Defender la esperanza

Los neoliberales repitieron lo hecho en 2001 y esperaron otros resultados, la salida tiene que ser como en 2003

 

Hace quince días comenzó el fin de otra experiencia neoliberal en nuestro país. Como en las otras ocasiones el final será desolador, y emergerá, de manera dramática, el daño producido por el descalabro social al que nos ha llevado el macrismo y que ha impactado de lleno, como siempre, sobre los que menos tienen, los desocupados, los trabajadores formales e informales, los jóvenes, los jubilados y pensionados, los discapacitados — en una palabra, los más vulnerables. Como símbolo del destrato social de este tiempo quedarán en nuestras retinas y en nuestra memoria los miles de hombres, mujeres, niños y ancianos en situación de calle.

Pero el neoliberalismo nos dejará también un enorme daño con el lenguaje. Durante cuatro años, desde todos los sectores de poder y con una ferocidad inimaginable, se degradó al que quedaba excluido. Aquel que no gozaba de un presente próspero y promisorio se lo acusó de vago o inservible; al empresario que veía que su empresa no podía convivir con la realidad económica generada por las políticas de apertura de importaciones o acceso al crédito le dijeron que debía reconvertirse o soportar el embate sin protestar; al desocupado que no conseguía un trabajo le explicaron que la solución que necesitaba era convertirse en un emprendedor; y al joven que no podía insertarse en un cada vez más reducido mercado laboral lo impulsaron a comprarse una bicicleta para repartir chucherías a las órdenes de una ciberempresa. Obviamente, en ese marco ideológico aquel que tiene un plan social es un vago que roba al Estado. En definitiva, en el relato macrista la culpa siempre está en cabeza de aquellos que sufren las consecuencias de un proyecto político elitista y desalmado.

Lo gestual no fue menos importante, y el desprecio por aquel que manifestó tener necesidades se convirtió en moneda corriente. La represión se configuró como respuesta idónea para todo reclamo social, sin importar si el reclamante era un trabajador, un educador, un científico, un jubilado, incluso un legislador, ya que todo aquel que tuviera una opinión distinta fue destinatario de la violencia estatal. De forma paralela, se desplegó un poder judicial cooptado que no dudó en mandar a opositores a la cárcel con argumentos falsos y acciones contrarias a leyes vigentes. Pero nada  de ello hubiera sido posible sin el accionar canalla de medios de comunicación que se dedicaron a ningunear los reclamos sociales mientras por otro lado saturaron los medios con ataques a la oposición.

Desde que se consolidó el triunfo de Alberto Fernández recrudecieron con mayor vehemencia que antes los ataques contra las propuestas anunciadas por el Presidente electo. Que no hay plata para los jubilados, que es impensado aumentar salarios y que el único camino posible es bajar el déficit fiscal y disminuir los impuestos. Incluso, en aras de minar las propuestas de la próxima gestión dos periodistas, uno del diario La Nación y otro de Clarín, le preguntaron en México a Alberto Fernández si el 10 de diciembre continuaría el cepo cambiario, curiosamente implantado por el gobierno que ellos defienden. Obviamente sabían cuál sería la respuesta, pero lo que buscaban no era otra cosa que un título para la tapa de ambos medios que socavara la credibilidad del nuevo Presidente.

En idéntico sentido, las diversas mesas de debate armadas en los medios de comunicación dominantes siempre cuentan con un economista neoliberal que profetiza los mantras del neoliberalismo clásico y con un periodista complaciente que mueve la cabeza asintiendo cada frase que el terrorista social de turno expresa. En muchos casos con tono académico, y en otros casos burdamente, explican que el fracaso de Macri se debe a que las “reformas estructurales” no han sido implementadas en tiempo oportuno. Estas reformas estructurales son gelatinosas, ya que cuando hablan de ellas siempre explican el título, pero nunca el fondo, y obedece a que la mayoría de la gente sabe que cuando se plantean cuáles son esas reformas, básicamente se reducen a dos: reforma laboral y reforma previsional, y en ambos casos implican pérdida de derechos y reducción de los salarios y/o de las prestaciones. En algún momento lanzarán la estocada más esperada, indicando que las reformas estructurales sacaron a los países desarrollados del atraso y los transformaron en lo que son. Si bien saben que eso es mentira, como nadie les pregunta cuáles fueron esos países pueden seguir mintiendo a destajo. Quizás el más honesto intelectualmente fue José Luis Espert, que en el debate presidencial dijo cuáles fueron los países exitosos que emprendieron el camino de las reformas estructurales y les había ido muy bien: Chile y Perú.

