Al inicio de la guerra del Peloponeso —que enfrentó entre 431 y 404 a.C. a Atenas y Esparta, junto a sus respectivas ligas—, Tucídides, historiador y militar griego que participó en el conflicto, tomó la decisión de documentarla. Aquella guerra civil que enfrentó a los griegos es comparable a las guerras mundiales del siglo XX que, según Jorge Luis Borges, deberíamos llamar “guerras europeas”. El autor tardó casi dos décadas en terminar lo que luego se conoció como la Historia de la Guerra del Peloponeso.
Para Oscar Wilde, Tucídides es el padre del método científico en la historia, al separar la historia del mito, priorizando la búsqueda de la verdad racional.
En efecto, descarta la intervención divina como explicación de los sucesos que describe, para centrarse en la condición humana. Ofrece una historia concebida con un discurso racional, basada en hechos objetivos. Establece así una especie de contrato con el lector, asegurándole la veracidad de sus fuentes y de sus propios testimonios, y analizando de la forma más desapasionada posible las motivaciones de la guerra. Rechaza tanto el moralismo como el recurso literario o la explicación fantástica. Considera que la historia es demasiado irracional e incalculable para predecirla, pero cree que vale la pena dejarle a la posteridad un testimonio riguroso de esa misma historia: “Tal vez la ausencia del elemento fabuloso en los hechos relatados restará encanto a mi obra ante un auditorio. Pero si quienes se proponen examinar la verdad de los hechos acaecidos y de los que han de ser en el futuro iguales o similares a estos, de acuerdo con la condición humana, si estos los consideran útiles, será suficiente. En definitiva, mi obra ha sido compuesta como una adquisición para siempre más que como una pieza de concurso destinada a una escucha momentánea”. Es, en ese sentido, el opuesto a Heródoto, a quien consideraba casi un charlatán por su falta de rigor histórico.
Tucídides interpreta que Esparta, potencia hegemónica del momento, vio con preocupación el ascenso de Atenas y buscó frenarlo a través del conflicto armado. La expresión “la trampa de Tucídides” refiere desde entonces al recurso de la guerra como instrumento de las potencias en declive para frenar a sus rivales en ascenso.
Uno de los pasajes más recordados de la obra es “El diálogo de los melios”, perteneciente al “Libro V (85-113)”. Se trata de una discusión entre los representantes de la poderosa Atenas y los habitantes de la pequeña, aunque estratégica, isla de Melos. Pese a haberse declarado neutral en el conflicto, la isla recibe un ultimátum de parte de los atenienses, quienes enuncian un principio que se hará célebre: “Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”.
Atenas invoca su fuerza por sobre lo que hoy llamaríamos derecho internacional, optando así por el derecho natural. No debate principios, sino que destaca la contundencia de la realidad; sus argumentos son los de la realpolitik.
Los melios, al contrario, señalan el dilema moral que supone atacar una ciudad neutral y las consecuencias que eso podría acarrear entre los aliados de Atenas. Los atenienses sostienen que, al contrario, tomar Melos generará el respeto de esos aliados y, accesoriamente, el miedo de los enemigos. La invocación a la posible ayuda que los invadidos podrían recibir de los dioses tampoco logra frenar a los atacantes: “Los dioses no intervendrán porque es el orden natural de las cosas que los fuertes dominen a los débiles”.
Ya sin argumentos, los melios explican que sería vergonzoso para ellos someterse sin luchar; pero sus rivales retrucan que “no es vergonzoso someterse a un enemigo más fuerte, especialmente uno que está ofreciendo términos razonables”. Al final, los isleños rechazan el ultimátum ateniense y, pese a que durante meses resisten el asedio, finalmente son vencidos. Siguiendo las crueles prácticas de la época, los hombres capturados son ejecutados, mientras que las mujeres y los niños terminan vendidos como esclavos.
Hace unos días, el Primer Ministro canadiense, Mark Carney, dio un discurso notable en el Foro Económico Mundial de Davos, que contrastó tanto con las incongruencias de matón de barrio del Presidente Donald Trump, como con el seguidismo perruno de Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa: “Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno”. Para ilustrar esa realidad brutal, citó El diálogo de los melios: “Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose. Y, ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad. No lo hará (...) Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente. Y es un camino ampliamente abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros”.
Es interesante la propuesta de dejar de fingir. Ante un matón de barrio que dice y se desdice, hace y deshace, el primer paso consiste en dejar de considerar que el orden mundial establecido con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial sigue existiendo. Más allá de que aquello fuera una ficción, era una ficción con grandes ventajas; ventajas que la realidad de hoy parece haber evaporado. Trump considera que poseer el Ejército más poderoso del mundo lo autoriza a “hacer lo que pueda y que los débiles sufran lo que deben”.
En ese sentido, existen apenas dos potencias que tienen una agenda propia y la posibilidad de tomar decisiones estratégicas no alineadas a los intereses de los Estados Unidos: Rusia y China. Volodímir Zelenski, el Milei ucraniano, no parece haberlo entendido a tiempo. Hoy, a la vez que elogia la voluntad negociadora de Vladímir Putin, Trump acusa al líder ucraniano de ser el principal obstáculo para un arreglo pacífico en Ucrania. Por su lado, el Primer Ministro belga, el ultraderechista Bart De Wever, consideró: “Ahora se están cruzando tantas líneas rojas que tienes que elegir el autorrespeto. Ser un vasallo feliz es una cosa. Ser un esclavo miserable es otra muy distinta”. “Difíciles decisiones de vasallos”, le contestó con ironía eslava el enviado especial de la Presidencia rusa, Kiril Dmítriev.
Casi cuarenta años después de la caída del Muro de Berlín, del “fin de la historia” vaticinado por Francis Fukuyama, la historia no terminó y los Estados Unidos no se benefician de la hegemonía global que esperaron tener. El desarrollo exponencial de China los enfrenta a su propio declive, tan lento como inexorable.
Las idas y vueltas de Trump no se explican sin ese futuro incierto y sin este presente complejo ilustrado incluso por el eslogan trumpista Make America Great Again (Haz a América grande otra vez). Si hay que hacer grande a Estados Unidos, es que ya no lo es. El futuro de Trump y del trumpismo, ese elogio cínico de la fuerza bruta, se verá en las elecciones norteamericanas de medio término de este año. Al fin y al cabo, la política exterior siempre es el reflejo de la política interior. Pero el verdadero dilema lo tiene el resto del mundo, por fuera del pequeño club de potencias con iniciativa propia.
Ser vasallo del matón del barrio tiene sin dudas sus ventajas; del mismo modo que optar por un camino autónomo y apostar a un mundo multipolar, como el que propone el Primer Ministro canadiense e impulsaron tanto Néstor Kirchner como CFK, no está exento de riesgos. Pero los entusiastas de la realpolitik y el acatamiento perruno al poderoso de turno, esos que no debaten principios, sino que destacan la contundencia de la realidad y esperan que el acatamiento compre seguridad, harían bien en recordar que así como nada es inevitable, la seguridad es incierta: menos de diez años después de haber conquistado Melos, los matones atenienses fueron expulsados por los matones espartanos, que resultaron más aguerridos.
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