sus cien primeros días de gobierno, fue copioso en materia de política nacional, pero escaso en el rubro internacional. Uno de los temas que tocó en este último plano fue Afganistán, sólo para reafirmar algo que ya había informado con anterioridad: el retiro de las tropas norteamericanas de ese país. “Va a finalizar la guerra interminable (forever war)”, acotó aquel día, utilizando esa expresión que había ido ganando terreno con un sesgo predominantemente crítico. No hizo referencia alguna al acuerdo alcanzado por Trump: dio la impresión de que había elegido soslayar la negociación iniciada y sostenida por su antecesor con los talibanes.

France 24 mostró un indicio de esta situación en un despacho del 19 de marzo pasado que dio cuenta de una conferencia sobre Afganistán realizada en Moscú. En ella participaron representantes del país anfitrión, además de China, Pakistán y Estados Unidos. También de los talibanes, que instaron a las gran potencia del norte a cumplir con el acuerdo de paz bilateral firmado por ambos, sobre lo que puede inferirse que existía cierta reticencia de Biden.

Como quiera que haya sido, los talibanes esperaron alrededor de siete meses a partir del recambio presidencial antes de iniciar el embate reciente, que obviamente terminó con lo negociado con Trump. Una tras otra, con asombrosa rapidez, las capitales de provincia y sus respectivos territorios fueron cayendo en su poder como moscas. El 12 de agosto, la Casa Blanca anunció que había dispuesto el desplazamiento de 3.000 soldados adicionales a Kabul para custodiar el aeropuerto, proceder a la evacuación del personal de la embajada y sacar del país a los afganos que fueron sus colaboradores. Tres días después, el presidente Ghani huyó del país y los talibanes tomaron el palacio presidencial.

 

Los talibanes le dieron siete meses de gracia a la gestión Biden.

 

Al día siguiente, Biden intentó describir lo inexplicable. Entre otras cosas dijo: “La verdad es que esto se desarrolló más rápidamente de lo que anticipamos (…) Los líderes afganos se rindieron y huyeron del país (….) El ejército afgano se derrumbó, a veces, sin intentar luchar”. Parecía que el Presidente, sus secretarios de Defensa y de Estado, sus asesores y las máximas autoridades militares ni sabían dónde estaban parados ni lo que estaban haciendo. Habían invertido 83.000 millones de dólares en equipar y adiestrar a la fuerza militar afgana, aportando desde aviones de combate hasta equipamiento de infantería. Estos recursos y capacidades se acaban de evaporar recientemente, en un santiamén. Hay, sí, tropas americanas que custodian el aeropuerto de Kabul, pero sólo porque los talibanes han decidido aplicar esa máxima militar que dice: “A enemigo que se retira, puente de plata”. En fin, se trata de una completa debacle.

 

Final

Lo ocurrido en Afganistán no es rayo en cielo sereno. Estados Unidos no ha podido triunfar en Siria y tampoco en Irak, aunque su traspié aquí es menos notorio. Cabe recordar también su derrota en Vietnam, entre otros ejemplos.

Se suele decir que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Pero en el caso norteamericano, esto rige poco o nada. Su atención al vínculo entre política y guerra es insuficiente. Su doctrina se enfoca, prioritariamente, en el uso extendido de la fuerza militar, con la finalidad de imponer una supremacía de medios. En el caso de la guerra convencional, esa opción ha podido funcionar. Pero por fuera de esta, es decir, en los contextos no convencionales –como es el afgano– ese modo de operar ha resultado disfuncional.

Por otra parte, tras la derrota en Vietnam –y con la funesta carga simbólica de las bolsas negras de los combatientes fallecidos a cuestas– ganó terreno el retaceo del empeñamiento bélico directo de soldados norteamericanos y su sustitución por tropas locales. Esto ocurrió, en parte, en el sudeste asiático y más ampliamente en Afganistán, con nulo éxito en ambos casos.

En fin, hubo un resultado catastrófico en territorio afgano. Habrá que ver cómo afecta esto a la gestión de Biden. Pero también cómo se encara internamente la lectura de una reiteración de fracasos bélicos en los que, paradojalmente, el protagonista es el país todavía más poderoso militarmente del planeta.

 

 

 

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