Chile es el mejor ejemplo de adónde terminan las reformas estructurales. Fue el primer país en privatizar su sistema previsional de la mano de José Manuel Piñera Echenique, hermano del actual Presidente chileno, en plena dictadura de Augusto Pinochet. La creación de las AFP fue la herramienta usada por la oligarquía chilena para transformar al país trasandino en uno de los catorce países más desiguales de la tierra. Pero a pesar de ello, y aún vendido por los comunicadores del neoliberalismo como el milagro chileno, el pueblo heroico y su juventud deseosa de un futuro mejor le está poniendo actualmente un mentís que retumba gozoso en los confines de la tierra.

Afortunadamente, la convicción del Presidente electo queda reflejada en una frase que alienta la esperanza: entre los jubilados y los bancos yo elijo a los jubilados, reafirmando esa definición cuantas veces es consultado sobre sus propuestas.

Los organismos internacionales han pontificado hasta el cansancio en que los beneficiarios de la seguridad social son un gasto improductivo que atenta contra la economía en su conjunto. Siempre se los ha asociado con un rol pasivo en la economía de un país, toda vez que su impronta la vinculan a recibir en lugar de producir. Esta forma de ver al adulto mayor y a los vulnerables es no sólo discriminatoria, sino también falaz.

Seguramente esa falacia haya quedado patentizada por lo ocurrido en la primera etapa del kirchnerismo. La política social y el incremento de las prestaciones de la seguridad social configuraron, en aquella etapa, la polea de transmisión que permitió sacar a la economía argentina de la crisis del 2001, facilitando a través del consumo interno la reapertura de PYMES, el incremento de la producción local con la utilización de la capacidad instalada ociosa de las empresas, el paulatino aumento del empleo, como así también el cambio radical en las expectativas y en el ánimo de la población en general. A contramano de las recomendaciones ortodoxas clásicas, que insisten con el control del gasto publico y el ajuste de las cuentas nacionales, la decisión política del Presidente Néstor Kirchner en el 2003 tuvo implicancias económicas rotundas, y así tiene que ser: es la política la que produce economía y no al revés.

En aquellos tiempos de crisis generalizada, la valiente decisión política de incrementar once veces la jubilación mínima y abonar dos aguinaldos dobles a fin de año, junto con la creación del Plan de Inclusión Jubilatoria al que el neoliberalismo patético bautizó como la jubilación del ama de casa o la jubilación de la moratoria o la jubilación con pocos aportes, lograron lo impensado en ese momento: el crecimiento sostenido de la economía y una distribución de lo producido en todo el abanico de la sociedad. De esta manera, fueron los incrementos en las prestaciones jubilatorias y la ampliación de la cobertura los que produjeron el efecto exactamente contrario al que nos quieren llevar los neoliberales, los bancos y los organismos internacionales. La lógica de esas medidas salta a la vista, ya que con ingresos híper-deprimidos, el dinero incorporado al haber previsional se orientó directamente al consumo. Con ello se generó un aumento de la demanda. La demanda hizo utilizar la capacidad ociosa y requirió incorporar trabajo dependiente produciendo un aumento en el empleo y en los salarios. Ambas redundaron de manera positiva en la tase de actividad, por lo que la recaudación impositiva del Estado mejoró. Y de esta manera se retroalimentó un circulo virtuoso que permitió sacar rápidamente a nuestro país de la crisis fenomenal en que se encontraba.

Una mención especial merece el Plan de Inclusión Jubilatoria, porque no fue sólo útil para generar economía, sino que también representó un acto de justicia con aquellos excluidos que dejó el neoliberalismo conducido por Carlos Menem, Domingo Cavallo y Fernando De la Rúa. Durante esas gestiones, más de 3,5 millones de compatriotas fueron desplazados del mercado laboral, sea por las privatizaciones de empresas públicas y la implementación de retiros voluntarios en numerosas firmas, sea por las leyes de flexibilización laboral que habilitaron, entre otras cosas, la generación de contratos laborales basura que facilitaron la contratación de personal sin obligación de aportes, mecanismo utilizado, cabe resaltar, hasta para la contratación de empleados públicos. El resultado de tal disloque se tradujo en millones de personas que tuvieron dificultades para acreditar los años de aportes exigidos para el acceso al beneficio previsional, aún habiendo registrado un número considerable de ellos. Por eso el acceso a un esquema de regularización de aportes, similar al otorgado para los trabajadores autónomos y monotributistas que introdujo el Plan de Inclusión Jubilatoria, representó un acto de justicia por parte del Estado contra tremendo daño al conjunto social, que no solo recompuso la vida económica sino que devolvió la dignidad a todas ellas.

A partir del 2003, la seguridad social en la Argentina tuvo un rol protagónico en la recuperación económica y social, haciendo realidad el milagro de:

  1. Alcanzar la jubilación mínima más alta de América Latina;
  2. Contar con la tasa de cobertura más alta de la historia nacional;
  3. Reestatizar el sistema previsional, reeditando un sistema solidario y de reparto para las prestaciones;
  4. Crear la Asignación Universal por Hijo, ampliando la cobertura hasta casi cuatro millones más de niños menores de 18 años;
  5. Entregar una computadora a cada niño que estudiaba;
  6. Implementar los planes PROCREAR; Argenta y Hogar;
  7. Instaurar un régimen de movilidad inédito, que permitió hacer partícipes a los beneficiarios de la seguridad social del crecimiento de la renta nacional y de su distribución.

Todo ello, lejos de redundar en las catástrofes imaginadas por el neoliberalismo, produjo un crecimiento de los ingresos de tal magnitud que permitió que ANSES contara con un superávit operativo de $49.292 millones al momento del cambio de gestión en diciembre de 2015. Todo eso no fue magia, fue realidad, En esos momentos nadie hablaba de sustentabilidad ni de ajuste, sino que siempre se pensó en el reconocimiento de derechos.

Por tanto, el camino a recorrer ya sabemos cuál es: el de la inclusión, el del reconocimiento de derechos, el de mirar al jubilado, pensionado o beneficiario de un plan social como un actor económico y no como hacen los terroristas sociales, que los consideran como seres descartables y a los que no hay que darles protección.

Albert Einstein nos enseñó que “la locura es seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes”, y eso es lo que hace permanentemente el neoliberalismo. Por supuesto, el resultado es el mismo: el 2001 y el 2019 son ejemplos patéticos de ello. Por el contrario, si hacemos lo mismo esperando los mismos resultados lejos de locura, es lo más racional que se puede hacer. Si una política fue exitosa, como ocurrió a partir del 2003, con las adaptaciones lógicas que imponen los nuevos tiempos, y a ello le agregamos una porción muy grande de esperanza, podemos contar con la convicción de que ese es el camino correcto y sin duda alcanzaremos similares resultados.

El padre de la seguridad social universal, Willams Beveridge, en su famoso “Plan Beveridge”, se plantea la disyuntiva acerca de lo que tiene que hacer un país que sale de una descomunal crisis, en su caso la Gran Bretaña de la Segunda Guerra, si invertir los escasos recursos en la reconstrucción de la economía o invertirlos en la reconstrucción del ser humano; y agrega que él no tiene dudas que lo primero es la reconstrucción del ser humano, que en definitiva es quien construye la economía. Lo más importante es que la Gran Bretaña de aquellos tiempos siguió sus ideas y los resultados están a la vista, dando por resultado eso que se llamó Estado de Bienestar. Pero, a pesar de que la experiencia muestra que todos los países que se desarrollaron siguieron el mismo camino, el FMI, la OCDE y las oligarquías nacionales de los países en vías de desarrollo siguen proponiendo el ajuste como solución única. Recuérdese que cada vez que a Macri le preguntaron por otra alternativa, siempre respondió como un autómata que era el único camino, la verdad única, el mesianismo en su máxima expresión.

La filosofa y politóloga española Adela Cortina, en un libro muy interesante, Ciudadanos del mundo – Hacia una teoría de la ciudadanía, propone que el Estado de Bienestar debe mutar hacia el Estado de Justicia y sostiene que es un deber intransferible de cualquier Estado de Derecho que hoy quiera pretenderse legitimo el asegurar universalmente los mínimos de justicia, y no intentar arrebatar a los ciudadanos su opción por la solidaridad.

Por ello creo que por más que nos quieran hacer seguir el camino de la exclusión, los que abrazamos los ideales de lo nacional, popular y democrático tenemos que empeñarnos en que nuestro país cumpla de manera íntegra con el Pacto de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, con el artículo 22 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y con el resto de los convenios internacionales suscriptos por nuestro país que procuran la dignidad humana. Si lo hacemos con tesón, con solidaridad, con amor, encenderemos la esperanza como antídoto al individualismo. Defendamos la esperanza y nunca más neoliberalismo en la Argentina.

 

 

 

 

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